Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 408
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- Capítulo 408 - 408 405 Templo maldito XXV Resurgir
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408: 405) Templo maldito XXV: Resurgir…
408: 405) Templo maldito XXV: Resurgir…
Ya había enviado el mensaje para convocar a mis refuerzos y me encontraba en la cúspide de mi poder, vibrando con una confianza absoluta; no me preocupaba la lucha que se avecinaba, pero no por ello bajé la guardia.
Mi objetivo era sabotear el ritual hasta sus cimientos antes de que el clímax nos alcanzara.
La barrera que protegía la cima del zigurat era una estructura mística formidable, alimentada por el poder divino residual del dios que intentaban resucitar.
Sin embargo, no escatimé esfuerzos.
Golpeé el complejo tejido defensivo con ráfagas de magia pura hasta que la protección cedió con un estallido que sacudió los cimientos de piedra.
Finalmente, llegué frente a los líderes del culto.
No los asesiné de inmediato; eran demasiado insignificantes para ser considerados una amenaza real, pero todavía tenían un propósito: sus mentes.
A diferencia de los acólitos de bajo rango, cuyos cerebros estaban protegidos por hechizos autodestructivos, estos líderes, en su arrogancia y estupidez, no habían restringido sus propios pensamientos.
Mantenerme en combate contra los seis mientras usaba Legeremancia fue un juego de niños.
Con cada choque de varitas, cada esquive y cada contraataque, mis dedos mentales penetraban en sus recuerdos, arrancando las piezas que faltaban en el rompecabezas de esta historia.
Aunque hubo algunas partes que tuve que deducir.
En la era de la caída de los dioses, muchos se resistieron a abandonar la Tierra.
Sin embargo, como ya sabía, los panteones que había acordado la partida no permitió rezagados.
Ninguna deidad quería que alguien se quedara atrás para monopolizar la fe de los mortales; si alguien lo hacía, se convertiría en un enemigo supremo e imbatible para cuando los demás decidieran regresar.
Fue un pacto de mutua exclusión.
Aunque todos los dioses vivos terminaron marchándose, algunos dejaron planes en marcha.
Hubo quienes intentaron ocultarse en las sombras, quienes fingieron su partida y quienes intentaron anclarse a la realidad material mediante engaños, pero la mayoría fracasó bajo la vigilancia de sus iguales.
No obstante, hubo otros con planes mucho más eficientes y oscuros.
Dioses que no intentaron quedarse vivos, sino que planearon su propio regreso desde el más allá, dejando semillas de devoción que florecerían siglos después en manos de fanáticos como los que ahora caían ante mí.
Este dios en particular tuvo la astucia de trazar un plan con cierto potencial, aunque también bastante arriesgado.
En su momento, tras la partida de los dioses, todos los seres divinos enviaron mensajes finales a sus sacerdocios para que mantuvieran la fe hasta su regreso.
De esa forma podrían conservar su poder a pesar de su ausencia.
Sin embargo, aun con esas órdenes, muchas religiones terminaron desapareciendo.
Los mortales son efímeros y, sin algo tangible que lo demuestre, dudar de aquello que existió en generaciones anteriores no es algo extraño.
Pero hubo dioses que no dejaron esas instrucciones, sino otras muy distintas: ordenaron a sus clérigos preparar un regreso prematuro a este mundo.
En realidad, no fueron pocos los que pensaron en esto; de hecho, casi todos.
Cualquier dios querría regresar antes a la Tierra para aprovechar esa ventaja frente a sus pares… pero pocos tenían una forma viable de lograrlo, si es que podían lograrlo en absoluto.
Esta entidad, sin embargo, ideó un mecanismo que estaba demostrando ser perturbadoramente eficaz.
Su estrategia consistió en un sacrificio parcial: amputó una parte de su propia esencia sin llegar a morir, dejando sus restos en el reino mortal.
No estaba vivo, pero tampoco muerto; era un estado de latencia divina.
Ese dios abandonó la Tierra muy debilitado, con la intención de recuperarse lentamente en los planos exteriores.
Pero aquí, en el mundo mortal, quedaron sus restos.
No sé si eran simbólicos o literales… en cualquier caso, quedó una forma de energía y esencia divina, almacenada dentro de esas urnas.
El plan era simple: demostrar a los demás dioses que se había marchado, pero dejar preparada una vía de regreso.
La misión de estos cultistas era revivir esos restos.
Claro que lo que surgiría aquí no sería el verdadero dios.
Ese aún permanecería en los planos exteriores… si es que no murió por debilidad u otro problema.
Pero eso no importaba.
Lo que estaban invocando aquí era un avatar de ese dios… y eso era suficiente.
Un Avatar Divino.
Aunque no poseía la omnipotencia de una deidad completa, era lo suficientemente cercano a una para que la diferencia fuera irrelevante para los mortales.
Este avatar, una vez despierto, se convertiría en el único “dios” sobre la faz de la Tierra, monopolizando la fe de toda una era para volverse imparable.
Y lo más brillante: cuando llegara el momento del “Regreso de los Dioses”, este avatar serviría como el recipiente perfecto.
Si el dios original hubiera muerto en el exilio, el avatar simplemente ocuparía su trono; si seguía vivo, ambos se fusionarían, creando un ser de un poder que eclipsaría a cualquier otro panteón.
Un plan impresionante en varios aspectos… pero fallido al fin y al cabo.
Si hubiera tenido éxito, habría rastros de esto en mi presente.
Pero no los hay.
Y, en realidad, este no podía haber sido el único dios que pensó en algo así.
Sin embargo, al menos hasta mi futuro, ninguno parece haberlo logrado.
Quizá los demás dioses dejaron alguna poderosa maldición como salvaguarda.
Quizá fue simplemente el destino.
Tal vez exista alguna ley cósmica que impida la existencia de dioses en esta era de baja energía, y la propia suerte del universo evite que surjan.
En fin, ese no era mi problema.
Ya había aprendido todo lo que necesitaba.
Con algunos movimientos simples, lancé a todos los líderes cultistas desde la cima de la zigurat.
Algunos murieron durante la caída.
Entonces, con mis dos varitas malditas, me dispuse a romper la última barrera.
Aunque era poderosa, no era algo imposible de atravesar.
Además, el poder divino que contenía no era más que energía residual: reservas que su dios había dejado almacenadas para emergencias, destinadas a ayudar a los cultistas a traerlo de vuelta.
Para mi mala suerte, justo cuando la barrera comenzó a agrietarse, sentí cómo el poder de toda la zona cambiaba… y un destello de miedo surgió de mi instinto.
Todo ese mundo mágico se consumió rápidamente.
Si pudiera verlo desde el exterior, habría observado cómo todo desaparecía, transformándose en partículas de luz que volaban hacia la zigurat.
El lugar donde aparecimos, la selva, la zona de los Maledictus, la aldea vacía de los jaguares… todo se desvaneció como si nunca hubiera existido, dejando solo un vacío absoluto alrededor de la cúpula protectora donde nos encontrábamos.
La enorme cantidad de energía entró en el gran templo, que pareció brillar con intensidad, seguido de un terremoto que sacudió toda la región.
Ya no existía este mundo aparte.
El templo, como si fuera una isla flotante, descendió a la tierra, uniéndose a ella como si siempre debió estar allí.
Hannah estuvo a punto de caer, perdiendo el equilibrio ante la violencia del sismo.
Los cultistas supervivientes, lejos de asustarse, soltaron un grito de júbilo frenético, un éxtasis colectivo que rozaba la locura.
Para ellos, este era el clímax de sus vidas; para nosotros, era el rugido de algo que no debería despertar.
La energía fluía a mi alrededor con la fuerza de un huracán, concentrándose en un vórtice cegador sobre la cima del zigurat.
No podía darme el lujo de retrasarme.
En un último esfuerzo, golpeé la barrera con toda mi voluntad.
La protección estalló, pero la onda de choque resultante fue un vendaval de fuerza divina que ni siquiera yo pude resistir.
Fui expulsado por los aires Sin embargo, en ese último momento, mientras aún estaba suspendido en el aire, apunté mis varitas y disparé un hechizo de pura potencia destructiva.
El proyectil voló con una precisión milimétrica hacia el altar, impactando de lleno en una de las cuatro urnas que comenzaban a brillar y vibrar…
El recipiente estalló en mil pedazos.
Fui arrojado violentamente, irónicamente del mismo modo en que yo había lanzado a los líderes cultistas.
Pero mi tensión se había relajado mucho.
No solo sentí cómo la presión del aire disminuía ligeramente, sino que vi con mis propios ojos cómo, al romperse la urna, una especie de humo rojizo se dispersaba en el ambiente.
Y ese miedo instintivo que había sentido… se redujo.
Lo había logrado.
Había debilitado el resurgimiento de ese dios de una forma irreversible.
Los rituales pueden lograr cosas impresionantes, pero también son frágiles.
Un error en un elemento fundamental puede reducir enormemente su efectividad… o incluso provocar un resultado completamente distinto.
Hannah corrió hacia el lugar donde caí, preocupada.
Pero no era necesario.
Aunque no pude detener mi expulsión, eso no significaba que no pudiera controlar mi caída.
No sufrí ningún daño.
Ahora, el silencio volvió a reinar, roto solo por el crepitar de la magia residual.
Hannah, los pocos cultistas que quedaban y yo conteníamos el aliento, con la mirada clavada en la punta del templo, contemplando el resurgimiento de un dios.
Las urnas vibraron hasta el límite de su resistencia.
Las runas talladas en la piedra y los rasgos de los animales esculpidos en las tapas fulguraron con un carmesí violento, hasta que, de repente, sus tapas salieron despedidas.
De los recipientes brotó un humo denso y ordenado que se elevó hacia el firmamento, colisionando en un espiral cromático que devoraba la luz del sol.
Toda la energía saqueada de este mundo fue succionada por el vórtice, distorsionando la realidad a su paso.
El suelo y el aire gemían bajo una presión insoportable; el aura que emanaba del templo era un veneno que buscaba sofocar cada latido de vida.
Hannah cayó de rodillas, con la mano aferrada al pecho, sintiendo que su corazón estallaría y sus ojos sucumbirían a la presión…
hasta que el tormento cesó de golpe.
Mi aura la envolvió como un escudo, pero no estaba solo.
No supo en qué momento aparecieron, pero cuando logró ponerse de pie, Elise y Helena estaban a sus lados: dos pesos pesados del feudo.
Un avatar semidivino y un fantasma de nivel legendario.
Las auras de los tres nos protegían de ese poder abrumador… pero otros no tuvieron tanta suerte.
Los cultistas más débiles estallaron literalmente, convertidos en una bruma de carne bajo la presión gravitatoria; los más fuertes agonizaban, sangrando por cada poro hasta desplomarse.
Solo unos pocos parecían capaces de mantenerse conscientes, aunque estaban al borde del colapso.
Mientras tanto, los ríos de sangre y las mareas de huesos acumulados en el zigurat empezaron a hervir, moviéndose en corrientes profanas que danzaban alrededor del templo al compás de una melodía inaudible.
Los ríos de sangre y huesos que se crearon por todos esos sacrificios empezaron a agitarse,comenzaron a servir y moverse como una corriente alrededor del templo como si bailaran una canción de una naturaleza profana.
De pronto, el espiral en el cielo terminó su festín energético.
Hubo un silencio sepulcral, un vacío absoluto en el sonido del mundo…
y entonces, la energía implosionó.
El aura descontrolada de antes desapareció, reemplazada por otra no menos mortal, pero mucho más estable.
El sol desapareció, sepultado por un firmamento que se tornó del color de la sangre seca.
Sobre el templo, las nubes comenzaron a girar, condensándose hasta formar una esfera perfecta de aire y vapor.
Era una estructura absoluta, adornada por jirones de nubes que orbitaban su superficie en una danza perpetua de velocidad engañosa.
“He vuelto a esta tierra…
y he tomado posesión de ella”.
La voz no era un sonido, sino una vibración en una lengua arcaica que se grababa directamente en el alma.
Poseía esa cualidad divina que permitía a cualquier ser vivo comprender su significado.
El mensaje no se limitó a estos restos de un reino moribundo; resonó a través de la selva amazónica, vibró incluso hasta nuestra casa y sacudió los cimientos de la tierra.
El veredicto era claro: un dios caminaba entre los mortales una vez más.
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