Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 406
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- Capítulo 406 - 406 403 Templo maldito XXIII Gente Jaguar y El Templo
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406: 403) Templo maldito XXIII: Gente Jaguar y El Templo 406: 403) Templo maldito XXIII: Gente Jaguar y El Templo Pasamos la noche en la aldea, aunque la información obtenida fue escasa.
Sabíamos que los cultistas preparaban algo grande y que requerían sacrificios masivos, pero eso no era ninguna novedad.
Lo que sí descubrimos fue la naturaleza de nuestros anfitriones.
Esta gente jaguar no tenía riquezas materiales que ofrecernos, pero su hospitalidad era absoluta.
Una vez que aceptaron que éramos aliados, nos agasajaron con sus mejores carnes crudas.
Sigo pensando que son más adorables que otra cosa; incluso cuando intentan ser serios, sus voces agudas y esos ronroneos constantes les quitan cualquier aire de ferocidad.
Al salir de la tienda principal, vimos al pueblo sumido en un caos organizado.
Estaban empacando lo poco que poseían, preparándose para migrar una vez más.
Como habían dicho, a este mundo le quedaba poco tiempo.
Y no querían permanecer en la mira de los cultistas.
Así que, una vez más, estaban dejando todo atrás.
Según sus registros orales, esta sería la cuarta vez en su historia que lo abandonaban todo para huir.
Se entendía entonces por qué estaban al borde de la extinción.
Incluso sin la presión de la selección natural, este pueblo nunca había tenido la oportunidad de asentarse y desarrollarse.
Por eso su cultura se veía incluso más primitiva que la del exterior.
Podía sentir chispas de magia en algunos de ellos, un potencial latente que, con el entrenamiento adecuado, podría haber florecido en un sistema mágico propio, pero el destino nunca les dio el tiempo necesario.
Al ver a las familias apoyándose entre sí, con esa perseverancia lastimosa en sus rostros felinos, Hannah me lanzó una mirada suplicante.
No necesitó decir nada; sus ojos gritaban que quería salvarlos.
Puse los ojos en blanco, no porque me molestara ayudarlos, sino porque la benevolencia de Hannah era tan predecible como encantadora.
“Jefe Jhic’s, creo que conozco un lugar donde podrían establecerse con total seguridad” le dije al anciano, que apenas me superaba la cintura.
“Una tierra próspera, sin enemigos y bajo un ambiente protegido.” “¿El Gran Rojo conoce un lugar así?
Nuestra gente busca paraíso, pero solo encuentra sombras.
¿Gran Rojo decirnos dónde estar?” preguntó con su extraña cadencia de chillidos y ronroneos.
“Sí, Jefe Jhic’s.
Esa tierra está bajo mi mando.
Soy su señor y sus habitantes son mi gente.
Estaría encantado de recibirlos si así lo desean” afirmé con autoridad.
“No hay peligros externos.
Incluso queda en ese lugar un gran dios en reposo, el mismo cuya llamada sintieron en mí.” “¡¿Vuestra tierra?!
¡¿Gran Dios aún vivir?!
¡¿Tierra segura?!” El anciano comenzó a saltar en su lugar, arrebatado por una hiperactividad casi infantil que compartían los que nos rodeaban.
“Calma, Jefe Jhic’s” intervino Hannah, acercándose para evitar que el anciano jaguar se lastimara en su frenesí.
“Dice la verdad.
Yo he estado allí y es el lugar más hermoso que he visto jamás.” “Si quiere, puedo mostrarle el lugar ahora mismo.
Ustedes decidirán si aceptan mi oferta” sugerí.
“¡Sí, sí!
¡Investigar!” chilló el jefe antes de salir corriendo a reunir a sus exploradores.
Por momentos, sus rasgos raciales los hacían actuar como cachorros sobreexcitados.
Pronto regresó con un grupo de inspección.
Intentaban mantener una fachada de cautela y distancia, pero les era imposible; esta especie es confiada por naturaleza.
Una vez que deciden que eres un amigo, se entregan con una lealtad que rara vez se ve en la cruel realidad exterior.
Vi en la aldea solo unos pocos que mostraban una astucia precavida natural, pero eran excepciones.
Esa confianza ciega era su mayor defecto de supervivencia, pero también lo que los hacía compañeros ideales: eran incapaces de traicionar.
Los conduje hacia el [feudo] y decir que sus expresiones fueron de asombro sería quedarse corto.
Al principio, cuando fueron transportados lejos de su hogar hacia un lugar desconocido, se tensaron de inmediato.
Formaron un pequeño círculo, espalda con espalda, con sus lanzas rudimentarias en alto.
Sus colas erizadas ,sus orejas alertas, pero poco a poco… La tensión comenzó a disiparse.
En el Feudo no había depredadores, solo una calma absoluta que rozaba lo irreal.
El paisaje estaba vivo, poblado por una fauna variada pero pacífica.
Ciervos, aves, pequeños roedores.
Pero ningún gran cazador.
Yo no solía permitirlos en esa parte del feudo.
Bosques verdes se extendían hasta el horizonte.
Ríos brillaban a lo lejos.
Montañas coronaban el paisaje.
Las pocas construcciones que se encontraron, como las granjas mágicas, eran prodigios que jamás habían imaginado; sus ojos saltaban de las estructuras a mí, el dueño y señor de aquel Edén.
El clima era estable, muy distinto al rigor de su selva, pero se adaptaron al instante cuando, con un simple gesto de configuración mental, ajusté el ecosistema de una región para que imitara el calor húmedo de su hogar.
Esa demostración de control absoluto sobre la naturaleza fue el detonante final: se desplomaron de rodillas, postrándose ante mí mientras temblaban, ya no de puro terror, sino de una veneración eléctrica.
“¡Gran Dios!” clamaron al unísono.
Para ellos, ver una tierra tan segura y comprobar que yo la moldeaba a mi antojo solo podía significar una cosa: estaba frente a una de las deidades de sus leyendas.
Esa creencia se grabó a fuego cuando apareció Elise.
Aunque fuera solo un avatar, su aura divina era tan densa que los jaguares parecían haber perdido el alma.
Algunos comenzaron a llorar, otros se quedaron inmóviles, con la mirada perdida en una fascinación absoluta.
Al ver que ese ser de luz me besaba y se mostraba cariñosa conmigo, confirmando nuestro vínculo, para esos jaguares, no quedó duda alguna.
Aunque intentara explicarles lo contrario, para estos pequeños individuos yo era un Dios, mi esposa era una Diosa, y les estaba abriendo las puertas de mi reino divino, el paraíso.
En esencia, no estaban tan alejados de la realidad.
…
Regresamos a la aldea en el mundo exterior, donde el Jefe Jhic’s no perdió un segundo y rugió con su voz aguda: “¡Todos!
¡Adorar al Gran Dios Rojo!” se inclinó hasta tocar el suelo, seguido por los exploradores que nos habían acompañado.
El resto de la tribu, aunque confundida, no tardó ni un latido en seguir el ejemplo.
Son una raza tan unida que incluso los cachorros más pequeños, sin entender qué estaba ocurriendo, se postraron en el barro para adorarme.
“No hace falta tanto teatro.
Preparaos para partir al Feudo de inmediato; no sé cuánto tiempo nos queda” dije, clavando la mirada en el horizonte.
No mentían sobre la destrucción de este espacio.
Podía sentir una pulsación rítmica, un latido agónico que recorría el reino cada cierto tiempo, drenando la energía vital hacia un punto focal: el templo de los cultistas.
“¿Alguien conoce la ubicación del templo de los cultistas?
Necesito ir allí y detenerlos”, pregunté al jefe.
Con su ayuda podría ahorrar tiempo.
Aunque podía rastrear el flujo de energía, hacerlo me llevaría más esfuerzo.
Pero mi petición los asustó.
El miedo a los cultistas estaba profundamente arraigado.
Habían perdido miembros enfrentándolos.
No querían que me ocurriera nada… aunque, irónicamente, ahora me veían como un dios.
Sin embargo, tras unos momentos de duda —y quizás impulsados por esa nueva fe— aceptaron guiarme, más que eso, el jefe hizo un llamado.
Pronto, todos los “guerreros” de la tribu se reunieron con sus mejores armas.
Lanzas pulidas, cuchillos de piedra, armaduras rudimentarias.
Se despidieron de sus familias con miradas decididas.
Miradas que decían: estamos dispuestos a morir por esto.
Fue gracioso…
adorable…
y ligeramente deprimente.
Porque, siendo realista, probablemente no durarían ni unos minutos en un enfrentamiento real contra los cultistas y su ayuda sería mínima.
Aun así su intención era sincera y su lealtad inquebrantable Rechacé su generosa, aunque inútil, oferta de ayuda.
No quería que murieran por nada, así que les ordené a todos refugiarse en el Feudo, solicitando únicamente a un explorador que nos sirviera de guía.
Aunque se mostraron renuentes, deseando proteger a su “Salvador” —aquel que les abría las puertas de la Tierra Prometida—, terminaron acatando mi palabra como ley.
Pronto, la aldea quedó desolada.
Solo Hannah, el explorador más veloz y yo emprendimos la marcha.
Corrimos durante horas, el felino conocía atajos imposibles de distinguir para nosotros: senderos ocultos entre raíces, pasos seguros entre zonas inestables del terreno, desvíos que evitaban anomalías mágicas.
Avanzamos mucho más rápido de lo que lo habríamos hecho por nuestra cuenta.
Finalmente llegamos.
“¡Aquí ser!”chilló el pequeño jaguar.
“No saber cómo pasar, pero intentar romper si Gran Dios querer.” Estaba a punto de lanzarse de cabeza contra el muro invisible en un acto de fe ciega.
“Está bien, podemos encargarnos desde aquí.
Reúnete con los tuyos” lo detuve.
Su entusiasmo era admirable, pero innecesario.
“Gracias por traernos” murmuró Hannah, incapaz de resistirse a frotar la cabeza peluda del guía antes de que este desapareciera hacia la seguridad del [Feudo].
Me quedé a solas con ella.
Podía sentir la succión: este lugar estaba devorando la energía vital del reino con una voracidad frenética.
Lo que fuera que estuviera ocurriendo al otro lado era inmenso.
“¿Estás lista?” le pregunté.
“Del otro lado puede haber una guerra o algo peor.” “Estoy lista si tú lo estás” respondió nerviosa, pero con una confianza renovada.
Palmeó los bolsos de su cintura y empuñó su varita con firmeza.
Sujeté su mano y forcé la entrada.
Las ondulaciones en el aire se hicieron visibles bajo mi voluntad y atravesamos el velo.
…
Lo que vimos al otro lado nos dejó sin aliento.
No era un simple claro en el bosque, sino una porción masiva de selva abierta.
En el centro, una estructura colosal de piedra envejecida se alzaba hacia el cielo: un templo antiguo, tan vasto como Castelobruxo, rodeado de tótems y efigies rudimentarias.
Un centenar de magos con túnicas oscuras se movían en círculos, entonando cánticos y ejecutando danzas rituales que hacían vibrar la tierra.
“¿Qué dices?
¿Observamos un poco o interrumpimos la fiesta ahora mismo?” pregunté juguetonamente.
Había cien enemigos a la vista, pero no sentía la más mínima presión.
Hannah dudó.
El espectáculo era dantesco.
No eran solo bailes; los rituales incluían sacrificios y esto era una masacre.
Muchos cuerpos ya sin vida yacían a un lado por el otro filas de prisioneros traídos del exterior —probablemente muggles capturados con un esfuerzo logístico inmenso— esperaban su turno para ser degollados sobre los altares.
Los gritos de súplica y el llanto de los niños llenaban el aire.
Si Hannah no se hubiera endurecido tras años a mi lado, habría colapsado allí mismo; aun así, tuvo que apartar la mirada cuando vio a los infantes en la fila del sacrificio.
“Nada de esto es real… ¿verdad?” preguntó con voz tensa, deseando que no fuera real, era demasiado inaceptable.
“Cuando volvamos, todo desaparecerá, como dijiste.” “Más o menos” respondí con calma.
“Se reiniciará cuando nos vayamos.
Será como si no hubiéramos estado aquí.
Aunque… esto realmente ocurrió en nuestro mundo, en el pasado.” Respondí con calma “¿Quieres que los interrumpamos y los salvemos?” “No lo sé…
elige tú.
No quiero arruinar tu misión” Su conflicto era evidente.
Se debatía su deber como mi esposa y quería apoyarme… pero tampoco podía ignorar lo que veía.
“Pero…
no quiero que sufran más.” admitió al final.
“Podemos esperar y estudiar el terreno.
Tengo curiosidad por lo que están haciendo.” Dije sinceramente.
“¿Y esas personas?” Su voz tembló .
“Puedo mitigar su dolor desde aquí.
No evitaré que mueran ahora mismo, pero les ahorraré la agonía.
¿Es suficiente para que te quedes tranquila o bajamos a matarlos a todos?”(Red) Hannah asintió, aceptando el trato.
Comencé a trabajar.
Eliminar el dolor de los sacrificios no era difícil; hacerlo sin que los cultistas notaran mi interferencia requería un pulso más fino, pero mis métodos sobraban.
De repente, el ambiente cambió.
Los alaridos de angustia, los llantos de los bebés y las súplicas se extinguieron en un silencio sepulcral.
Los sacrificios seguían ocurriendo, pero las víctimas morían con rostros serenos, vacíos de agonía.
Esto enfureció a las altas esferas del culto; al parecer, el ritual se beneficiaba del sufrimiento.
Los sacerdotes, frenéticos, intentaron torturar a los prisioneros, lanzando hechizos para intensificar el dolor o romper mi interferencia, pero no lograron nada.
Tuvieron que proseguir con el ritual maldiciendo entre dientes, con una “ofrenda” que ahora menos efectiva.
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