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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 411

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  4. Capítulo 411 - 411 408 Templo maldito XXVIII Dios maligno 3
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411: 408) Templo maldito XXVIII: Dios maligno 3 411: 408) Templo maldito XXVIII: Dios maligno 3 “¡Morid, tanto lo divino como lo mortal!

¡MORID!” —proclamó la gran esfera.

El ser estaba embriagado, drogado por el torrente de energía recuperada.

En su frenesí, su mente solo albergaba una idea: reclamar su “legítimo” lugar en el firmamento y subyugar el mundo.

Una onda expansiva de una magnitud aterradora nació del centro de la esfera, arrasándolo todo.

Lo que quedaba del templo, el suelo calcinado y los esqueletos de los árboles marchitos fueron reducidos a escoria en un parpadeo.

Elise y yo, uno junto al otro, levantamos una barrera conjunta.

No solo para protegernos, sino para frenar la propagación del ataque y evitar que la deflagración alcanzara a las chicas.

Aquello no era un simple golpe… era devastación a gran escala.

El área destruida se extendió por kilómetros, dejando un cráter gigantesco.

La zona quedó saturada de una energía necrótica.

Cualquier ser vivo que atravesara ese lugar probablemente moriría… o peor aún, se convertiría en uno de esos necrófagos.

Y eso sin contar otros efectos colaterales, como los que habría en el lugar de la batalla contra el yakuruna.

Sentimos la presión del impacto, pero resistimos intactos.

Elise se envolvió en una membrana de luz divina pura; yo, potenciado por el límite de mis capacidades, conjuré un Protego.

En circunstancias normales, un encantamiento de escudo sería papel frente a un dios, pero para mi sorpresa —y confirmación de mis sospechas—, mi hechizo absorbió el 80% del daño.

La verdad era irrefutable: El poder divino de la muerte que antes emanaba de la esfera… ahora estaba diluido.

Mezclado.

Corrompido por magia común.

La absorción anterior debería haber restaurado su divinidad.

Pero el sifón no había encontrado las energías primordiales que el ritual exigía para la transmutación divina y el proceso falló: en lugar de transformar la magia en poder divino, apenas logró generar pequeñas fracciones de este.

Lo que realmente obtuvo… fue, en su mayoría, simple energía mágica.

Creyéndose invencible, la esfera comenzó a realizar alardes extravagantes de poder en demostraciones innecesarias.

Forzó el flujo del tiempo en el epicentro del cráter para reconstruir su templo, devolviéndole su gloria antigua piedra por piedra.

Aquel lugar no tenía un valor especial más allá de ser el punto de su invocación, pero su orgullo inflado lo llevó a considerarlo digno de convertirse en su santuario y lugar donde los mortales realizen sacrificios para el.

Era un acto de puro orgullo, un intento de intimidarnos demostrando que podía deshacer la destrucción a su antojo.

El zigurat se alzó de nuevo, imponente y macabro, pero cuando el hechizo intentó retroceder aún más, hacia la era donde las energías primordiales abundaban, el proceso encalló.

La esfera sintió un vacío repentino, como si intentara drenar su propia médula.

Su poder impuro no podía interactuar con la pureza del pasado remoto.

La confusión empañó su aura.

Por un instante, la aterradora sensación de que algo había salido mal lo asaltó, pero su psique divina se negó a aceptarlo.

Para un dios de fe, la convicción es la base de su existencia; decidió que el fallo era un simple error de cálculo, una sobrecarga causada por su propia “magnitud”…

que no supo controlarlo, que se detuvo para no dañarse a sí mismo.

Se convenció de ello… aunque una diminuta astilla de miedo ya se había clavado en su interior.

Su mirada volvió a centrarse en nosotros.

La arrogancia se transformó en una necesidad urgente de exterminio.

En su lógica retorcida, si lograba eliminarnos, cualquier error en el ritual dejaría de importar; tendría toda la eternidad para enmendarlo… siempre que no quedara nadie capaz de desafiarlo.

Elise y yo no habíamos interrumpido su arrogante despliegue; aprovechamos cada segundo de su reconstrucción teatral para recuperar aliento.

La fase anterior del combate había sido costosa, drenando nuestras reservas, pero ahora que él se disponía a reanudar el exterminio, no íbamos a quedarnos estáticos.

Alrededor de la esfera se materializaron látigos de energía que restallaron hacia nosotros como relámpagos.

Eran distintos a sus ataques previos.

Antes, la mera presencia de su poder activaba mis alarmas instintivas, gritándome que usara cada gramo de mi ser para defenderme o sería el fin.

Ahora, esa aura de muerte absoluta se había evaporado.

Los ataques seguían siendo peligrosos, pero ya no eran absolutos.

Su color, además, había cambiado: ahora eran haces etéreos de múltiples tonalidades, inestables… impuros.

El cambio visual delataba su degradación: la esencia divina había sido diluida por magia común.

Y la magia, por muy potente que sea, puede ser contrarrestada por otra magia.

Renunciando a mi forma humana una vez más, permití que mi cuerpo mutara en aquella aberración alada de poder bruto.

Me deslicé entre los ataques con una agilidad feroz, desviando los látigos que no podía esquivar.

Había absorbido las varitas de Jarjacha en mi propio organismo, usándolas como catalizadores internos; aunque en este estado mi cuerpo era un foco arcano tan saturado que su beneficio era marginal, cada pizca de potencia contaba.

Cargué contra la esfera como un tanque imparable, asumiendo el rol de provocador.

Sin el peso asfixiante del poder divino puro, mi confianza se disparó.

Empecé a emplear ataques físicos y técnicas de corto alcance que antes habrían sido suicidas, golpeando la superficie de la deidad con una violencia desatada.

Elise trazó una trayectoria distinta, flanqueando al enemigo mientras yo acaparaba su atención.

Aunque la esfera poseía una percepción omnidireccional y carecía de puntos ciegos físicos, nuestros roles estaban definidos.

Yo actuaría como el yunque, conteniéndolo y desgastándolo, mientras Elise usaba su luz divina para abrumar a este dios que, por accidente y desesperación, se había degradado a sí mismo.

Ya no nos enfrentábamos a una divinidad inalcanzable; ahora peleábamos contra un ser cuyo poder abrumador, por muy vasto que fuera, tenía la “calidad” de un mago legendario.

Y en ese campo, nosotros éramos los maestros.

…

A cierta distancia, Helena y Hannah se alejaban a toda prisa, una corriendo y la otra levitando a su lado.

Helena había dejado que Hannah corriera por su cuenta hacía unos minutos; el contacto prolongado con su cuerpo espectral empezaba a ser peligroso, pues aún no dominaba el frío residual de su esencia y temía drenar la vitalidad de la joven bruja.

“¿Estamos…

ya estamos lo suficientemente lejos?” jadeó Hannah, deteniéndose un instante para vaciar otra poción revitalizante.

La batalla, sumada a la huida, la estaba dejando exhausta.

Aun así, no se permitía detenerse ni un segundo.

Como respuesta inmediata, la tierra volvió a sacudirse con una magnitud violenta.

Los árboles supervivientes se desplomaron y el suelo se resquebrajó bajo sus pies.

Las bestias huyeron en pánico, y Hannah tuvo que aferrarse a lo primero que encontró para no caer.

Helena, en cambio, flotaba sin problemas, intangible ante el caos… aunque incluso ella percibió la magnitud de la energía que había provocado ese temblor.

“Parece que no” respondió la fantasma con una calma sombría.

“¿Estarán bien?” preguntó Hannah con un nudo en la garganta, sufriendo ante las rachas de calor y las ráfagas de pavor absoluto que emanaban del epicentro de la batalla de forma intermitente.

“No lo sé…” admitió Helena, fijando su mirada en la imperiosa esfera roja y los dos destellos de luz que arremetían contra ella.

“Pero sé que Red es la criatura más extraña que conoceré jamás.

Hace cosas que desafían cualquier lógica.

He decidido creer que vencerá, como lo hace siempre.” Helena giró su rostro translúcido hacia Hannah.

“Como sus mujeres, lo mínimo que podemos hacer es confiar.

O al menos, enviarle nuestros mejores deseos.” Hannah guardó silencio un instante… y luego asintió.

Cada cosa que descubría sobre mí superaba a la anterior.

Ahora estaba luchando contra un dios… y aun así, decidió confiar que ganaria como lo hice con el Yakuruna.

“Vamos” dijo Helena de pronto.

“El viaje al feudo aún no está habilitado.

Y por lo que dijo Red eso significa que todavía no estamos fuera de peligro.

Tenemos que alejarnos más.

No podemos convertirnos en una carga para ellos.” Sin esperar respuesta, volvió a sujetarla por las axilas y se elevó.

No era lo mejor para la salud de Hannah, pero era preferible a quedar atrapadas en algún ataque colateral.

“Uff…” Hannah se estremeció violentamente cuando el frío espectral volvió a penetrar sus huesos.

El dolor era agudo, una punzada de hielo que le cortaba la respiración.

“Cómo me gustaría saber usar la Aparición para salir de este infierno” se quejó entre dientes.

“No creo que sea buena idea.

El espacio está…

roto.

Si lo intentas y fallas, seríamos dos fantasmas en el harén de Red” bromeó Helena para aligerar la tensión.

“El sexo con fantasmas no está muy estudiado, pero podríamos darle un espectáculo lésbico fantasmagorico.

“No, gracias…

Prefiero que pueda sentirme de verdad…

y yo sentirlo a el.

Si no pudiera follar con él…

me moriría” respondió con una mezcla de vergüenza y picardía.

“Hmm… suertuda” resopló Helena, pero no había verdadero resentimiento en su voz.

Sus estudios sobre nigromancia ya le habían dado un par de ideas para recuperar cierta fisicalidad conmigo, aunque ninguna especialmente agradable o eficaz.

Al final del día, su deseo no era carnal; después de tanto tiempo como fantasma, se había olvidado de ello, lo único que realmente quería… era hacerme feliz, retribuirme de alguna forma todo lo que yo había hecho por ella.

…

La batalla en los cielos se prolongó, y la balanza comenzó a inclinarse definitivamente a nuestro favor.

La gran esfera, consciente de que su esencia divina estaba contaminada, sintió cómo su voluntad flaqueaba.

Aquella impureza no era algo que pudiera sanar con facilidad; incluso sin oposición, habría necesitado siglos de fe constante para purificar su núcleo.

En otras circunstancias, su fallo no habría sido fatal.

En un mundo vacío de rivales, su inmensa cantidad de energía, aunque de baja calidad, habría bastado para subyugar a cualquiera…

pero aparecimos nosotros.

Con cada intercambio, Elise y yo perfeccionamos nuestra danza de asalto.

Aprendimos a leer sus movimientos, a anticipar sus ataques… y a responder con una presión cada vez mayor.

Elise no dejó de martillear al enemigo con rayos cegadores y pezuñas cargadas de poder divino que resonaban como truenos.

Estoy casi seguro de haberla oído susurrar entre dientes: “¡Toma el poder de la amistad, cabrón!”, aunque sé que ella lo negaría hasta el fin de los tiempos.

Por mi parte, además de los impactos físicos que ahora desgarraban su cuerpo —más compuesto de nubes y magia que de sustancia divina—, desaté ráfagas de energía cargadas con la malicia de las Jarjachas.

No buscaba solo el daño bruto, sino sembrar estados de debilidad, entorpeciendo su capacidad de respuesta.

Notamos que la esfera perdía densidad defensiva.

Fue entonces cuando comprendimos sus verdaderas intenciones: el Dios planeaba huir.

Había ocultado la formación de un círculo mágico de teletransporte dentro de su propio cuerpo gaseoso, camuflándolo con sus constantes maniobras de ataque y defensa.

Reaccionamos en el último segundo, desatando nuestros ataques definitivos en una sincronía letal.

Elise canalizó hasta el último rescoldo de su poder divino y los remanentes de fe acumulada en su avatar, proyectando un disparo continuo de rayos que inmovilizó la superficie de la esfera.

Yo, por mi parte, vacié mis reservas de sangre para forjar una lanza titánica sobre mí.

No era sangre común; era un destilado de mis reservas más potentes, con la esencia absorbida del Yakuruna como ingrediente principal.

Aproveché el instante preciso en que la esfera quedó paralizada, dividida entre mantener su defensa, activar el teletransporte y soportar el castigo de Elise.

Disparé.

La lanza roja surcó el aire como un rayo escarlata, penetrando el cuerpo aéreo de la deidad con una precisión quirúrgica.

Las nubes que cubrían su superficie se detuvieron en seco.

Por un momento eterno, el mundo pareció contener el aliento mientras la energía mágica del Dios comenzaba a filtrarse violentamente por la herida abierta, desangrándose en el vacío.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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