Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 381
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- Capítulo 381 - 381 378 Dragones originales y la profecía del amazonas
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381: 378) Dragones originales y la profecía del amazonas 381: 378) Dragones originales y la profecía del amazonas Al avanzar llegamos a una sección más amplia de la cueva.
Quizás no era una sala propiamente dicha, sino un túnel de mayor tamaño que continuaba adentrándose en las profundidades.
Lo que diferenciaba este tramo del anterior era la iluminación: antorchas fijadas a las paredes y algunas piedras luminosas dispersas aquí y allá.
Las paredes mostraban dibujos mucho más marcados, además de relieves tallados.
En el suelo había cáscaras de huevo, restos de lo que parecían nidos y numerosas plumas de distintos colores.
Al final de este nuevo trayecto se escuchó el sonido de un ave y, de pronto, una bandada de pájaros multicolores salió volando por la cueva.
Junto a ellos aparecieron otros animales, pero ninguno vino a atacarnos; simplemente pasaron a nuestro alrededor y siguieron su camino.
“¿Qué es este lugar?” preguntó Hannah, confundida, observando los relieves del techo y las paredes, intentando discernir si representaban animales reales o criaturas fantásticas.
“Un refugio” respondió Niara.
“¿Saben algo sobre los dragones originales?
¿Los tres hermanos?” añadió, mirándome a mí.
Hannah comenzó a pensar en voz alta.
Había estudiado sobre dragones y sobre la historia de las Reliquias de la Muerte, pero Niara notó enseguida su error y la corrigió con suavidad.
“No hablo de esa historia” dijo, “sino del origen de los dragones que conocemos hoy en dia.
Una historia mucho más antigua que nuestros países… más antigua que la humanidad misma.” Hannah se sonrojó al darse cuenta de su equivocación.
Por mi parte, sentí que lo que decía Niara me resultaba vagamente familiar.
Recordaba haber leído algo parecido durante mi tiempo con Morgana, aunque eran textos escasos y fragmentados, a los que no les había dado demasiada importancia por carecer de pruebas concretas.
Al vernos pensativos y sin responder, Niara comenzó a relatar la historia como si fuera un antiguo cuento.
“Hace muchísimo tiempo, antes de que el mundo fuera como lo conocemos hoy, existieron tres criaturas de poder inconmensurable” dijo, deteniéndose y señalando distintos relieves en las paredes.
“Los tres dragones originales.” Hannah y yo seguimos su gesto y distinguimos los tres relieves.
A pesar del musgo y el desgaste del tiempo, todavía podían reconocerse con claridad.
El primero era un dragón como los que conocemos hoy, pero mucho más majestuoso: cuatro patas robustas, una larga cola, dos alas carnosas y una cabeza similar a la de un lagarto, aunque más refinada, coronada por grandes cuernos.
El segundo tenía un cuerpo alargado, similar al de una serpiente.
También poseía cuatro patas, pero carecía de alas.
Sus cuernos eran como los de un ciervo y tenía largos bigotes.
Era un dragón oriental, como los de la mitología china.
El tercero parecía un punto intermedio entre ambos: cuerpo serpentino y un par de alas.
Sin embargo, a diferencia de los otros, su cuerpo estaba cubierto de plumas en lugar de escamas.
Me recordó de inmediato a Quetzalcóatl.
“Estos tres dragones fueron de los seres más poderosos que jamás caminaron sobre esta tierra” continuó Niara con solemnidad.
“No eran dioses… pero incluso los dioses temían enfrentarse a ellos.” Hablaba con tal convicción que parecía haber sido testigo de su grandeza.
“Pero un día, tanto ellos como la mayoría de sus descendientes simplemente desaparecieron.” Hannah escuchaba como una niña fascinada por un cuento antiguo.
Yo, en cambio, mantenía un semblante serio.
Sabía demasiado sobre la existencia de los dioses y sobre cómo estos se habían autoexpulsado de este mundo, así que no podía descartar que aquella historia escondiera una verdad profunda.
“Parte de la prole de estos dragones, la mas debil, permaneció en este mundo” prosiguió Niara, señalando el relieve del dragón europeo.
“La descendencia de uno de los hermanos fue la que más proliferó.
Pero con el paso del tiempo se degeneraron, perdiendo casi todo lo que los hacía grandiosos.” Su voz se volvió más grave.
“Perdieron su inteligencia, su capacidad de hablar, de dominar la magia y los poderes antiguos… Se convirtieron en bestias salvajes.
Poderosas, sí, pero insignificantes en comparación con lo que fueron.
Esos son los dragones que hoy conocemos.” Hannah abrió la boca, sorprendida.
Le costaba imaginar a un dragón parlante, capaz de lanzar magia.
La idea le resultaba aterradora… aunque una parte de ella dudaba de la veracidad de la leyenda.
Yo, por mi parte, reflexionaba en silencio.
Me preguntaba si esa degeneración no habría sido causada por el mismo declive de las energías que llevó a los dioses a abandonar este mundo.
Tal vez el debilitamiento progresivo, la endogamia o la mezcla con criaturas de linaje inferior fueron los detonantes de aquel trágico resultado.
“Los otros hermanos no tuvieron esa suerte, si es que puede llamarse suerte” continuó Niara, señalando ahora el relieve del dragón asiático.
“De uno de ellos no quedó absolutamente nada, salvo leyendas.
Su linaje desapareció por completo de este mundo.” Niara retomó la marcha, guiándonos hacia el final de la cueva.
Sin embargo, Hannah no pudo quedarse con la duda.
“¿Y qué pasó con los dragones emplumados?” preguntó.
“¿También se extinguieron?” “En cierto modo” respondió Niara mientras avanzábamos.
“Su progenie no se conservó ni siquiera de forma degenerada… aunque tampoco puede decirse que haya desaparecido por completo.” Su voz resonaba con eco conforme nos acercábamos al final del túnel.
“Algunas criaturas llegaron a acceder a una fracción de su linaje” prosiguió, “pero solo a lo más diluido.
Tan debilitados que no podría decirse que exista un parentesco real.” Entonces llegamos al final del túnel.
Ante nosotros se abrió una pequeña sala, de la cual parecían confluir varios caminos, incluido aquel por el que habíamos llegado.
En el centro, sobre una leve elevación del terreno, se alzaba aquello que habíamos venido a ver… y nos dejó sin palabras.
Un enorme nido ocupaba el lugar.
En su interior, enrollado como una serpiente, descansaba un gran y hermoso occamy de color rosado.
Su cuerpo estaba cubierto por completo de plumas, no en los tonos verdes y azules habituales, sino en una mezcla de rosa y bordó, con matices suaves y profundos.
Su cabeza, aunque claramente aviar, tenía una forma más estilizada y refinada, y sus ojos transmitían una dulzura encantadora.
Sus alas eran grandes, mucho más que las de cualquier occamy que hubiera visto durante mi tiempo con Newt, igualmente sus enormes plumas.
El occamy lanzó de nuevo su chillido, el mismo que habíamos escuchado antes.
Esta vez, sin el eco amplificado de la cueva, notamos que no era tan potente como parecía… sino más bien adorable.
No había malicia en él, apenas un dejo de timidez.
“¿Un occamy?” pregunté, aún sorprendido.
“¿Las criaturas que conservan algo del linaje del dragón emplumado son los occamys?” “No son descendientes directos del dragón” aclaró Niara.
“Pero algunos de sus antepasados lograron acceder a ese linaje en algún momento.
Luego ocurrió lo mismo que con los descendientes de los dragones: la degeneración.” Hizo una breve pausa antes de añadir: “Los occamys actuales ya no poseen el linaje de los dragones originales… Solo el que tienes frente a ti es el último ejemplar que conserva una fracción auténtica de ese linaje.” Hannah y yo observamos al occamy, que nos devolvía la mirada en silencio desde su nido.
No mostraba miedo, solo curiosidad.
Parecía más un animal doméstico que una criatura salvaje, señal clara de que las amazonas lo habían protegido durante mucho tiempo y lo habían acostumbrado a la presencia de personas.
“¿Los occamys no son originarios de la India?” pregunté, todavía procesando todo.
“Migraciones” respondió Niara con sencillez.
No dijo nada más.
Yo asentí en silencio.
Los animales no permanecen inmóviles, y una migración así no era imposible… aunque la explicación me dejaba con una extraña incomodidad.
Parte de mí esperaba algo más místico, una razón más profunda que justificara aquella anomalía.
“Entonces…” pregunté, mientras el lugar se sumía en un silencio casi absoluto.
“Estamos aquí para que cumplas tu destino” respondió Niara, mirándome fijamente.
“¿Qué destino?” insistí, esperando por fin una respuesta clara.
Niara suspiró y, una vez más, adoptó ese tono de narradora ancestral.
Pero esta vez no sonaba a leyenda reconfortante, sino a sentencia.
—Cuando solo quede el último vestigio del linaje del gran dragón, los males asediarán la selva.
Será el inicio de su declive.
La gran selva clamará por ayuda, pero nadie podrá detener su caída… —sus ojos se alzaron hacia mí—.
Entonces, uno de los grandes males de este mundo, el Mal Carmesí, llegará a estas tierras.
Y al unirse con la serpiente emplumada, engendrará al protector que traerá paz, seguridad y prosperidad eterna a la selva.
Guardó silencio.
“Esa es la antigua profecía” concluyó.
“La que las amazonas hemos esperado cumplir durante siglos.” Hannah y yo la miramos sin comprender del todo… hasta que Niara se arrodilló ante mí.
“Por favor, Demonio Sanguinario” dijo inclinando la cabeza.
“Cumple tu deber y engendra al dios de las amazonas.
Nuestro salvador.” …
…
…
Me llevé los dedos a las sienes, frunciendo el ceño mientras la miraba arrodillada ante mí.
“O sea…” dije lentamente.
“¿Me trajiste hasta aquí para… que me folle a un occamy?” “Así es como debe ser” respondió Niara sin levantar la cabeza.
Hannah estaba en completo shock.
Alternaba la mirada entre Niara, el occamy rosado y yo, como si su cerebro se negara a aceptar la escena.
Estaba sufriendo una especie de jaqueca al razonar esto.
No podía creer que la profecía del fin del mundo de las Amazonas me implicara a mí follando con un Occamy.
Todo este viaje y demás preparativos, ¿para esto?
Bueno, considerando todo lo que había hecho, no sería lo más descabellado, pero una cosa era actuar por mi propia degeneración, y otra muy distinta era hacerlo por mandato divino.
No sabía cómo reaccionar.
El destino me había puesto una tarea que era a la vez ridícula y totalmente acorde a mi naturaleza, elevando mi depravación a la categoría de misión cósmica.
El silencio volvió a adueñarse de la cueva, roto solo por los suaves sonidos del occamy en su nido.
“¿En serio no hay otra parte de la profecía que estés olvidando mencionar?” pregunté, aún con la esperanza de que todo fuera una broma muy elaborada.
“No puedo forzarte” dijo Niara.
“Pero así debe ser.
Y te lo suplico… por las amazonas, por la selva, por todos los seres que dependen de ella… haré lo que sea necesario para convencerte.” Sacó una daga y la sostuvo frente a sí, adoptando una postura ritual.
“Incluso ofrecer mi vida como sacrificio.” “¡Eh, eh, basta!” la detuve.
La situación no se volvió menos absurda.
Niara estaba completamente decidida, pero su sacrificio no significaba nada para mí.
No era un dios hambriento de sangre ni obtenía poder de la fe ajena… al menos no todavía.
Tras un largo intercambio, respiré hondo.
“Déjanos un momento a solas para decidir” le pedí.
“Así lo haré.
Les daré privacidad.” Niara asintió.
La forma en que lo dijo sonó peligrosamente cercana a una bendición nupcial.
Se inclinó una última vez y se retiró, dejándonos solos con el occamy.
Solo suspiré.
Pensé que me agradaba un poco más la otra niara, la que me detestaba, y me asombró la rapidez con que esta había cambiado de actitud.
Me preguntaba con curiosidad por qué su temperamento había pasado de ser frío a esto…
a esta docilidad.
Pero, basándome en su frase: “no arriesgarnos a que se supiera lo que estaba pasando”, solo podía deducir que las Amazonas tenían su propio y considerable toque de paranoia.
Me costaba creer que alguien más supiera de esa profecía, o que hubiera alguien con el interés (o el fanatismo) de querer detenerla si la consideraba real.
Mientras yo estaba absorto en mis pensamientos, Hannah se acercó con evidente nerviosismo.
“Red… ¿tú… vas a…?” miró al occamy, incapaz de terminar la frase.
“¿Tú qué crees?” le devolví la pregunta.
“No lo sé…” admitió.
“Creo que es raro.
Incómodo.
Un poco asqueroso… pero si es para salvar la selva…” No sonaba convencida.
Ni ella misma podía imaginarlo.
“Entonces, ¿quieres que me folle al Occamy?” “No…
no es que yo quiera…
Yo…
no sé qué deberíamos hacer,” dijo, genuinamente asombrada por la situación que vivían.
Desde San Valentín, y al conocer mi vida sexual, parecía que ahora todo a su alrededor señalaba al sexo.
Eso la ponía nerviosa, y esto llegaba a un punto que ella ni siquiera podía concebir como normal.
🎁—/——/🎁/———/🎄🎁🎄/———/🎁/——/—🎁 ✨🎄✨ ¡Feliz Navidad a todos mis lectores!
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