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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 371

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  4. Capítulo 371 - 371 367 McGonagall y Tom
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371: 367) McGonagall y Tom 371: 367) McGonagall y Tom Era el día siguiente cuando Minerva despertó sobre una cama desconocida.

Estaba desnuda, sudorosa, pegajosa… y el aire de la habitación, que la noche anterior había tenido un perfume dulzón y embriagador, ahora olía sin tapujos a sexo.

Mucho sexo.

Su cuerpo dolía, pero era un dolor bueno, cálido… y al mismo tiempo la hacía sentir más relajada que en años.

Sin embargo, a medida que despertaba, los recuerdos de lo ocurrido el día anterior se ordenaron en su mente como un golpe frío.

Se incorporó de golpe, alarmada, y solo entonces sintió otro cuerpo junto al suyo: unos brazos jóvenes pero firmes la rodeaban con naturalidad.

Tom estaba allí, pegado a ella, mirándola… aunque Minerva no supo si llevaba despierto un rato o si la había seguido con la mirada al moverse.

“Buenos días…” murmuró él, aferrándose un poco más y frotándose contra ella como un gato que busca atención.

Minerva no respondió al instante.

Lo observó en silencio, sintiendo cómo el corazón se le apretaba en el pecho mientras las imágenes de la noche volvían una tras otra.

Casi se hiperventiló.

“Buenos… días…” logró responder con una voz quebrada, cada palabra esforzada.

Un nudo en la garganta casi no la dejaba respirar, pero se obligó a calmarse.

Ella no era una jovencita inexperta; aunque, quizá, de haberlo sido, esto no se habría sentido tan… incómodo.

Inspiró hondo, enfrió su mente y poco a poco recuperó la compostura habitual.

No podía permitirse perderla.

No ahora.

No frente a él.

Tom la miraba con ojos brillantes, casi inocentes.

“Normalmente” empezó con una sonrisa titubeante, “en este punto tendría que decir algo adulador… ya sabe, como: ‘usted estuvo increíble’, ‘nunca conocí a una clienta como usted’… cosas para subir el ego.

Pero no sé si es lo que quiere oír y no siento que debería hacerlo.” Se corrigió de inmediato, atropellándose “¡Aunque no significa que no haya sido genial!

Fue… fenomenal.

Posiblemente el mejor sexo de mi vida” Contra su voluntad, Minerva sintió una punzada de calor y casi una risa nerviosa.

No sabía si lo decía en serio o si era otro de los cumplidos ensayados que él mismo admitió utilizar.

Era evidente que el muchacho trabajaba de… eso.

De pronto no supo si sentirse triste por la vida que llevaba o molesta por ser, para él, solo otra mujer más.

Otra historia que olvidaría en semanas.

Pero espantó esos pensamientos.

Eran emociones demasiado juveniles, propias del desbalance que aún sentía en su cuerpo rejuvenecido.

Con el tiempo pasarían.

Intentó levantarse; aunque ya había sucedido todo, seguir desnuda junto a alguien muchísimo menor que ella le generaba culpa e incomodidad.

Pero Tom la sujetó del brazo y la devolvió a la cama con un movimiento brusco “¡No se vaya todavía!” exclamó con un destello de desesperación.

Luego pareció darse cuenta de lo que había hecho y la soltó al instante.

“Lo siento… yo solo… quería saber si… quería quedarse un poco más.

Aquí.

Conmigo.” La última palabra la dijo en un susurro, con la mirada baja, casi como un niño que teme que su madre se aleje.

Minerva quería irse.

Quería huir y olvidar lo ocurrido, borrar aquella mancha que sabía que nunca desaparecería por completo.

Pero al verlo así, vulnerable, algo en su interior se ablandó.

Le nació el impulso casi maternal de consolarlo, de darle el afecto que parecía necesitar con desesperación.

Con la excusa de que su cuerpo aún estaba cansado, volvió a recostarse… aunque se cubrió con las mantas para esconder parte de su desnudez.

El silencio que siguió fue incómodo.

Tom la miraba con devoción abierta mientras ella intentaba fingir que no notaba su presencia.

Pero cada vez que sus ojos se encontraban, los recuerdos de la noche anterior la golpeaban de lleno.

No podía creer la faceta que había mostrado… ni todo lo que había hecho con alguien tan joven.

Tom terminó por rodearla otra vez con los brazos, apoyando la cabeza en su pecho.

Sus labios rozaron su pezón, provocándole un pequeño chillido involuntario.

“¡Tom!

¡No!” dijo rápidamente.

Él se apartó, pero sin soltarla.

Bajó la cabeza como un perro regañado, mirándola con confusión, esperando que ella le dijera qué hacer.

Esa imagen le estremeció el corazón.

Aquel joven confundido, tan obediente, dependiente, casi buscando guía… le recordó demasiado a sus alumnos.

Y al mismo tiempo, despertó otra vez ese hormigueo dominante.

Pero se contuvo.

Rodeó a Tom con un solo brazo, lo acercó a un abrazo simple —un abrazo que él claramente necesitaba—, y dejó claro con su postura que no habría nada más que eso.

Un momento extraño.

Intenso.

Y, para Minerva, peligrosamente cercano a algo que no quería reconocer.

Hubo otro silencio, pero esta vez no era incómodo.

Era cálido, casi armonioso.

Minerva jamás lo admitiría en voz alta, pero se sentía cómoda.

Demasiado cómoda.

Tener aquel cuerpo joven entre sus brazos, sentir su calor, la tranquilidad que le provocaba… era una sensación peligrosa.

Si hubiese sido otra persona, alguien de su edad, quizá habría permitido que ese momento se alargara.

Quizá lo habría disfrutado con total libertad.

Pero no podía.

O al menos, eso se repetía a sí misma.

Finalmente, comprendió que no podía dejarse envolver por aquella complacencia.

Necesitaba hablar.

Saber quién era Tom en realidad.

Sí, era un prostituto con quien había pasado —aunque no quisiera admitirlo— la noche más apasionada de su vida.

Y a la vez, era un completo desconocido.

Nada podía borrar lo ocurrido, nada podía aliviar su arrepentimiento… pero quizás podía entenderlo un poco más.

Además, la curiosidad dentro de ella crecía sin control.

Empezó con preguntas simples.

Inocentes.

Preguntas que no la harían sentir, de inmediato, como una mujer despreciable.

Pero las respuestas… las respuestas le apretaban el corazón.

“No sé… mi vida es este burdel.” “Vivo aquí.

Tenemos habitaciones cuando no estamos trabajando.” “¿Familia?

Supongo que el personal es lo más cercano a eso.” “Casi no salgo.

Suelo estar muy solicitado, así que debo estar disponible todo el día.

No tengo vacaciones… y aunque las tuviera, no sabría qué hacer con ellas.

Solo sé hacer esto.” Minerva lo observaba mientras hablaba.

En Tom veía algo más: un muchacho que podría llegar a ser mucho más que un gigoló, si tan solo hubiese tenido la oportunidad.

Le despertaba una mezcla dolorosa de compasión, ternura… y ese instinto protector que solía reservar para sus alumnos.

Quizá incluso más, después de todo lo que habían compartido “¿Y para qué querías juntar tanto dinero?” preguntó al fin.

Recordó lo insistente que había sido él al comienzo, la razón misma por la que todo había terminado como terminó.

Pero no lo culpaba.

Ella era la adulta.

Ella había cedido.

Tom se quedó en silencio, sorprendido.

Luego desvió la mirada hacia el vacío antes de responder.

“Para retirarme… quizá.

En realidad, no sé hacer nada más que satisfacer la lujuria de mis clientes.

Así que vivir aquí parece lo más adecuado para mí.

Pero sé que no podré hacer esto toda mi vida.

“Su voz se volvió seria.

Demasiado seria para alguien tan joven.

“Hay un lugar hermoso, escondido, donde viven los hombres lobo.

De allí es la jefa Andra.

Lo tiene todo.

Y me gustaría… algún día, poder vivir allí.

Comprar una casita, plantar verduras, flores… tener una mascota” añadió con una sonrisa tímida, casi avergonzada.

“Pero bueno, son solo fantasías de un joven prostituto.” Minerva lo miró con una mezcla de compasión y cariño que intentó, sin éxito, suprimir.

Que aquel muchacho, que vivía enterrado en un oficio tan duro, soñara con algo tan simples y puro la conmovía profundamente.

Durante toda la conversación intentó mantener una distancia emocional, recordándose que encariñarse con alguien a quien no volvería a ver sería un golpe innecesario para ella.

Pero cada vez le resultaba más difícil sostener esa barrera.

Era imposible no imaginarlo fuera de aquel burdel, viviendo su sueño, libre.

Tan imposible como no imaginar, también, cómo su cuerpo era usado noche tras noche para que ese sueño cobrara forma.

Y en ese instante Minerva comprendió algo incómodo: aquella charla íntima, silenciosa y casi afectuosa en la cama era mucho más peligrosa —más devastadora— que todo el sexo salvaje que habían compartido la noche anterior.

Su mente, que había logrado mantenerse firme unos minutos antes, ahora temblaba otra vez.

Pero todo momento debe terminar.

Tom lo sabía.

No podía retener a McGonagall por más que lo deseara.

“Sé que debe irse… Y como su juguete de una anoche, no tengo derecho a detenerla.

Pero… me gustaría hacerla feliz una vez más.” Su mano se deslizó bajo las sábanas, encontrando la suavidad tibia entre sus piernas.

La acarició con delicadeza.

“Por haberse quedado un rato más conmigo… No se preocupe por el costo.

Esto es algo que quiero hacer por usted.” Minerva se estremeció al sentirlo, un jadeo escapó de su boca, pero aun así tomó su muñeca y apartó su mano con decisión temblorosa.

Debía irse antes de perder el control otra vez.

No podía seguir al lado de Tom.

Le gustara o no, despertaba en ella algo oscuro.

“Está bien… tu compañía ya me hizo feliz” logró decir mientras se levantaba, procurando no mirarlo.

Temía que un solo vistazo a esos ojos la hiciera retroceder.

Sentía la mirada de Tom recorriendo su cuerpo desnudo mientras se agachaba a recoger su varita y su túnica.

La ropa interior había quedado destruida la noche anterior, así que no podría llevar nada debajo.

La sensación de la tela sobre la piel desnuda la excitó de forma peligrosa, acelerándole el corazón; otro recordatorio de que debía huir de allí cuanto antes.

Ese lugar la estaba corrompiendo “¿Usted… volverá?” preguntó Tom desde la cama.

Minerva ya estaba en la puerta.

Su mano en el picaporte.

Se detuvo.

Giró apenas el rostro.

Tom la miraba abrazado a las sábanas, como un niño aferrándose a un sueño.

“No importa si no tiene dinero… o si no quiere pagar.

Yo encontraré tiempo para atenderla gratis” dijo con timidez.

“Solo quiero pasar más tiempo con usted.

Con usted el sexo es… diferente.

Es cálido… no solo en el cuerpo… también aquí” se tocó el pecho.

Minerva sintió cómo el pánico la golpeaba.

No podía decirle la verdad.

No podía destruirle la ilusión.

El nudo en su garganta era insoportable.

“Gracias por todo… Espero que cumplas tu sueño” susurró, casi entre lágrimas, antes de abrir la puerta y salir.

Apenas cerró, se dejó caer contra ella, jadeando.

Se sentía horrible.

No había imaginado que podría apegarse tanto a un joven desconocido como para no atreverse a decirle que jamás volvería.

Algo no estaba bien.

Aquello no era natural.

Era como si una magia sutil hubiese manipulado sus emociones, su juicio… toda ella estaba en caos desde que había puesto un pie en este lugar.

Tenía que irse.

Tenía que volver a su oficina, descansar, pensar.

Aceleró el paso por los pasillos vacíos, deseando que nadie la viera.

Anoche le había sido indiferente ser vista… pero ahora, sabía realmente lo que había hecho.

Y la vergüenza la aplastaba.

Su cuerpo también le recordaba todo: cada paso le dolía, un leve cojeo la delataba.

Al cruzar la sala principal, casi vacía, solo encontró a Andra, bebiendo su té matutino.

“Espero que haya disfrutado nuestros servicios.

Vuelva pronto” dijo la mujer, con una sonrisa perversa.

Minerva sintió cómo la cara se le incendiaba.

No respondió.

No se detuvo.

Solo cruzó la puerta y desapareció del lugar.

Poco después, Tom entró en la sala y se transformó en un joven pelirrojo.

“Espero que lo haya disfrutado” dijo Andra, inclinándose ante él.

“Mucho, la verdad.

Gracias por avisarme.

No me lo habría perdido” respondió él, acomodándose la ropa con calma.

“Has hecho bien tu trabajo.

Si quieres algo como recompensa, pídelo.” “Ya he sido recompensada con el honor de servirle” respondió Andra “Avísame si vuelve… o si ocurre algo parecido.

Que la historia de ‘Tom’ sea conocida por el personal, que parezca real.

No quiero que descubra que fue una mentira.

Siento que volveremos a verla por aqui.” Y entonces, el cuerpo del joven se disolvió, disipándose como niebla.

Andra quedó sola, sonriendo con la satisfacción de una tarea cumplida.

…

No podía creer que lo había logrado.

Cuando estudié sobre adivinación, intenté prever quién sería la próxima mujer destinada a unirse a mi futuro harén… o con quién tendría un encuentro significativo.

Había supuesto que sería alguna de las chicas de Hogwarts.

Sin embargo, el destino señaló a McGonagall.

Quise probar algo, e intenté forzar una profecía.

Jugar con la fuerza del “Destino”.

Una maniobra arriesgada.

Peligrosa.

Pero lo logré: intensifiqué la profecía, moldeó el destino solo un poco… lo suficiente para asegurar el encuentro.

El costo fue enorme y la sensación era… inquietante.

Había jugado con el destino.

Y al hacerlo, algo se había movido.

Un escalofrío me recorrió la columna.

Algo viene… Algo malo.

Una consecuencia por haber cambiado lo que no debía cambiar.

Y no tardaría en descubrirlo.

Mi verdadero yo lo enfrentaría este mismo día en Castelobruxo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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