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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 410

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410: 407) Templo maldito XXVII: Dios maligno 2 410: 407) Templo maldito XXVII: Dios maligno 2 La lucha se centralizó en el firmamento.

Ahora apoyaba directamente a Elise contra aquella entidad, aunque la balanza no terminaba de inclinarse a nuestro favor.

Un dios, incluso uno en estado precario, posee un poder divino de una calidad y densidad que eclipsa a un semidiós.

Incluso debilitado, seguía siendo peligroso.

Teníamos que cuidarnos especialmente de sus ataques más extraños, aquellos que no seguían reglas normales.

Elise usaba un avatar, así que no corría el mismo riesgo que un cuerpo real.

Yo, por mi parte, contaba con varios métodos para resistir o evitar daños críticos.

Sin embargo, esto era mucho más complejo que nuestra pelea con el Yakuruna; no era un choque físico, y la disparidad en la naturaleza de nuestra energía hacía que mis ataques fueran frustrantemente ineficaces.

Mis opciones para herirlo eran limitadas.

El poder combinado con las varitas de Jarjacha era formidable, pero seguían siendo objetos de nivel semidiós enfrentándose a una defensa de calibre divino.

La mayoría de mis habilidades de gran calibre tenían un componente semifísico que me obligaba a una cercanía suicida.

Por ello, recurrí a [Envidia] para mimetizar las capacidades de la esfera o de Elise según la necesidad.

Era un proceso ineficiente; podía replicar la técnica, pero carecía de la esencia y todo aquello que lo sustentaba, resultando en una imitación inferior.

Claro, había algunos casos donde lograba sinergias interesantes con mis propias habilidades… pero eran pocos a este nivel.

Siendo así, me convertí en un hostigador, un atacante secundario dedicado exclusivamente a entorpecer sus movimientos.

Mientras tanto, abajo, en la tierra, Helena y Hannah seguían lidiando con las hordas de necrófagos.

Helena cargaba con el peso del combate, moviéndose como un torbellino de escarcha mientras protegía a su compañera.

Hannah, en este punto, ofrecía una ayuda casi nula; esta batalla había trascendido su nivel y sus métodos.

Solo bajo la cobertura constante de Helena podía lanzar alguna magia efectiva, aunque sus esfuerzos se sentían como gotas de agua en un incendio.

“¿Por qué os resistís a la muerte?

Incluso los dioses están destinados a caer…”  La esfera habló una vez más.

Su intención estaba claramente dirigida a Elise.

Ella no era un dios completamente consolidado, y la esfera lo habia notado.

Sus palabras no eran solo sonido; eran vectores de poder coercitivo intentando asfixiar su moral con su poder superior.

No seria algo tan efectivo como contra los mortales, no podía someterla de inmediato, pero sí desgastar su voluntad.

Debilitarla.

Prepararla para el golpe final.

Sabía que asesinar y devorar la esencia de otro ser divino consolidaría su autoridad sobre la muerte en esta era, un festín que lo volvería invencible.

“¡Entonces muerete tú!” rugió Elise, embistiendo con su cuerno envuelto en una luz cegadora.

Podía sentir esa presión… pero no funcionaba.

La corrosión mental de la esfera no la había detenido.

Lo que aquel ser ignoraba era que la voluntad de Elise poseía un ancla inamovible frente a ella: yo.

Mientras yo permaneciera en el campo de batalla, cualquier deseo de rendición o muerte era inexistente en ella.

Tras varios intercambios, la esfera pareció comprenderlo y centró su atención omnidireccional en mí.

“Los mortales están destinados a perecer…

es una regla indeleble del cosmos.

Ni los dioses pueden salvarte de tu fin.” Y, una vez más… falló.

La gran esfera fracasó por segunda vez, siendo golpeada por ambos flancos una vez más mientras intentaba subyugarme.

Su voz, cargada de una sentencia de muerte absoluta, chocó contra un vacío infinito cuando alcanzó mi mente.

Mi naturaleza no podía considerarse “normal” bajo ningún estándar; poseía demasiadas habilidades pasivas defendiendo una cordura que, de por sí, ya era inmune a tales amenazas.

Además, así como Elise se anclaba en mí, yo me anclaba en ella, en mi deseo insaciable de disfrutar esta vida, en mis mujeres y en el futuro de mis hijos.

Contra una mente imperturbable y mi voluntad cimentada en el placer de vivir, el discurso de la muerte no era más que ruido blanco.

El Dios de la Muerte estaba furioso.

No podía dar crédito a su mala fortuna: su recuperación había sido saboteada y ahora se veía arrastrado a una batalla de desgaste, una situación humillante para alguien de su nivel.

Sin resultados, su mirada, cargada de una malevolencia gélida, se posó finalmente en el suelo, donde Helena y Hannah continuaban aniquilando a sus esbirros.

Cada necrófago destruido era una infima porción de sacrificio que se desvanecía, mermando su banquete de forma lenta pero constante.

Entonces, trazó un plan: un efecto dominó de desesperación.

Pretendía aniquilar a las más débiles para quebrar mi voluntad, con eso lograr matarme a mí para hundir a Elise y, finalmente, devorar la esencia de la diosa.

Era una estrategia lógica en la que cada muerte lo fortaleceria como lo estaban haciendo todas las muertes en las regiones cercanas…

pero estaba condenada al fracaso desde su concepción.

En el instante en que esa mirada mortal se fijó en ellas, Helena lo sintió.

Yo también.

Lancé un [Mensaje] mental que restalló como un látigo: [¡¡HUYE!!] A pesar de ser un ente etéreo, Helena reaccionó con una presteza asombrosa.

Envolvió a Hannah en sus gélidos brazos ilusorios y emprendió un vuelo desesperado lejos del epicentro.

Había querido que Hannah presenciara el final de esta aventura —se lo había ganado—, pero no iba a permitir que se convirtiera en una baja colateral.

La gran esfera lo vio, pero aunque intento hacer algo, tenia “dos moscas muy molestas” interrumpiéndolo.

pero no hay que subestimar el poder de un dios.

Bloqueamos y desviamos cada destello de su poder que pudimos, y aun así, la fuerza residual de un dios es aterradora: la vegetación en un kilómetro a la redonda se marchitó al instante, y la tierra se agrietó formando surcos que en el futuro serían cañones.

Si Helena no hubiera desplegado un escudo espectral absoluto sobre ambas, Hannah habría sido reducida a pasta de carne por la mera onda de choque residual.

Frustrada, la esfera comenzó a vibrar con una intensidad violenta mientras el cielo parpadeaba en ráfagas de luz sangrienta.

La deidad estaba pasando del hartazgo al temor.

Sentía cómo, con cada segundo que pasaba, la ventaja se le escurría entre los dedos.

Y era lógico.

Elise tenía su cuerpo real a salvo en el feudo, desde donde podía seguir enviando poder divino.

Además, ya le había dado permiso para gastar gastar toda su reserva, pues su estado se resetearía tras el final de la campaña.

No tenía motivos para contenerse.

Por mi parte, yo era una anomalía aritmética.

Gracias a [Ira], mi poder crecía indefinidamente; cada vez más lento, sí… pero de forma constante e infinita.

Solo necesitaba alimentar emociones como odio, furia… rabia.

Y podía hacerlo.

Generaba furia artificial mediante mi [Control de Sangre], y mi reserva mágica era reabastecida constantemente por mis clones y [Pereza] desde el Feudo.

Al principio, no habíamos sido verdaderas amenazas para este dios.

Pero eso ya no era cierto.

Las tornas estaban cambiando.

Y él lo sabía.

Al comprender que su tiempo se agotaba, la gran esfera de nubes tomó una decisión desesperada.

Forzó una transición que debería haber ocurrido solo tras su recuperación completa, precipitando una metamorfosis que no estaba lista para suceder.

El templo, ya herido por el fragor del combate, comenzó a exudar una luminiscencia que recorrió cada relieve y cada piedra antigua.

Entonces, el aire estalló.

Una onda expansiva de aura opresiva nos golpeó a Elise y a mí, seguida inmediatamente por una fuerza de succión gravitatoria y mística que parecía querer devorar el vacío mismo.

No entendíamos qué estaba ocurriendo, pero era algo enorme.

Aunque nosotros resistíamos gracias a nuestra envergadura, a lo lejos, Helena y Hannah sintieron el zarpazo.

Sus reservas mágicas fueron violentamente tironeadas; para un espectro legendario como Helena, solo fue una molestia, pero Hannah sintió que el oxígeno se convertía en plomo, una asfixia mágica que le robaba las fuerzas.

Había sido un descuido por mi parte: debajo del zigurat se ocultaba una matriz rúnica de una magnitud colosal, tan bien mimetizada con la geología que solo pude percibirla ahora, cuando el dios infundió en ella su poder divino y parecia haberse “completado”.

La gran esfera regresó a su posición sobre el templo y el “Sifón” se activó a escala continental.

Toda la selva amazónica tembló; el aire se volvió pesado, cargado con el lamento de la tierra siendo despojada de su energia magica.

El líquido sanguíneo que yo luchaba por contener lejos se escapó de mi control, volando hacia el templo como un río inverso.

Pero no fue solo sangre.

Pude sentir cómo la magia ambiental, los efluvios de la selva y la energía de cada ser vivo eran arrastrados hacia el vórtice.

Era una absorción masiva.

Un desastre.

Aunque el epicentro estaba con nosotros, el fenómeno afectaba a toda la selva.

En pueblos y ciudades amazónicas —los que vimos y muchos otros— todos los magos sintieron que algo intentaba arrancarles su poder.

Los más débiles no pudieron resistir y quedaron en un estado cercano a una “anemia mágica”.

Los más fuertes o más lejanos lograron oponer cierta resistencia.

Pero los más afectados no fueron los vivos.

Fueron las cosas sin vida.

Objetos mágicos perdieron su energía, quedando inútiles o debilitados… salvo aquellos protegidos por un hechicero.

Y lo peor fue para las grandes construcciones.

Todos esos palacios y templos de arquitectura similar a la azteca de los que tanto me quejé comenzaron a temblar… y luego a desmoronarse, resquebrajarse… o incluso retroceder en el tiempo hasta desaparecer.

Todo aquello creado mediante magia —o sostenido por ella— empezó a degenerarse.

Si alguien hubiera podido percibirlo, habría notado algo aún peor: el espacio y el tiempo en toda la zona afectada se volvían inestables.

Usar un giratiempos o intentar aparecerse allí habría tenido consecuencias impredecibles… probablemente atroces.

Aquello era un hechizo colosal que jamás debió activarse.

Pero lo fue.

Y lo que la gran esfera no sabía… era que se estaba condenando a sí misma.

Este mundo ya no posee la estabilidad ni las energías de antaño, cuando este antiguo sifón mágico fue creado.

Si se hubiera activado en otra era —antes o después de esta sequía de energías primordiales— no habría habido problema.

Pero este no era ese momento.

Mientras Elise y yo cubríamos la retirada de Hannah y Helena —quienes buscaban la distancia necesaria para poder entrar al Feudo—, percibimos una punzada de miedo.

Pero era un miedo confuso, emanando de la propia deidad.

Parecía haber recuperado su poder ancestral, acercándose nuevamente a ser una divinidad completa… pero algo no encajaba.

Elise fue quien lo percibió mejor.

El aura opresiva que antes resultaba asfixiante era ahora más aterradora, pero extrañamente más…

soportable.

Aunque la alicornio era nueva como diosa, logró notar la diferencia.

“Eso… no es poder divino puro” murmuró, confundida.

Asentí.

Yo también sentía la discrepancia entre el antes y el ahora.

Nos detuvimos a observar cómo la gran esfera completaba su transformación.

Había pasado de ser un cúmulo rojizo a una masa inmensa con matices de azul cielo; su voz era más atronadora, pero carecía de la frecuencia penetrante que hiere el alma.

El Dios, embriagado por la euforia de sentir su fuerza restaurada, no había notado el defecto en su plan.

Había llenado su copa con agua sucia para saciar su sed, y aunque su poder era ahora mayor en volumen, la calidad de su divinidad se había corrompido con la energía “mortal” y degradada del presente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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