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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 367

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  4. Capítulo 367 - 367 363 McGonagall Vs
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367: 363) McGonagall Vs.

el Burdel 2 367: 363) McGonagall Vs.

el Burdel 2 El silencio se volvió incómodo; la muchacha seguía sonrojada y McGonagall no encontraba palabras ante la actitud de su antigua estudiante.

“¿Usted… no vino para buscarnos, verdad?” preguntó la niña con un deje de temor.

Tras oír que la profesora no había venido por los “servicios”, lo primero que pensó fue que aquella mujer amable pero estricta se había presentado para regañarlos.

Y aunque ya eran adultos, el respeto —y el miedo— hacia McGonagall persistía en muchos graduados.

“¿Buscarlos?” repitió ella, arqueando una ceja con preocupación.

“¿Hay más además de ti?” “Bueno…” Sullivan supo que había metido la pata, pero tampoco podía mentir.

Al igual que ella, otros habían aceptado ese lugar como su hogar, sin arrepentirse.

“Hay varias exalumnas, aunque la mayoría consiguió trabajar ‘dentro de las habitaciones’…” añadió, avergonzada por sus limitadas habilidades sexuales, aunque en el fondo agradecida por ello.

“También hay algunos chicos…” “¿Por qué?

¿Cuántos?

¿Cómo?2 preguntó McGonagall, sintiendo que el corazón se le encogía al imaginar a tantos de sus antiguos alumnos terminando allí.

“No sé bien cuántos.

Reconocí a cinco o seis, pero escuché que podrían ser más… De los que conozco, algunos como yo llegaron por necesidad y se quedaron por el trato.

Incluso creo que un par realmente deseaban una vida así desde el principio…” respondió la joven, pensativa El rostro de Minerva se tensó.

No sabía contra quién enojarse más: con sus alumnos, consigo misma por no haberlos guiado mejor; con el Ministerio, por permitir semejantes cosas; o con la sociedad, que empujaba a jóvenes prometedores hacia destinos tan degradantes.

Finalmente, decidió contenerse.

Aquella niña frente a ella no era más que otra víctima.

Denunciaría el lugar al Ministerio, sí, pero también pensaba en pedir ayuda a Dumbledore: no podía dejar que sus estudiantes fueran arrastrados a la corrupción.

—Entonces, profesora… si es su primera vez, supongo que no sabe cómo funciona.

¿Quiere que la guíe?

¿Qué está buscando?

—dijo la muchacha, intentando suavizar la tensión al notar la mirada cargada de lástima de su exprofesora—.

¿Quiere que le recomiende algo?

Yo misma uso los servicios del lugar cuando los necesito; con el descuento de empleada no gasto tanto… No se sienta avergonzada, todos necesitamos ayuda de vez en cuando.

“Yo no vengo por eso” repitió McGonagall, con un tic en la ceja.

La insinuación de que buscaba “diversión” la ofendía… aunque su propio cuerpo parecía reclamarlo.

“Vengo a comprar inhibidores de libido.” “¿Van a poner inhibidores de libido en la comida de Hogwarts para que los alumnos no follen?” La joven abrió mucho los ojos y se cubrió la boca, como si hubiese descubierto una conspiración “¡¿Cómo se te ocurre…?!” La mirada severa de McGonagall bastó para que la recepcionista temblara.

“Son para… una amiga” añadió con incomodidad.

No tenía más remedio que decirlo, si quería detener la imaginación desbocada de la joven.

“¿Los tienen o no?” “Está bien, perdón… Y sí, los tenemos, los mejores que puede encontrar.

Su “amiga” puede estar tranquila” respondió con un guiño cómplice, aunque se corrigió de inmediato al sentir de nuevo aquella mirada fulminante.

“¿Puedes dármelos?” pidió Minerva, ya arrepintiéndose de haber ido.

Solo quería el inhibidor y marcharse para luego informar a Dumbledore “Sí… digo, no.” (Sullivan) “¿Sí o no?”(McGongall) “Tenemos los inhibidores, pero no aquí” aclaró rápidamente.

“Seguro no sabe cómo funciona este lugar, es su primera vez.

¿Notó lo vacío que está?

Es porque yo soy la única aquí.” “Sí… lo noté.

Esperaba algo más… vivo” dijo mirando con desprecio el lugar, pero curiosa de su situación.

“¿Acaso no trabajan en San Valentín?” “Claro que sí, de hecho es un buen día para el negocio.

Pero nuestro burdel no es estático: como este, existen otros establecimientos, y cada día se abre solo en algunos de ellos.

El resto, como ahora, queda reducido a un paraje intermedio obligatorio, por el cual pasar antes de llegar al local principal del día.

Es una medida de seguridad: así cerramos los caminos a los posibles repentinos problemas” Aclaró McGonagall escuchaba con interés, aunque con un creciente malestar.

Comprendía ahora cómo podían mantenerse tanto tiempo sin ser clausurados: un sistema tedioso, pero eficaz.

Y eso era lo que más le preocupaba.

Peor que el crimen era el crimen organizado… mucho más difícil de erradicar “Entonces…” preguntó McGonagall, sin saber cómo continuar.

“Solo entre por esa puerta de allí” respondió la muchacha, señalando una puerta no muy lejos del mostrador.

“Llegará al establecimiento principal.

Allí podrá comprar lo que necesite y…” se interrumpió a tiempo, evitando mencionar los ‘servicios’.

“Tiene suerte, el establecimiento de hoy está en Hogsmeade, así que le quedará cerca de Hogwarts para volver.” “¿Un establecimiento en Hogsmeade?” repitió Minerva, sorprendida.

No podía creer que ese burdel hubiese logrado extenderse a un lugar como ese sin que nadie lo notara.

“Sí, y no se preocupe.

Con usar la tarjeta en la puerta, ya quedó registrada como la ganadora del premio, así que podrá reclamarlo sin problemas” añadió la recepcionista con una sonrisa orgullosa.

McGonagall devolvió una mueca forzada, deseando terminar de una vez.

Se acercó a la puerta, la abrió y vio al otro lado un ambiente completamente distinto.

Tragó saliva, cruzó el umbral y la puerta se cerró automáticamente detrás de ella.

La joven recepcionista suspiró aliviada, aunque permaneció mirando la puerta unos segundos más.

Había sido difícil hablar con su antigua profesora, sobre todo mientras enviaba un [Mensaje] a la dueña del burdel, avisándole de la llegada de una invitada importante, tal y como le habían enseñado en el entrenamiento.

Ella sabía cumplir con esa tarea en secreto, como buena recepcionista.

Estaba convencida de que recibiría un bono: McGonagall era demasiado relevante como para que su jefa dejara pasar semejante visita sin recompensa …

McGonagall apareció en lo que parecía ser una cabaña en Hogsmeade.

Este lugar sí tenía ventanas y estaba bien iluminado; la decoración evocaba tanto a un negocio como una casa abandonada…

tambien tenia un aire a casa vikinga, todo en madera.

A la derecha estaba la salida hacia el pueblo, detrás suyo la puerta por donde había entrado, frente a ella un mostrador, y a la izquierda varias puertas, pasillos y escaleras.

“Bienvenida, profesora McGonagall” dijo otra recepcionista, inclinándose con respeto.

“Nuestra jefa ya está en camino.

Por favor, tome asiento y espere.” McGonagall se incomodó al oír aquello.

El lugar tenía un aire extraño, como si ya hubieran planeado su llegada.

No le gustaba nada.

“No hace falta.

Solo quiero comprar unos inhibidores de libido” dijo rápidamente, con la intención de marcharse lo antes posible.

Aunque le avergonzaba, pensaba llevarlos a Snape para que los analizara.

Quizá debería haber ido a pedirle una poción desde un principio, pero su orgullo… y la insistencia de Pomona al entregarle la tarjeta, le habían impedido hacerlo.

Ahora empezaba a arrepentirse.

“Está bien, pero aun así le ruego que espere.

Nuestra jefa desea verla” respondió la recepcionista, ofreciendo lo que parecía un menú de restaurante, aunque en realidad era una lista de productos.

“Aquí tiene nuestras pociones y sustancias recreativas.

Elija la que más le convenga.” “Solo quiero inhibidores de libido” aclaró Minerva, a punto de darse media vuelta.

“Lo sé, pero tenemos distintas variantes y presentaciones.

Pase su dedo de izquierda a derecha sobre el nombre si quiere más detalles, en sentido contrario para volver atrás.

Hacia arriba y abajo podrá explorar más opciones de la lista.

Puede investigar el resto por su cuenta o preguntar” explicó la recepcionista con calma, como si recitara un guion aprendido.

McGonagall sintió cierta curiosidad tras escuchar la explicación y lanzó una mirada fugaz a la lista de productos.

Bastó con ese vistazo para sorprenderse: aquel artefacto era una pieza de alquimia notable, tan pulida y funcional que la mantuvo examinándola más tiempo del que hubiese querido.

El soporte era de un material resistente y elegante; la tipografía clara, con un diseño sobrio pero atractivo; algunos productos aparecían adornados con efectos visuales cuando estaban en oferta.

Eso era lo básico.

Al explorar un poco más, descubrió funciones avanzadas: un buscador preciso, un carrito de compra que calculaba el total automáticamente, filtros por categoría, advertencias sobre interacciones peligrosas entre pociones, consejos de uso, reseñas de clientes… incluso permitía fijar fecha, hora y lugar de entrega de los pedidos.

Todo ello integrado en una interfaz táctil tan intuitiva como práctica.

Por un instante, Minerva se olvidó de lo que había venido a comprar.

Aquello podía revolucionar cualquier negocio mágico, desde una botica hasta un comercio de varitas.

Pero, en vez de estar en manos de un mercader respetable, estaba en un burdel.

Y lo peor: no era un ejemplar único, pues la recepcionista lo había sacado de un cajón lleno de otros dispositivos iguales, lo que significaba que este era solo un detalle más de este extraño lugar.

Volvió a su objetivo y buscó inhibidores de libido.

Se encontró con una gama tan amplia que le resultó incómoda: desde fórmulas que duraban unas horas hasta otras que podían anular el deseo durante un mes entero; algunas con añadidos extravagantes, otras con sabores o métodos de ingesta inusuales.

Entre tantas opciones, eligió la más simple: un inhibidor de un mes de duración, sin efectos secundarios adicionales.

El precio no era escandaloso, pero le dolía gastar dinero en algo así.

Añadió tres unidades al carrito: suficientes para analizarlas primero y, si resultaban seguras, guardarlas para uso posterior.

En el fondo, sospechaba que no encontraría fallas: aquel negocio era demasiado profesional.

“¿No quiere llevarse más cosas?” preguntó la recepcionista con tono persuasivo.

“Su premio tiene un valor mucho mayor, puede compensarlo con otros productos.

Dudo que quiera el ‘Dildo de Oro Maldito’…” señaló con naturalidad una repisa donde descansaba un enorme consolador de oro, cubierto de runas rojas que parpadeaban.

Un cartel lo anunciaba como Gran Premio de San Valentín.

“Si no lo desea, podemos reembolsar el valor en mercancía.” La expresión de McGonagall se volvió rígida al contemplar aquel objeto grotesco, tan grande que fácilmente iba de su codo a la palma de su mano y tan grueso que dudaba que cualquier mujer decenta pueda usarlo.

Por un lado, valoraba que el negocio mostrara consideración al ofrecerle un reemplazo; por otro, le indignaba que lo “normal” en este lugar fuese premiar a alguien con semejante… artefacto.

“Imaginé que no lo querría.

Usted nunca me dio la impresión de ser ‘ese tipo de mujer’ cuando me enseñaba” comentó la recepcionista, casi divertida al notar la incomodidad en su antigua profesora.

“¿Fuiste mi alumna?” preguntó McGonagall, dándose cuenta de que el rostro le resultaba vagamente familiar.

“Francine Lowther, Hufflepuff” respondió con una leve inclinación de cabeza.

“Hace unos doce años.

Dejé la escuela en quinto curso, después de que un hombre lobo me atacara… y me infectara.” “Lowther… sí, te recuerdo” dijo Minerva, y en ese momento la imagen de la muchacha tímida se superpuso con la mujer adulta que tenía enfrente.

Su corazón se encogió: otro nombre que añadir a la lista de exalumnos que habían terminado trabajando en ese lugar.

“¿Tú también…?” “Sí, trabajo aquí” confirmó sin rodeos.

“Desde hace un tiempo las condiciones para los hombres lobo mejoraron, y la dueña de este lugar tiene relación con nuestro benefactor.

Gracias a eso fue sencillo conseguir empleo aquí.” McGonagall suspiró con amargura.

Una vez más, la realidad le mostraba que Hogwarts había dejado a muchos de sus estudiantes a la deriva “Supongo que no es tan extraño” añadió Francine con calma.

“Después de todo, Hogwarts es la única escuela de magia en Gran Bretaña.

Es natural que gran parte de los trabajadores de este lugar hayan pasado por sus aulas.” Minerva no pudo evitar sentir un momento de duda y vergüenza.

En cierto modo, era verdad: casi todo el mundo mágico britanico había asistido a Hogwarts, por lo que era tan normal que este burdel estuviera lleno de sus alumnos, como que todos los prisioneros de Azkaban también fueran exalumnos.

—///— ¡Hola, amigos!

He vuelto y vengo con dos noticias, una buena y una mala.

La buena es que ¡aprobé mi tesis!

*Sonidos de felicidad* La mala es que mi computadora está incapacitada…

(Sonidos de tristeza y depresión) Estoy trabajando con una laptop que se apaga si la miras mal, así que estoy haciendo lo que puedo.

Hasta que pueda reparar mi PC, no creo que pueda volver a la cantidad de capítulos que hacía antes, pero intentaré lo que pueda.

No quiero decepcionarlos; los aprecio y valoro mucho todo el apoyo que me han dado hasta ahora.

Una vez que recupere una PC funcional, retomaré las cosas como deben ser.

Disculpen si la calidad o la cantidad de los capítulos no es la esperada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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