Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 385
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- Capítulo 385 - 385 382Templo maldito III Llegando a la Ciudad
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385: 382)Templo maldito III: Llegando a la Ciudad 385: 382)Templo maldito III: Llegando a la Ciudad Fue el día de partir, y Hannah y yo ya estábamos preparados para otra incursión lejos de la civilización.
Nuestras demás compañeras se separaron de nosotros para ocuparse de sus propios asuntos.
Helena y Tonks regresaron al [Feudo]: la primera para continuar cultivando su energía negativa, y la segunda porque, aunque deseaba unirse a la aventura, su embarazo hacía prudente que se resguardara.
Era madre primeriza y estaba mucho más nerviosa y preocupada de lo necesario, aunque también esperaba que encontráramos pronto esas “ciudades” para poder explorar un poco más en zonas más seguras.
Por su parte, Elise emprendió su camino en solitario, su propia aventura.
Tal como habíamos acordado, ella iba a arriesgarse.
Aunque le habría gustado que la acompañara, ambos entendíamos que este era su momento de probar la soledad.
De todos modos, su cuerpo real permanecía en el feudo, así que en realidad no se alejaba de mí.
Me mantendría al tanto de su situación mediante [Mensaje], por cualquier eventualidad.
Nos despedimos de los nativos, quienes seguramente estarían aliviados de vernos partir, aunque algunos parecían apreciar sinceramente la ayuda de Hannah.
Con eso, nos pusimos en marcha.
Solo teníamos una dirección general hacia donde ir, y sabíamos que el viaje sería largo.
Podríamos haber volado —en escoba o por cualquier otro medio—, pero decidimos ir a pie.
Era un buen entrenamiento, además de una oportunidad única para explorar una fauna y flora de la época pasada.
Hannah era la más entusiasmada con esto; incluso me pidió una pluma que escribiera sola para realizar un estudio de campo.
Si todo salía bien, aquello podría convertirse en un proyecto que la volviera notable en el mundo mágico de la herbología en un futuro cercano.
…
¿Resumen de la aventura?
Viajamos durante bastante tiempo antes de llegar a destino.
Encontramos dos poblados más antes de alcanzar la primera “gran ciudad”.
No estaban tan alejados entre sí como para carecer de contacto, pero la dificultad de transitar por la selva hacía que cada viaje fuera largo y peligroso.
Durante esos días y noches junto a Hannah, noté que algo no estaba del todo bien… aunque tampoco mal.
No sabría explicarlo: la forma en que me miraba, o la actitud que tenía a mi lado.
Había algo que la incomodaba, pero no lograba identificarlo.
Como no había un problema evidente, decidí no insistir.
Estaba bastante seguro de que Tonks había tenido algo que ver, ya que el cambio comenzó después de que ellas hablaran… y no iba a pelearme con Tonks.
En fin, volvamos a nuestro destino.
Llegamos finalmente a la gran ciudad antigua, aunque no sin cierta sorpresa y dudas.
Era grande —no al nivel de la modernidad, claro—, pero para la época en la que nos encontrábamos resultaba verdaderamente admirable.
En las zonas más pobres, las casas eran de fibras vegetales o madera.
Sin embargo, lo más destacable eran las construcciones de piedra: casas sólidas, caminos empedrados y enormes edificaciones como templos, cuarteles y un mercado principal.
Eran imponentes, pero solo si las poníamos en contraste con las viviendas de una sola planta que las rodeaban.
La arquitectura de piedra no parecía propia de la región.
Tenía similitudes con la arquitectura azteca u otras culturas y, en cierto modo, me recordó a las estructuras de Castelobruxo.
Fue después de confirmar la presencia de otros brujos que pude atribuir ese desarrollo arquitectónico al uso de la magia.
Llegamos un día claro, asombrados por la diferencia entre los pequeños poblados que habíamos visto antes y la ciudad que ahora se alzaba frente a nosotros.
Intentamos integrarnos, mezclarnos entre la gente, pero era evidente que éramos distintos.
Podía cambiar mi apariencia, pero decidí no hacerlo.
En cierto modo, Hannah, con su piel ya bronceada por el sol, encajaba mejor en ese entorno que yo.
Conflictos hubo, claro que los hubo.
Especialmente cuando aparecieron los guerreros de la ciudad, mucho mejor equipados que cualquiera que hubiéramos visto hasta entonces, con físicos que demostraban buena alimentación y entrenamiento.
No necesité usar magia para derrotarlos.
Mi fuerza física y mi capacidad de combate fueron suficientes para enfrentar a varios a la vez.
Necesitaba algo de ejercicio… y admito que quizá también estaba presumiendo un poco frente a Hannah.
Derrotar a diez de sus guerreros fue más que llamativo.
Pude ver cómo la gente nos observaba desde sus casas, en silencio.
Fuimos tan evidentes que los líderes —o al menos quienes supusimos que lo eran, por sus extravagantes adornos— acudieron a ver qué estaba ocurriendo, escoltados por aún más soldados.
Mi apariencia llamativa debía resultar impactante, quizá incluso intimidante, sobre todo teniendo en cuenta que era un niño y había derribado a diez hombres adultos.
Tal vez me consideraron un demonio, o algún tipo de criatura mágica con forma humana.
Más soldados se lanzaron contra mí, pero su destino no fue muy distinto… hasta que apareció un joven, posiblemente un seguidor del líder.
No parecía fuerte, y su vestimenta no era la de un guerrero.
Era un mago.
Ni siquiera tuve que intervenir.
Mientras yo seguía enfrentando a los guerreros armados con clavas, lanzas, flechas y dardos, el joven intentó atacarme por sorpresa usando magia, pero era… deficiente.
Había empezado a realizar una especie de danza para su conjuro, y al notarlo, Hannah —sin querer que me atacaran por la espalda— sacó su varita e intervino.
—«Flipendo»—«Tarantallegra» Dos hechizos simples, consecutivos, poco dañinos.
Ambos habíamos acordado no causar problemas innecesarios, y fueron más que suficientes para derrotar al joven brujo.
La demostración de magia bastó para que la batalla terminara de forma abrupta.
El silencio cayó sobre el área con todos mirándonos.
Ahora lo sabían: éramos brujos.
La situación era incómoda.
Si había algo profundamente arraigado en el imaginario colectivo de esta época, era la idea de que los brujos eran seres superiores.
Raros, temidos y poderosos.
Quizás no más resistentes físicamente que cualquier humano, pero nadie podía defenderse realmente de sus maleficios, especialmente de la magia oscura.
No era que no quisieran luchar, sino que nadie quería arriesgarse.
Aun así, aunque los guerreros nos observaban con miedo evidente, permanecían listos para volver a la refriega si recibían la orden.
El líder y el joven brujo —que aún seguía bajo los efectos del hechizo de Hannah, moviéndose de forma errática— estaban atrapados en un conflicto interno sobre cómo proceder.
Aquel joven no era un brujo hecho y derecho, sino más bien un aprendiz: el equivalente a un estudiante de Hogwarts.
Sin embargo, era pariente del líder, y aunque no se había “graduado”, gozaba de numerosos privilegios simplemente por su condición mágica.
La posibilidad de llamar a otro brujo estaba sobre la mesa.
Uno real.
Un recurso extremo.
Había quedado claro que Hannah y yo, pese a nuestra aparente corta edad, éramos magos mucho más poderosos de lo que podían enfrentar… y además éramos dos.
Por suerte, la situación no escaló.
Ese brujo no fue convocado, ya que Hannah y yo dimos por terminado el conflicto y tratamos de dejar en claro que no éramos agresivos.
La comunicación fue difícil, pero aprendiendo algo de los dialectos locales logré decir algunas palabras comprensibles, pedir traducciones y apoyarme en la mímica y la magia para transmitir nuestras intenciones.
Debo admitir que salió bastante bien, aunque era evidente que no confiaban del todo en nosotros al principio.
Los chamanes y brujos eran profundamente respetados… y temidos.
De hecho, se lamentaban de haberse enfrentado a nosotros sin habernos matado de inmediato.
Existía la creencia —no del todo errónea— de que provocar a un brujo podía acabar en una maldición terrible.
Por eso, durante un momento, la idea de eliminarnos cuanto antes había surgido como una forma de evitar problemas futuros.
Lo que jugó a nuestro favor fue que no mostramos rencor.
Eso, junto con mis auras y el deseo explícito que manifestamos de asentarnos en la ciudad.
Cada brujo era un recurso de valor incalculable, y nosotros nos mostramos generosos y humildes, algo poco común.
En la ciudad ya había otros brujos —algunos solo de paso—, uno en particular que respondía por la ciudad, además de varios aprendices.
Aun así, movilizar a un brujo para intervenir en un conflicto era algo costoso y arriesgado.
Provocar su descontento no era algo que ni siquiera el líder se permitiera.
A los soberanos aborígenes no les agradaba estar tan a merced de los brujos, pero era un mal necesario.
Las ciudades dependían de ellos para su desarrollo y protección.
De ahí casos como el del joven aprendiz: tratado casi como un noble, cercano al trono, por ser familia del jefe y un futuro brujo en quien se podía confiar más que en un hechicero externo y desconocido.
Finalmente, nuestro primer encuentro terminó con una invitación a cenar.
El cacique nos recibió en su palacio de piedra, ubicado en el centro de la ciudad.
Fue una cena tensa, pero productiva.
El cacique no solo nos invitó a nosotros, sino también al brujo local: un anciano de aura sombría y actitud distante, claramente alguien con pocos amigos.
Había acudido solo por súplica del jefe y de su aprendiz, como respaldo en caso de que la situación se torciera y fuera necesario abatirnos.
Probamos las “delicias” locales y compartí algunas de las nuestras.
Las miradas de sorpresa fueron inevitables cuando probaron sabores intensos y delicados, propios de una cocina futura.
Luego llegaron las negociaciones.
El brujo local no nos quitó los ojos de encima, aunque sus intenciones distaban de ser puras.
Por su aura, supe enseguida que practicaba artes oscuras, aunque en esta época la división era difusa: todo brujo respetable conocía algo de magia negra.
Parecía especialmente interesado en nosotros, tanto por la magia que habíamos mostrado como por mi aparente “linaje especial”.
Me observaba como material de estudio, casi como un ingrediente para sus rituales.
Sin embargo, no se atrevió a nada.
Aquí no existían escuelas.
Cada brujo era formado por otro.
Que Hannah y yo mostráramos tales proezas a nuestra edad implicaba, inevitablemente, la existencia de un maestro extremadamente poderoso detrás de nosotros.
Y cualquier brujo con dos dedos de frente sabía que atacar a los aprendices de otro hechicero poderoso sin considerarlo era una sentencia segura.
Tras comer de forma casi simbólica y esperar un corto tiempo, el anciano se retiró, como si nada de aquello le importara.
Su partida puso nervioso al líder, que se sintió de pronto desprotegido, pero no podía ofender al brujo, así que se limitó a despedirlo con una sonrisa forzada.
Por suerte para él, pudo relajarse al comprobar que éramos tranquilos y amables.
La charla continuó, y pronto dejamos claro nuestro deseo de asentarnos en la ciudad.
Aquello llenó al jefe tanto de emoción como de nerviosismo.
No seríamos los primeros magos en hacerlo… pero sí unos bastante jóvenes y capaces.
Como ya dije, cada brujo era un activo invaluable, y nuestras habilidades lo demostraban.
El jefe comenzó a maquinar cómo asegurarse de que nos quedáramos de forma permanente.
Sabía que los brujos jóvenes eran mucho más fáciles de ganar —y manipular— que los viejos hechiceros astutos como el anterior.
Sin dudarlo, aceptó nuestra estadía, pese al riesgo.
Incluso nos ofreció alojarnos en su propio palacio.
Claro que todo esto es un resumen general de lo que logramos transmitirnos.
La comunicación seguía siendo deficiente, pero esperaba aprender lo suficiente viviendo allí.
Al menos, el idioma de una gran ciudad sería más conocido que el de las tribus pequeñas.
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