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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 386

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  4. Capítulo 386 - 386 383 Templo maldito IV Estableciéndose
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386: 383) Templo maldito IV: Estableciéndose 386: 383) Templo maldito IV: Estableciéndose Esa noche fue… curiosa.

Especialmente para Hannah.

Por primera vez vio con claridad lo importantes que éramos para estos muggles, pero de una manera distinta a la de los pueblos anteriores.

Aquí los brujos no eran solo líderes espirituales o armas peligrosas: eran figuras casi sagradas, y la ciudad estaba dispuesta a cualquier cosa con tal de ganarse su favor.

Cuando cayó la noche, a nuestra habitación no solo llegaron regalos, sino también personas.

Ofrendas, por llamarlas de algún modo.

Eran presentes que, según sus costumbres, los brujos podrían apreciar: mujeres para “satisfacerme” a mí, e incluso algunos jóvenes para Hannah.

Aquí, tanto magos como brujas eran vistos como individuos de deseos extraños, a veces perversos, y no existía reparo alguno en enviar personas para saciar esos supuestos apetitos.

Entre esas ofrendas había incluso hijas y familiares femeninas del propio jefe.

La lógica detrás era clara, aunque retorcida: se sabía que el hijo de un brujo tenía grandes probabilidades de heredar la magia.

La posibilidad de que alguna de esas jóvenes quedara embarazada de mí y diera a luz a un brujo al servicio de la familia gobernante no solo existía, sino que era profundamente deseada.

Tuve que explicarle a Hannah qué estaba ocurriendo y por qué.

Hablarle de política en esos términos fue… incómodo.

Explicarle que, desde su perspectiva, aquello era una maniobra astuta y hasta razonable —aunque peligrosa— no fue sencillo.

No supe si su expresión reflejaba confusión, shock o un asco difícil de disimular.

Al final, la pobre no supo cómo reaccionar y solo quería que esas personas se marcharan.

Aun así, conociéndome y teniendo presente mi “historial”, llegó a insinuar que quizá yo podía aceptar esos regalos si lo deseaba.

Rechacé la oferta.

Lo hice con una excusa sencilla: que, si aceptaba, ella tendría que estar presente.

Y como sabía que no querría hacerlo, no podía dejarla sola y vulnerable sin mí a su lado.

Por supuesto, aquello podría haberse resuelto con un clon acompañándola… pero eso no importaba.

Lo importante era el gesto.

Así que tuve que despedir a aquellas “ofrendas”.

Lo hice con firmeza, pero también con cierta gentileza, especialmente con las que habían venido para mí.

En particular con la hija del jefe, a quien dejé marchar, con palabras cuidadosas y una ambigüedad deliberada.

Después de todo, la política también se juega en los detalles.

Hannah me miró, visiblemente confundida.

“Si de verdad quieres hacerlo, ve” dijo finalmente, dándose la vuelta y acomodándose para acostarse, sin mirarme.

“No me importa…” Pero era evidente que ni ella misma sabía cómo sentirse al respecto.

“¿Celosa?” pregunté con un tono juguetón.

Antes de que respondiera, continué: “Ser honesto es bueno… pero a veces hay que actuar de acuerdo a lo que se necesita, no a lo que se siente.

Esto también es una lección para ti.

Dime, ¿crees que estuvo mal que el jefe nos enviara a esas personas?” “¿No lo estuvo?” preguntó, incómoda.

“No sé… la sensación que me dio fue horrible, pero…” “¿Y crees que estuvo mal la forma en que las despedí?” insistí.

“Acariciar su brazo, su rostro.” Ella se giró para mirarme.

“No… supongo que no” dijo dudando.

“Quiero decir, si tú quisieras… deberías poder hacerlo con ellas, como con las demás.

Tus otras novias lo aceptan, así que…” su voz se fue apagando, cada vez más confusa.

“No fue exactamente porque yo quisiera”, respondí, acomodándome a su lado.

“Aunque no negaré que tengo curiosidad por saber cómo sería estar con una nativa amazónica de esta era… sí.

Pero ambas situaciones se basan en lo mismo.” Hice una pausa.

“Intereses.” Durante el tiempo en que ninguno de los dos lograba dormirse, decidí enseñarle algo que hasta ahora no había tocado con ella: el mundo de las maquinaciones.

Le expliqué qué quería el jefe, qué quería yo, y por qué ese tipo de movimientos eran normales —esperables, incluso— en los círculos de poder.

Le hablé de las familias de sangre pura, de pactos silenciosos, de favores disfrazados de cortesía.

Incluso Dumbledore, le dije, jugaba ese juego… solo que en nuestra época existían más leyes, más máscaras.

Aquí, en cambio, todo era más directo.

Más crudo.

Hannah no era heredera de una familia poderosa ni había nacido para moverse en ese mundo, así que nunca había necesitado aprender estas cosas.

Aquella charla no era necesaria para su supervivencia… pero sí para abrirle la mente.

Para mostrarle cómo funcionaba realmente el mundo.

Al final, cuando el cansancio empezó a imponerse, Hannah hizo una última pregunta, mirando de reojo hacia la puerta por donde se habían ido aquellas chicas.

“Aunque las hayas rechazado ahora… ¿vas a buscarlas después?

¿O las aceptarías en el futuro?” “Quizás”, respondí con sinceridad.

“Como dije, estoy tentado.

Pero dime… ¿eso te molestaría?” “No… creo que no” respondió tras unos segundos.

“¿Por qué?” “Porque si por un par de coños llego a enojarte o a hacer que te alejes de mí, no valdrían la pena”, dije con calma.

“Como te dije, todo esto es cuestión de intereses… y ahora mismo, estoy interesado en ti.

Ellas serían un gusto pasajero.

Tu afecto, en cambio, vale mucho más para mí.” …

Al día siguiente dejamos la casa del jefe.

Él interpretó nuestra partida como una ofensa directa por su “ofrenda” y acudió de inmediato a disculparse.

Intenté tranquilizarlo.

Desde su punto de vista, su movimiento había sido brusco, sí, pero comprensible.

Los brujos solían tener temperamentos volátiles o mentes torcidas en ciertos aspectos, y el miedo a que, pese a nuestra aparente calma, termináramos estallando en furia era bastante razonable para la época.

Tardó un poco en entender que no nos íbamos de la ciudad, solo de su casa… pero finalmente lo hizo.

Nuestro plan era sencillo: conseguir un lugar propio.

Lejos de esas maquinaciones políticas que, después de entenderlas, Hannah había terminado detestando.

Paseamos por la ciudad acompañados de algunos guías, observando posibles lugares hasta que encontramos uno en los bordes del asentamiento, donde las casas estaban más dispersas y la selva no estaba muy lejos.

Era un punto perfecto: suficiente cercanía para no quedar aislados, suficiente distancia para tener nuestro espacio.

Solo éramos Hannah y yo, así que no necesitábamos mucho.

Además, no sabíamos cuánto tiempo nos quedaríamos; al menos hasta que pudiera aprender bien el idioma y averiguar si existía alguna información útil sobre el templo que buscábamos.

Rechazamos cada ofrenda y cada propuesta de ayuda del jefe.

Por esa razón, nuestro futuro “hogar” se levantó lentamente, trayendo materiales desde la selva o el feudo, y trabajando día a día.

Podría haber sido mucho más fácil aceptar recursos y mano de obra, pero mantener ese estatus de independencia nos dio una satisfacción especial cuando finalmente vimos el resultado.

En parte lo hice por Hannah: darle una sensación real de logro, lejos de intrigas y favores forzados.

Y en parte fue mi vieja mentalidad de jugador.

Siempre me había gustado empezar desde lo básico, incluso cuando tenía medios para saltarme pasos enteros.

Aceptar todo servido por reyes y jefes locales me resultaba aburrido; hacía tiempo que había superado desafíos que otros ni siquiera podían imaginar.

Quizás si estuviera solo habría priorizado la eficiencia… pero disfrutaba ese tiempo con Hannah, y no lo sentí como una pérdida.

Con magia, levantar la casa fue relativamente sencillo.

Una construcción pequeña de piedra, indistinguible de las de los plebeyos locales.

Dos habitaciones modestas, una cocina-comedor, un pequeño almacén y un baño privado para Hannah.

No había comodidades modernas, ni espacios amplios como a los que estábamos acostumbrados, y todo tenía un aire primitivo… pero, de algún modo, también tenía encanto.

…

El tiempo pasó volando, quizá demasiado rápido.

Cuando quise darme cuenta, ya había transcurrido un año desde nuestra llegada a este lugar.

Aprendí el idioma con relativa rapidez gracias a varias personas enviadas por el jefe, y para el mes siguiente ya podía comunicarme con soltura.

Al mismo tiempo, fui actualizando el traductor de Hannah para que ella también pudiera hablar con los locales sin dificultades.

Con el paso de los meses nos hicimos conocidos en la ciudad.

Entre el carácter naturalmente caritativo de Hannah y mi aspecto llamativo, no tardamos en destacar.

Curación, construcción, fabricación, combate… podría decirse que sobresalíamos en casi todos los ámbitos.

Hannah, en particular, disfrutaba mucho más este lugar que los pueblos anteriores.

Aunque persistía un respeto temeroso hacia los magos, no era el miedo paralizante que habíamos visto antes.

Ella ayudaba a cualquiera que lo necesitara, ofrecía sus manos sin pedir nada a cambio y poco a poco se ganó una reputación clara y sincera.

A pesar de su edad y de no haberse graduado siquiera de Hogwarts, Hannah era una bruja extremadamente capaz para esta época.

El sistema mágico que usábamos estaba refinado por siglos de avances, y además habíamos recibido una educación estandarizada, algo inexistente aquí.

Aprovechando ese conocimiento futuro, Hannah terminó convirtiéndose en una erudita todoterreno.

Por iniciativa suya, comenzamos un pequeño negocio de venta de pociones y elaboraciones mágicas.

Tras escuchar a otros magos errantes que pasaban por la ciudad y gracias a sus conocimientos en herbología, logró identificar muchas plantas locales con propiedades curativas.

Incluso encontró sustitutos para ingredientes de pociones sencillas que Snape nos había enseñado, dando lugar al nacimiento de una nueva y muy popular pocionista.

Si Snape se enterara, probablemente lanzaría insultos a diestra y siniestra: las pociones eran simples y, en algunos casos, técnicamente deficientes.

Para él sería una ofensa haber sido su profesor.

Pero para los locales, aquellos tónicos eran milagros producidos por una bruja.

Además, como nada le faltaba gracias a mí, Hannah no estaba interesada en el dinero; los precios que puso eran tan bajos que resultaban casi insultantemente generosos.

Más allá del negocio, Hannah nunca negó ayuda a quien la necesitara.

Los pocos hechizos de curación y tratamiento que conocía —algunos enseñados por mí— los utilizó para atender heridos y enfermos que, con el tiempo, comenzaron a acudir voluntariamente a nuestra casa.

En la mayoría de los casos, no cobró nada: para ella, curar dentro de sus posibilidades era demasiado sencillo como para ponerle precio.

Entre esas buenas obras, su belleza y su encanto natural —que yo, por supuesto, ayudé a resaltar con ciertos servicios de pociones especiales de mi época de Morgana y algunas magias descubiertas en mis aventuras— terminó consolidándose su título de “Chamán del pueblo”.

Había otros apelativos más exagerados, pero ese era el más estable y adecuado.

También estaba “Chamán de las flores”, un nombre que yo mismo fomenté mezclándolo con aquella profecía.

No era del todo inapropiado: habíamos creado un pequeño jardín que Hannah llenó de plantas y flores hermosas.

Algunas intentaron comerme, pero eran bonitas.

Por mi parte, destaqué más por mi físico que por mi magia.

Había pocos casos en los que realmente la usara.

Para mí, todo esto era una especie de juego, así que decidí limitarme y no recurrir a la magia a menos que fuera estrictamente necesario para aumentar la dificultad.

Durante un tiempo, muchos dudaron de si realmente era un mago o simplemente un guerrero: algunos incluso creyeron que era un experimento de la “bruja Hannah”, creado para protegerla.

Esa idea terminó desmitificándose, claro.

Como Hannah ya tenía un título, y quizá por una motivación algo infantil, me insistió en averiguar cuál sería el mío.

Los nombres que proponían no me agradaban demasiado, así que adopté uno sencillo por cuenta propia: “Mago Rojo”, o “brujo sanguinario”.

Era directo y, en esencia, bastante acertado.

En resumen, ese año terminó con nosotros convertidos en dos brujos asentados en las afueras de la ciudad: famosos, conocidos y respetados.

Incluso gente de otras ciudades comenzó a visitarnos en busca de nuestros servicios.

Pero no todo fue color de rosas, ni tan sencillo como podría parecer.

Muchas cosas ocurrieron durante ese año: Elise, el embarazo de Tonks, y también interacciones menos agradables dentro de la ciudad.

Nada de eso pasó sin dejar huella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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