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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 363

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  4. Capítulo 363 - 363 359 Enseñando los colmillos
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363: 359) “Enseñando los colmillos” 363: 359) “Enseñando los colmillos” Los días pasaron y poco a poco todo volvió a una cierta normalidad.

A pesar de los incidentes anteriores, todo estuvo bajo control… o, mejor dicho, me aseguré de que lo estuviera.

Malena no exageraba cuando hablaba del atractivo de los extranjeros.

No solo había varios que tenían puestos los ojos en Hannah, sino que también yo mismo parecía despertar interés en demasiadas chicas.

Ya de por sí era exótico, sin necesidad de sumar el título de “forastero”.Claro que eso no me importaba mucho; el verdadero problema era Hannah, y agradecí que Malena la hubiera tomado bajo su ala.

Le enseñaba cosas que realmente le servían para defenderse de la atención indeseada.

Neville, en cambio, no sufrió tanto ese problema: Malena se encargó de dejar en claro que le patearía el trasero a cualquier “zorra” que se pasara de lista con él.

Yo, por mi parte, tomé una contramedida práctica: reforzar nuestro plan de entrenamiento.

En lugar de hacerlo en privado, lo trasladé al patio de la escuela, a la vista de todos.

Allí entrenaba con Hannah y Neville en magia y combate.

Hannah ya tenía experiencia gracias a lo que hacíamos en la guarida, y Neville, con su nueva varita y un valor renovado, progresaba con rapidez.

Al principio no se notaba tanto, pero con el tiempo ambos fueron demostrando sus habilidades.

Y, claro… yo también.

El público no tardó en crecer.

Los chicos interesados en Hannah comenzaron a rodearnos, apoyándola, hasta que la vieron luchar casi a nivel profesional.

Puede que ella no fuera la mejor, pero tras templar su carácter y su magia bajo mi guía, se había vuelto capaz de defenderse con seriedad.

Eso dejó boquiabiertos a los que la observaban.

En las clases equivalentes a Defensa Contra las Artes Oscuras, Hannah ya tenía buenas notas prácticas… ahora todos entendían por qué: se estaba conteniendo.

El problema es que aquello no redujo su atractivo, sino que lo multiplicó: de pronto, Hannah era vista como una bruja guerrera, fuerte y admirable.

Así que decidí intervenir.

Organicé un combate con ella, y aunque nunca llegué a tocarla con mis hechizos, aproveché para mostrar un poco de mi propio repertorio.

Sabía cómo volver mortales los encantamientos más simples: llamas, rayos, cortes… todo perfectamente dirigido para nunca rozarla a ella, pero sí pasar “accidentalmente” demasiado cerca de ciertos espectadores que le silbaban.

Al principio nadie lo notó, pero poco a poco empezaron a entender el mensaje.

Mis miradas frías y el aura liberada con cada movimiento terminaron de dejarlo claro: Hannah no se tocaba.

Los más jóvenes y temerosos se retiraron pronto.

Con los mayores, los que todavía me miraban con burla, fui más directo: “accidentes” un poco más peligrosos, hechizos que les rozaban el aire o les erizaban la piel.

Eso, por supuesto, me valió algunas invitaciones a los duelos clandestinos de Castelobruxo.

Las rechacé todas: no tenía el menor interés en ellos.

Mi único objetivo era marcar territorio, y con el tiempo, lo conseguí en gran medida.

La profesora Crone, encargada de las clases de combate, terminó presenciando uno de estos entrenamientos.

Nos observó en silencio, asintiendo de vez en cuando.

Técnicamente, lo que hacíamos rozaba la ilegalidad dentro de las reglas de la escuela.

Solo se nos toleraba por ser estudiantes de intercambio.

Aquella profesora había sido enviada para advertirnos y redirigir nuestra energía hacia clubes de duelo y organizaciones oficiales, en lugar de andar practicando por nuestra cuenta.

La escuela temía los duelos privados por el riesgo de que alguien terminara herido.

Claro que no podían controlarlo todo, como demostraban los duelos clandestinos.

Pero lo nuestro era demasiado público para pasar inadvertido.

Y aun así, la profesora no nos reprendió de inmediato.

Al contrario: tal como había hecho Silvia, vio potencial en nosotros.

Incluso en Neville, al que muchos pasarían por alto, ella percibía una chispa que podía crecer si era bien trabajada.

Sabía perfectamente lo que yo estaba haciendo, pero no dijo nada.

Más bien me empujó a dar un paso más.

Nos incitó a hacer una demostración formal: un combate contra algunos alumnos de Castelobruxo.

Según ella, serviría para aprender entre nosotros, entrenar a los locales y fomentar una especie de competencia amistosa entre las dos escuelas.Y para mí… sería la oportunidad perfecta para deshacerme de los admiradores de Hannah.

Con la profesora como árbitro, el patio frente a Castelobruxo se volvió más ordenado, pero también mucho más animado: había más alumnos reunidos, todos listos para ver la acción.

Esto se publicitaba como “Hogwarts vs.

Castelobruxo”, aunque, en realidad, no era un enfrentamiento formal entre escuelas sino una exhibición en la que participábamos nosotros tres; aun así, nadie negaría que éramos el centro de atención.

Nuestras peleas destacarían por encima de las demás.

Neville fue el menos afortunado: luchó unas pocas veces, frente a alumnos de primero y segundo año, obteniendo victorias por poco más que derrotas.

Contra terceros ya no ganó, pero eso no importó: cada combate que ganó contra su nivel le subió la confianza un grado.

Verlo superar a chicos de su edad —varios, en realidad— cambió algo en él.

Sabía que, con padres aurores, quizá algo de ellos estaba en él, y quisas en un futuro seguiría un camino parecido si las cosas progresaban así de bien; verle progresar, con nuestro apoyo, le dio un empujón enorme.

Y, por supuesto, Malena no faltó: llegó para animarlo con porras y abrazos, y su entusiasmo dejó a Neville aún más sonrojado.

Tras cada combate ella lo mimaba con la toalla húmeda, agua y consuelos intensos; era imposible que la multitud no se percatara de la escena, y pocos se resistieron a bromear al respecto.

Luego fue el turno de Hannah, y mostró de nuevo de qué estaba hecha.

Si alguien había pensado que mi entrenamiento era un montaje, quedó pronto desengañado.

Hannah venció sin problemas a alumnos de segundo año, superó varios de tercero y hasta a un par de cuarto año.

Sus reflejos, templados por nuestras sesiones de “ataque sorpresa”, le habían dado la destreza necesaria para imponerse a rivales que no podían seguirle el ritmo.

Añadido a eso, el trabajo físico que habíamos hecho se notó, si no ganaba por habilidad pura lo hacía gracias a su resistencia.

La profesora asintió con complacencia.

Podía ver en Hannah a una futura Centinela o, tal vez, una campeona de duelos.

Al igual que Silvia conmigo, ya estaba pensando en cómo convencerla de quedarse para continuar sus estudios y forjar su futuro aquí.

Si el deseo de Hogwarts era mostrar la mejor cara del país a las otras naciones, entonces lo estabamos logrando.

Y al final llegué yo.

Estaba listo para mandar un mensaje claro a los viejos y nuevos admiradores de mi chica.

El primer combate fue contra alumnos de mi edad: pocos, porque tras lo mostrado, muchos ya sabían quién era el más capaz del grupo.

Los despaché con rapidez: acabé con ellos de un solo golpe, de forma poco respetuosa a los que claramente habían mostrado interés en Hannah, señalándolos con hechizos precisos que dolían y asustaban lo suficiente como para que entendieran la lección.

La profesora lo notó y ordenó a los alumnos de tercero que se mantuvieran más precavidos; varios fueron “eliminados” con un par de encantamientos más severos.

Algunos acabaron con dolores incómodos —suficientes para que se apartaran de la escena—.

El público quedó impresionado.

Parecía que ni siquiera estaba dando todo de mí y, aun así, las cosas seguían subiendo de nivel.

Llegaron alumnos de cuarto, quinto y sexto año: cada vez más preparados, cada vez más peligrosos sobre el papel.

Ahí fue cuando mostré algo de mi verdadera habilidad: luché sin muchas reservas, usando hechizos comunes pero con táctica y precisión que unos simples alumnos no podrían alcanzar; la combinación barría el suelo con varios de ellos…

algunos literalmente.

El contraste fue evidente: el asombro, el murmullo contenido y la tensión en el aire iban en aumento mientras la profesora mantenía una postura grave, observando.

Cuando la profesora Silvia, enterada de lo que pasaba, apareció junto a otros miembros del personal, su sorpresa se mezcló con la de todos: no solo se confirmaba que tenía aptitud excepcional en la profecía, sino que mi talento para el combate y la estrategia era real y preocupantemente notable.

Al final llegaron los enfrentamientos con los alumnos de séptimo, los más veteranos del colegio.

Seguramente no habrían venido si no los hubiese llamado la escuela: estaban por graduarse y pocos tienen tiempo para batirse con “niños”.

Algunos vinieron por la emoción, pero la mayoría acudió porque la dirección quería salvar las apariencias y no perder tan estrepitosamente.

Con ellos hice un poco más de espectáculo: fingí esquivar ataques “por los pelos”, como en una batalla más “decente”.

Los entendidos —y los propios contrincantes— sabían que en realidad estaba jugando con ellos.

Malena dejó de abanicar a Neville, que seguía presionado a su pecho en contra de su voluntad, y me miró con la boca abierta.

Entonces la profesora tomó una decisión inesperada: llamó a tres alumnos de séptimo para que me enfrentaran a la vez.

El murmullo fue enorme; a nadie le pareció justo ni digno: poner a tres contra uno no tenía gloria, era una forma baja de ganar, o terrible de perder.

Pero a la profesora no le importó la apariencia.

Tenía otros propósitos.

Yo no retrocedí.

Ya les había dado una paliza ejemplar a ciertos fanáticos, y no me importaba dejar todavía más claro con qué se toparían si intentaban tocar lo que era mío.

El combate empezó con ellos formando un triángulo a mi alrededor y yo plantado en el centro.

Para muchos no fue correcto; Hannah y Neville se inquietaron.

Para mí, sin embargo, fue un juego de niños: he peleado más tiempo que muchos magos, he sobrevivido a guerras y bestias que harían temblar al más valiente.

Dominié el campo sin salir del centro: luces, destellos y movimientos casi coreografiados de mi “Estilo Dansante” —un paso, un giro, una explosión controlada—.

Al final, mis tres rivales cayeron derrotados al poco tiempo, casi al mismo tiempo.

El silencio fue atronador.

Se rompió cuando la propia profesora Crone se adelantó para retarme a continuación.

Aquello me sorprendió; aun así no retrocedí.

Esta vez, mi reverencia previa al duelo fue más formal que con los alumnos.

El duelo contra Crone fue intenso y real: ella tenía experiencia verdadera.

Sabía que podía derrotarla si me esforzaba al máximo, pero ya había mostrado bastante; no quería complicar las cosas.

Subí y bajé la intensidad, hasta que, tras minutos de intercambio, admití la derrota.

Aún así, me había lucido en los primeros asaltos.

La cosa terminó con la profesora inclinándose en señal de respeto y, después, invitándome a su oficina para hablar de mi futuro.

Ella vio que, en combate, yo era ya un “monstruo” que merecía atención; quería saber si pensaba dedicarme a fuerzas militares o algo similar.

Con esto dejé claro, que no se jugaba con nosotros porque había alguien a quien no podían vencer.

Más adelante Malena me contaría que la propia Crone había advertido a los alumnos que “no metieran las narices con Hannah”, porque no quería ser ella quien tuviera que recoger los restos.

Una agradable mujer.

Eso, por supuesto, hizo que Hannah creyera las afirmaciones de Malena sobre mí.

Su vergüenza aumentó, aunque pude notar un destello de emoción en sus ojos.

En fin: ahora tocaba prepararme para el próximo gran desafío.

San Valentín se acercaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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