Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 372

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo
  4. Capítulo 372 - 372 368 Yendo de Excursión
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

372: 368) Yendo de Excursión 372: 368) Yendo de Excursión La mañana después de San Valentín fue extrañamente silenciosa.

Salí a correr temprano, pero Hannah no apareció; ni siquiera la vi para el desayuno.

Sabía que seguía en su habitación, incapaz aún de enfrentarse a mí.

Neville tampoco dio señales, aunque por razones distintas… aunque parecidas al fin y al cabo.

La que sí apareció fue Malena, con ropa deportiva, lista para entrenar.

Se me unió, aunque en realidad parecía haber venido esperando a Neville.

Ambos suspiramos por nuestras respectivas “parejas” ausentes, y terminamos pasando el rato juntos, hablando de cómo el Día de San Valentín había sido demasiado para aquellos niños.

“Así que… ¿qué tal las cosas con Neville?” pregunté, dándole un sorbo a mi jugo de mango.

“Huyó a la primera oportunidad… pero hubo un gran avance.

Terminamos nuestra cita con un beso…

que yo me asegure que sucediera” respondió con una sonrisa soñadora mientras mordía una bola de fraile.

“Apostaría por completo a que fue su primer beso.

Fue tan tierno, esa cara de shock… casi me dieron ganas de seguir y descubrir qué otras expresiones podía poner.” Luego me miró con picardía: “¿Y tú?

¿Mojaste el churro?

¿Hannah no vino porque le batiste demasiado la salsa?” “Tienes demasiada imaginación… Aunque me gustaría que esa fuera la razón, no te voy a mentir.” Rodé los ojos, sonriendo.

Nos reímos un rato más, disfrutando de la complicidad de amigos que, en el fondo, se aprovechaban de la inocencia de aquellos niños.

Después regresé al dormitorio para darme una ducha.

Al salir, me encontré con Hannah.

Caminaba con la cabeza gacha, atrapada en sus pensamientos.

Cuando la llamé por su nombre, soltó un pequeño grito de sorpresa.

“Buenos días…” saludé con una sonrisa ligera.

“H-ho-hola, Red…” respondió nerviosa, tartamudeando.

“No viniste a entrenar.

Mira que si pierdes el hábito, luego será difícil retomarlo” comenté con tono casual, evitando el tema delicado.

“Yo… me sentía enferma, y no pude ir…” intentó mentir, pero sus nervios la delataban.

Después de lo que había descubierto la noche anterior, le costaba demasiado mirarme a los ojos.

“Bueno, espero que te mejores.

Hoy tenemos viaje a la selva, no quiero que te desmayes y termine cargándote.

Te perderías toda la diversión” bromeé.

“Ya estoy bien… no te preocupes” rio con timidez, aunque se notaba que no estaba en su mejor momento.

“Gracias…” dije de pronto, lo bastante bajo como para que dudara si lo había oído.

“¿Qué?” preguntó, confundida.

“Por no contarle a Hermione ni a las demás lo que hablamos ayer.” Aclaré.

“¿Leíste mis mensajes con las chicas?” Su rostro se encendió al instante, sintiendose expuesta.

Negué con la cabeza.

“No… simplemente confío en ti y que no lo hiciste.

Eres mi amiga.

¿Debería leerlos?” pregunté con curiosidad fingida.

En realidad, ya los había leído, pero me convenía no admitirlo.

“¡No, no, no, no!” exclamó rápidamente, sonrojada.

Había pasado la noche debatiéndose si confesar algo a las demás, pero al final no lo hizo.

Aun así, la idea de que yo pudiera ver su historial, sus conversaciones con Susan… le resultaba insoportable.

“Tranquila, tienes derecho a tu privacidad.

Así que no me traiciones” dije con un guiño antes de marcharme.

“Te veo en la excursión.” No quise incomodarla más.

Hannah, en cuanto me vio alejarme, soltó un suspiro.

Estaba atrapada en un conflicto: no quería que todo entre nosotros se volviera tan tenso, pero tampoco lograba digerir lo que sabía y sospechaba.

Aun así, deseaba que las cosas volvieran a la normalidad.

No soportaba esta distancia, quería que todo fuera como antes.

…

Aún era temprano, pero todo el segundo año ya estaba reunido en el exterior.

Nos acompañaban varios profesores y un pequeño grupo de alumnos de cursos superiores.

La clase de hoy era de Herbología, aunque no tendría lugar en los invernaderos.

Esta vez nos adentraríamos en la propia selva.

Ya habíamos tenido lecciones similares, pero nunca una tan lejos de Castelobruxo.

El objetivo estaba más profundo que de costumbre, lo suficiente como para justificar el uso de un traslador que nos adelantaría parte del trayecto… y, por seguridad, uno de emergencia para el regreso.

Éramos demasiados, así que venían tres profesores: el de Cuidado de Criaturas Mágicas y dos de Herbología.

Además, algunos alumnos mayores, de quinto a séptimo año, habían sido asignados como cuidadores.

Era algo habitual en las salidas de cursos bajos: nos mantenía más vigilados y reducía los riesgos.

Entre esos alumnos estaba Malena, que se había ofrecido voluntaria con el único fin de encontrarse con Neville.

Cuando lo saludó desde la distancia, él se puso rojo como un tomate y trató de esconderse entre la multitud.

Con su “presa” huyendo, Malena no se inmutó.

En cambio, se acercó a Hannah y comenzó a conversar con ella.

Noté cómo Hannah, poco a poco, se abría más de la cuenta.

La expresión de sorpresa que puso Malena me lo confirmó: seguramente le había contado algo de lo que hablamos ayer.

Malena me miró entonces con los ojos muy abiertos, como si no pudiera creerlo, y acto seguido se inclinó de manera teatral en mi dirección, haciéndome una reverencia exagerada.

Solo pude encogerme de hombros, mientras ella me dedicaba un pulgar en alto, como si acabara de ganarme su respeto eterno.

La charla entre ellas siguió siendo seria durante un buen rato, nada que ver con las bromas habituales de Malena.

Al menos hasta que llegó el momento de movernos: los profesores organizaron a los grupos alrededor del traslador, y poco a poco todos fuimos acercándonos para activarlo mientras pasaban lista.

Y durante en ese momento recibí un mensaje de Malena —sí, la consideré lo bastante cercana como para confiarle esa capacidad—: [Malena: Me inclino ante usted… apenas una simple plebeya, que actúa como rey ante un verdadero dios.] [Red: Perdón concedido.

*emoji arrogante*] Poco después volvió a escribir, más directa: [Malena: Lo que me dijo Hannah… ¿es totalmente cierto?

¿Tantas chicas y todas en paz?

¿No lo embelleciste?

No tienes por qué mentirme.] [Red: No sé qué te habrá dicho, pero sí, es cierto.

Y de hecho, ni siquiera le he contado sobre las demás chicas…

Sí, todas son muy cooperativas, incluso me acosté con la madre de mi primera mujer, primera mujer que ademas está embarazada de mi segundo hijo.

El primero fue con otra chica.

Todo está perfectamente bien.

A la única que engaño, por ahora, es a mi novia oficial, pero planeo cambiar eso en el futuro.] Hubo un paréntesis en la conversación.

Distinguí a Malena a lo lejos: la vi mirarme con la boca abierta, dudando qué escribir.

Volvió a tipear con teatralidad: [Malena: Maestro… esta mortal no alcanza a comprender su magnificencia ni sus propósitos.

Solo puedo inclinarme ante ti y aceptar que estoy en presencia de alguien fuera de lo común.

Suplico que me enseñe a tener una fracción de su poder para complir mi humilde y unico objetivo.

No me atrevo a ser codiciosa ante su excelencia.] [Red: Solo sigue así.

Vas bien.] [Malena: Gracias, excelencia… Pero en serio: espero que no juegues con Hannah.

No sé cómo funciona tu extraño arreglo, ni quiero ser la jurado de tu vida privada, pero no me caes mal, buneo, hasta ahora.

Solo te diré esto: no me importa si tienes veinte o cuarenta esposas, pero no lastimes a la niña y trátala con el respeto que se merece.

Satisface todos sus caprichos para compensar el hecho de que te acuestas con al menos media docena de mujeres.

De lo contrario, te daré una paliza.

*emoji enfadado* *emoji de varita* *emoji calavera*] [Red: Sabes que no podrías.] -Respondí con humor.

[Malena: Aunque lo intentaría.

Desventaja de ser superamiguis de Hannah.

*emoji agotado*] [Red: Relájate, trato a todas mis mujeres como reinas.

Bueno, a casi todas.

Algunas prefieren un trato rudo y humillante, Pero ellas son un caso aparte.] [Malena: Me da mucha curiosidad saber las locuras que pasan en tu cama con tantas mujeres.

He visto mucho, pero nunca a un chico con docenas de mujeres a la vez.] [Red: Ya te contaré cuando tengamos tiempo.] [Malena: Okyyy…

Por cierto, intenté ayudarte.

Le dije a Hannah algo como “no importa lo que pase; si es tu amigo, nada cambia; trátalo como siempre”.

Me debes una…

pero me lo agradecerás luego cuando te necesite con Neville.] Así terminó nuestra charla.

Me acerqué a Hannah para permanecer en su grupo y en su cercanía.

Noté cómo se tensó un instante, pero enseguida se obligó a relajarse.

Sus dudas seguían presentes, lo podía ver en sus ojos, aunque era evidente que el ambiente entre nosotros había mejorado.

Aprovechando esa oportunidad, comencé a contar chistes, anécdotas vergonzosas que había compartido con Malena esa mañana y algunas tonterías más.

Poco a poco, conseguí arrancarle pequeñas risas a Hannah, y con ellas, aliviar la tensión que aún flotaba entre los dos.

Ella misma se dio cuenta de mi estrategia, pero no se molestó.

Al contrario, terminó agradeciéndolo.

Quería que las cosas volvieran a ser como antes, y eso la volvía más receptiva.

No todo podía olvidarse, claro, pero estaba convencida de que podía aprender a vivir con la verdad.

En realidad, mis confesiones le habían transmitido cierta confianza, y en secreto parecía sentirse a gusto con esa franqueza.

Además, estaba segura de que tendría mucho que contarle a Susan cuando regresara.

Sí, quería respetar mi confianza, pero Susan era su mejor amiga, y Hannah creía que ella sabría guardar el secreto.

Más aún: como intuía que Susan sentía algo por mí, pensaba que era prudente advertirle sobre mi… complicada vida amorosa.

Mejor prevenirla que dejar que cayera sin defensas en la boca del lobo.

Continuamos avanzando hasta el traslador: una vieja rueda de bicicleta.

Lo sujetamos y, tras la cuenta del profesor, desaparecimos de los terrenos de Castelobruxo.

Reaparecimos en un claro de la selva, junto a tres tiendas de campaña.

El profesor encargado nos apartó rápidamente para dejar espacio a los siguientes grupos que llegaban uno tras otro.

Pronto todos —alumnos, profesores y guardianes— estuvimos reunidos.

Se pasó lista una vez más, como medida de precaución, asegurándose de que nadie se hubiera quedado atrás.

Con todo listo, los profesores dieron nuevas instrucciones sobre la seguridad en la selva.

Por las expresiones de los alumnos mayores, era evidente que aquel discurso era ya un ritual en cada excursión.

Finalmente, formamos pequeños grupos, siempre próximos unos a otros, y nos adentramos en los senderos.

El objetivo aún estaba muy lejos.

Si alguien se pregunta por qué no se nos transportó directamente hasta allí con trasladores, la respuesta era sencilla: para proteger el equilibrio natural de la selva y el desarrollo de la fauna y flora que usabamos como material de estudio, la intervención mágica y humana se mantenía al mínimo.

Además, la caminata ayudaba a los alumnos a conectar con su entorno y a aprender de él.

Mientras avanzábamos, nos dejábamos maravillar por la densidad viva y salvaje de la selva.

No muy lejos de nosotros, Neville caminaba abatido, con Malena pisándole los talones como si fuese su guardaespaldas, intentando animarlo con bromas que, por desgracia, no lograban el efecto que mis chistes habían tenido con Hannah.

Ambos, ahora en mejores términos, nos miramos cómplices y reímos discretamente ante la escena.

La tensión entre nosotros había cambiado de color: ya no era sólo desconfianza, ahora había intimidad, incluso una pizca de picardía.

Hannah, sintiéndose más segura, empezó a hacer comentarios más personales, del tipo que antes reservaba sólo para Susan.

Para mí, aquello era una victoria.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo