Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 370
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- Capítulo 370 - 370 366 McGonagall Vs
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370: 366) McGonagall Vs.
Tom 2 370: 366) McGonagall Vs.
Tom 2 “¡Esto no es a lo que me refería!
¡Esto tampoco sería amor!” negó ella con rapidez, sus manos levantadas en un gesto protector.
“Pero usted se está preocupando por mí, sintió pena por mí y desea lo mejor para mí…
¿No es eso amor?
Si tuviéramos sexo ahora, ¿no sería eso el ‘sexo real’ como usted lo llama?
Si todo lo que conozco es mentira, entonces quiero, por una vez, aprender lo que es el amor verdadero…
¡Quiero que usted me enseñe!” Sin esperar otra respuesta, Tom volvió a avanzar con una fuerza repentina.
La empujó sobre la cama y, aprovechando la momentánea desorientación de McGonagall, la aprisionó bajo su peso, obligándola a un beso brusco y desesperado.
La mente de Minerva luchaba con ferocidad por resistirse, pero su cuerpo, pesado por la inercia y debilitado por el ambiente, no cooperaba.
Escuchar las palabras de Tom, tan puras y desesperadas a pesar de la corrupción que había sufrido desde niño, solo le provocaba una oleada de compasión paralizante.
Sentía que no podía ser brusca ni violenta con alguien que no tenía la culpa de sus actos…
de lo que le habían enseñado a hacer.
“No, Tom, detente…” intentó decir, pero notó un extraño cosquilleo o adormecimiento en su interior que hacía que su voz perdiera toda estabilidad.
“Yo no soy la persona con la que deberías descubrir el amor.” “¡Pero yo quiero que sea usted!
Quiero que cumpla mi sueño de hacerlo con una profesora…
Quiero que me enseñe qué es ese amor verdadero del que tanto habla,” declaró él, con una mirada lastimera que la taladraba.
“Soy un prostituto y vine aquí para complacerla, lo quiera o no…
pero si puedo elegir, ¡quiero hacerlo con usted!
Quiero retribuirle toda la preocupación que tiene por mí…” “Pero esto no…” “Si no es usted, tendré que complacer a otra mujer que pague lo suficiente…
no tengo elección,” interrumpió Tom.
Su voz bajó a un susurro urgente y roto.
“Pero si puedo, quisiera poder hacerlo con usted, aunque sea una vez.
Quiero tener sexo con alguien porque realmente quiero.
¿Puede concederme ese deseo?” McGonagall estaba completamente perdida en esos ojos suplicantes, que parecían pertenecer a una pequeña criatura herida y necesitada de afecto.
Tom, a pesar de su insistencia física, parecía quererlo de verdad y, lo que era peor, estaba dispuesto a retirarse ante la más mínima negativa de su parte.
Ella sentía, con una certeza dolorosa, que si eso ocurría, el corazón ya frágil de aquel joven se marchitaría para siempre.
Las drogas en el aire, sumadas a la manipulación emocional de Andra antes de su llegada, parecían haber carcomido demasiado su conciencia.
Ahora, sentía que privar a ese pobre muchacho de la oportunidad que tanto anhelaba sería su mayor error en toda la década.
En su mente, la idea de que aunque ella lo rechazara, Tom aún tendría que vender su cuerpo a otra persona fue el golpe final que rompió su voluntad de resistir.
‘Si de todas formas lo hará…
al menos podría darle lo que él quiere…
hacerlo feliz por una vez…’ Estos pensamientos, hipnóticos y venenosos, le taladraban la cabeza, suprimiendo violentamente la parte de su mente que le gritaba que ese acto estaba fundamentalmente mal.
Mcgongall ya habia aceptado sin darse cuenta y la distancia entre ellso, sus miradas, la respiracion…
la sola tension en ela bmiente era un preludio de lo que estaba por suceder.
quisas solo ahbia una parte dentrod e si que aun se resistia, que le decia que leugo de esto se arrepenteria, pero Tom no dejaria que eso lo detenga.
“¿Sabe?
La razón por la que soy tan cotizado y tan bueno en esto es porque soy un Metamorfomago, y puedo ser exactamente lo que mis clientes deseen…
joven, adulto, alto, pequeño, europeo, latino, asiático…” dijo Tom con una mirada pícara y seductora.
“Puedo ser lo que usted quiera.
¿Hay algo en particular que quiera?
¿Alguien en quien quiera pensar?
Puedo cambiar para usted…
satisfacer cualquier deseo que tenga…” Deslizó su dedo suavemente por el muslo descubierto de Minerva.
Ella se congeló ante esa información, ante ese toque.
Su mente estaba tan aturdida que no pudo dejar de rondar en esa idea: el poder tener a quien quisiera.
En su estado artificialmente excitado, lo primero que le vino a la mente fue la borrosa imagen de ese niño pelirrojo que había causado todo esto, su rostro con una expresión lujuriosa, deseando tomar su cuerpo.
Luego, su subconsciente comenzó a ir más profundo: la imagen de su difunto esposo se hizo presente, después la de ese muggle del que se enamoró una vez…
Así, cada hombre que alguna vez le había gustado o parecido atractivo se presentó como una miríada de infinitas posibilidades.
Al final, no pudo elegir a ninguno de ellos.
Simplemente miró al joven frente a ella y, con su mano, acarició suavemente su barbilla.
“No necesitas ser nadie más que tú mismo el día de hoy…” dijo Minerva con los ojos vidriosos, ya casi completamente consumida por el efecto del afrodisíaco y el ambiente.
Tom quedó ligeramente perplejo por esa respuesta, que le pareció extrañamente maternal, pero pronto se recuperó, dibujando una sonrisa pervertida, muy similar a la que McGonagall había imaginado.
Entonces, se abalanzó sobre la indefensa profesora para besarla con pasión.
Sobre la cama, el beso se intensificó.
Las manos de Tom invadieron el cuerpo de Minerva, deshaciéndose en el proceso de las rígidas túnicas de la profesora.
La mente de McGonagall estaba tan confundida por el ardor que sentía que ni siquiera tuvo la posibilidad de percatarse de su situación, o de sentir pudor por quedar solo en ropa interior…
o, peor aún, unos segundos después, con su ropa interior completamente destruida y su cuerpo expuesto a la mirada del joven.
Lo siguiente que recordó fue la cabeza de Tom llegando entre sus piernas, la sensación de una lengua tocando un lugar olvidado, saboreándola.
Sus muslos se apretaron involuntariamente contra esa cabeza mientras soltaba un gemido irreprimible.
Tom parecía saborear la intimidad de McGonagall, y cada movimiento suyo desencadenaba una sensación electrizante que la consumía.
Incluso si él hubiese lamido con torpeza, en ese momento, McGonagall sentiría que era el mayor experto del mundo al provocarle tales sensaciones.
La profesora se olvidó de todo: de su moral, su dignidad, la diferencia de edad y cualquier otra restricción.
Movió sus manos para sujetar con fuerza el cabello de Tom y empujarlo contra su entrepierna mientras soltaba un poderoso grito de liberación.
Sentía que volaba, olvidándose de todos sus problemas.
Pero este orgasmo que le hizo vibrar los huesos también la despertó de su estado de ensoñación perversa por un instante.
La claridad irrumpió en sus ojos cuando supo lo que había pasado.
Intentó levantarse, queriendo decirle algo al joven, queriendo detener aquello antes de que avanzara más…
Fue entonces cuando otra vez una lengua invadió su boca, silenciando cualquier protesta o arrepentimiento.
Tom no dudó en este punto; su lengua dominó la de McGonagall mientras sus cuerpos se acercaban sin cesar.
Los ojos de Minerva se abrieron de golpe al sentir cómo algo cálido y firme entraba en ella, una sensación largamente olvidada.
…
Instantes después, Tom embestía a Minerva sin ninguna compasión, llenando la habitación con los sonidos húmedos de los golpes y los gemidos forzosos de una mujer que, al mismo tiempo, deseaba y odiaba lo que estaba ocurriendo.
Ni el aspecto ni la edad de la profesora parecieron detener la intensidad a la que Tom la exponía.
Se tomó su tiempo para mordisquear y mamar sus pezones mientras sus caderas no dejaban de chocar con fuerza.
Al mismo tiempo, usaba su poder para curar, restaurar y rejuvenecer mínimamente a Minerva, asegurándose de que pudiese soportar todo su…
“amor”.
“No…
para…
no podemos…” fueron las pocas palabras de súplica que pudo articular entre besos y gemidos.
Entonces, se corrió por primera vez dentro de ella, llenándola.
No solo lo hizo físicamente con su semen, sino que la inundó mentalmente con una profunda angustia…
pues lo que tanto temía, ya había ocurrido.
…
Momentos después, la acción se retomó.
En la posición de perrito, Minerva parecía perdida mientras su cuerpo seguía siendo sometido, obligado a este placer culposo.
“Ya…
es suficiente…
dejémoslo…
aquí” dijo con los dientes apretados, hasta que puso los ojos en blanco.
Entonces, esta vez, ella se corrió primero, y Tom le siguió de inmediato, causando un desastre de fluidos sobre las sábanas.
…
Momentos después, Tom estaba de pie, sosteniendo a Minerva en el aire, subiéndola y bajándola sobre su pene.
Ella se aferraba al vigoroso cuerpo del joven insaciable, soltando gemidos que ya no podía contener.
“¡Más…
no…!
¡Más…!
¡Ya casi…!” sus palabras ahora eran completamente contradictorias.
Tom se corrió dentro de ella una vez más, y al hacerlo, ella le siguió, como si esa estimulación final la hubiera hecho enloquecer.
…
Y un momento después, otra vez…
…
Y otro…
…
…
…
Las horas habían pasado y la dinámica cambió por completo.
Minerva ya no se consideraba una profesora, una mujer mayor o una persona decente; en ese momento, ella era, simplemente, una mujer teniendo sexo…
a su propia manera.
“¡Más fuerte!
¿Crees que con eso es suficiente?
¡Levanta más las caderas!” ordenó mientras cabalgaba encima de Tom.
Perdiendo todo rastro de decencia, Minerva reveló su verdadera actitud en la cama.
Ahora montaba a Tom, cayendo una y otra vez sobre su pene, al mismo tiempo que le exigía cooperación.
Sus manos retenían las de Tom sobre su cabeza, mientras con la otra manoseaba sus jóvenes y marcados pectorales.
De vez en cuando, bajaba la intensidad para poder besar a Tom, siendo esta vez ella quien mantenía el control.
Minerva demostraba ser una persona ruda y exigente durante el sexo.
Aunque demandaba que la otra parte aumentara la intensidad, en realidad, disfrutaba que el joven bajo ella fuera mas debil y sumiso, a diferencia de cómo había comenzado la noche.
Tom miró con curiosidad a la profesora, quien parecía muy emocionada de dominarlo y dirigir la acción a su antojo.
Había sido rejuvenecida al punto de lucir como una “MILF” completamente desinhibida.
El mayor rejuvenecimiento fue interno y en las partes cubiertas por la ropa, mientras que en las áreas expuestas fue sutil, para no levantar sospechas.
Fue este cambio interno el que le permitió a Minerva soltarse y probar aquello que había reprimido por tanto tiempo.
Esto sería algo de lo que Minerva se arrepentiría, pero en este momento, luego de haber fornicado sin parar con el joven, había llegado al punto de: “problemas para la yo del futuro”.
Ahora solo quería degustar esta sensación embriagadora que tanto ansiaba y que no sabía que necesitaba.
Metió su pulgar dentro de la boca de Tom mientras sostenía su cara, forzándolo a mirarla a los ojos.
Las paredes internas de su vagina se apretaban con una intensidad sorprendente, como si advirtieran que podía romperlo si quisiera.
“Te voy a enseñar lo que es una verdadera mujer, no esas niñas que acostumbras complacer” dijo con un tono feroz, sin importarle el sentido de sus palabras.
Solo quería sentir el poder sobre ese joven que la estaba complaciendo…
o mejor dicho, ‘que estaba usando para complacerse’…
ese niño que necesitaba una profesora estricta para enseñarle que estuvo mal…
que necesitaba ser castigado y educado.
Y así, forzando a Tom a eyacular dentro de ella, alcanzó el clímax una vez más, pero no el último de esta sesión imparable, pues continuaron por mucho tiempo más sin detenerse.
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