Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 390

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo
  4. Capítulo 390 - 390 387 Templo maldito VIII Charlas
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

390: 387) Templo maldito VIII: Charlas 390: 387) Templo maldito VIII: Charlas Hannah se recuperó bien tras aquella confrontación con los brujos y, por fin, pudo dar un suspiro de alivio al saber que no tendríamos problemas durante un buen tiempo.Aunque, como le dije, siempre existía la posibilidad de que quedaran enemigos dispersos… o de que surgieran nuevos.

Nuestra batalla fue famosa.

Dos magos contra más de una docena.El único inconveniente real fue que matamos al brujo del pueblo, pero no es que eso causara un gran problema.

Las luchas entre brujos eran algo común; que el brujo local de una ciudad muriera de esta manera no era precisamente inusual.

El líder de la ciudad vino a agradecernos con regalos por habernos deshecho de aquel brujo malvado… una cortesía que, sin duda, también nos habría ofrecido si hubiéramos sido nosotros quienes perdíamos.

En fin, intentó “recompensarnos” ofreciéndonos el puesto de brujos locales, la misma posición que el difunto gozaba.

Lo rechazamos.

Aquello no era más que un intento de reemplazar una pérdida sin darnos nada que realmente quisiéramos.

No planeábamos ocupar el lugar de ese brujo; seguiríamos como hasta ahora, trabajando cuando quisiéramos y marchándonos cuando no.Al final, el cacique tuvo que irse decepcionado, aunque no podía hacer nada al respecto.

Ya habíamos demostrado ser mucho más poderosos —y peligrosos— que el brujo al que habíamos matado.

Ni por asomo se atrevería a provocarnos.

Como mucho, intentó una estrategia más sutil: empujarnos tácitamente hacia el rol, incitando a los demás a tratarnos como brujos locales y otorgándonos ciertos privilegios, con la esperanza de que, sin darnos cuenta, termináramos aceptando el puesto.

Un plan inteligente… si no fuera porque nos iríamos una vez terminada la campaña.

Eso sí, que nosotros no aceptáramos no significaba que la ciudad quedara permanentemente sin brujos.

Otros podían ocupar ese lugar: algunos lo buscaban activamente; otros simplemente pasaban por el pueblo, se quedaban, y acababan llegando a un acuerdo con los dirigentes y nobles.

De hecho, la ciudad experimentó una gran movilización de brujos —tanto temporales como permanentes— gracias a nosotros.Éramos brujos extraños, con métodos y conocimientos poco comunes, y ahora además existía una batalla “legendaria” asociada a nuestro nombre.

Muchos venían a vernos, conocernos, intercambiar saberes.

Por esa razón éramos invitados a tantas reuniones, que en cierto modo también eran fiestas entre colegas: personas en un nivel similar… aunque, tras la última pelea, el nivel de Hannah y el mío se había elevado aún más.

Y eso que ya estábamos bastante arriba.

Volviendo a nosotros.

Estábamos en casa, desayunando tranquilos, charlando sin prisa.

Aun así, noté que Hannah estaba algo apagada, quizá pensativa.Fue entonces cuando me preguntó aquello que la atormentaba.

“¿De verdad lo habrían hecho?” preguntó con una mezcla de intriga, angustia y nervios.

“Lo de usarme para… tener hijos.” “Hmm… muy probablemente s” respondí con calma, gesticulando con la cuchara de madera mientras comía arroz con leche.

“Al igual que todo lo demás que dijeron.

Sus auras eran bastante perversas.

Eran brujos muy malvados; no dudo que pudieran hacerlo… o que ya lo hayan hecho antes.” “¿Pero… por qué?” preguntó, indignada, sin entender cómo alguien podía llegar a eso.

Sabía que existía gente mala, pero ser el objetivo directo la hacía sentirse atacada, indefensa, vulnerable.

“Diría que por dos razones” levanté dos dedos.

“En el fondo, son la misma: la búsqueda de poder.

Una emocional, la otra real.” “¿Cómo es eso?” (Hannah) “¿Cuál quieres escuchar primero?” (Red) “¿La emocional?” preguntó, indecisa.

“Eres una bruja reconocida y fuiste su enemiga.

Una enemiga problemática.

Eres bella, joven y capaz” expliqué con frialdad.

“Violarte, destruirte y convertirte en un objeto les habría dado una enorme satisfacción.

Alimentar su ego, saciar sus mentes perversas.” Hannah se estremeció al imaginarlo.

“¿Y la otra?” dijo rápidamente, queriendo cambiar de tema, esperando algo menos retorcido.

“La misma base, pero con objetivos tangibles.

Bruja bella, joven y capaz… pero aquí lo que buscan son resultados.

Tus hijos serían fuertes, poderosos, con habilidades especiales, o al menos eso creían.

Esperaban que parieras muchos, para criarlos como aprendices o esclavos.

En resumen, una forma de acumular más poder… y, en un plano más subjetivo, dejar un ‘mejor legado’.” Hannah asintió en silencio.

Seguimos comiendo, aunque podía ver que aquella información aún le dejaba un mal sabor en la boca.

Al final, el silencio era peor que hablar de estas cosas.

Y Hannah, tarde o temprano, terminaría sacándose todas sus dudas.

“Había algunas mujeres que también lo mencionaron…” dijo con cautela.

“¿Cómo funcionaría eso?

¿Hablaban de lo mismo?” Yo era, para bien o para mal, su principal fuente de información cada vez que algo escapaba a su comprensión.

“Bueno… sí.

Harían exactamente lo mismo”, respondí sin rodeos.

“Y a menos que hayan descubierto una forma de hacerse crecer un pene, lo más probable es que dejaran que uno de sus aprendices, o algún hombre al azar, te violara para embarazarte.

Luego el proceso seguiría igual.” La crudeza de mis palabras hizo que Hannah se estremeciera; se le erizó la piel de inmediato.

“Es horrible…” murmuró, procesando que incluso otras mujeres fueran capaces de algo así.

“No creas que esto pasa solo aquí o solo en esta época” le aclaré.

“Hay gente así en todos los tiempos.

¿Recuerdas las teorías del linaje?

Incluso en nuestro mundo hay quienes buscan los mejores genes, y la procreación forzada es, desde un punto de vista frío… efectiva.” Hannah guardó silencio, dejando que mis palabras calaran.

Sentía cómo su visión del mundo se oscurecía un poco más.Luego alzó la mirada y me observó directamente.

“¿Tú lo harías?” Había incertidumbre y preocupación en su voz.

“Sé más específica.”(Red) “Lo de capturar a una chica y embarazarla…” dudó.

“Quiero decir, si hubieras capturado a alguna de las brujas que nos atacaron…” Se apresuró a aclarar, nerviosa: “No te juzgo.

Eran personas horribles.

Solo quiero saber… si eso es normal.

Si debería aceptar que es algo… aceptable.” Me recosté en la silla, pensativo.

No tomé la pregunta a la ligera.

“Creo que no”, respondí al fin.

Noté cómo soltaba, sin darse cuenta, un pequeño suspiro de alivio.

“Digo… algunas no estaban tan viejas ni tan feas… pero…”(Red) “¿Y si no fueran ellas?” insistió.

“Cualquier enemiga bonita que tengas.

O ni siquiera enemigas.

¿Usarías ese método?” “No” dije con firmeza.

“Pero no por la razón noble que quizá esperas.” Me miró, atenta.

“No usaría el método de la ‘fábrica de bebés’ por una razón simple: no busco ese tipo de poder.” “¿Por qué?” (Hhannah) Para ella tenía sentido pensar que era alguien sediento de poder, que aspiraba muy alto.

Me veía entrenarla con dureza, experimentar sin miedo, lanzarme a aventuras absurdas… incluso recordaba aquella vez que terminé con el rostro desfigurado.

“Porque ya tengo más poder del que muchos pueden siquiera imaginar” respondí con calma.

“Al menos, no lo haría con esa intención.” Recordé las arañas.

Los elfos.

Quizá estaba mintiendo… un poco.

“Más que un brujo buscando aumentar su poder, soy algo así como… un coleccionista.

O el director de una gran obra.” “¿Cómo es eso?” preguntó, confundida.

“Digamos que si alguna vez hiciera algo remotamente parecido, no sería por poder” expliqué, “sino por algún objetivo mayor.

No necesariamente lógico.” Sonreí de lado.

“Quizá solo quiera formar mi propio equipo de quidditch con mis hijos.O ver qué pasaría si llenara un año entero de Hogwarts solo con mis revoltosos niños pelirrojos.” Le guiñé un ojo, logrando sacarla, aunque fuera un instante, de su tensión.

“Aunque claro… eso estaría complicado con una sola mujer” añadí con falsa seriedad.

“A menos que esté dispuesta a parir en camada.” Hannah me miró entre horrorizada y divertida.

Y, por primera vez desde la conversación, soltó una risa nerviosa.

“¿Pero lo harías?” insistió.

Me encogí de hombros.

“Sí… si tuviera una rival que me causara suficientes problemas como para enfurecerme, pero no lo bastante como para matarla” admití “La Follaria, la humillaría…

La dominaría…

pero lo de los hijos es distinto.

Ellos serían mis hijos y no querría que mi venganza contra su madre les afecte…

creo” La miré con una sonrisa torcida.

“Si quieres saber si soy un monstruo como los que nos atacaron… sí.

Pero uno muy particular.

De los que saben mezclar somníferos con el arroz con leche.” Señalé su plato.

Hannah se tensó al instante, clavando la mirada en la comida, tratando de percibir algún efecto extraño en su cuerpo.

Solo se relajó cuando me eché a reír.

Me lanzó la cuchara en represalia.

…

Mis respuestas no le dieron la tranquilidad que buscaba.

No del todo.

Hannah ya sabía obviar muchas cosas.

Dependía de mí, era consciente de ello, y en cierto modo agradecía tenerme a su lado.

Podía aceptar mis sombras… pero pensar en un futuro juntos requería algo más que mis palabras.

Y esas respuestas no vinieron de mí.

Con nuestros enemigos derrotados y la llegada constante de brujos y chamanes a la ciudad, Hannah empezó a asistir a más reuniones, especialmente a aquellas que eran “solo de brujas”.

Fue allí donde su visión del mundo cambió… o más bien, se amplió.

Eran encuentros entre brujas y damas nobles: mujeres influyentes, proveedoras o aliadas, admitidas por respeto o conveniencia.

No todo giraba en torno a la magia o los sucesos de la selva; también se hablaba de asuntos cotidianos.

Fue en una de esas reuniones donde Hannah se animó a preguntar por temas más íntimos: el amor, el romance, las relaciones.

Las demás la miraron con curiosidad.

Todas eran mayores; a la edad de Hannah, lo máximo a lo que se aspiraba era ser aprendiz.

El grupo era diverso, mujeres de tierras lejanas, marcadas por peregrinaciones en busca de conocimiento y poder.

Las respuestas fueron variadas —algunas personales, otras ajenas—, pero todas sumieron a Hannah en un estado de profunda contemplación.

Hubo quienes se burlaron con desprecio de los hombres que intentaron cortejarlas, maldiciendo a aquellos que creyeron tener una oportunidad con ellas.

Otras relataron historias más oscuras: aprendices cuyos maestros las utilizaron como concubinas y que, tras la muerte de estos, heredaron su posición; en sus casos, el cuerpo y la servidumbre habían sido el amargo costo del conocimiento.

Se escucharon relatos de brujas que vivían en el aislamiento absoluto, visitando poblados en secreto solo para quedar embarazadas antes de regresar a su soledad.

Otras contaron cómo sus maestros las emparejaron con otros aprendices en busca de linajes más fuertes, historias que, en ocasiones, rozaban el tabú del incesto.

Incluso hubo quien recordó haber partido siendo niña para regresar, ya mujer, por el chico que siempre amó.

Ante la pregunta de Hannah sobre brujos con múltiples parejas, la charla se volvió aún más compleja.

Las “damas nobles” hablaron de sus vidas como esposas de señores que mantenían a varias mujeres bajo su techo.

Algunas brujas, especialmente las casadas con muggles, juraron que castrarían a sus maridos ante la menor traición, mientras otras admitían con resignación las aventuras de sus esposos.

Hubo quienes confesaron ser parte de un grupo de aprendices que un brujo tomó como esposas; ahora, ante la inminente muerte del anciano, su lealtad convivía con la ansiedad por la herencia y las futuras disputas.

Algunas mujeres explicaron qué beneficios recibieron a cambio de aceptar la poligamia, ya fuera por imposición cultural o conveniencia personal.

Otras, por el contrario, detallaron con ironía los requisitos extravagantes —y casi imposibles— que exigirían para aceptar una vida así.

Y, por supuesto, no faltó la bruja que rió con sorna mientras presumía de su “rebaño”: un harén inverso compuesto por hermosos machos, desde hombres apuestos hasta niños inocentes, del cual se sentía profundamente orgullosa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo