Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 374
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- Capítulo 374 - 374 370 Excursión Improvisada
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374: 370) Excursión Improvisada 374: 370) Excursión Improvisada La corriente era feroz, un torbellino que habría destrozado a cualquiera… pero no era nada que no pudiera manejar.
Tenía varias formas de salir de allí, incluso con Hannah a cuestas.
Y aun así, no lo hice.
Me dejé arrastrar.
Cada vez que intentaba forzar una salida—alzarme sobre el agua, frenar el arrastre, impulsarnos hacia la orilla—un mareo punzante me golpeaba la cabeza.
No era insoportable, podía ignorarlo… hasta que insistía.
Cuando lo hacía, la sensación regresaba con más fuerza, como un aviso.
Era como si mi habilidad de profecía se activara sola, involuntariamente, pero no para mostrarme un futuro posible, sino uno peor.
No sabría explicarlo del todo, pero lo entendía: si evitaba este curso a la fuerza, algo más grave sucedería.
Entonces lo comprendí.
Esta era la consecuencia de jugar con el destino.
La profecía forzada, el destino impuesto… estaban cobrando su precio.
Yo había manipulado una ruta futura, y a cambio otra ruta se había cerrado sobre mí.
Ahora estaba obligado a seguir este camino; si intentaba esquivarlo, uno peor se abriría, y si evitaba ese, otro más oscuro… una cadena interminable, quizá hasta que muriera o hasta que el propio destino chocara contra límites que no pudiera sobrepasar.
No es que no existieran formas de romperlo.
El destino era una ley fundamental de este mundo, pero no era invencible.
Lo notaba: mis [habilidades] no estaban bloqueadas.
Mi magia de mago, en cambio, sí se sentía contenida, debilitada, como si solo pudiera usarla en pequeñas dosis.
Y estaba seguro de que si mi magia de sangre, o cualquiera de los poderes que obtuve al reencarnar, pertenecieran a las leyes de este mundo, también estarían obstruidas o quizás inutilizadas.
Pero había algo más: el poder de Elise fluía dentro de mí.
Poder divino.
Y este, por alguna razón, parecía capaz de resistir al destino, de plantarle batalla.
Incluso Elise lo había notado cuando hablaba con uno de mis clones; me dijo que sentía algo extraño en mí.
Ahora sabía qué era.
Pese a eso, elegí no usar ninguna salida.
Podía pedirle ayuda a Elise, o al Mercader, o incluso al Archimago… pero decidí no hacerlo.
Esto no era tan grave, y temía que cualquier intento de esquivar este juego del destino solo empeorara las cosas.
Me prometí que no volvería a forzar mi futuro hasta tener el poder suficiente para que no hubiera consecuencias.
Si tan solo asegurarme de tener sexo con McGonagall cuando no era algo garantizado había causado esto… mejor no imaginar qué podría provocar si intentaba algo más arriesgado.
Hannah ya estaba involucrada, y no dudaba que el destino atacaría a quienes amo con tal de castigarme si cometía una imprudencia mayor.
Así que, sabiendo cuál era mi destino inmediato, abracé a Hannah con fuerza y usé lo poco que podía de mi magia para impedir que el agua nos ahogara y mitigar el daño de la corriente… aunque, en realidad, fue mi propio cuerpo el que soportó la mayor parte.
Hannah estaba aterrada, aferrándose a mí como si fuera su único ancla.
No abría los ojos, ni siquiera se atrevía a gritar.
Solo quería que la sacara de allí… pero el trayecto sería largo.
La corriente era anormalmente veloz, casi imposible de comparar con algo natural.
Recibí varios golpes mientras avanzábamos sin control, pero podía sentir que el objetivo de todo aquello no era dañarme… al menos no demasiado.
Más bien buscaba arrastrarme lejos.
Podría haber salvado a Hannah de inmediato, lanzarla hacia un punto seguro y dejar que la corriente me llevara a mí solo, pero no confiaba en que la zona de la pelea anterior fuese realmente segura para ella.
Mi destino era incierto, pero tenía claro que podía protegerla.
En el peor de los casos, terminaríamos en el [Feudo], y allí esperaría el próximo castigo del destino.
…
Fuimos arrastrados durante un largo rato, con Hannah tan tensa en mis brazos que pensé que se desmayaría.
No la culpaba: para alguien como ella, esto debía ser aterrador.
La estuve curando constantemente para que su cuerpo no sufriera el desgaste del impacto y el frío del agua.
Con el tiempo, la fuerza de la corriente empezó a disminuir, aunque no del todo.
Aun así, me dejé llevar, sabiendo que debía seguir ese rumbo impuesto.
Para entonces, Hannah ya había abierto los ojos; el agua ya no golpeaba su rostro con violencia, y eso le permitía mirar a su alrededor.
Mi magia había formado una tenue membrana alrededor de nuestras cabezas para impedir que el agua entrara por la nariz o la boca… pero nada más.
Todas las demás sensaciones seguían allí.
Por suerte, con su rostro hundido contra mi pecho, había evitado la mayoría de los golpes.
Finalmente, la corriente nos empujó lentamente hacia una orilla despejada.
Nuestro destino inmediato había llegado.
En cuanto sentí la tierra firme frenándonos, me incorporé sosteniendo a Hannah, que comenzaba a moverse pese al entumecimiento y el dolor leve—nada comparado con lo que habría sufrido sin mi protección.
La cargué fuera del agua y la deposité sobre la hierba seca.
Luego di unos pasos hacia adelante para observar los alrededores.
No creía que esto fuera el final; mi habilidad profética—la mismo que planeaba sellar por completo hasta nuevo aviso—me decía que aún no había terminado.
No tenía utilidad ahora, y solo complicaraba las cosas, no era rentable.
Detrás de mí, Hannah estaba arrodillada, tosiendo un poco del agua que había entrado en su boca y frotándose los labios para quitarse el sabor de “Agua del Amazonas.
Ambos estábamos empapados e incómodos, así que saqué mi varita y conjuré una ráfaga de aire caliente que nos secó por completo “Gracias…” murmuró Hannah con cierta dificultad, sentándose sobre la hierba.
Jadeaba; todo esto había sido demasiado para ella.
“¿Estás bien?” Me agaché a su lado y tomé su mano para revisar su estado.
“Sí…” respondió, aunque se veía agotada y un poco avergonzada.
“Perdón… yo no quería… no sé qué pasó, yo simplemente…” “No te disculpes” la interrumpí suavemente.
“No es tu culpa.” Sabía perfectamente de quién era la culpa.
Su accidente no había sido más que el detonante que el destino necesitaba para obligarme a meterme al agua.
Y ahora estábamos aquí, siguiendo un camino impuesto que yo mismo había provocado.
“Gracias, Red… no sabría qué hubiera pasado sin vos…” dijo Hannah temblando, mirándome con los ojos brillosos.
En ese momento, no importaba si yo podía ser un mal novio, un pervertido o un mujeriego… Para ella, seguía siendo alguien confiable cuando realmente importaba.
“Está bien… estoy seguro de que incluso sin mí hubieras salido adelante.
Eres muy capaz” intenté animarla, acariciando suavemente su mano para tranquilizarla.
“No lo creo…” murmuró bajando la mirada.
“Cuando caí al agua me congelé.
No pude sacar la varita… sentía que el agua me aprisionaba.
Intenté transformarme en abeja para escapar, pero fue peor… estaba empapada, no podía levantar vuelo y la corriente me golpeaba con más fuerza.
Casi me deja inconsciente.” Se veía derrotada, frustrada, avergonzada.
“No te preocupes” respondí con una sonrisa tranquila.
“Todos tenemos momentos así.
Hasta yo tengo ocasiones en las que no puedo hacer nada.
No te castigues por eso.” Mientras la consolaba, usé mis poderes para restaurar por completo su condición física, eliminando tensiones, golpes y el agotamiento del susto.
Cuando su respiración volvió a ser calma y su cuerpo recuperó el calor, ya podíamos enfocarnos en lo importante.
“¿Dónde estamos?” preguntó Hannah mirando la selva desconocida a nuestro alrededor.
“No tengo idea” admití mientras observaba mi [Mapa].
Lo único registrado era el tramo del río por el que habíamos sido arrastrados.
Podía seguirlo de vuelta, sí, pero no iba a hacerlo sin descubrir primero por qué el destino me trajo justo hasta aquí.
“Tenemos que volver…” dijo Hannah con inseguridad, mirando la selva con recelo y luego el río con un miedo mucho más profundo.
“¿No podés… no sé… llevarnos de vuelta a Castelobruxo?
¿Aparición?
¿Algo?” Ella realmente creía que podía teletransportarnos sin más, y en otras circunstancias quizás lo habría hecho… pero esta vez no.
“No…” negué suavemente, mordiendo el labio mientras analizaba el entorno.
“Esta vez no.” La habilidad de [Viaje] habría sido la solución perfecta: rápida, segura, definitiva.
Pero esa misma sensación sofocante de que algo horrible sucedería si intentaba usarla seguía latente, como un puñal invisible en el pecho.
No podía arriesgarme.
Tenía que seguir el camino impuesto.
“Entonces… ¿qué hacemos?” preguntó Hannah, nerviosa, siguiendo con la mirada cada lugar al que yo dirigía mis ojos, como temiendo que una criatura salvaje saliera de entre los árboles.
“Avanzamos” respondí con firmeza.
“Despacio, pero sin detenernos.
Tarde o temprano encontraremos el camino de vuelta.
No te preocupes… no voy a permitir que nada te pase.
Puede que estemos perdidos en la inmensa selva amazónica, pero ni siquiera esto puede vencerme.” Un aura cálida y dominante me envolvió, reforzando mis palabras y transmitiéndole seguridad.
Sentí cómo su miedo se calmaba al instante.
Hannah asintió, recuperando algo de valor.
Se puso de pie y respiró hondo mientras yo observaba a nuestro alrededor una última vez.
Después comenzamos a avanzar… no hacia la dirección correcta para volver, sino hacia donde sentía que debíamos ir.
Ella no me cuestionó.
Simplemente caminó a mi lado, muy cerca, confiando en que la llevaría sana y salva, tal como había prometido.
Hubo, sin embargo, una pequeña mala noticia de la que recién nos dimos cuenta: Hannah había perdido su varita.
Sí… en algún punto, mientras era arrastrada por la corriente, la varita se desprendió de su mano y desapareció río abajo.
Ella se puso muy triste, casi avergonzada por haberla perdido, pero no estaba del todo desamparada.
Aún llevaba consigo la varita secundaria que habíamos comprado antes; la tenía guardada en su túnica por pura costumbre… o, tal vez, por obra del destino.
Y pensé en eso… el destino.
Hannah había perdido su antigua varita de Inglaterra solo para quedarse con aquella otra, creada a partir de elementos de la propia selva amazónica, la misma en la que ahora estábamos perdidos.
En fin… seguimos abriéndonos paso entre la jungla.
Avanzábamos despacio, forzando nuestro propio camino entre la vegetación, admirando todo a nuestro alrededor.
Con el paso del tiempo, y bajo la protección constante de mis auras, Hannah dejó atrás el miedo y la tensión inicial.
Poco a poco empezó a maravillarse con la majestuosidad de esa naturaleza salvaje.
Este lugar era distinto a los senderos que habíamos recorrido antes: más denso, más primitivo, más vivo.
No había caminos marcados, éramos nosotros quienes los creábamos mientras empujábamos ramas, apartábamos hojas gigantes y trepábamos suelos irregulares.
El trayecto era agotador… pero fascinante, especialmente para alguien como Hannah, que amaba la naturaleza con toda su alma.
En un momento incluso comenzó a tomarme de la ropa para señalarme plantas, insectos o pequeñas criaturas ocultas entre los troncos, como si hubiéramos pasado de “niños perdidos en un desastre” a “excursión improvisada por la selva”.
Verla así era… hermoso.
El ambiente era intenso.
La selva era cómoda y peligrosa a la vez; pura, viva, contundente.
En más de una ocasión sentí cómo dentro de mí, la bestia, parecía querer despertar.
Una parte primitiva que se emocionaba con cada olor, cada ruido, cada movimiento entre los árboles.
Mi aura bastaba para mantener alejadas a la criaturas más agresivas, pero aun así encontramos jaguares que nos observaron desde la hierba, serpientes venenosas que se arrastraban entre raíces, insectos enormes… todos dispersados por uno u otro hechizo defensivo acompañado de mis auras.
Hannah estaba encantada, incluso con los animales que podían comernos.
Mientras yo estuviera a su lado, parecía haber dejado atrás el miedo por completo.
Lo único que realmente me preocupaba… era yo.
Ese instinto animal dentro de mí no dejaba de susurrar en lo más profundo.
A veces mi mirada se desviaba hacia Hannah sin que pudiera evitarlo: frágil, sudorosa, temblorosa por el calor húmedo… una presa perfecta.
Una hembra a la que tumbar sobre la hierba y copular.
Creo que ella también lo percibía, porque en más de una ocasión se sonrojó y se abrazó a sí misma, cubriéndose un poco sin decir palabra alguna.
Yo tampoco dije nada.
Suprimí ese instinto salvaje.
No era el momento.
No ahora.
No aquí.
Aún tenía que descubrir qué nos deparaba el destino…
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