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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 366

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  4. Capítulo 366 - 366 362 McGonagall Vs
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366: 362) McGonagall Vs.

el Burdel 366: 362) McGonagall Vs.

el Burdel Aunque pasé mi San Valentín principalmente entre las chicas del feudo, en Hogwarts y en Castelobruxo, hubo ciertos eventos destacables que merecen mencionarse.

… Desde que comenzó el día de San Valentín, hubo una mujer a la que no le sentó demasiado bien: Minerva McGonagall.

No era que se sintiera sola al ver a las parejas de Hogwarts, aunque tampoco podía negar que algo de eso había.

Llevaba años observando cómo el amor florecía en los pasillos, y siempre se lo había tomado con naturalidad; incluso era común verla sonreír al ver crecer a los estudiantes, encontrarse, enamorarse… más de una vez había ofrecido consejos a quienes lo necesitaban.

Pero este año era distinto.

Los sucesos recientes y esas sensaciones que la atormentaban la obligaban a pensar demasiado en lo que no tenía.

Viejos amores, el recuerdo de su difunto esposo, la culpa por lo ocurrido con aquel alumno… todo se le mezclaba en la mente, carcomiéndola en silencio.

Su mañana fue especialmente difícil.

Ver a tantas parejas felices, mientras su cuerpo —aún bajo el efecto residual de aquella droga— reaccionaba con una excitación fuera de lugar, le resultaba una tortura.

Como si su propio cuerpo le recordara que ella también necesitaba afecto.

Cerca del mediodía, Minerva decidió despejarse en Hogsmeade.

Sin embargo, lo que apretaba con fuerza en su mano era el verdadero motivo de su conflicto: una tarjeta.

Ese pedazo de papel se había convertido en un catalizador para su lucha interna.

Jamás aceptaría ir a un burdel… y aun así, el simple hecho de poder hacerlo parecía despertar en ella un deseo latente, casi insoportable.

Pensó muchas veces en devolverle la tarjeta a Pomona, pero siempre encontraba una excusa para no hacerlo.

Hasta que llegó ese día: la fecha para reclamar el “premio”.

Durante horas estuvo debatiéndose, hasta que, sin saber cómo, sus pasos la llevaron a Londres, guiada por la tarjeta.

Se negaba a sí misma la idea de usar los servicios de un lugar tan degradante, pero su cuerpo ardía en un deseo insatisfecho.

Recordó entonces lo que Pomona le había dicho: allí también se podían conseguir inhibidores de libido.

Tal vez esa era la salida.

Comprar lo necesario, salir de inmediato y, más adelante, incluso denunciar el lugar al Ministerio.

Con esa mentalidad se convenció de que no estaba traicionando sus principios.

Se lamentó por desperdiciar el regalo de su amiga, pero al final se consoló con que Pomona lo había ofrecido sin dudar, y ella realmente no lo necesitaba.

Las calles eran antiguas y desiertas cuando llegó a un conjunto de edificios de ladrillo.

La tarjeta, que hasta entonces había señalado solo una ubicación vaga, comenzó a vibrar con una extraña fuerza de atracción, como si la guiara.

Minerva terminó frente a un callejón que no debería estar allí; un destello en la tarjeta hizo que, en lugar del pasaje estrecho, se revelara un edificio sólido y discreto, apenas diferente de los demás.

Vaciló una última vez.

El deseo en su cuerpo se había vuelto insoportable, amenazaba con quebrar la disciplina que siempre había defendido.

No podía permitirse que eso afectara su labor como profesora.

Con la firme intención de entrar, comprar y marcharse enseguida, avanzó y llamó a la puerta.

Nadie respondió.

Pero al fijarse en el picaporte, notó una ranura del tamaño justo para la tarjeta.

Dudó un instante y luego, con un gesto casi automático, la deslizó en el hueco.

Un clic sonó con claridad.

Giró el picaporte y la puerta cedió.

El interior parecía una casa antigua, sin ventanas, con un aire oscuro suavemente iluminado por lámparas ambientales.

En el centro había una sala con sillones, una mesa de té y algunas decoraciones sencillas.

A un lado, un mostrador atendido por una joven.

“Bienvenida a La guarida del súcubo”, dijo la recepcionista sin alzar la vista de lo que parecía ser un aparato tecnológico, parecido a un teléfono antiguo o algo similar.

McGonagall parpadeó incrédula.

Aquello no se parecía en absoluto a un burdel: era una casa noble antigua, pero pequeña y bien mantenida, aunque con un ambiente extraño y ambiguo.

El silencio era total; no se escuchaban voces, risas ni pasos.

Ni siquiera la recepcionista parecía interesada en atenderla.

Minerva había oído que aquel lugar era famoso, y esperaba al menos un trato propio de tal reputación.

En cambio, lo que veía solo reforzaba la repulsión que sentía: un sitio decadente, sin brillo, sin dignidad… y se preguntó, una vez más, por qué había terminado allí La joven del mostrador frunció el ceño, confundida.

El cliente no avanzaba ni seguía los pasos habituales.

Supuso que era alguien nuevo y que tendría que explicarle cómo funcionaba todo… pero al alzar la mirada, su expresión se congeló en una mueca de sorpresa.

“¡Profesora McGonagall!” exclamó en voz alta, incapaz de creer lo que veía.

“¿Señorita Sullivan?” respondió Minerva, también atónita, al reconocer a la muchacha.

Había sido su alumna unos años atrás El silencio cayó sobre ambas mientras se observaban.

McGonagall había considerado cubrirse el rostro para no ser reconocida; la idea de que alguien la viera entrar en un burdel era insoportable.

Sin embargo, había desechado esa opción: no iba a cometer nada reprochable.

Es más, su intención era comprar lo que necesitaba y, si era posible, desmantelar aquel sitio.

Fingir clandestinidad solo la pondría al nivel de un criminal, y ella se negaba a rebajarse de esa manera.

La muchacha reaccionó enseguida, salió del mostrador y se inclinó repetidas veces, en una serie de reverencias atropelladas.

“¡Perdóneme, profesora!

No sabía que era usted.

No quise ser descortés.” “¿Qué está haciendo aquí, señorita Sullivan?” preguntó McGonagall, sintiéndose extrañamente incómoda.

Recordaba perfectamente a esa chica: hija de muggles, de Ravenclaw, aplicada en encantamientos aunque deficiente en otras áreas.

Una buena niña, en esencia.

Jamás habría imaginado encontrarla en un lugar como ese.

La joven se sonrojó hasta las orejas y bajó la cabeza, avergonzada.

“Yo… estoy trabajando aquí, profesora…” murmuró con un hilo de voz “Señorita Sullivan… usted era una alumna aplicada, responsable… ¿cómo es posible que terminara trabajando en un lugar así?” dijo con el mismo tono estricto que solía usar en sus clases, aunque por dentro sentía un profundo pesar.

La había visto creer en Hogwarts y encontrarse en un burdel era…

La muchacha apretó los labios, sin atreverse a mirarla.

El silencio se alargó hasta que, finalmente, suspiró.

Alzó el rostro, con una resignación amarga en los ojos.

“La verdad… es que este fue el único trabajo decente que encontré, profesora.

Sé que no la enorgullece, pero este es mi medio de vida.” “¿De todos los caminos que pudo tomar… eligió este?” insistió Minerva, con ese mismo tono inquisitivo, como si reprendiera a un alumno por una mala decisión.

“No fue elección…” replicó Sullivan con una sonrisa quebrada.

“No tenía muchas opciones.

Soy hija de muggles, apenas tuve amigos en Hogwarts, y aunque soy buena en encantamientos… mi talento nunca fue suficiente para abrirme puertas.

Busqué y busqué, pero no encontré ningún empleo que me permitiera mantenerme.” Hizo una pausa, bajando otra vez la mirada.

“Mis padres murieron poco después de graduarme.

En el mundo muggle estaba perdida, sin estudios que respaldaran nada y con demasiados años desconectada de él.

Los ahorros se agotaron, y los trabajos que podía conseguir eran mal pagados, agotadores, sin descanso ni futuro.

Algunas familias ofrecían contratos de servidumbre que eran poco menos que esclavitud.

Estaba a punto de perder la casa, sin un lugar a donde ir… hasta que apareció esta oportunidad.” Sus ojos brillaron con un destello amargo de lágrimas contenidas.

“Sé que no es el trabajo más digno ni el más reconocido… pero me salvó de la indigencia, de convertirme en una criminal.” a expresión severa de McGonagall se quebró de inmediato al escuchar las palabras de su exalumna.

Sentía la impotencia y la frustración que aquella joven cargaba, y su voz parecía teñida de una tristeza tan honda que la mantenía al borde del llanto.

“Mi niña…” murmuró Minerva, rodeándola con un abrazo firme, intentando consolarla.

“¿Por qué no pediste ayuda?

No tenías que caer en esto…” La muchacha aceptó el abrazo, se dejó reconfortar por un instante, pero pronto se apartó.

Se secó una lágrima con la manga y forzó una sonrisa, recuperando de golpe una actitud más alegre, como si todo aquello no hubiera sido más que un mal recuerdo.

“Está bien, profesora.

Este lugar no es tan malo, en realidad.

Y no es como si fuera una de ‘las chicas’…” se sonrojó, desviando la mirada y diciendo con vergüenza.

“Resulta que no tengo talento en esa área.” La chica no pudo evitar recordar ese momento, cuando la propia dueña la había puesto a prueba sus habilidades.

Así descubrió lo que era el verdadero sexo y lo complejo que podía llegar a ser.

Se dio cuenta de que no tenía mucha coordinación, cometía demasiados errores y sus gemidos eran incómodos, por no decir irritantes.

Su antiguo novio nunca se quejó, pero tras madurar y ver lo que pasaba en ese lugar, comprendió que él solo no lo había hecho para no perder la oportunidad de acostarse con ella.

Cosas de jóvenes, al fin y al cabo; el sexo adolescente no es lo mismo que lo que había visto aquí.

Al final, Andra le dijo que, para ser lo suficientemente buena, requeriría de mucha práctica y entrenamiento, algo que no era rentable para el negocio.

Su único destino sería estar en el eslabón más bajo del lugar, convertida en una de las putas más baratas.

Por suerte, no tuvo que llegar a eso.

“Al ver que no servía como cortesana, me ofrecieron el trabajo de recepcionista” explicó con una chispa de orgullo.

“Como siempre fui buena memorizando y usando la cabeza, resultó que en esto sí soy excelente.

Ahora me va muy bien.” Su sonrisa se ensanchó.

“El sueldo es increíble, tengo cobertura médica total, beneficios que nunca imaginé… y conozco a muchísimas personas importantes que vienen aquí.

Me tratan con respeto, y a quienes no lo hacen los echan o incluso la seguridad los golpea.

Después regresan casi suplicando que los perdonemos si quieren volver a disfrutar de los servicios.” Soltó una risita nerviosa, pero llena de emoción.

“¡Sangres puras!

Tratándome con respeto… ¡a mí, una hija de muggles!” La alegría en su voz contrastaba con el ceño fruncido de McGonagall.

Podía comprenderlo: en un mundo donde la discriminación contra los nacidos de muggles aún existía, aquella sensación de superioridad, de ser por fin alguien valorado, debía ser embriagadora.

Aun así, Minerva no podía aceptarlo del todo.

“Señorita Sullivan… sigue siendo un burdel.

Aunque ahora solo seas recepcionista, en algún momento la ley intervendrá.

No quiero verte acabar en Azkaban.

Déjalo cuanto antes.

Yo misma te ayudaré a encontrar un trabajo digno.” Ofreció, queriendo ayudar a esta chica descarriada.

“Gracias, profesora, pero no… este es mi lugar”, respondió con amabilidad, aunque con firmeza.

Sus ojos transmitían que entendía la preocupación, pero no la compartía.

“Además, el Ministerio no puede cerrar este sitio.

Ya lo intentaron antes y no pudieron.

Menos ahora.

Tenemos protocolos para todo: qué hacer si nos arrestan, cómo nos ayudarán a librarnos de toda condena o a escapar, incluso recibir una nueva identidad en otro país si es necesario.

Aquí todo está muy bien organizado.

Y… yo quiero quedarme.” Se inclinó hacia Minerva, bajando la voz.

“Además, muchísima gente del Ministerio viene aquí.

No se atreverían a tocar este lugar… no mientras teman que se revele lo degenerados que son.” Se detuvo de golpe al darse cuenta, nerviosa.

“¡Pero no hablo de usted, profesora!

Usted no es una degenerada, no, usted es… noble.

Estoy segura de que viene ocacionalmente para…

bueno, satisfacer alguna necesidad como cualquier persona decente…” “Es mi primera vez aquí.

Y no vengo por eso…” dijo McGonagall, con un tic en la ceja, entre enfadada y divertida ante la lengua suelta de su exalumna, que le recordaba aún más a sus días de estudiante.

“Oh…” Sullivan se puso roja como un tomate, al borde del colapso por la vergüenza.

Buscando desesperadamente un cambio de tema, tartamudeó: “¿Quiere que le cuente algunos chismes de los clientes habituales?” —///— Hola a todos.

Les informo que estoy a punto de presentar mi tesis.

Por esta razón, no estaré muy activo durante las próximas dos a tres semanas.

Como máximo, intentaré publicar un capítulo, pero no puedo prometer nada.

Aviso por si quieren retirar sus donaciones durante este mes.

Volveré tan pronto como sea posible.

Gracias por su comprensión.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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