Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 369
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369: 365) McGonagall Vs.
Tom 369: 365) McGonagall Vs.
Tom McGonagall no comprendía del todo qué estaba ocurriendo.
Se encontraba sentada en una de las habitaciones del burdel, esperando… ¿a quién?
¿por qué?
Su mente le decía que debía irse de inmediato, pero su cuerpo permanecía inmóvil, como si hubiera una razón lógica para quedarse.
Algo no encajaba, y sin embargo no podía dudar de ello.
Cada cierto tiempo pensaba: “No tiene sentido.
Me marcho.” Pero, apenas lo pensaba, una extraña calma la invadía y volvía a su actitud anterior, resignada.
Era como si algo invisible moldeara sus emociones, borrando cualquier intención de escapar.
El aire tenía un perfume dulzón, casi empalagoso.
McGonagall no lo notó, pero con cada respiración su voluntad se volvía más frágil.
Pasó un minuto y medio.
La puerta se abrió.
Entró un joven de rostro agraciado, no más de dieciséis años, con una expresión inocente y una belleza que lo haría categorizarse como “lindo”.
Su forma de moverse, su voz, parecía natural, pero al mismo tiempo pre ensayado.
“Buenas” dijo inclinándose con exagerada reverencia.
“Soy Tom.
Espero poder satisfacerla el dia de hoy.” McGonagall se quedó muda, incapaz de decidir si estaba más confundida o indignada ante el joven con ropas, aunque no reveladoras, atractivas.
El muchacho dio unos pasos hacia ella, mirándola con timidez ensayada.
Entonces, sin previo aviso, comenzó a desabotonarse la camisa, observando sus reacciones como si buscara aprobación.
“¡Detente!” ordenó McGonagall con voz cortante.
Tom se detuvo a medio gesto, con una expresión que parecía sincera… demasiado sincera.
“¿Quiere que lo haga más despacio?
¿O que lo hagamos con ropa?” preguntó con torpe inocencia, como si realmente no entendiera lo que estaba ocurriendo El asco se mezcló con una furia helada.
“¡De ninguna manera!
¡No tengo planeado acostarme con un niño!
Por favor, retírese de inmediato.” Ella sentía una repulsión creciente por el lugar y sus “servicios”, especialmente tras ver a un joven que ni siquiera era adulto.
“Váyase ya,” ordenó con voz cortante.
“Y dígale a quien sea que nadie entre a esta habitación hasta que yo me haya ido.” No notó la ironía en su última frase: a pesar de todo, ella todavía no contemplaba marcharse sin cumplir su parte del trato.
El joven se sobresaltó, retrocedió un paso y bajó la cabeza.
“¿Hice algo mal?
Lo siento… lo corregiré” dijo con voz temblorosa, antes de caer de rodillas frente a ella.
“Por favor, no me eche.
Necesito trabajar” Minerva sintió un escalofrío en el corazón al ver al joven arrodillado y suplicando.
Una especie de instinto maternal la sacudió, pues el aura de ese muchacho despertaba la misma necesidad de guía que había sentido por todos los alumnos que había enseñado en Hogwarts: esos niños que recién ingresaban al mundo mágico y la necesitaban.
“Perdóneme…
haré lo que usted quiera, incluso las cosas raras, pero déjeme atenderla…
lo haré bien esta vez,” sollozó él, al borde de las lágrimas.
A pesar de que su molestia inicial persistía, McGonagall suavizó la voz, infundiéndole una compasión inesperada.
“No es problema tuyo,” dijo, mientras lo ayudaba a ponerse de pie.
“Es culpa de este lugar.” Tom, ajeno a la repulsión que causaba, continuó con un tono de voz monótono pero profesional: “¿Desea que cambiemos de sitio?
Tenemos mazmorras, piscinas, escenarios de Hogwarts, Gringotts, el Ministerio, y muchas otras ambientaciones más, aunque algunas tardan un rato en ser preparadas.” La mención de Hogwarts hizo que la furia de McGonagall se hiciera insoportable.
“¡NO!
No quiero moverme ni quiero ninguno de los servicios que este horrible lugar ofrece,” replicó con un asco evidente.
Al comprender cuán diverso y próspero era ese sitio, especialmente con la profanación de los escenarios de la escuela, sintió una oleada de náusea.
El joven, visiblemente abatido, insistió con voz temblorosa: “Pero…
yo tengo la obligación de complacerla…
Por favor, déjeme intentarlo.
Soy muy bueno en eso…
la haré sentir bien.” “De ninguna manera,” sentenció McGonagall, sin ceder un ápice.
“Por favor, retírate.” “Pero no puedo irme.
Necesito satisfacerla de alguna manera…
¡por favor!
Tengo que hacerlo si quiero la bonificación,” insistió el joven con una urgencia palpable.
“No me importa tu bonificación…
¡Váyase!” La paciencia de McGonagall se agotaba rápidamente a medida que escuchaba los deplorables mecanismos de aquel lugar.
“Por favor…
haré lo que sea.
Necesito desesperadamente el dinero,” rogó él, cayendo de rodillas una vez más y aferrándose con ambas manos al borde de su túnica verde.
McGonagall estaba a punto de volverse más agresiva para dejar absolutamente claro que ella no iba a aceptar ningún servicio sexual; sin embargo, al verlo tan completamente desesperado y humillado, su corazón se ablandó de nuevo.
Exhaló un suspiro largo y resonante.
“Bien, puedes quedarte.
Pero mantente alejado,” concedió, desistiendo por completo de expulsar a aquel joven obstinado y necesitado.
Tom pudo quedarse.
Se levantó del suelo con lentitud, bajando la cabeza en señal de respeto, y se alejó apenas unos pasos, con movimientos tan contenidos que parecían calculados para no irritar a McGonagall.
Por alguna razón, aquello la molestó.
No era el tipo de temor que inspiraba como profesora estricta; era más bien el miedo servil de un cachorro golpeado.
Y eso, viniendo de este joven, la incomodaba profundamente.
Pasaron algunos minutos en un silencio espeso.Ambos estaban tensos, aunque por razones distintas.
McGonagall se debatía entre el impulso de marcharse y la absurda sensación de que debía quedarse.
Tom, en cambio, parecía debatirse entre acercarse o callar, como si cada palabra que no decía le pesara más.
Finalmente, él rompió el silencio.
“Esto…” balbuceó Tom.
“¿Sí?” preguntó Minerva, alzando la mirada.
“¿Está completamente segura de que no quiere que haga nada?” dijo con una mezcla de timidez y nerviosismo.
“Soy realmente bueno en lo que hago…
le aseguro que lo disfrutaría.” McGonagall ya no pudo contenerse.
Su voz era áspera, teñida de un desprecio apenas disimulado.
“¿Por qué estás tan ansioso por complacerme?
¿Tan importante es el dinero como para rebajarte a esto?” Hizo una pausa.
Al ver la angustia en el rostro del muchacho, su mirada se suavizó levemente y el tono cambió al preguntar: “¿Acaso te castigan si no cumples tu trabajo?” Tom se quedó en silencio absoluto, con las manos frotándose nerviosamente, evitando el contacto visual mientras lidiaba con sus dudas antes de responder.
“No es eso…
la verdad.
Soy un buen trabajador, así que me tratan muy bien…
Es solo que…” El joven levantó la mirada hacia Minerva, con una timidez vulnerable.
“Usted es…
como una profesora muy famosa y todo eso, ¿verdad?” preguntó, con una inconfundible expectación visible en sus ojos.
McGonagall se sintió perpleja y ligeramente desarmada por la pregunta y la actitud del joven prostituto, pero notó que su creciente frustración había cedido completamente a la curiosidad.
“Así es.
Soy la profesora de Transformaciones en Hogwarts, Minerva McGonagall.
¿Por qué te interesa?” cuestionó, buscando desesperadamente la razón detrás de su extraña insistencia.
“Es que nunca había tenido la oportunidad de satisfacer a una…” Tom se sonrojó ligeramente al corregirse: “Bueno, en realidad, han venido muchas mujeres importantes, pero ninguna como usted…
¡digo, una profesora!
Estaba algo emocionado por hacerlo.” “¿Estás emocionado por…
ir a la cama con una profesora?” preguntó McGonagall, la incredulidad tiñendo su voz.
“Verá, nunca fui a la escuela.
Así que eso de los profesores, las clases, las normas…
son desconocidos para mí; solo fantasías…
Tengo cierta ilusión.
Pensé que ir a la cama con usted sería como probar un poco de lo que es ser un estudiante, sentirme como uno y ver si todo lo que escuché era cierto,” narró Tom con una emoción pura, como si aquel deseo banal fuera su sueño más anhelado.
“¿Nunca fuiste a una escuela?” preguntó, más intrigada que molesta.
No se dio cuenta de que, mientras hablaba, Tom se acercaba con paso suave hasta sentarse en el borde de la cama, dejando una prudente distancia entre ambos.
“No.
Era un desastre con la magia.
Tenía talento solo para unas pocas cosas… cosas que no servían de mucho.
Así que nadie se molestó en enviarme a una escuela.” Hizo una pausa, bajando la voz.
“De hecho, hace años que no toco mi varita.
Está juntando polvo en un baúl.” “¡Pero todos deben tener la oportunidad de educarse!” La profesora estaba visiblemente indignada.
“Hogwarts recibe a todos por igual, sean buenos o malos.
Es nuestro deber guiarlos.” Sin pensarlo, McGonagall había entrado en modo “profesora dedicada a sus alumnos”.
Su enojo se centraba en la injusticia educativa, no en la presencia de Tom.
Entretanto, el aire en la habitación comenzaba a estar cargado con el olor dulce y pesado de las drogas.
El efecto era sutil, pero suficiente para confundir ligeramente su mente y hacerla menos atenta a la proximidad física de Tom de lo que habría sido en circunstancias normales.
Sin cuestionarlo más, y como si fuera lo más natural, McGonagall terminó permitiendo que Tom masajeara sus pies mientras seguían conversando.
El joven era persistentemente insistente en querer “complacerla”, y ella razonó que, a cambio de obtener más información sobre él, su vida y la verdadera naturaleza de aquel sitio, podría sacrificar una pizca de su dignidad profesional.
O, al menos, esos eran los pensamientos distorsionados que comenzaban a erosionar su juicio, inducidos por el ambiente maligno y cargado de la habitación.
Sin darse cuenta, habían entrado en un ritmo de conversación íntima, mientras Tom la atendía de una forma puramente servicial, por el momento.
“¿Entonces has vivido aquí toda tu vida?” preguntó, aún con indignación en su tono de voz, aunque ya no reparaba en cuánto disfrutaba el masaje en sus pantorrillas.
“Desde que tengo memoria, por lo menos la parte bonita.
Comida, cobijo…
compañeros,” respondió Tom con una naturalidad casual que heló la sangre de la profesora.
“Este no es el lugar adecuado para que ningún niño crezca…
Necesitabas un hogar más…” McGonagall dudó, buscando la palabra adecuada.
“Inocente.
Y que no te hayan permitido asistir a ninguna escuela o institución es simplemente inaceptable.
Los niños necesitan crecer rodeados de otros niños…
no de…
prostitutas.” “No sé…” Tom se encogió de hombros con despreocupación.
“Nunca le he visto nada malo a esto.” “¿Y desde cuándo trabajas de…?” La pregunta se quedó atascada en la garganta de McGonagall, incapaz de articular el término.
“Desde hace bastante,” respondió Tom con ligereza.
“Aunque, bueno, cuando mi pene aún no funcionaba solo bailaba y hacía esas cosas.” Cuanto más escuchaba McGonagall, una ira terrible crecía en su interior.
La terrible naturalidad con la que Tom narraba lo que sucedía y hacía en el burdel desde su infancia, como si no hubiera absolutamente nada de malo en ello, la estaba enloqueciendo.
Incapaz de soportar más la normalización de su depravacion, McGonagall actuó por puro instinto.
Apoyó ambas manos sobre los hombros de Tom y lo miró fijamente, con una expresión de extrema y dolorosa compasión.
“Escúchame,” dijo con voz firme pero suave.
“Muchas de estas cosas que crees que son normales están fundamentalmente mal.
Has sufrido mucho sin siquiera saberlo.
Esto que crees que obtienes aquí no es amor.
El amor es mucho más puro, más inocente…
existe sin que nadie tenga que pagarte por hacerlo.” Ella intentó destilar la esencia del sentimiento a un joven con todo su sentido común distorsionado.
La mirada de Tom se volvió perdida y suplicante.
“Entonces…
¿puede mostrármelo?” preguntó, con un hilo de voz.
“¿Cómo es el amor real?” Antes de que McGonagall pudiera procesar la pregunta o responder, Tom se acercó de golpe y sus labios se encontraron con los de ella en un beso rápido y fugaz.
El contacto la dejó completamente paralizada en un estado de shock absoluto.
“¡No!
¡Tomás!
¡Esto está mal!” McGonagall retiró al joven con un movimiento brusco, furiosa consigo misma por su descuido.
“¿Por qué?
Usted me dijo que todo aquí es falso…
y no entiendo.
¿Por qué no puede mostrarme cómo es el sexo y el amor en realidad?” Su voz era lenta, teñida de una lógica suplicante que la hizo estremecerse.
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