Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 375
- Inicio
- Todas las novelas
- Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo
- Capítulo 375 - 375 372 Mar de flores
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
375: 372) Mar de flores 375: 372) Mar de flores Seguimos avanzando sin detenernos, explorando la selva salvaje con cuidado… pero también con una creciente fascinación por su belleza.
Todo transcurrió sin sobresaltos hasta que llegamos a un lugar verdaderamente pintoresco.
Atravesamos un tramo particularmente denso de árboles y vegetación, empujando hojas y ramas… y de pronto emergimos en un claro amplio, silencioso y sorprendentemente limpio.
No había árboles ni matorrales invadiendo el suelo.
En cambio, había flores.
Muchas flores.
Frente a nosotros se extendía un tapiz natural de colores, aunque predominaba el blanco casi absoluto, como una alfombra de nieve entre la selva tropical.
Entre esos tonos aparecían salpicaduras esporádicas de violeta, celeste y amarillo, como pinceladas juguetonas en un lienzo verde.
Era una imagen preciosa… casi irreal.
Una belleza digna de un cuadro, pero extraña para este entorno.
Y demasiado grande para ser natural.
La vegetación selvática era feroz, incapaz de permitir un espacio tan amplio y ordenado sin reclamarlo para sí.
No tenía sentido.
Me pareció evidente que debía ser otro de los puntos de estudio de Castelobruxo, quizá una zona de cultivo o preservación de especies.
Una intervención humana, o mágica, explicaría la perfección del lugar.
Mientras yo analizaba la lógica de la escena, Hannah estaba atrapada por la belleza.
Sus ojos brillaban con el reflejo del rocío sobre los pétalos.
No pudo evitar sujetarme de la manga y tirar suavemente, mirándome con esa expresión suplicante que no necesitaba palabras.
Sabía exactamente lo que quería.
Y, sinceramente, un descanso no nos vendría mal.
Además, esa sensación interior que me empujaba hacia un destino desconocido se había atenuado, así que no había prisa.
Primero me aseguré de que no hubiera peligros ocultos: un par de hechizos, algo de percepción mágica, un barrido con mis habilidades… nada.
Todo parecía perfectamente seguro.
Le asentí.
Hannah soltó un pequeño chillido de alegría y, sin dudar, corrió hacia el mar de flores como una niña que descubre un mundo nuevo.
Técnicamente, lo era.
La observé mover sus pies entre los pétalos, casi flotando entre ellos, admirando cada rareza floral con una mezcla de curiosidad infantil y delicadeza reverencial, cuidando no dañar ninguna de esas “obras de arte de la naturaleza”.
Yo avancé más despacio.
El lugar era hermoso, pero no era la primera maravilla que veía en mi vida.
Aun así, no podía negar que este claro tenía algo… inspirador.
Incluso pensé en recrear algo parecido en mi Feudo: una zona de cultivo guiado y otra completamente salvaje, a ver cuál prosperaba mejor.
Mientras tanto, Hannah estaba completamente inmersa en su pequeño mundo floral.
Así que me senté a esperar.
Era adorable verla así, en medio de tanta belleza, y ese entorno resaltaba aún más su dulzura.
Otra vez, ese instinto posesivo dentro de mí se agitó… pero me limité a observarla con curiosidad.
Noté que sostenía su varita y que desde la punta caía un fino hilo de luz.
Con la otra mano recogía algunas de las flores más bonitas y las depositaba sobre ese hilo, que las adhería suavemente mientras ella moldeaba algo con dedicación.
Después de un rato, volvió hacia mí, radiante, con una corona de flores en la cabeza y otra entre las manos.
“Red, toma” dijo extendiéndome la segunda corona, incapaz de ocultar su emoción.
“Las chicas del dormitorio me enseñaron a hacerlas.” “Es preciosa” respondí, inclinándome para que pudiera colocarla.
Cuando me vio con la corona puesta, sonrió con una mezcla de orgullo y vergüenza.
Luego se sentó a mi lado… justo cuando su estómago rugió, traicionándola.
Era evidente que necesitábamos un descanso.
Saqué algunos sándwiches de mi inventario y almorzamos allí mismo, en medio del mar de flores, los dos con coronas florales.
Y, viendo lo perfecto del momento, tomé una foto.
Al mostrársela, su rostro se puso completamente rojo.
Para ella, la escena se veía como dos príncipes élficos descansando en un claro encantado.
Su imaginación voló lejos… demasiado lejos.
Pero aun así logró controlarse, no quería arruinar la magia de ese instante.
Charlamos un rato más, disfrutando de aquel respiro casi irreal en medio de la selva, pero finalmente nos pusimos de pie.
No podíamos quedarnos demasiado tiempo allí; si tardábamos demasiado, aunque no sabíamos que pasó con el resto del grupo, seguro alguien daría el aviso de nuestra desaparición.
Nuestros padres podrían enterarse… y no estaba seguro de querer enfrentar ese problema.
O quizá… quizá era la oportunidad perfecta para algunos planes que tenía en mente.
Entrecerré los ojos, reflexionando.
Pero no era momento para quedarme divagando Reanudamos la marcha a través del mar de flores.
Hannah avanzaba sostenida de mi brazo.
No era un gesto íntimo en sí mismo… aunque el sonrojo que intentaba ocultar decía otra cosa.
Ella solo quería un poco de apoyo, algo de contacto para sobrellevar la angustia de estar perdida.
No pensaba traicionar a su amiga, claro; se repetía que aquello era apenas un gesto de cariño necesario para mantener la calma.
El problema es que este lugar parecía despertar emociones dormidas… y ambos lo sabíamos.
Aun así, Hannah confiaba en que, al salir de allí, todo volvería a la normalidad.
Llegamos al final del campo de flores, entrando en una zona donde la vegetación comenzaba a recuperar su dominio.
Aun así, el suelo estaba cubierto de pasto y solo algunas flores dispersas rompían la monotonía verde.
Caminar por un terreno tan despejado era un alivio; incluso el sonido de los pájaros, pequeños animales e insectos transmitía una calma que la selva densa nunca ofrecía.
Al salir del mar floral, Hannah soltó rápidamente mi brazo y fingió que no había significado nada.
Continuamos caminando, no precisamente distantes, pero sí dejando que ella se moviera libremente por el terreno abierto.
Cada pocos pasos se detenía a examinar alguna planta o flor nueva.
Parecía absorber cada detalle, cada color, cada forma.
Estaba aprovechando este viaje para aprender cuanto pudiera.
Y habría seguido así, de no ser porque el camino era cortado por un pequeño arroyo.
Tenía apenas unos metros de ancho y el agua era tan clara que podía verse cada piedra en el fondo.
Sin pensarlo demasiado, Hannah se quitó los zapatos y sumergió los pies en el agua helada, soltando un gemido suave de alivio.
La caminata había castigado sus pies más de lo que imaginaba; había usado mi magia de sangre para restaurar su condición general, pero no había prestado atención a detalles como ese.
Aunque corríamos juntos por las mañanas, yo estaba acostumbrado a terrenos difíciles… ella, no tanto.
Finalmente decidimos cruzar el arroyo caminando.
Quitarse los zapatos no era realmente necesario, pero no dije nada.
Avanzamos despacio, con el agua llegando poco por encima de los tobillos.
Hannah tuvo que sujetarse de mí para no resbalar en las piedras húmedas, pero lejos de ser molesto, terminó siendo divertido.
Parecía que en ella había despertado una fibra aventurera, una chispa exploradora que la selva había hecho brotar.
Todo la maravillaba.
Era un momento agradable.
Incluso íntimo.
Y se quebró de golpe.
Porque al terminar de cruzar el arroyo, apenas unos metros más adelante, vimos algo que no esperábamos encontrar en medio de la nada.
Otro ser humano.
Fue una sorpresa enorme.
No esperábamos ver a nadie más en medio de la selva.
Buscábamos asentamientos, sí, pero imaginábamos que los veríamos a distancia… no que alguien nos hubiese visto a nosotros y estuviera esperándonos en silencio, entre aquel grupo de flores dispersas.Recién entonces noté que mi percepción había estado disminuida, provocado por la misma casualidad del “destino” que me llevó hasta allí.
Nos quedamos quietos, observándola.
Era una mujer… pero no una mujer cualquiera.
Lo que teníamos frente a nosotros era una figura imponente: alta, musculosa, cubierta apenas por un taparrabos de fibras y una pieza simple que cubría el pecho.
Llevaba pinturas tribales en el rostro y en los brazos, alforjas rústicas a los costados y su piel oliva tenía ese tono antiguo, más propio de pueblos nativos que del Brasil moderno.
Su cabello oscuro caía suelto por la espalda.
“¿Hola?” dijo Hannah, casi en un susurro nervioso.
La mujer nos observó con seriedad, deteniendo la mirada en mi cabello y en la corona de flores que Hannah aún llevaba puesta.
La mía ya la había guardado para conservarla.
“Hola” respondió, en un portugués con un acento marcado, firme, casi grave.
Hubo un silencio espeso.
Y mientras la observaba mejor, noté que ella no era una muggle.
No era una humana común.
Era una bruja, como nosotros.
Lo sentí en su aura, en la forma en que la magia vibraba en ella.
Tenia su varita en su mano —si podía llamarse así: la artesanía era distinta, así como su forma general, mas larga y tenia el mismo grosor de punta a punta, sin la forma estilizada de las europeas.
“Soy Niara” dijo sin adornos.
“Yo… yo soy Hannah” respondió la niña, cada vez más intimidada.
Se aferró a mi brazo, ocultándose parcialmente detrás de mí.
“Red” dije, sin mostrar temor, solo curiosidad.
El silencio volvió.
Ninguno hizo el primer movimiento; era como si ambos esperáramos que el otro revelara sus intenciones.
Yo estaba listo para defendernos, para incapacitarla si era necesario, pero parece que pensaba demasiado y estaba ante una situación inesperada.
“Estoy aquí para buscarlos” dijo al fin.
Hannah y yo nos miramos, confundidos.
¿La escuela había enviado un rescate?
No parecía ser parte del personal que recordábamos, ni se parecía a los centinelas que habíamos visto antes.
“¿Buscarnos?” preguntó Hannah.
Su portugués no era perfecto, pero entendía lo suficiente.
Además, tenía el pequeño dispositivo traductor que le había dado, el cual conseguí en mi “aventura espacial” y modifiqué con el mercader.
“¿Salieron del jardín de flores?” Niara señaló detrás de nosotros, hacia el mar de flores del que veníamos.
Asentimos.
Aquello confirmaba que ese hermoso lugar no era tan natural como pensábamos.
Alguien lo cuidaba.
Alguien lo mantenía.
“Vamos” ordenó ella, dándose vuelta y comenzando a caminar con calma.
Hannah y yo intercambiamos una mirada.
Extraño rescate, pero rescate al fin.
La seguimos “¿Te envió la escuela?
¿Los demás están bien?” preguntó Hannah, un poco más relajada.
“Castelobruxo no me envió” respondió Niara, corta y precisa como ya era costumbre.
“¿No?” Hannah abrió los ojos sorprendida.
Yo también elevé una ceja.
“Mi tribu suele ayudar a los perdidos.
No son los primeros viajeros en extraviarse en la selva…” nos miró por encima del hombro, observando nuestros uniformes “ni los primeros alumnos de Castelobruxo.” “¿Tri-tribu…?” balbuceó Hannah.
“Sí.
Somos las Amazonas, la tribu nativa más poderosa de esta selva” dijo Niara con total naturalidad.
“¿Amazonas?
¿Como… de la selva amazónica?
¿Tribu de mujeres guerreras?” pregunté, conteniéndome para no mencionar a cierta isla de cómics.
“Esas mismas” respondió ella, aunque con un dejo de paciencia.
“Pero no tenemos nada que ver con esas historias griegas.
El nombre original de la tribu era Icamiabas, pero cambió con el tiempo, con la conquista europea y luego con los nuevos contactos.
La expedición de Orellana tuvo demasiada influencia.
Adoptamos el nombre ‘Amazonas’ porque era más fácil para los extranjeros.
Evolucionamos en ciertos aspectos como el nombre, sí, pero nuestras raíces siguen ahí.” Su tono era serio, pero había erudición en cada palabra.
Fue una sorpresa enorme.
Su apariencia salvaje contrastaba con lo informada y articulada que era.
Nada en su presencia encajaba con la idea de una cultura “primitiva”.
“No me miren así.
Yo también estudié en Castelobruxo.” Se encogió ligeramente de hombros.
“Nací en un pueblo pequeño de Pará.
Tenía contacto con la tribu desde niña por mi abuela, y me uní a ellas después de graduarme.” Y así, la imagen de mujer salvaje quedó atrás.
En su lugar apareció algo más complejo… y mucho más interesante.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com