Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 384
- Inicio
- Todas las novelas
- Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo
- Capítulo 384 - 384 381 Templo maldito II
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
384: 381) Templo maldito II 384: 381) Templo maldito II A pesar de lo ocurrido aquella noche, las cosas no se deterioraron tanto después.
Tensas, sí.
Incómodas por momentos.
Pero no fue algo permanente.
Con todo lo que había vivido, tenía demasiados temas de conversación.
Incluso cuando Hannah intentaba tomar distancia, tarde o temprano volvía a acercarse.
No era difícil: hacerla reír, distraerla, devolverle la sensación de familiaridad a mi lado.
Salvo que se cerrara de forma muy activa, podía disolver las barreras que levantaba… y pronto estábamos casi como antes.
Supongo que, en cierto modo, también era una forma de terapia de exposición.
En fin, seguimos vagando por la selva durante un tiempo más, hasta que finalmente entramos en contacto con otros humanos.
Y ahí surgió un nuevo problema.
Cuando encontramos a la primera persona —un viajero, o algo parecido— comprendimos de inmediato que no podríamos comunicarnos.
El idioma era completamente distinto.
Tenía la habilidad [Subtítulos], y tras subirla de nivel podía entender lo que él decía… pero no al revés.
Él no podía comprendernos a nosotros.
Nuestro primer encuentro fue caótico.
Éramos distintos en todo: raza, vestimenta, lenguaje.
Nuestro aspecto juvenil tampoco ayudaba.
No diría que hubo una pelea, pero la comunicación fue tan deficiente que ni siquiera sé si logramos transmitir nuestras intenciones.
Todo se resolvió, más o menos, cuando mostramos magia.
En cuanto lo hicimos, el hombre cayó de rodillas frente a nosotros, temblando.
A través de [Subtítulos] lo vi suplicar clemencia, llamándonos algo equivalente a chamán o brujo.
Con mímica y un poco de transfiguración, logramos pedirle que nos guiara hacia algún asentamiento.
Aceptó de inmediato.
Así solucionamos uno de nuestros problemas inmediatos.
…
Llegamos a un poblado pequeño.
Muy pequeño, comparado con lo que conocíamos.
Choza tras choza, hechas de fibras vegetales, frágiles, rústicas.
Los demás nativos nos observaron primero con curiosidad… y luego con miedo.
El hombre que nos había guiado caminaba delante, pálido, tembloroso, y eso solo empeoró el malentendido.
Hannah y yo intentamos arreglarlo.
Ofrecimos regalos, intentamos mostrar buena voluntad.
No funcionó.
Los nativos comenzaron a traer todo lo que consideraban valioso, arrodillándose ante nosotros para entregárnoslo.
No como gratitud, sino como obligación.
No sabía qué reputación tenían los magos en este lugar, pero estaba claro que eran temidos.
Cada gesto nuestro parecía interpretarse como una amenaza implícita.
Incluso nuestros regalos eran vistos como un trueque forzado.
Suspiré y acepté la situación, al menos de forma temporal.
Hannah, en cambio, no estaba cómoda en absoluto.
No le gustaba sentirse temida.
Nos quedamos en el poblado varios días, mientras intentaba obtener información útil.
El idioma era lo principal, aunque sabía que aprenderlo quizá no serviría en otras zonas del Amazonas.
También estaban las direcciones.
El poblado no llegaba a cincuenta personas, y pocos comprendían siquiera qué significaba buscar un templo antiguo o “maldito”.
Aun así, supe de asentamientos más grandes, algo parecido a ciudades, bastante lejos.
De hecho, si hubiéramos seguido ciertas rutas que ignoré antes, quizá habríamos llegado a una.
Las indicaciones eran vagas, imprecisas, pero al menos ahora tenía un plan: llegar a una de esas “ciudades” y preguntar allí.
La mayor dificultad de esta misión no parecía ser el enemigo… sino encontrar el camino.
Mientras yo recopilaba información, Hannah vivía su propio choque con la realidad.
Se maravillaba y horrorizaba a la vez con la vida de los aborígenes.
Hambre, enfermedad, muerte.
Nada de eso era raro para ellos.
Para ella, en cambio, era insoportable.
Sin poder contenerse, empezó a ayudar.
Curó heridas, limpió infecciones, mejoró condiciones básicas usando todo lo que había aprendido hasta ahora.
Fue entonces cuando comprendió cuán afortunada había sido al nacer en el futuro.
Cosas simples para ella eran milagros para ellos.
Así pasaron nuestros días allí.
Dormíamos apartados del poblado.
Nos ofrecieron la mejor choza, pero la rechazamos, no nos sentíamos cómodos quitándoles sus pobres casas a esta gente.
Aun así, aunque Hannah se ganó admiración, el miedo nunca desapareció del todo.
El último día, algunos curiosos salieron del feudo para ver cómo era este mundo primitivo.
Tonks, con un vientre apenas visible por el embarazo.
El avatar de Elise.
Y Helena.
Hannah no sabía con cuál sorprenderse más.
Elise la dejó sin palabras.
Aquella criatura irradiaba una elegancia y majestuosidad incluso superior a la de los unicornios.
Ya no era como cuando la vio antes: ahora tenía alas.
Que hablara era impactante… pero nada la sacudió tanto como descubrir que también era una de mis mujeres.
La expresión de Hannah al entenderlo fue sublime.Ahora comprendía que, para mí, hacerlo con un Occamy quizá no fuera algo tan extremo.
No se atrevió a decir nada.
El aura dominante de Elise era aplastante.
Hannah solo pudo bajar la cabeza mientras ella mostraba su afecto hacia mí sin ningún pudor.
Le parecía retorcido…
pero no pudo evitar sentir envidia al verme montarla, volar con ella, perderme entre su pelaje y plumas.
Una parte de Hannah pensaba que yo era un degenerado.
Otra quería preguntarme si podía tocarla.
Elise volvió pronto al feudo.
No había nada aquí que la retuviera.
Planeaba terminar algunas modificaciones en su avatar y luego viajar por este mundo para perfeccionarse como habíamos acordado.
Luego estaba Helena.
Hannah la reconoció de inmediato… y quedó atónita.
Entre mis parejas no solo había mujeres y criaturas mágicas, sino también una fantasma.
Y no cualquier fantasma, sino una de Hogwarts.
Cada nueva revelación la alejaba más de cualquier comprensión humana de mí.
Ya no sabía qué pensar, ni cómo juzgarme.
Había superado cualquier expectativa mortal.
Además, la Helena que tenía frente a ella no era cuando la vio Hogwarts.
Esta le provocaba un miedo profundo, instintivo.Un vacío en el pecho y desesperanza.
No lo sabía, pero era porque Helena no estaba conteniendo su aura no-muerta en ese momento.
Helena, con el paso del tiempo, había seguido dominando la nigromancia y aumentando su energía negativa.
Ya era poderosa antes, pero ahora estaba entrando en un nivel completamente distinto.
No solo podía interactuar con el mundo físico con total naturalidad, sino también lanzar magia sin restricciones, aunque casi siempre vinculada a la muerte.
Si tuviera que estimarlo, diría que estaba a medio paso de alcanzar categorías como las de Dumbledore o Voldemort.
Aún no llegaba allí, pero la naturaleza de su magia —tan extraña, tan definitiva— la hacía peligrosa incluso antes de alcanzar ese nivel.
Hannah y Helena hablaron varias veces.
No fue algo que yo planeara ni pidiera: simplemente ocurrió.
Helena, con su calma inquietante y su inteligencia afilada, ayudó a integrar a Hannah sin esfuerzo, como si comprendiera exactamente qué decir y cuándo.
La curiosidad de la niña era inmensa.
Pero cuanto más se saciaba, más confusas se volvían sus emociones.
No entendía cómo había logrado tanto, ni por qué todo parecía acomodarse a mi favor.
En más de una ocasión llegó a preguntarse si, tal vez, su rechazo inicial hacia mi forma poligamica de vivir no había sido tan justificado como creía.
Eso cambió al conocer a Tonks.
A diferencia de Helena o Elise, Tonks no tenía una presencia sobrenatural ni una existencia imposible.
Entre todas, era la más “normal”.
Y sin embargo, había algo en ella que eclipsaba a las demás.
Estaba embarazada de mi hijo.
Ese detalle golpeó a Hannah con más fuerza que cualquier revelación anterior.
Saber que una de mis parejas ya esperaba un hijo mío, y que yo tenía prácticamente su misma edad, la dejó completamente descolocada.
Al ser ambas de Hufflepuff, la conversación entre ellas fluyó con sorprendente facilidad.
Igual que había pasado con Chiara.
Lamentablemente para mí, Tonks no era tan complaciente como Helena a la hora de suavizar mi imagen.
Se apartaron a hablar solas.
Muchas veces.
De distintos temas.
Pero todos, de una u otra forma, terminaban girando alrededor de mí.
— “¿Cómo empezó todo… si se llevan tantos años?” preguntó Hannah, genuinamente intrigada.
“Yo tampoco creí que pasaría nada cuando lo conocí” respondió Tonks, con una sonrisa cargada de nostalgia.
— “¿De verdad… tuvieron sexo?
Quiero decir…” Hannah se interrumpió, avergonzada, mirando el vientre de Tonks.
“Lo sé, lo entiendo” respondió Tonks con naturalidad.
“Y sí, mucho…” — “¿Tiene tantas parejas…?
¿Todas…?” “Más de las que debería permitírsele” dijo Tonks con fingida indiferencia.
“Pero sí.
Somos muchas.
Y no parece detenerse.” — “¿Cómo se siente estar embarazada?” curioseó Hannah.
“Raro.
Muy raro.
Y a veces, una pesadilla” soltó Tonks con honestidad, acariciándose la barriga con gesto ausente.
“Dicen que tengo suerte porque no me ha pegado tan fuerte, pero esa ‘facilidad’ me da mala espina.
Debería estar más grande para el tiempo que llevo.
Red y Chiara insisten en que no pasa nada, pero me hubiera gustado pasarme por San Mungo para que me lo confirmen.” “Y…
¿realmente es de Red?” Hannah dudó.
“¡Oye!
No se le dicen esas cosas a una mujer embarazada” replicó Tonks con una chispa de indignación, aunque sin perder la ternura.
“Jamás engañaría a mi marido; no soy tan canalla como él.
Así que sí, Red es el hijo de puta responsable de esto” concluyó, con una sonrisa que bailaba entre el amor y el odio.
— Las conversaciones eran intensas.
Era parte del carácter de Hufflepuff: hablar, compartir, intentar comprender al otro.
Tonks era la única con quien Hannah podía realmente empatizar.
Ni una alicornio, ni una fantasma, ni personas con las que no compartía idioma podían ayudarla a procesar lo que sentía.
Esa noche, sentadas juntas bajo el cielo estrellado, hablaron por última vez a solas.
“¿Realmente estás bien con todo esto… con Red?” preguntó Hannah en voz baja, observando a Tonks, quien mantenía la mirada clavada en el cielo nocturno.
“Ya te dije que no” respondió con un suspiro.
“No me gusta, solo lo acepto.
Jamás negaré que desearía que lo nuestro fuera normal, que él no fuera un maldito infiel con el pito chico…” Escupió las palabras con veneno, aunque Hannah notó que no había malicia real, sino un cansancio profundo.
“¿Y no se lo dices?
¿No intentas… algo?” “¿Crees que no lo he intentado?
¿Que no lo he pensado mil veces?” Tonks soltó una risa seca, cargada de resentimiento.” Ese hijo de puta siempre se sale con la suya.
Logra convencerme, usualmente me folla hasta que pierdo el sentido y termino cediendo…” Al recordar, Tonks experimentó un estremecimiento; una mezcla de asco por su propia debilidad y el eco de un placer que no podía ignorar.
“Pero… ¿eso no debería darte más ganas de dejarlo?” Hannah arrugó el entrecejo, genuinamente confundida.
“No lo conoces, Hannah.
El sexo es demasiado bueno.
Para cuando te das cuenta, ya le estás pidiendo más y sientes que, simplemente, no puedes dejarlo.
Es una droga.” (Tonks) “Oh…” balbuceó Hannah, sin alcanzar a comprender del todo esa clase de esclavitud.
“Pero, ¿no has pensado seriamente en exigirle?
Él suele ser serio con sus promesas.
Y ahora eres la madre de su hijo.” “Él ya tiene otra hija, por lo menos…” Tonks hizo un pequeño puchero, un gesto infantil que contrastaba con la crudeza de la charla.
“No siento que tenga el derecho de exigirle que sea solo mío por estar embarazada, aunque yo fuera su primera novia.” “Y… ¿lo aceptas así?
¿Nunca piensas en escapar y dejarlo todo?” insistió Hannah con frustración.
“Sé que esperas un bebé, pero mi mamá una vez amenazó con dejar a papá solo porque creyó que la engañaba.
escuche cosas similares de toras mujeres Así pasa en los cuentos, no debería ser…?” “Tonks arqueó una ceja, rompiendo su trance con el cielo para mirar a la joven.” Tienes demasiadas preguntas para ser alguien a quien no debería incumbirle nuestra vida privada.
“Perdón…” murmuró Hannah, dándose cuenta de que había cruzado una línea.
“Tranquila.
Sé por qué lo haces” Tonks suavizó el rostro y soltó una carcajada triste.
“Te gusta, ¿verdad?
O tal vez no él, sino la idea de él.
Pensaste que, si no tuviera ese harem gigante, podría ser el novio perfecto.
Qué niña tan tonta…” “Yo no…” “Te diría que guardes tus sentimientos y no le sigas el juego, o terminarás como yo.
Pero si ya estás bajo su mirada, supongo que ya caíste en su trampa de miel” Tonks suspiró y la miró fijamente.
“Te seré sincera: he perdido la cuenta de las veces que lo he maldecido, deseando no haberlo conocido nunca.
Especialmente cuando se acostó con mi madre.” “¡¿Se acostó con tu madre?!” Hannah retrocedió, horrorizada.
“Sí.
Y se lo echo en cara siempre que puedo, esté él delante o no” Tonks comenzó a acariciar su vientre, y esta vez sus ojos se llenaron de lágrimas que empezaron a rodar sin control.
“Si pudiera elegir entre tenerlo solo para mí o marcharme lejos… no sé.
Sé que si el mundo retrocediera a un punto donde nunca nos conocimos, estaría desesperada por encontrarlo otra vez.” Se hizo un silencio pesado.
Tonks miraba ahora al vacío, con el rostro empapado.
“Lo detesto, pero lo amo.
Hemos pasado tanto juntos que no soportaría una vida sin él.
Él es parte de mí, de lo que soy… sin Red, yo no sería Tonks.
Si para tenerlo debo aceptar que haya otros coños a su alrededor, tendré que hacerlo, porque no me iré de su lado.
Pero así como yo soporto eso, él tendrá que aceptar mis quejas y mis berrinches para siempre.” Terminó con una risa feliz entre lágrimas.
Hannah se quedó muda, con el corazón encogido.
Aquella charla no le había traído la claridad que buscaba, sino una red de dudas e intrigas mucho más oscura de la que imaginaba.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com