Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 393
- Inicio
- Todas las novelas
- Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo
- Capítulo 393 - 393 390 Templo maldito XI La gran Diosaes
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
393: 390) Templo maldito XI: La gran Diosa/es 393: 390) Templo maldito XI: La gran Diosa/es “¿Puedes explicarme cómo llegamos a esto?” pregunté, señalando al pueblo que se extendía bajo el templo.
“¿Qué hay que explicar?” rió.
“¿No lo ves?
¿No te gusta mi lindo imperio?
Sí, es bastante defectuoso, pero es lo mejor que estos seres inferiores pueden hacer.
Dales tiempo… tal vez algún día logren algo lo suficientemente digno de nosotros.” “¿Desde cuándo…?” murmuré, mirándola con una mezcla de angustia e intriga.
Elise había pasado por muchas etapas, muchos cambios de personalidad.
Pero esto… esto no era una evolución de algo anterior.
Se sentía distinto.
Extraño.
Incluso la forma en que hablaba no era la suya.
“Hmmm…” pensó en voz alta.
“Simplemente llegué un día y esas insignificantes criaturas reconocieron mi grandeza desde el primer momento en que me vieron.
Les ayudé con algunos de sus problemas, por pura generosidad… y para cuando quise darme cuenta ya me adoraban como su salvadora.
Como debe ser.” “¿Viniste, fuiste amable y ahora eres su diosa?” pregunté con evidente duda.
“Siento que te saltaste algunos pasos para llegar a… todo esto.” A mi lado, Hannah permanecía en silencio, observándolo todo.
Esto iba mucho más allá de sus capacidades.
El aura de Elise era abrumadora, mucho más fuerte que antes, y la hacía sentirse pequeña.
Además… siendo Elise mi mujer, esto sería una discusión de pareja, y claramente no se sentía cómoda metiéndose sin motivo.
Yo, en cambio… estaba más molesto de lo habitual.
Elise ya había tenido actitudes radicales en el pasado, pero algo en esta ocasión me provocaba una incomodidad profunda.
Como un aviso.
Algo que gritaba que esto no estaba bien.
“¿Por qué estás tan enojado?” preguntó con una sonrisa.
“Todo esto es por nosotros.
Mira.” Extendió un ala hacia el mundo bajo el templo.
“Todos sirviéndonos, como debe ser.
Listos para cumplir nuestras órdenes y adorarnos tal y como corresponde.” “¿Desde cuándo quieres que te adoren?” repliqué.
“A ti nunca te gustó la civilización.
Preferías perderte en el bosque antes que vivir en una construcción como esta.” “Creo que cambié…” respondió con tranquilidad.
“Antes no veía cuál era mi lugar en todo esto.Pero ahora lo sé.
Es ser la gobernante suprema de estos salvajes.
La humanidad, por sí sola, está condenada a su final.
Solo con mi guía podrían subsistir.” “¿Te estás escuchando?” pregunté, mirándola con incredulidad.
“¿Y qué tiene de malo?” sonrió.
“Tú, mi maridito, eres igual.
Juntos gobernaremos sobre todos.” Se levantó del trono y comenzó a caminar hacia mí con un movimiento lento, seductor.
“Somos superiores a ellos.
Seres que jamás entenderán con sus mentes mortales.” Gruñí por lo bajo cuando frotó su frente contra la mía en un gesto cariñoso… pero algo no encajaba.
No era la forma habitual en que Elise expresaba ese afecto lujurioso.
Se sentía distinto.
Más humano… y, al mismo tiempo, más ajeno.
“Además”, continuó, “fue esta grandeza la que me hizo entender que enojarme contigo por divertirte con otras yeguas era infantil.” Rió con burla hacia sí misma.
“Somos seres superiores.
Jugar con la carne mortal es insignificante.
Por eso… sé libre.
Haz lo que quieras.
De hecho, para disculparme, ya había preparado un regalo.
Recolecté a las humanas más hermosas que pude encontrar…” Miró a una de las sirvientas.
“Traigan a las esclavas de mi marido.” “¿Me preparaste esclavas?” pregunté, aún más confundido.
Que hiciera algo así era completamente impensable.
Si no fuera por el aura que emanaba, habría dudado seriamente de que fuera Elise.
“Sí.
Para que te deleites con ellas.
Juega cuanto quieras.” Luego giró la mirada hacia Hannah, quien se estremeció bajo esa presión.
“También juega con todas esas otras mujeres… no me impor-” Se detuvo de golpe.
Frunció el ceño, observando a Hannah con atención.
“Espera… ¿por qué te sientes así?” Su tono cambió y su expresión se endureció.
“¡¿Estás tratando de competir conmigo?!…
Perra malagradecida.
Te permití ser el juguete sexual de mi marido y tú…” “¡Elise!” intervine de inmediato, apoyando mis manos sobre ella para contenerla.
Podía sentirlo: estaba a un segundo de atacar a Hannah.
“Hmmm…” resopló al verme tan serio.
Se apartó sin más y regresó a su trono, sentándose con aparente calma… aunque el ambiente ya estaba completamente envenenado.
Parecía que, a pesar de cuánto había cambiado, su respeto y amor hacia mí aún persistían, luchando por imponerse sobre esas emociones desbordadas que ahora parecían dominarla.
“Elise…” dije con cuidado.
“¿No crees que esta actitud de ‘gobernante suprema’ es… rara?
Exagerada.
Muy distinta a ti misma.” Intenté razonar con ella, hacerle ver que ese cambio no era natural.
Tal vez así obtendría respuestas.
“Antes era solo una joven inexperta”, respondió.
“Pero ahora entiendo cómo son las cosas.
¿Por qué eres tú el que no lo ve?
Todo esto es por nosotros.
Gobernaremos y moldearemos este mundo a nuestra imagen y semejanza.” Abrió sus alas con orgullo.
“Soy Elise, la gran diosa y gobernante.
Dadora de vida, salvadora, creadora de estrellas… el sol del amanecer…” Mientras hablaba, su crin se transformó en fuego dorado, iluminando el lugar con un resplandor casi solar.
“¿El sol del amanecer?
¿Diosa gobernante?” reí, incrédulo.
“¿Te crees Celestia ahora?” Además de sonar más desequilibrada de lo normal, había algo casi absurdo en su exageración… incluso cómico, si no fuera tan inquietante.
“¡NO me compares con ella!” Su crin ardió con más fuerza y sus ojos se tornaron rojos.
Su voz se alzó con tal violencia que las sirvientas que la abanicaban comenzaron a sangrar por los ojos y la nariz al instante.
“¡Ella no es nada!
¡Yo soy superior!
Ella no es nada comparada conmigo.
Yo soy un verdadero dios… el único dios.
Creadora y destructora de todo lo que existe.” Era evidente: había envidia.
Celos.
Una necesidad enfermiza de validación.
“Soy mejor que ella… y tú lo vas a descubrir.” Ella saltó sobre mí, tirándome al suelo y destruyendo mi ropa con su magia, dañándome levemente en el proceso.
“Vas a satisfacerme como es debido…
Soy tu diosa y es tu deber cumplir con tus obligaciones; me encargaré de recordártelo.
No eres más que mi marido y tu cuerpo me pertenece”.
Me miró con una sonrisa que mezclaba la arrogancia, la ira y la lujuria.
“Te demostraré que no existe otra yegua más que yo; a partir de ahora, solo existirás para hacerme feliz”.
Viéndola así, completamente fuera de sí, con expresiones tan contradictorias superpuestas… mi mente finalmente hizo clic.
“Elise…” pregunté con absoluta seriedad.”¿Absorbiste fe?” “Vas a ser mi esposo perfecto”, ignoró.
“Siempre para mí.” Luego miró a Hannah y, con un gesto, la atrajo violentamente hacia nosotros.
Su cuerpo quedó inmovilizado, obligada a arrodillarse.
“Mira” dijo con crueldad.
“Observa algo que jamás tendrás.
Pudiste ser un juguete… pero intentaste desafiarme.
Ahora no serás nada.” “¡Elise!” le grité, sujetándole el rostro para obligarla a mirarme.
“¡Escúchame!
¿Absorbiste fe?” “¿Y eso qué importa?” rió con lujuria.
“Vas a ser mío.Y si no quieres un rol activo… siempre hay otras opciones.” Sentí cómo cierta energía de Elise se desviaba hacia su parte inferior y una inquietante sensación de déjà vu recorrió mi cuerpo.
Me fue imposible no recordar aquel momento con el pene de caballo de Tonks, pero esto pintaba mucho peor.
No podía arriesgarme a perder más tiempo, así que decidí jugar mis cartas más fuertes.
“¡Porque no te estaría follando a ti!” le respondí con dureza.
“¿De verdad crees que, después de todo lo que vivimos, te negaría mi pene?
¡Respóndeme!
¿Absorbiste fe?” “Sí.
¿Y qué?” admitió con arrogancia.
“Ahora soy más fuerte que nunca.
Mira todo lo que hice.” Un brillo recorrió su cuerno y el espacio onduló.
La visión se expandió: toda la ciudad estaba envuelta en un gigantesco campo de energía que nutría las plantas, regulaba el clima, alteraba el tiempo y, de algún modo, influía incluso en la vida y el destino de sus habitantes.
“Puedo hacer esto… y pronto mucho más” continuó.”Las ciudades cercanas también me adoran como su diosa.
Cada vez llegamos más lejos.
Mi plan era expandirme, dejar que el mundo conociera a su verdadera diosa… y luego ir a buscarte.
Juntos.
Gobernando por sobre los mortales… por la eternidad.” “Elise…” dije con creciente inquietud.
“¿Cómo absorbiste tanta fe en tan poco tiempo?
Esto no debería ser tan rápido.
No debes llevar ni un año completo aquí… ¿cómo eres tan poderosa?” “¿Por qué te importa tanto?” respondió, molesta.
“Porque esa no eres tú”, dije sin rodeos.
“Yo quiero a mi Elise.
No a algo que se hace pasar por ella.” “¡Yo soy yo!” replicó con furia.
“Entonces dime”, insistí.
“¿Cómo absorbiste fe?” Vaciló por un momento como si tuviera un conflicto interno.
“No lo sé…” admitió finalmente.
“Salvé a algunas personas, mostré mis habilidades… y empezaron a traerme ofrendas.
En algún momento sentí un poder en mí que recuperaba la energía que gasté cuando te desperté.
Absorbí un poco sin querer… y se sintió bien.” “Eso no explica todo”, dije.
“No pudiste convertirte en su diosa tan rápido.” “Lo hice en muchos lugares”, continuó, con incomodidad.
“En cada uno me llamaban distinto.
Cuanto más poder mostraba, más se intensificaba todo.
Modificaron murales, símbolos… y demás cosas de sus otros dioses cambiándolos con mi imagen y…” “¡Elise!” La interrumpí al entender lo que estaba pasando, o por lo menos suponiéndolo.
“Ellos no abandonaron a sus dioses por ti.
Creyeron que tú eras algunos de sus dioses originales y te confundieron con ellos.
Estuviste absorbiendo fe dirigida a otros dioses”, continué.
“No a ti.
Por eso no eres tú misma ahora.
Eres Elise… más la creencia de todos esos dioses.
Por eso tienes emociones contradictorias, impulsos que no encajan contigo.
Esto no es solo Elise.” “Eso no es cierto”, negó, apoyando una pezuña sobre mi pecho.
“La fe de criaturas insignificantes no podría cambiarme.
Yo soy la gran Elise… y te lo demostraré.” Parecía enojada, preocupada y muchas otras emociones discordantes.
“Piénsalo”, la detuve.
“¿Desde cuándo tienes sirvientes?
¿Desde cuándo conseguirías esclavas sexuales para mí?
¿Desde cuándo te importa un palacio dorado lleno de riquezas, cuando nunca te importó el dinero?” “Son nimiedades”, respondió, aunque con un leve temblor.
“Todos cambian.
Aprendí mucho.” “Elise”, dije con calma calculada.
“Dijiste que podrías relegarme a un rol pasivo.
¿Estabas pensando en usarme como si tú fueras el semental y yo la hembra?” Su presión sobre mi pecho se debilitó.
“¿De verdad crees que tú harías algo así?
¿Desde cuándo eso sería siquiera comparable a tenerme dentro de ti?
¿No será que entre esa fe había la de algún dios masculino lujurioso?” Sus ojos vacilaron.
“Dime” continué.
“¿De verdad crees que ese impulso es tuyo… o de alguien más?” “Yo…” murmuró.
“Elise, te amo” dije con firmeza.
“Pero a la verdadera tú.
Si me acostara contigo ahora, no sería contigo…sería con una divinidad ajena, distorsionada… quizá incluso humana.” “No… no… no…” retrocedió, temblando.
“No.
No.
¡NO!” Gritó con furia, pisando con fuerza.
Un estallido de magia explotó a un lado, destruyendo parte del templo y a varios sirvientes que se encontraban allí.
Me incorporé y saqué ropa de mi [Inventario].
Luego ayudé a Hannah a levantarse, ahora que el poder de Elise fluctuaba violentamente.
Estaba sofocada; la presión mágica la había inmovilizado con tal fuerza que su estado era una mezcla confusa de agotamiento, miedo y vergüenza por verme desnudo y casi violado.
“¿Estás bien?” Me preguntó, observando de reojo a Elise, que gritaba e insultaba al aire… y a sí misma.
“Creo que… tuvo una especie de revelación”, respondí en voz baja.” Está desahogándose.” La tomé del brazo.
“No te separes de mí”, añadí, pero luego lo pensé un poco.
“Pero tampoco te acerques demasiado… por si acaso.”
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com