Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 396

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo
  4. Capítulo 396 - 396 393 Templo maldito XIV Batalla contra el Yakuruna
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

396: 393) Templo maldito XIV: Batalla contra el Yakuruna 396: 393) Templo maldito XIV: Batalla contra el Yakuruna El Yakuruna suspiró una vez más ante la negativa de Tonks.

“Parece que hoy todas las mujeres están rebeldes…” repitió, endureciendo la expresión.

Su aura volvió a transformarse.

Lo seductor se disipó por completo, dando paso a una presencia opresiva, pesada, intimidante.

“No importa.

Al final… todas serán mías.” No era estúpido.

Giró ligeramente el rostro hacia Elise, percibiendo con claridad cómo su poder divino interfería con el suyo.

“No tenemos ningún conflicto entre nosotros” le dijo, con voz apenas cautelosa.

“No sé por qué te opones.

No veo razón para que interfieras.” El Yakuruna estaba genuinamente sorprendido por la presencia de Elise.

Hasta ese momento había asumido que era solo otra criatura mágica mortal.

Ahora, sintiendo el poder divino, la consideró tal vez algo a nivel legendario, tocando la divinidad, pero no un semidiós… y mucho menos una deidad auténtica.

Ese error lo hacía dudar.

Como semidiós, sabía lo mal que estaban las cosas para los suyos en esta era.

Las energías del mundo escaseaban.

Una herida a nivel divino significaba una recuperación lenta, peligrosa… un periodo de debilidad en el que incluso los mortales podrían matarlo.

“No me importan tus juegos con las mujeres mortales” resopló Elise.

“Es más, te entiendo.

Los humanos existen para que los bendigamos con nuestros cuerpos…” Por un instante sonrió, con una alegría torcida gracias a la nueva inspirada de loq ue veia.

Luego su expresión se endureció.

“Pero estás apuntando a las humanas que mi marido quiere.

Así que tengo que eliminarte.” El Yakuruna me miró entonces con sorpresa… y una pizca de admiración.

Haber conseguido una pareja tan excepcional, un ser tocando la divinidad y además tan leal, era una hazaña notable para un mortal.

Un reconocimiento silencioso de mi capacidad.

Fue breve.

Efímero.

Pensaba matarme de todos modos y robarme a mis mujeres.

Tal vez no a Elise, que no encajaba en sus gustos, pero incluso ella le parecía un buen suplemento alimenticio si llegaba el caso.

No sabía exactamente qué estaba pensando… pero lo sentía.

Y eso me enfureció.

“Déjenme al grandote” dije, avanzando.

“Elise, ve por el cocodrilo.” El Yakuruna me observó y descendió de su montura, caminando sobre el agua como si fuera tierra firme.

Avanzó hacia mí sin prisa, como si mi presencia fuera insignificante.

No era respeto lo que había entre nosotros.

Solo intención de matar.

Quería destrozarme con sus propias manos, mostrarle a Hannah cuán débil era en comparación con él, quebrar su voluntad poco a poco para llevarla a sus musculosos brazos escamosos.

El cocodrilo negro también se adelantó.

Aquella bestia no era un animal común, sino una criatura reforzada con poder divino otorgado por el Yakuruna.

Se lanzó contra Elise, con la intención de mantenerla ocupada.

Si su montura resultaba herida o incluso muerta, era fácil de reemplazar.

Una herida propia, no.

Además, confiaba en que, al matarme, la moral de Elise se quebraría, facilitando el resto.

Pero nadie más se quedó quieto.

Las mujeres del Yakuruna se dirigieron hacia la costa, emergiendo del agua con rapidez, intentando rodear a Hannah y Tonks para impedir cualquier escape.

Serían las nuevas adiciones a la colección de su esposo.

No podían dejarlas huir.

Ambas brujas al verlas lelgar elvatnaron sus varitas.

Hannah algo nerviosa al ver sus cuerpos sirenidos, mientra que tonks se emocionaba.

Ambas brujas alzaron sus varitas al verlas acercarse.

Hannah tragó saliva, nerviosa ante los cuerpos sirénidos que avanzaban hacia ella,pensando que si las cosas iban mal terminaria convertida en eso.

Tonks, en cambio, sonrió con entusiasmo.

“¿Primera vez?” preguntó.

“Contra sirenas, sí.” (Hannah) “Perfecto.

Vamos a demostrarles lo que un buen par de Hufflepuff puede hacer.” (Tonks) Tonks sonrió… y lanzó el primer ataque.

…

El Yakuruna avanzaba lentamente hacia mí, mirándome desde arriba.

Y no solo por su imponente estatura, sino con un desprecio absoluto.

No entendía por qué alguna vez había sentido algo peligroso en mí.

Para él, yo no era más que otro mortal: quizá hábil, quizá aterrador… pero mortal al fin y al cabo.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se detuvo.

Por un instante pensé que diría alguna frase grandilocuente, algún discurso típico de villano seguro de su victoria.

Pero no.

*Swooosh.* Mis varitas se alzaron de inmediato y crearon un escudo protector rojizo que se quebró al instante, aunque logró su propósito: detener al Yakuruna el tiempo suficiente para que su ataque no me partiera en dos.

Había saltado hacia mí a una velocidad completamente imperceptible para cualquier humano, como si aquello fuera una escena sacada de un anime shōnen.

Yo salí despedido varios metros hacia atrás.

Todo mi cuerpo tembló por el impacto, pero forcé mis músculos y giré en el aire, cayendo de forma segura antes de rodar por el suelo.

Nos miramos.

Era aterrador lo que un semidiós podía hacer.

Aquello se parecía más a una batalla exagerada y brutal que a cualquier duelo mágico tradicional.

Me recordó a mis enfrentamientos con Morgana, aunque en aquellos la destrucción del terreno era mayor debido a las magias a gran escala, no a la violencia directa de los golpes.

El mundo al nivel divino era distinto al de Harry Potter.

La única razón por la que había salido medianamente ileso era gracias a las varitas de Jarjacha.

El Yakuruna reparó en ellas en ese momento.

Sintió su poder.

Algo cercano a lo divino, quizá comparable a lo que ahora percibía en Elise.

Eso hizo que reinterpretara la sensación de peligro que había sentido antes… atribuyéndola a mis herramientas y no a mí.

“Tienes buenas herramientas” comentó, relajándose apenas.

“Gracias, pero los halagos a mi pene no te van a salvar” respondí con una sonrisa burlona.

El yakuruna no respondió a mi burla, para él yo solo era un futuro cadáver.

¿Cómo mucho usaría mi cráneo como decoración?

No reaccionó.

Para él, yo ya era un cadáver.

A lo sumo, mi cráneo terminaría como un adorno.

Yo, en cambio, aún sentía la vibración del golpe recorriendo mis huesos.

No había esperado un ataque así.

No estaba tan preparado como creía.

Supuse que esa era la diferencia entre pelear contra magos legendarios como Morgana o Merlín y enfrentar a un semidiós auténtico.

Ellos usaban poder divino prestado.

Este era poder divino genuino y propio.

Además, mientras aquellos eran atacantes mágicos, el Yakuruna era un combatiente físico absoluto.

Las varitas en mis manos también vibraban, pero no por el impacto.

Era emoción.

Hambre.

Sed de batalla… o más bien, sed de sangre.

No les importaba si el enemigo era una hormiga o un dios.

Querían matar, devorar, violar, corromper.

Susurraban todo pecado imaginable en mi mente.

Y esta vez… no las rechacé.

El Yakuruna no me dio más tiempo.

Ahora que conocía mis puntos fuertes, volvió a atacar.

Esta vez estaba listo.

En el instante en que sentí el cambio en el viento, salté hacia un lado para esquivarlo.

Pero se movió en el aire, torciendo su trayectoria de forma imposible, y extendió la mano para agarrar mi cabeza.

Con una varita levanté un pequeño escudo defensivo para interceptarlo.

Con la otra, lancé un proyectil mágico como contraataque.

Su mano se ralentizó al chocar contra el escudo… pero aplicó más fuerza, más poder divino.

Mi defensa se hizo añicos.

El golpe me alcanzó de lleno.

Mi cuerpo salió despedido hacia el lago, trazando un arco violento antes de estrellarse contra el agua.

Al caer al agua me sentí increíblemente pesado.

No solo por el golpe y las heridas, sino porque el propio líquido parecía sujetarme, como si tuviera voluntad.

Era el dominio del Yakuruna.

Aunque no fuera un dios verdadero, el Yakuruna sí era un semidiós auténtico: poder limitado, pero con rasgos claramente divinos.

El agua, el reino submarino, ese era su dominio conceptual, el principio al que estaba atado.

Si el Amazonas desapareciera, su poder divino también se extinguiría o se reduciría de forma drástica.

Por eso luchar allí era una desventaja absoluta para mí.

Ahora que estaba sumergido, sentía mi cuerpo pesar diez veces más de lo normal, y mi magia… mi magia ya no fluía.

Había pasado de ser una corriente de energía a algo espeso, torpe, como barro.

Usé aparición para salir del agua y regresar a la costa.

Fue horriblemente costoso.

Por un instante sentí que la desparticion era inevitable.

Sufrí daños internos serios, pero eran heridas que podía contener o sanar con mis propios poderes.

Aun así, el esfuerzo me dejó encorvado, jadeando.

“Uf…” resoplé, con sangre escurriendo de mi boca.

“Parece que no puedo tomármelo con calma contigo.” “Acepta tu destino, mortal” dijo el Yakuruna con falsa misericordia.

“Puedo darte una muerte rápida por haberme traído tantas mujeres hermosas.” Mostró sus grandes dientes afilados y rió, burlón, devolviéndome el mismo tono que yo había usado antes.

“No te preocupes.

Iré a buscar a tus demás mujeres.

Las cuidaré bien.” “Y ahí sellaste tu muerte…” gruñí.

“Bah, ¿qué digo?

Iba a matarte de todas formas por ser la gran perra que quiere cogerse a mi mujer.” Mi voz se volvió cada vez más lunática, más distorsionada.

Mi mirada se inyectó en sangre.

Había decidido soltarlo todo.

Enderecé el cuerpo con un crujido interno de huesos mal acomodados.

Luego escupí una enorme cantidad de sangre… y quizá algo más.

Órganos, fragmentos.

No importaba.

Mi expresión era eufórica.

Me troné el cuello y relamí mis dientes, ahora afilados como los de una bestia.

…

En el feudo, en distintos lugares, una misma escena se repetía.

En un campo desolado donde aparecían NPC hostiles sin descanso, una figura gigantesca de armadura espectral roja los aplastaba, despedazándolos sin piedad… hasta que se disipó en humo carmesí.

En un bosque lleno de animales, una criatura escualida con una boca inmensa, como un agujero negro, devoraba todo a su paso: vivo, muerto, orgánico e inorgánico… hasta tragarse a sí misma y desaparecer.

En una sala rodeada de espejos dispuestos en círculos concéntricos, una figura humanoide sin rostro, sin cabello, sin dedos, con un cuerpo liso y vidrioso, se observaba.

Poco a poco se volvió transparente… hasta que los espejos ya no reflejaron nada.

En un cementerio, un Red anciano, de cabello blanco y rostro lleno de arrugas, meditaba frente a una tumba… y se convirtió en ceniza.

En… …

“¿Sabes?” dije, eufórico, sintiendo cómo mi poder disperso regresaba a mí y cómo mis habilidades bloqueadas se reactivaban.

“Además de los dioses, existieron criaturas capaces de enfrentarlos… como los dragones originales.” Sonreí.

“Y estoy apuntando a algo parecido.

Veamos cómo te va ahora—” No terminé la frase.

Un puño chocó contra mi cabeza y la hizo estallar en un charco de sangre.

O mejor dicho, todo mi cuerpo se volvió un líquido rojo antes de impactar.

El charco se movió y se rearmó a unos metros de distancia.

Sentí la pérdida de vitalidad por la parte destruida, pero me mantuve en pie.

“Qué descortés… jajajajaja.” Reí como un maníaco mientras [Ira] y algo de [Locura] despertaban por completo.

Mi cuerpo comenzó a crecer, inflándose de músculos.

En segundos me volví casi tan grande como el Yakuruna.

Alcancé alrededor de metro ochenta, frente a sus mas de dos metros, pero no necesitaba más tamaño.

No pensaba dejar que la [Ira] lo dominara todo.

El Yakuruna frunció el ceño.

Volvía a sentir esa sensación de peligro… pero esta vez no provenía de las varitas.

Venía de mí.

Atacó de inmediato.

“¡QUE SE ARMEN LOS PINCHES CHINGADAZOS!” Con una velocidad casi idéntica a la suya, lancé un puñetazo que chocó contra el suyo.

El estruendo resonó por toda la laguna, aturdiendo momentáneamente a todos los presentes.

Salí despedido una vez más.

Pero sonreí al ver su ceño fruncido.

Me levanté y corrí de nuevo, creando una plataforma de sangre cristalizada bajo mis pies para no caer al agua.

“¡AHHHHHHHHH…!” Salté como una bestia sedienta de sangre.

El Yakuruna también saltó, decidido a matarme lo más rápido posible.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo