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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 409

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  4. Capítulo 409 - 409 406 Templo maldito XXVI Dios maligno
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409: 406) Templo maldito XXVI: Dios maligno 409: 406) Templo maldito XXVI: Dios maligno La voz de aquel ser era una paradoja: dominante pero serena, como si no estuviera amenazando, sino simplemente proclamando verdades universales.

Aunque no poseía ojos físicos, todos sentimos el peso de su mirada juzgándonos desde lo alto del firmamento rojizo.

El aura de opresión era inmensa, la presencia de un verdadero dios consumado…

pero falsa.

Tanto Elise como yo podíamos percibir la grieta en su majestad.

Todo ese despliegue de poder, aunque impresionante para un mortal, no era más que una fachada sostenida por hilos.

No solo por mi intervención al destruir la urna, sino porque la deidad aún estaba hambrienta; aún le faltaba recuperar su energía… y para eso estaban los sacrificios anteriores.

Los ríos de lodo sangriento y la masa de cadáveres hirvientes se agitaron con un hambre renovada.Ese era su alimento.

La forma en que este dios de la muerte recuperaría su poder.

No sabía exactamente cuál era su divinidad… pero considerando que se nutría de sacrificios y de la muerte de innumerables seres, nada bueno podía salir de eso.

Y yo no pensaba permitir que ese “dios” incompleto recuperara más de su poder.

Dejando a las chicas atrás para que cubrieran mi retaguardia, me lancé hacia el templo.

La masa sangrienta comenzó a desafiar la gravedad, trepando por los muros de piedra del zigurat en un intento desesperado por alcanzar a su dueño en la cima.

Al llegar a los primeros escalones, extendí mis manos y desaté mi propia voluntad sobre el fluido, intentando controlar esa masa para impedir que siguiera subiendo.

Era difícil.

Tenía que ejercer una fuerza enorme, y apenas lograba contener parte de esos ríos de sangre… pero era suficiente.

Usando mi Magia de Sangre, comencé a desgarrar los ríos carmesíes, empujando los restos de los cadáveres hacia los lados, rompiendo el flujo ascendente y estrellando la masa biológica contra los muros del templo.

Cada gota de sangre que desviaba era un gramo de poder que le arrebataba temporalmente a la deidad.

“¿Mortales?

No poseéis mi fe…

y siento vuestro odio vibrando en el aire” —sentenció el Dios de la Masacre con su voz imperturbable—.

“Vuestra intervención es inútil.

He regresado, y la muerte es la única constante.

Rendíos y permitid que el final os guíe hacia mí.” Antes solo había observado todo tras su llegada, como si fuéramos hormigas insignificantes.

Solo entonces, al ver cómo saboteaba su sustento, la deidad me dedicó una verdadera mirada… y aun así, su desprecio sonaba natural.

Correcto.

Como si yo fuera algo que simplemente debía desaparecer.

Yo solo reí.

Me estaba esforzando al máximo por contener la masa sangrienta.

No era fácil luchar contra el poder de un dios.

No podía detenerlo todo… pero sí una parte considerable.

“Todos moriréis.

Y yo soy quien dicta su hora.” Lo pronunció con solemnidad, como si nuestro final ya hubiera sido escrito en piedra.

Como si fuera nuestro destino inevitable.

La esfera no nos consideraba más que una piedra en el camino.

Pareció moverse sin moverse realmente —o algo similar— y el aura del entorno cambió de forma abrupta.

De los ríos de cadáveres comenzaron a alzarse cuerpos deformados.

Solo huesos y músculos, formando estructuras humanoides con enormes garras y bocas repletas de dientes afilados.

Eran monstruosidades.

Siervos de ese dios de la muerte.

Horribles, decadentes… y aterradores.

Aunque no todos estaban en el mismo estado.

Entre la horda, se distinguían algunas criaturas mejor desarrolladas: eran los antiguos líderes y cultistas, reanimados y retorcidos en estas formas abyectas.

Habían sido reanimados… convertidos en esas cosas.

No sabía qué pensarían si supieran que esta era la “vida después de la muerte” que su religión les había prometido.

Esas criaturas humanoides saltaron hacia mi, mientras las más lejanas se dirigían hacia Hannah y las demás.

Querían matarnos… y era lógico.

Ese ser era un dios de la muerte, o algo muy cercano a ello.

Para esta deidad, que hubiéramos sobrevivido a su aparición y a su aura opresiva era un insulto, pero al mismo tiempo demostraba nuestra fuerza.

Nuestra muerte alimentaría su poder… y además sería una victoria simbólica perfecta para su regreso.

“Morid… y sed parte del sombrío final de todas las cosas…” Sentenció, pero antes de que pudiera completar su proclama, un pilar de luz incandescente rasgó el cielo rojizo e impactó directamente contra la esfera.

Fue un ataque inesperado… de la pieza más fuerte de nuestro equipo.

Elise ya surcaba los cielos, con su cuerno centelleando mientras cargaba una segunda descarga de energía divina.

El Dios enmudeció.

Por primera vez desde su despertar, la calma de su voz fue reemplazada por un silencio gélido, y pude sentir cómo las corrientes de sangre eran succionadas hacia la cima con una urgencia desesperada.

Supongo que no esperaba la presencia de alguien como Elise: otro ser divino… aunque solo poseyera el poder de un semidiós.

Yo había destruido una de las urnas y ahora estaba retrasando su recuperación.

No estaba en su máximo poder… y, de hecho, ni siquiera lo estaría aunque no hubiéramos intervenido.

Para restaurarse siquiera al nivel de un dios menor, aún necesitaba tiempo.

Aun asi, a fin cuentas, era un simple incordio para el…

pero la presencia de otro ser divino convertía su situación en una verdadera pesadilla.

Tras su regreso, no esperaba encontrar individuos con nuestro poder para enfrentarlo.

Se suponía que no quedaban dioses… y ahora estaba en una situación realmente complicada.

No lo oímos decir nada más.

Ya no actuaba como un ser omnipotente proclamando desde el cielo.

Su atención omnipresente se centró en Elise.

Antes no había notado su poder.

Acababa de resurgir, y Elise —como avatar con poder de semidiós— no habría sido algo tan llamativo para ser digno su atención inmediata.

Pero ahora… era una espina peligrosa.

Especialmente mientras yo retenía su “recarga” de poder.

“¡MORID!” El grito retumbó… y todo pareció acelerarse en un solo instante.

La esfera en el cielo se fijó en Elise con una furia fría, desatando ataques de energía pura con la intención clara de aniquilarla.

Mientras tanto, la horda de necrófagos —aquellas aberraciones de carne y hueso— se lanzó frenéticamente hacia mí.

Sabían que yo era el ancla que impedía la recuperación de su señor y estaban dispuestos a despedazarme para liberar el flujo de sangre.

Saltaron grandes distancias con una velocidad inhumana, sus garras hendiendo el aire en mi dirección.

Pero, aunque mis manos estaban ocupadas conteniendo la marea roja, no estaba, ni de lejos, indefenso.

Desde las losas frías del templo, justo antes de que el primer necrófago me alcanzara, Helena emergió como un obstáculo infranqueable.

“El frío eterno te aguarda” pronunció con una voz etérea y sombría, una de las frases que le había sugerido mientras alzaba sus manos níveas.

Una onda expansiva de energía gélida estalló desde su centro, enviando a los necrófagos a volar.

Helena ya no era un simple fantasma errante; se había convertido en un espectro de alto nivel.

Una encarnación de la muerte… aunque distinta a la de ese dios que combatía contra Elise.

Ella representaba la no-muerte.

Pero no se detuvo allí.

No se limitó a ser mi escudo… también sería una espada.

Llamas azules, frías como el vacío, brotaron de sus palmas y fueron arrojadas contra la horda como meteoritos espectrales.

Ya no era una bruja viva.

Era algo más.

Ya no dependía de una varita, por lo que sus movimientos eran tan libres como gráciles… y mortales.

Había aprendido mucho.

Estaba muy lejos de ser la Helena del pasado.

Las “aventuras” en la Ciudadela Negra le habían dado un conocimiento profundo sobre los no muertos y la nigromancia… y ahora estaba desplegando todo ese poder.

Flotando a una velocidad vertiginosa, Helena se zambulló en el tumulto.

Sus ojos brillaron con una intensidad sobrenatural, provocando explosiones de muerte gélida a su alrededor que no solo dañaban a los cadáveres reanimados, sino que congelaban sus articulaciones, ralentizando su avance.

Con ella enfrentando a la horda, la presión sobre mí disminuyó… aunque algunos aún lograban pasar y llegar hasta mi posición.

Mientras contenía la masa sangrienta, también estaba cargando el resto de mis habilidades, esperando que alcanzaran un punto óptimo para ayudar a Elise.

Y con la potenciación que ya tenía… mis propias piernas eran armas suficientes.

Los pocos monstruos que lograban llegar hasta mi posición fueron recibidos por mis piernas.

Con mi fuerza potenciada al límite, cada patada se convertía en un impacto destructivo que desintegraba huesos y mandaba restos de carne a metros de distancia.

Mis movimientos se volvieron acrobáticos, casi coreografiados…

Honestamente, me estaba gustando; quizá debería considerar seriamente el estudio serio de artes marciales en el futuro.

La única en una situación precaria era Hannah.

Aunque su maestría botánica era letal contra magos vivos, estas aberraciones eran un desafío distinto: sus venenos no encontraban sangre que corromper y, al ser seres privados de dolor, sus estrategias de desgaste perdían efectividad.

Por suerte, Helena no la dejó sola y varias espadas espectrales salieron disparadas hacia los necrófagos que la atacaban.

Como una directora de orquesta macabra, Helena luchaba en cuatro frentes simultáneos: contenía el grueso de la horda, lanzaba espadas espectrales para cubrir a Hannah, despedazaba necrófagos cercanos y, cuando encontraba una apertura, hostigaba la esfera celestial para darle un respiro a Elise.

“¡Buen trabajo, Lena!” grité mientras trepaba por el zigurat, reventando de una patada a un necrófago que trepaba hacia mí a cuatro patas.

“¡Cuando terminemos con esto, creo que podríamos intentar follar!” Helena realizó un parpadeo espectral, desplazándose instantáneamente para esquivar el zarpazo de un monstruo.

Al ser creaciones de un dios y entidades ligadas a la muerte, tenían cierta capacidad de dañarla.

“Se te congelaría el miembro” respondió con una seriedad gélida, aunque no exenta de una chispa de intimidad, mientras elevaba sus manos hacia el cielo rojizo.

Sobre su cabeza se materializó una calavera alargada e ilusoria que comenzó a vibrar con una frecuencia estridente.

La mandíbula se abrió lentamente, acompañada por un ruido estridente, como un chillido imposible.

Los cuerpos de los necrófagos vibraron violentamente.

No reaccionaron —no sentían dolor— y siguieron avanzando con su tenacidad ciega.

Entonces, la calavera gigante estalló y como si fuera por pura resonancia simpática, los cuerpos de las criaturas a su alrededor imitaron la explosión, desintegrándose en una lluvia de esquirlas de hueso.

Aun así, los números nunca disminuían.

Cada vez que uno caía, otro —o varios— surgían de la masa sangrienta.

Aunque eso también la reducía… lo cual era una buena señal.

Elise, por su parte, lo estaba teniendo difícil.

Pero si resistía lo suficiente, ese dios perdería energía.

Solo tenía que aguantar… aunque fuera más fácil decirlo que hacerlo.

“¡Ya puedo solo!” rugí hacia mi hermosa fantasma “¡Ayuda a Hannah!” Helena, con espadas flotando y girando a su alrededor a gran velocidad como si fueran una sierra viviente, asintió mientras se deslizaba por el aire hacia Hannah, que ya estaba rodeada y con el rostro marcado por el pánico.

Yo alcancé la cima del templo.

Mi cuerpo, hinchado por la habilidad [Ira], rebosaba una musculatura sobrenatural.

Con un rugido de esfuerzo, empujé la masa sangrienta colina abajo, convirtiéndola en un alud que aplastó a los necrófagos que intentaban subir.

Entonces saqué mis varitas.

Aunque había hecho todo lo posible, desde el principio no había logrado contener toda esa masa.

Ese dios había estado recuperando poder… más lento, sí, pero de forma constante.

Ahora, con mi cuerpo potenciado, era momento de intervenir directamente.

Apunté las varitas hacia abajo y desaté una lluvia de proyectiles explosivos.

Golpearon a los necrófagos, a los ríos de cadáveres… e incluso al propio templo, mientras comenzaba a elevarme en el aire.

En lo alto, vi a Elise ser golpeada por una ráfaga de energía oscura.

Tenía un ala rota, pero seguía batiendo la otra con una voluntad inquebrantable.

Usé esa imagen para encender mis emociones, amplificadas por la [Ira].

Con la cooperación de las varitas de Jarjacha, apunté.

“¡AAAAHHHH!” Solté un grito liberador mientras liberaba todo mi poder.

Una columna de energía espectral se disparó desde mi posición, transformándose en el trayecto en una estampida de llamas diabólicas, lista para estrellarse contra ese dios malvado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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