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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 361

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361: 357) Un mes ya…

361: 357) Un mes ya…

Me levanté temprano una vez más, siendo el primero en la habitación.

En silencio salí hacia la sala común del dormitorio, donde encontré un par de almas desveladas más.

No sabía si, como yo, se habían despertado temprano o si directamente no habían dormido en toda la noche.

Les di un saludo breve y seguí mi camino.

Me dirigí al exterior de la escuela y empecé con mi corrida matutina.

Había tomado la costumbre poco después de llegar a Castelobruxo; la verdad, era una buena forma de familiarizarse con el terreno.

Ya llevábamos un mes aquí y habíamos visto gran parte de lo que tenían para ofrecernos.

La primera semana se centró en repasar lo del año anterior, y recién a partir de la segunda empezamos con el contenido del curso correspondiente.

Casi nada que no conociera ya, pero era interesante notar las diferencias respecto a Hogwarts.

Después de dar varias vueltas alrededor de los terrenos del castillo, llegué a la escalera principal, donde me esperaban Hannah y Neville, ambos con ropa de ejercicio.

Juntos, y a un ritmo más acorde a sus condiciones físicas, íbamos a dar una última vuelta.

Sí, habíamos comenzado a entrenar juntos.

Fue Hannah quien quiso unirse después de verme y teniendo el precedente del entrenamiento que les daba en la guarida, y como habíamos prometido ayudar a Neville, lo incluimos también.

Había algunos chicos y chicas cerca, hablando con ellos, pero se apartaron en cuanto llegué, dejando que iniciáramos la carrera en grupo.

En su momento no faltaron quienes intentaron seguirnos, pero tarde o temprano desistieron.

Solo unos pocos tenían realmente la resistencia suficiente para unirse a nuestras rutinas matutinas… aunque yo mismo me encargué de desanimarlos con un poco de manipulación emocional.

No me gustaba que interrumpieran mis pasatiempos con mis amigos, y menos cuando se trataba de chicos con demasiado interés en Hannah.

Realmente era un objeto de interés aquí, como cierta guía me advirtió.

Corrimos un buen rato, hasta que Hannah y Neville terminaron exhaustos, sudados y jadeando por aire.

Siempre es igual: todavía les falta para alcanzar un buen estado físico y poder seguirme el ritmo sin problemas Como todas las mañanas, terminamos nuestra maratón en las pequeñas edificaciones frente a la escuela, donde están las tiendas y negocios.

Con unos simples hechizos nos limpiamos y refrescamos, y luego elegimos dónde desayunaríamos hoy.

Sentados a la mesa, comimos lentamente.

Era sábado y no teníamos clases.

Hannah sí se había apuntado a un par de cursos particulares sobre cosas que le interesaban, pero al menos esta mañana estaba libre.

Lo mismo Neville.

Yo fui el único que no se unió a nada en especial.

No es que no hubiera opciones interesantes, pero la verdad es que enviar un clon invisible a espiar las clases me parecía suficiente y menos problemático.

Observaba a mis compañeros y no podía evitar pensar que nos habíamos adaptado bien.

Aunque aún necesitaban mi ayuda con el idioma, en lo demás se movían con mucha más soltura.

El castillo a veces resultaba confuso, tanto por su estructura distinta a lo que estábamos acostumbrados como por sus características mágicas, pero ya podían salir solos sin perderse… demasiado.

También se acostumbraron a la mayoría de las comidas locales, aunque hubo algunas que no volvieron a probar tras las malas experiencias de los primeros días.

Incluso la ropa que usaban se había vuelto más similar a la de los estudiantes de aquí, adecuada para un clima caluroso y húmedo.

Miré a Hannah, que devoraba su comida sin preocuparse demasiado por la compostura, y aun así se veía adorable.

Siempre terminaba hambrienta después del entrenamiento matutino… más intenso que el que solía hacer en Hogwarts.

Pero ella misma decía lo satisfecha que se sentía después.

Ahora, pese a los hechizos de limpieza, el sudor volvía a perlársele en la frente por el calor.

No sé por qué, pero ese detalle la hacía ver aún más linda.

Mi mente no dejaba de imaginar otras actividades que también podían hacerla sudar… Sí, estaba excitado, lo cual resultaba raro considerando que mi cuerpo principal tenía sexo regularmente con varias chicas, así que en teoría debería estar satisfecho.

Seguro era culpa de aquel experimento de… “¿Qué cuentan, chicos?

Uyy… desayuno” apareció Malena de la nada, saludando y, sin pedir permiso, tomó la arepa de la mano de Neville, le dio un bocado y luego se la devolvió como si nada, sentándose a su lado para seguir comiendo de su plato con total naturalidad.

Sí, aquí estaba otra vez: nuestra entusiasta y algo descarada guía.

Como casi todos los días, “pasaba por casualidad” y terminaba compartiendo nuestro desayuno.

La verdad, ya ni siquiera intentaba disimularlo.

“Sabes que podrías venir directamente a correr con nosotros por las mañanas y desayunar juntos, ¿verdad?” le dije, dándole un sorbo a mi bebida.

“No me gusta levantarme temprano”, replicó, tomando ahora del vaso de Neville.

“Además, no puedo costearme desayuno todos los días… no soy como ustedes, bastardos ricos.” Hannah apenas podía contener la risa viendo a Neville ponerse rojo como un tomate, tieso, sin saber qué hacer, como siempre que Malena se le pegaba tanto.

Al principio robaba un poco de comida de cada uno, pero últimamente solo se enfocaba en Neville.

Y claro, nosotros como ya lo sabíamos, en secreto siempre pedía un poco más para él, para que no pasara hambre.

“Creo que podemos pagar un desayuno adicional… no hace falta que pongas a Neville en jaque” comenté, señalando al pobre chico que parecía incapaz de respirar con tanta cercanía.

“Vamos, a Neville no le importa” dijo Malena abrazándolo contra su pecho.

“Es un gran niño, bondadoso y servicial, que no le molesta compartir su comida con una alma necesitada, ¿verdad?” añadió, llevándole una arepa a la boca como si quisiera que él mismo confirmara con un mordisco.

Neville estaba a punto de desmayarse ante tanta estimulación, pero se obligó a aceptar ese beso indirecto con toda su fuerza de voluntad… aunque, para ser sinceros, ya ni hambre tenía.

“¿Ves?

Está perfectamente.

Somos superamigos que comparten la comida”, afirmó Malena con una sonrisa pícara.

“Lo que tú digas… solo no rompas a Neville, lo necesitamos entero cuando volvamos a Europa” dije con calma.

El desayuno siguió como siempre, con Malena contándonos lo último que pasaba en Castelobruxo.

Se llevaba muy bien con Hannah, sobre todo con los chistes, y juntas eran las principales protagonistas de la conversación.

Hannah ya se había adaptado al estilo extrovertido de su “mayor” y podían hablar casi de cualquier tema, aunque había algunos que la hacían sonrojar demasiado cuando yo estaba presente.

Neville también participaba a ratos, siempre que Malena no lo tuviera demasiado pegado a su cuerpo, porque en esas condiciones quedaba totalmente incapacitado para articular palabra.

Cuando terminamos de comer y nos disponíamos a irnos para bañarnos y cambiarnos, Malena se levantó primero: “Nos vemos en una hora.

Hoy tengo un lugar muy especial que mostrarles… pero es secreto” dijo guiñando un ojo, con un dedo en los labios, antes de alejarse.

Eso tampoco era raro.

Cada fin de semana se tomaba su tiempo para convertirse en nuestra guía extraoficial de Castelobruxo.

Cada vez nos llevaba a un sitio distinto: desde aulas abandonadas hasta rincones donde se organizaban duelos clandestinos entre estudiantes.

No siempre era algo impresionante, pero con lo enorme que era Castelobruxo, a Malena nunca le faltaban lugares nuevos que enseñar.

Y siempre añadía alguna anécdota divertida ocurrida allí, lo que hacía que cada visita tuviera su encanto.

En cierto modo, los fines de semana se habían vuelto los días más entretenidos gracias a ella, que seguía actuando como guía a pesar de que solo había tenido esa responsabilidad la primera semana.

Malena era simplemente así: una persona agradable, espontánea, y nuestra primera amiga en Castelobruxo.

…

Tras reunirnos con Malena una vez más, comenzó a guiarnos por el castillo sin un rumbo claro.

Parecía estar evitando deliberadamente aulas, profesores y cualquier miembro del personal.

Teniendo en cuenta que estábamos en los pisos superiores, yo lo agradecía; desde aquella profecía en el autobús, la profesora Sílvia no había dejado de hacerme el foco de atención en sus clases, y no paraba de insistir en que me uniera a cursos y clubes de adivinación para “no desperdiciar mi inigualable talento que Dios me dio”.

Llegamos a un piso en particular, pero no nos detuvimos.

Seguimos caminando hasta toparnos con un pasillo peculiar.

No era de los más amplios y formaba un cuadrado cerrado, con pocas puertas y accesos al exterior, pero ninguno hacia el interior.

Las paredes estaban decoradas con relieves, aunque menos detallados que en otras zonas del castillo.

En su mayoría eran murales de selva: lianas, hojas, animales… casi sin presencia humana.

“¿Saben?

Hay lugares que ni los profesores conocen en el castillo”, dijo Malena mientras avanzábamos.

Iba con la mano apoyada en la pared, recorriendo las superficies lisas de la jungla esculpida.

“O los conocen, pero no pueden entrar” En un punto se detuvo.

Su mano se había quedado quieta sobre el relieve de un jaguar.

Sacó la varita y trazó una extraña “S” en el aire.

El animal se desvaneció, y la pared de piedra se abrió a los lados, apenas lo suficiente para dejar una abertura del ancho de una cabeza.

Del otro lado solo se veía una luz blanca, intensa pero opaca, que no iluminaba nada alrededor ni dejaba entrever el interior.

“La posición cambia con cada entrada, y siempre es un jaguar en particular” explicó.

“Si no eres bueno identificándolo, lo mejor es usar el tacto: al correcto se siente un muy leve escalofrío al tocarlo.

Pero hay que ser discretos, este es de los lugares más secretos de la escuela… al menos, de los que los estudiantes podemos acceder.” Dicho eso, Malena se coló por la pequeña abertura.

No fue sencillo —sus tetas dificultaban el paso—, pero aun así logró atravesar la luz.

La seguimos sin pensarlo demasiado, confiando en que no nos llevaría a nada peligro…

y si así fuera tampoco me preocuparía.

El espacio era estrecho, pero como éramos “pequeños” jóvenes conseguimos pasar sin problemas.

Al otro lado nos esperaba algo inesperado: una especie de jungla, aunque controlada.

La hierba cubría apenas nuestros zapatos y no había rastros de animales salvajes ni criaturas peligrosas.

Más que una selva, parecía un enorme y exótico jardín oculto.

“Bienvenidos a la Clareira da Paixão” anunció Malena extendiendo los brazos.

“Este es un patio interno muy especial; además de los estudiantes, casi nadie más puede entrar.” Nos quedamos maravillados mientras ella continuaba: “No solo la entrada es estrecha.

Los adultos de cierta edad directamente no pueden pasar: si lo intentan, la luz se convierte en una pared sólida.

Algunos pocos muy capaces o con permisos especiales, como el director, podrían entrar… pero rara vez lo hacen.

Es difícil y costoso.” Empezó a caminar hacia adelante, haciéndonos señas para que la siguiéramos.

“Tampoco hay que entrar si alguien nos ve.

Aunque muchos profesores no lo conocen, los más viejos sí, y si te atrapan te castigan.

Y lo peor: si logran entrar, castigan a todos los que estén aquí dentro.

Así que no deben divulgar el secreto a nadie en quien no confíen.

Es gracias a eso que este lugar todavía funciona y no ha sido clausurado.” “¿Por qué castigan a quien viene aquí?” preguntó Hannah con inocencia.

Malena sonrió… y ni siquiera alcanzó a responder antes de que un sonido nos interrumpiera

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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