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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 364

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  4. Capítulo 364 - 364 360 San Valentín del Segundo Año
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364: 360) San Valentín del Segundo Año 364: 360) San Valentín del Segundo Año Llegó el día de San Valentín, y en Hogwarts se respiraba por todas partes: decoraciones, corazones flotando, flores, alumnos melosos siendo mucho más cariñosos… un ambiente empalagoso imposible de ignorar.

En cambio, en Castelobruxo las cosas eran distintas.

Allí también existía un Día de los Enamorados, sí, pero no coincidía con esta fecha.

Eso no significaba que el lugar estuviera menos animado: en apenas una semana llegaba el Carnaval, y toda la escuela bullía de preparativos.

Ensayos, decoraciones, disfraces… aunque también significaba más trabajo dado por los profesores, que aprovechaban estos últimos días antes de las minivacaciones para saturarnos de tareas.

Aun así, decidí contagiar un poco de espíritu festivo, o al menos intentarlo.

Preparé algunas sorpresas para las chicas y, vaya… un harén suena maravilloso hasta que llegan fechas como esta.

Entonces entiendes lo complicado que puede ser.

… Comencé por el [feudo].

A primera hora de la mañana fui a revisar qué novedades había con el Mercader y el Archimago.

Entre los productos de evento únicos brillaban nombres tan llamativos como la típica Poción de Enamoramiento ya conocida, pero también cosas nuevas como Collar del Destino, Mascota Cupido, Flecha del Amor y hasta Perfume de Celo.

Todo un arsenal de objetos pensados para la ocasión.

Después, bueno… no fui precisamente considerado con las chicas de allí.

Lily, Petunia, Gemma, Tonks, Andrómeda… aproveché que aún dormían para llevarlas a la habitación y despertarlas de una forma muy divertida: una orgía improvisada.

Sus expresiones al abrir los ojos fueron un tesoro, tanto que incluso capturé varias fotos.

Mientras tanto, envié algunos clones a pasar tiempo con mis hijas: jugar un rato con Ruby y las arañas, cultivar lazos, sembrar afecto.

Pequeños gestos para evitar que un día se conviertan en criaturas frías e insensibles.

También tuve mi tiempo con Elise, pero no con su avatar, sino con su yo real.

Viajé a su mundo y me quedé a su lado, charlando de todo un poco.

Su figura era cada vez más difusa, reducida casi a una esfera de luz, pero la compañía seguía siendo cálida.

Y claro, tampoco faltó la acción: iniciamos el “plan de repoblación” adquiriendo equinos y otras bestias… y después, bueno, digamos que procedimos a aprovechar mis habildaides y asegurarnos de que todo salga como queríamos…

“¿Estás segura de esto?” Pregunté.

“Solo hazlo, maldita sea…” dijo algo frustrada pero también emocionada.

“Tienes suerte de que te ame.” Suspiré y decidí primero darle algo de amor con mi boca.

Al final, hubo otra orgía aquí con su avatar y las pocas especies que compramos.

Lo que ocurrió podría perfectamente quedar en la historia de su mundo como la primera celebración del Día de la Fertilidad …

Al llegar la mañana en hogwarts no solo habia decoraciones y mucho animo, sino que las chicas tambine despertaron con una imagen peculiar y hermosa.

Cuando amaneció en Hogwarts, no solo las paredes rebosaban decoraciones y alegría.

Las chicas también despertaron con un espectáculo peculiar.

Lo primero que vieron fueron grandes mariposas escarlata, luminosas, creadas con mi magia de sangre.

Revoloteaban sobre ellas en círculos hipnóticos.

Al principio provocaron algún que otro susto, pero pronto dejaron paso a la admiración.

Y cuando por fin se levantaron, las mariposas comenzaron a lanzarse una a una contra sus rostros, explotando en nubecillas brillantes que emitían un sonoro ruido de beso antes de dejar la marca de unos labios rojos sobre la piel.

Entre sonrojos y risitas nerviosas, algunas corrieron al baño para borrarlas antes de que alguien más las viera.

Al lado de cada cama, una nota escrita con trazo elegante y un plato de desayuno recién hecho las esperaban.

Justo lo necesario para empezar el día con dulzura: no demasiado para llenarlas, pero lo suficiente para que recordaran que, por mucho que el Gran Comedor ofreciera festines, mi cocina seguía teniendo un sabor inconfundible.

Las notas no eran extravagantes: saludos, felicitaciones y un breve poema sobre el Día de los Enamorados.

En cada una hablaba de lo importantes que eran para mí, a veces aludiendo a sus habilidades o a sus formas animagas.

Claro que había diferencias.

Algunas notas sonaban más tiernas, demasiado afectuosas para simples amigas; otras eran claramente explícitas, destinadas a las que ya eran mías.

Por ejemplo, la de Lavender rebosaba insultos degradantes… amorosos, sí, pero igualmente hirientes.

Exactamente lo que ella queria recibir de mí.

Todas sabían perfectamente que detrás de las mariposas, el desayuno y las cartas estaba yo.

Para algunas fue un gesto entrañable; para otras, un recordatorio doloroso de que no estaba allí, lo cual las dejó algo decaídas.

Pero hubo una en particular que sintió que aquello ya no podía continuar así.

El resto del día lo pasaron casi todas en la guarida, en parte para evitar a Lockhart con su traje rosa pastel y sus ridículos enanos disfrazados de cupido que correteaban cantando canciones románticas.

Ya habían presenciado lo vergonzoso que podía ser recibir una de esas “dedicatorias”.

En realidad, poco tenían de qué preocuparse la mayoría… salvo Penélope, que sí corría cierto riesgo y por eso fue la primera en llegar a la guarida.

Allí charlaron, rieron y se distrajeron un rato.

La guarida lo tenía todo para pasar un día agradable.

Fue durante la tarde que recibieron un mensaje mío: sencillo, pero suficiente para que se ilusionaran.

Mi clon —el que permanecía en la guarida— se activaría durante un rato, y cada una tendría cinco minutos conmigo y un regalo.

Les advertí que quizá no alcanzaría a estar con todas… una mentira, por supuesto.

La idea las emocionó.

Cinco minutos eran muy pocos, pero considerando que yo estaba en Brasil y que mantener un clon a tanta distancia debía costar un esfuerzo inmenso, lo aceptaron como algo razonable.

Como si fuera aleatorio, descarté a las que conocían la verdad sobre mis clones: Daphne, Astoria, Millicent, Pansy, Penélope y Lavender.

Así, el resto pasó una a una por la habitación del clon.

Un saludo, un abrazo, una caja de dulces brasileños y unas pocas palabras.

Rápido y simple.

Muchas quedaron insatisfechas por no poder alargar la charla, pero todas disfrutaron del momento y del regalo.

Aún así, Lavender tenía razón: algunas ya sospechaban de mis intenciones.

Incluso Hermione notó extraño todo este “amor general”, pero no quiso arruinar el momento ni ser “la mala novia” que protestaba.

Guardó silencio, aunque planeaba hablarlo conmigo cuando regresara.

Lo que realmente me sorprendió fue que Cho ni siquiera se presentó.

Rechazó tanto la visita como los obsequios.

Fue la única que interpretó todo aquello como un exceso.

Decidió tomar distancia de mí, y eso no me agradó en absoluto… aunque sería un asunto a resolver más adelante.

Por la noche, en cambio, pasé tiempo con las que no habían tenido turno con el clon, aunque de una forma mucho más intensa: Con Millicent, besos largos y un jugueteo descarado con su trasero por encima de la ropa.

Con Pansy, besos apasionados y caricias descaradas en sus pechos.

Con Penélope, sexo salvaje: esta vez se entregó más libremente, sin contener los gemidos propios por la fecha.

Con Daphne y Astoria, apenas una charla casual, aunque reconozco que mis miradas acabaron incomodándolas.

Y con Lavender… “Es… hermoso…” murmuró babeando, mientras acariciaba mi erección con ambas manos, sin parpadear ni una sola vez.

Parecía hipnotizada.

Le prometí acción, pero en realidad sería ella quien terminaría complaciéndome, sintiendo en sus manos todo el calor que había estado esperando.

Lavender no pudo resistirse.

Primero movía sus manos con suavidad, casi tímida… y luego, con una brusquedad que parecía querer exprimir cada gota de mí.

Sin apartar la mirada de mi miembro, oliéndolo como si necesitara más y más.

No tardó en dar una primera lamida, luego otra, y cuando menos lo pensé ya tenía mi glande entero en la boca, succionando con desesperación, como una cría buscando leche.

Su mirada perdida me hizo sospechar que la euforia la había desconectado por un instante de la realidad, pero su cuerpo no se detenía.

Se ahogaba con mi sabor, tragando cada gota de líquido preseminal como si fuera néctar vital, e incluso intentó una garganta profunda al primer intento.

Mala idea.

Su pequeña garganta no estaba preparada: se atragantó, lloró y tosió con mi pene hundido en su boca, al borde de vomitar.

Aún así, se negaba a soltarme.

Entre jadeos podía escuchar su dolor, pero ella seguía empujándose con violencia, dispuesta a tragarme entero aunque le costara la vida.

La vi ponerse azul por la falta de aire y traté de apartarla, pero se resistió con una fuerza casi suicida.

Para liberarla, recurrí a lo único que podía salvarla: forcé mi propio clímax.

Mi cuerpo se contrajo dentro de su garganta y descargué todo en ella.

Lavender se estremeció al mismo tiempo, alcanzando un orgasmo sin tocarse, solo ahogándose en mi miembro y sintiendo cómo mi semen se deslizaba por su estómago, garganta y labios.

Cayó inconsciente enseguida, exhausta… pero con una expresión de satisfacción y con el pensamiento de que quería sentir esto por el resto de su vida.

…

En Castelobruxo, Hannah recibió un trato similar al de las chicas de Hogwarts: mariposas, desayuno y un poema.

Pero a diferencia de ellas, yo estaba presente con ella y la invité a salir conmigo por las tiendas, a recorrer el bullicio previo al carnaval.

Al principio estaba incómoda; después de lo que había descubierto sobre mí, no sabía si debía aceptar.

Ahora estábamos solos, y este paseo podía significar mucho más que lo del año pasado, cuando compartimos momentos junto a las demás.

No le di opción a negarse.

Le tomé la mano y la arrastré fuera de los dormitorios.

Hoy iba a ser un gran día.

Para empezar, le coloqué una flor sobre el cabello: pétalos triangulares, largos y doblados hacia dentro, de un rosa cristalino y semitransparente.

La flor se contraía suavemente, como si respirara, y al caer la noche brillaría gracias a su bioluminiscencia.

Hannah intentó negarse, pero estaba fascinada.

Nunca había visto algo así; era algo que yo había conseguido en una de mis aventuras del tablón.

Al salir del castillo, todo estaba animado por el carnaval próximo, aunque nada especialmente romántico.

Allí fue que nos encontramos con Malena, que me saltó a la espalda con su energía habitual.

“¿Qué cuentas, máquina de matar…?

¿Sacando a pasear a la princesa?” bromeó con descaro.

“Máquina de matar” era uno de los apodos que me había puesto después de ver mi demostración el otro día.

Su perspectiva sobre mí cambió por completo desde entonces; me tenía mucho más respeto, e incluso decía sentirse afortunada de haberse hecho nuestra amiga y no una enemiga.

A veces jugaba con que podía caminar como la dueña del lugar porque tenía al “Padrino Rojo” como guardaespaldas, imitando con acento mafioso.

Quizás había visto demasiadas películas “Es San Valentín y siempre paso un buen rato con mis amigos”, respondí, sin aclarar que se trataba de una cita.

No quería tensar aún más a Hannah.

“Oh, cierto… ustedes celebran hoy.

Nosotros lo tenemos en junio”, dijo, lanzándonos miradas pícaras y una risita burlona.

Luego añadió: “Mejor llévala a comer algo y pasarla bien antes de llevarla a la Clareira da Paixão.” Miró a Hannah con complicidad, que entendió perfectamente el doble sentido.

“No le aflojes tan fácil” le susurró a ella, dándole una nalgada juguetona en el trasero.

“Si quiere probarte, que se esfuerce.” “¡Ahhh!” gritó Hannah, roja de sorpresa y vergüenza, cubriéndose mientras Malena reía divertida.

“No!

nosotros no…!” dijo casi llorando, con su corazón a mil.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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