Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 404
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- Capítulo 404 - 404 401 Templo maldito XXI Despedida
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404: 401) Templo maldito XXI: Despedida 404: 401) Templo maldito XXI: Despedida “¿Podré visitar el feudo con libertad?” preguntó ella.
Ya conocía la existencia de mi refugio personal y lo había vislumbrado un par de veces; la curiosidad la carcomía.
“Por supuesto.
Ya eres una de mis mujeres más…
profundas” dije, enfatizando la palabra mientras mi pene se hundía en su interior hasta el límite.
“Tendrás acceso libre, pero con absoluta discreción.
Nadie debe saber de su exstencia todavía, ni siquiera las demás chicas, a menos que sea necesario.” “Tengo otra pregunta…” Su tono se volvió inusualmente serio.
“No pidas permiso, solo escúpela.”(Red) “Susan…
¿ella también va a…?” No terminó la frase, pero su mirada lo decía todo.
“No lo sé.
¿Quizás?
No voy a mentirte, deseo que nuestro grupo sea una familia mucho más…
unida” solté con un movimiento de cadera que la hizo jadear.
“Pero no será ahora.
Con ella esperaré el momento adecuado, que surja la oportunidad de forma natural.
Ya tengo suficientes mujeres como para parecer un desesperado; dejaré que la suerte decida.
Si las cosas llegan a eso, bien.
Si no, esperaré hasta que mi conciencia no me grite tanto por reclamar a mis amigas a la fuerza.” “¿Así que lo harás de todas formas?” Me levantó una ceja, conociéndome demasiado bien.
“Sin comentarios…” Desvié la mirada con una sonrisa cínica mientras mis manos seguían explorando su cuerpo sudoroso.
“Solo…
no le rompas el corazón a mi amiga” pidió con un rastro de preocupación, sabiendo de sobra que Susan ya suspiraba por mí.
Se quedó pensativa un momento antes de añadir con voz tímida: “¿Sabes algo?
Nuestra primera interacción íntima…
no ocurrió en este viaje.” “¿No?
¿Acaso te hice algo siendo sonámbulo?” pregunté entre intrigado y alarmado.
No recordaba haberle puesto una mano encima antes de esta aventura.
“¿Recuerdas esa fiesta de disfraces que organizaste?
¿Cuando bebiste del jugo de calabaza de mi traje?” Se puso roja como un tomate, sintiéndose estúpida por la confesión.
“Lo recuerdo perfectamente.
Supongo que fue un momento…
cercano” sonreí de forma pícara, pero su sonrojo era demasiado intenso.
“Ese día…
no llevaba ropa debajo del traje de calabaza.
Todo ese jugo…
estaba en contacto directo con mi piel.
Con mis partes…” Su voz se volvió un susurro apenas audible.
“Aunque supongo que ya no importa, ahora bebes directamente de la fuente.” Me quedé helado un segundo antes de que una chispa de lujuria salvaje me recorriera la espina dorsal.
“¡Oh, zorra pervertida!” la levanté en vilo y la estampé contra la pared, aumentando la violencia de mis embestidas.
“¿Me estás diciendo que me bebí el jugo de tu coño sin saberlo?
Me manipulaste para que te degustara frente a todos…” “¡Yo no lo hice a propósito!” tartamudeó ella, con la voz quebrada por los golpes secos de mi pelvis contra la suya.
“Tú…
tú bebiste directamente…” “Pero te encantó que lo hiciera” sentencié, dándole más saña al acto.
“Eres una puta depravada, Hannah.
No tienes derecho a reclamarme nada.” “No es cierto…” se quejó entre lágrimas y jadeos, aunque sus brazos y piernas se aferraban a mí como si su vida dependiera de no soltarme nunca.
Ella sabía que esta era una de las últimas veces que disfrutaríamos de esta libertad primitiva.
Pronto volveríamos a la civilización: uniformes, reglas, amigos y el mundo moderno.
De hecho, Hannah se preguntaba debería dejar la escuela como hizo Gemma y empezar una vida adulta a mi lado.
Quizás no sería una bruja famosa en este mundo, pero conmigo recibío cosas y aprendio magias que otros ni sueñan, asi que podría no irle tan mal.
También, podría instalarse en el feudo, donde seríamos libres de amarnos sin juicios y donde no faltarian oportuniades ni nada en general.
Pero todos esos planes tendrían que esperar.
En ese momento, Hannah no estaba para pensar en el futuro; estaba demasiado ocupada sufriendo un orgasmo forzado por mis poderes, una y otra vez, en ese ciclo de placer y dolor que tanto odiaba y amaba.
…
La mañana se filtraba en la habitación, revelando un aire denso que apestaba a una mezcla embriagadora de sexo y flores marchitas, restos de los afrodisíacos y aromatizantes usados durante la noche.
Tanto en la cama como en el suelo, el escenario era dantesco: mujeres desnudas y desparramadas en un sueño profundo que rozaba el coma.
No había un patrón; allí yacían mezcladas jóvenes del pueblo, hijas de nobles, la hija del cacique y brujas de diversas edades.
Lo único que compartían era la expresión de agotamiento absoluto y sus agujeros, estirados y desbordando fluidos que goteaban.
Hannah y yo ya estábamos en pie, preparándonos para partir mientras observábamos el desastre que dejábamos atrás.
La cuenta regresiva había comenzado: los cultistas habían pasado a la acción y era hora de que nosotros hiciéramos nuestra aparición para terminar esta campaña.
Sabíamos que, si todo salía bien, esta sería la última vez que veríamos esta casa.
Hannah no pudo evitar dedicarle una segunda mirada a nuestro lecho de batalla.
Ignoró a las mujeres que parecían haber sido asoladas por una fuerza de la naturaleza y se centró en los recuerdos.
Las imágenes de la noche estaban borrosas por la intensidad y las hierbas alucinógenas; irónicamente, su deseo de que fuera una noche inolvidable había creado lagunas mentales por el puro exceso de estímulos.
“¿Quieres parar a comer algo o prefieres que comamos por el camino?” pregunté, rodeando su cintura desde la espalda.
“Comamos algo aquí…
aunque sea rápido” respondió con un rastro de nostalgia.
“Quiero cocinarte el desayuno por última vez en este lugar.” “Sabes que no es el fin del mundo, ¿verdad?
Podrás seguir cocinándome incluso cuando volvamos” me burlé suavemente.
“Lo sé…” dijo sonrojada.
Aunque se sentía como una despedida final, no lo era.
“Vamos, te prepararé algo delicioso.” Se detuvo en seco, como si una idea repentina la hubiera asaltado.
Corrió a la cocina y regresó de inmediato con un trozo de pan.
Sin la menor pizca de duda, pasó el pan por el coño rebosante de semen de una de las brujas inconscientes, empapándolo con esa leche especial que todavía se filtraba de ella, y se lo llevó a la boca.
“Hoy desayunaré junto a ti, pero no pienso perderme mis nutrientes esenciales” dijo con la boca llena y las mejillas encendidas, tanto por la provocación como por la urgencia.
Hannah regresó corriendo a la cocina para preparar algo rápido, evitando así que iniciáramos otra batalla en ese mismo instante.
Sin embargo, no pudo evitar sentir que su idea no había sido tan descabellada y que, en el futuro, bien podría repetirla.
Había notado que se sentía cada vez más fuerte y hermosa al ingerir mi semen de forma constante, y no era una simple sugestión.
Yo ya había ascendido a una categoría de “ser superior”, lo que convertía mi propio cuerpo en un recurso invaluable.
En mi estado actual, el consumo de mi simiente generaba un efecto de mejora real en las mujeres; especialmente porque, gracias a mi habilidad de [Cocina], la creación de mi esperma contaba técnicamente como una “preparación” y recibía sus respectivas bonificaciones.
Por eso Hannah lo encontraba cada vez más delicioso, adictivo y revitalizante.
Su hábito de desayunar mi esencia la había fortalecido hasta el punto de ser, al menos, un 20-40% más fuerte de lo que su desarrollo natural permitiría.
Por supuesto, la curva de mejora tiene rendimientos decrecientes y alcanzará un límite eventualmente, pero aún estamos lejos de ese techo.
Además, si yo sigo aumentando mi poder, el efecto de tónico se potenciará.
Desde que desactivé el “Proyecto Aspectos”, la potencia de mi fluido es muy superior, y Hannah ha sufrido las consecuencias: desde malestares estomacales hasta una “sobredosis” que le provocó inestabilidad emocional.
En definitiva, mi semen es ahora un tónico excepcional a tener en cuenta, pero también algo que temer.
Si Hannah se lo cuenta a las demás, me temo que terminaré convertido en una vaca lechera…
o quizas sea sea tan malo.
A pesar de que Hannah prometió algo rápido, terminó cocinando como si se tratara de un último banquete imperial, agotando todas las provisiones de la casa.
Comimos y charlamos, riendo al recordar nuestra estancia en este lugar: desde la normalidad del principio hasta la depravación absoluta del final.
La conversación concluyó, con una naturalidad inquietante, con una lista detallada de quién de las mujeres que yacían inconscientes en la sala tenía el mejor coño.
Al terminar, algunas de las figuras moribundas empezaron a removerse, sedientas y desorientadas.
Nos despedimos a nuestra manera: con breves y potentes penetraciones que terminaron de consumir la escasa resistencia que habían recuperado, enviando a nuestras “víctimas” de regreso al vacío del inconsciente.
Hannah, lejos de escandalizarse, ayudó sacando algunas fotos para el recuerdo.
Eran sus cuasi-amigas, después de todo; brujas de su círculo que ahora compartían un vínculo imborrable.
Incluso estaba esa bruja del harén masculino, quien probablemente nunca volvería a sentirse satisfecha con sus hombres tras haber probado un placer que ningún mortal debería conocer.
“¿Nos pasamos un poco?” preguntó Hannah, observando a una mujer que todavía temblaba en el suelo, con un hilo de sangre escurriéndole por la nariz.
“Están bien.
Nada que un buen descanso y medicina no puedan arreglar” respondí con indiferencia, mientras limpiaba mi pene con el cabello sedoso de la hija del cacique.
“Esto es muy loco…
Nunca imaginé que el sexo pudiera ser tan extremo y mágico al mismo tiempo” confesó Hannah, estremeciéndose al recordar los eventos de la noche.
“Y eso no es nada.
El sexo más irreal lo tuve con Andrómeda.
Físicamente fue mundano, pero a nivel espiritual y mental…
fue una locura.
Viví toda su vida y ella la mía en un instante.
Yo lo digerí bien, pero a ella le costó recuperar su identidad.
Te contaré los detalles por el camino.”(Red) Hice aparecer ropa sobre ambos y, camuflados por mi magia, abandonamos la casa.
Nos internamos en la espesura de la selva, siguiendo el rastro de uno de mis clones que acechaba a un grupo de cultistas.
El camino fue un laberinto de distracciones.
Caminamos en círculos varias veces, en una maniobra de confusión similar a la que usó Niara para guiarnos a la cueva del dragón.
Gracias a mis mejoras de velocidad, los alcanzamos pronto y comenzamos a seguirlos de cerca.
No era una tarea fácil; el grupo se dividía y reformaba constantemente, y solo uno de ellos parecía conocer la ruta auténtica hacia el templo.
Además, avanzaban protegidos por capas de magia antirrastreo de una calidad sorprendente.
Verdaderamente, no querían invitados.
Hannah se sentía como una de esas espías de las películas que le había mostrado en el Feudo.
Durante nuestra estancia, me había encargado de introducirla a la cultura muggle moderna, y ella ya había decidido que quería mostrarles todo eso a las demás chicas al volver.
Por cierto, fue en ese momento cuando reconoció, entre risas, que el disfraz que Dumbledore usó en la fiesta era, en realidad, el de Gandalf.
De pronto, sentí una distorsión espacial frente a nosotros.
Era una anomalía poderosa, similar pero mucho más vasta que el hechizo de protección que lancé sobre ella y Tonks durante la pelea contra el Yakuruna.
Vimos cómo uno de los cultistas desaparecía.
Para Hannah, fue un proceso inquietante: lo vio desvanecerse y, al instante, su mente intentó borrar su existencia; sabía que faltaba alguien, pero no lograba recordar cuándo ni cómo se había ido.
Yo, en cambio, lo presencié con total claridad: una ondulación en el aire, como si el hombre hubiera atravesado una cortina de agua invisible.
Era todo lo que necesitaba.
Mientras el resto de los cultistas seguían dando vueltas para despistar a posibles perseguidores, tomé a Hannah de la cintura.
Con un par de ajustes en mi camuflaje, rasgué sutilmente el tejido de esa barrera y nos deslicé dentro del terreno desconocido.
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