Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 412
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- Capítulo 412 - 412 409 Templo maldito XXIX El fin de un dios
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412: 409) Templo maldito XXIX: El fin de un dios 412: 409) Templo maldito XXIX: El fin de un dios Mi ataque fue devastador.
Quizás no letal de inmediato, pero fue el primero en infligir una herida de tal magnitud que la propia realidad pareció sangrar.
Podía sentir la magia filtrándose del Dios, retornando al ambiente de forma violenta, pero no era momento de celebrar; había que terminar el trabajo.
Aunque exhausta, Elise cargó junto a mí una vez más.
Nos lanzamos contra la esfera sin darnos respiro.
Esta respondió con una brutalidad renovada… o eso parecía.
La verdad era otra.
Había perdido el control de su propio poder.
Cada acción que realizaba era errática, desmedida.
Usaba más energía de la necesaria y, peor aún, desestabilizaba todavía más la enorme herida que le había abierto.
La magia se desbordaba en oleadas caóticas.Y eso lo volvía más peligroso.
Enfrentarse a algo tan inestable era como luchar contra una tormenta sin leyes.
La magia, en ese estado voluble, producía efectos aleatorios y salvajes.
En un momento, mientras mis garras intentaban desgarrar las grietas de su superficie, recibí un impacto directo.
De inmediato, sentí cómo me brotaban plumas de pollo por todo el cuerpo y un cacareo incesante escapaba de mi garganta.
Fue…
extraño, por decir lo menos.
No representó un peligro mortal, ya que mi cuerpo mutado podía intentar expulsar esa energía caótica, pero decidí no perder tiempo en curarme.
Teníamos que aniquilarlo ya.
Conocía muy bien la capacidad de supervivencia de los dioses.
Dejaría que Elise me purificara con su poder divino… o simplemente esperaría al reset de la campaña para recuperar mi estado saludable.
Elise, por su parte, se vio mucho menos afectada.
Su naturaleza semidivina le daba cierta resistencia al caos mágico.
Pero estaba agotada.
Aún no era una diosa consumada, y este avatar tenía un límite bajo.
Además, había gastado gran parte de su poder en la lucha anterior.
Peleamos de forma desenfrenada.
La magia salvaje causaba estragos en mi carne: frío glacial, combustión interna, metamorfosis parcial, descomposición y recreación instantánea.
Por momentos, sentí que el Dios me estaba arrojando los “Polvos de Pixie” de Hannah.
Casi perdí la conciencia varias veces, pero mi mente, ese vacío inalterable, me mantuvo cuerdo mientras mi cuerpo se deshacía y se recomponía.
Sin embargo, en medio de ese caos, surgió algo nuevo.
Una esencia que se arraigó en mi sistema, adaptándome a la locura que me rodeaba.
[Nueva esencia adquirida: “Mago Salvaje” (Nv 1)] [“Mago Salvaje” (Nv 1) → “Mago Salvaje” (Nv 3)] [Esencia de “Mago Salvaje” (Nivel 3)] -Puedes intentar canalizar energías caóticas para realizar magia.
Al hacerlo, el hechizo recibe una potenciación de x2 a x10, pero con alta probabilidad de resultados alterados o completamente aleatorios.
-Existe una pequeña probabilidad de que cualquier magia realizada —intencional o no— se convierta en magia salvaje.
-La magia salvaje puede romper los límites de la magia convencional.
Mientras tanto, la esfera perdía altura y color conforme seguíamos atacando.
Ya no escuchábamos proclamaciones grandilocuentes.
Solo quejidos ahogados.
Tal vez dolor.
Tal vez intentos de maldecirnos… sin fuerzas suficientes para articular palabra.
Podía sentir que preparaba algo desesperado.
Un último ataque.
Una huida.
Un sacrificio final.
Pero ambos lo sabíamos.
Ese era su fin.
Incluso si dejábamos de atacarlo, moriría por sus propias heridas.
La magia no es un sustituto adecuado para un ser cuya divinidad no se basa en ella.
Intentar sostenerse solo con energía mágica era como llenar un corazón con humo.
Si no estuviéramos nosotros, quizá ese estado habría sido su mejor opción: dejar que la magia se drenara casi por completo, conservar el poco poder divino que le quedaba y entrar en un largo letargo para recuperarse lentamente.
Pero no tendría esa oportunidad.
Era irónico.
Un dios de la muerte… estaba a punto de morir.
Elise y yo sobrevolábamos el vacío mientras la esfera descendía en una caída agónica.
No atacamos, pero nuestros sentidos estaban tensos, listos para reaccionar ante cualquier último truco, cualquier intento desesperado por escapar de la extinción.
—”Moriréis…” —se filtró desde el núcleo de la esfera, pero la voz ya no poseía opresión alguna; era el rastro sibilante de un ser moribundo—.
“Devoraré vuestras almas cuando ese día llegue…” Las nubes que formaban su cuerpo se habían vuelto traslúcidas, desvaneciéndose en el aire como un eco que pierde fuerza.
Pero, tal como Elise y yo sospechábamos, el Dios no planeaba irse en silencio.
El templo, reconstruido por su propia arrogancia, absorbió la magia que se filtraba de su cuerpo y comenzó a brillar con una intensidad alarmante.
Esta vez no era un sifón.
Durante el fragor del combate, no notamos que la deidad estaba sobrecargando deliberadamente los puntos de presión de la matriz rúnica.
Planeaba detonar el zigurat entero, una explosión de magnitud catastrófica que nos barrería del mapa mientras él usaba el impulso para proyectar lo que quedaba de su esencia lejos de nosotros.
En su estado degradado, quizás terminaría vagando como un mortal o un espíritu menor, pero cualquier destino era mejor que la aniquilación total a nuestras manos.
Sin embargo, su cálculo falló.
Justo cuando el templo alcanzaba el punto crítico de ignición, una figura colosal recortó el cielo sobre la esfera.
Con una garra pequeña pero letal de cuatro dedos, la criatura oprimió la parte superior del orbe nuboso.
El sonido de un cristal rompiéndose resonó en toda la zona; bajo la presión de ese simple apretón, la esfera se agrietó y se partió en pedazos, abriendo una brecha definitiva por donde su energía se derramó al vacío.
“Nooooo…” fue su último lamento, un suspiro que se perdió en el viento.
Un Occamy de proporciones titánicas, con su plumaje brillando en tonos turquesa y plata, soltó un chillido retumbante que sacudió los cielos.
Bajo sus garras, la esfera parpadeó y se desintegró, deshaciéndose en corrientes de energía que se dispersaron por toda la selva amazónica como serpientes de luz huyendo en la oscuridad.
Ni Elise ni yo intentamos perseguirlas.
Estábamos exhaustos, nuestras reservas agotadas, y carecíamos de un método para erradicar esos residuos volátiles.
Sabía exactamente qué representaban: esos remanentes de poder divino residual eran los mismos que, siglos después, sentiría en los líderes del culto que se atrevieron a atacar la cueva del dragón en mi presente.
El círculo se había cerrado.
“Cuenta como que lo matamos nosotros” se quejó Elise, mirando al Occamy gigante con una mezcla de cansancio y orgullo herido.
Yo solo pude reír, admirando la majestuosidad del dragón emplumado que nos observaba desde lo alto.
Sus ojos antiguos se cruzaron con los míos, reconociendo el papel que habíamos jugado en la purga de este intruso divino.
…
Dentro del Feudo, Hannah era un manojo de nervios.
Helena le hacía compañía, pero la incertidumbre era un veneno lento.
Habían logrado escapar del epicentro y ponerse a salvo en mi dominio, pero el silencio del exterior era insoportable.
No sabían si estábamos triunfando o si el Dios nos había reducido a cenizas.
Cada segundo de espera era una tortura, y las palabras de Helena, aunque pretendían ser reconfortantes a su manera, no siempre surtían el efecto deseado.
“Este lugar existe gracias a la magia de Red, si no me equivoco” comentó la fantasma con una sonrisa melancólica.
“Si él muriera, lo más probable es que este mundo desapareciera con nosotros dentro.
Bueno…
al menos lo acompañaríamos en el final.
Yo moriría por segunda vez; me pregunto qué se siente.
Espero que no sea tan aburrido como la primera.” Rió suavemente.
A Hannah no le gustó esa ide, pero tampoco pudo rechazarla.
Desde que había aceptado ser mi mujer… desde que se había entregado a mí… entendía que su destino estaba, en cierto modo, ligado al mío.
Morir conmigo… No era algo que deseara.
Pero tampoco algo que pudiera negar.
Estaba dispuesta a aceptarlo.
Lágrimas silenciosas comenzaron a rodar por sus mejillas.
No eran de dolor físico… sino de esa tensión acumulada que crecía cuanto más se prolongaba la espera.
Sin embargo, justo cuando el miedo amenazaba con quebrarla, un [Mensaje] llegó poniendo fin a la agonía.
[Salgan, aquí hay alguien interesante que quizás les gustaría conocer :)] Ese mensaje no solo llegó a Hannah y Helena, sino también a otras personas importantes dentro del feudo, como Tonks y su madre.
Pero Hannah y Helena fueron las primeras en reaccionar.Salieron casi al instante.
Lo que encontraron fue un escenario de devastación absoluta.
El templo, que momentos antes amenazaba con una detonación catastrófica, solo había perdido su parte superior tras la muerte del Dios; su base permanecía como una ruina humeante.
El bosque que la deidad intentó restaurar con su magia impura había vuelto a marchitarse.
Cráteres y grietas profundas cicatrizaban la tierra, y el aire estaba tan saturado de magia concentrada que pasaría mucho tiempo antes de que la Amazonía recuperara su equilibrio.
Pero eso no importaba ahora.
Hannah corrió hacia mí con una desesperación ciega, saltando a mis brazos y aferrándose a mi cuello mientras sollozaba de puro alivio.
“Tranquila…
todo está bien.
El monstruo ya se fue” la consolé en voz baja, acariciando su cabello como si fuera una niña pequeña y eso era justo lo que necesitaba.
Ella se hundió en mi abrazo, su cuerpo tembloroso se fue calmando poco a poco, encontrando en mí esa seguridad que tanto necesitaba en ese momento.
Una vez que recuperó el aliento, Hannah se separó lo suficiente para observar su entorno, y fue entonces cuando vio a nuestro colosal y emplumado aliado.
El Occamy era una criatura imponente, pero de cerca, su avanzada edad era evidente en el tono mate de algunas plumas y la sabiduría cansada de sus ojos.
No resultaba intimidante; aquel aura de poder aplastante que había usado contra la esfera se había disipado, dejando paso a la presencia de un anciano amable y sereno.
Parecía que su capacidad para desplegar todo su poder de combate era algo limitada.
Hannah contempló maravillada a la bestia dragonesca, fascinada por su elegancia ancestral.
No fue la única; pronto, el resto de los habitantes del Feudo comenzaron a emerger del portal, divididos entre la admiración por el guardián de la selva y el asombro ante la magnitud de la batalla que acabábamos de ganar.
Pasamos un buen rato en las ruinas del zigurat, recuperando fuerzas y estudiando los alrededores.
Un dios había caído, pero a diferencia de mi victoria contra el Yakuruna, no obtuve grandes beneficios inmediatos más allá de completar la misión principal de la campaña.
Sin embargo, el ambiente no era de derrota, sino de alivio.
Hannah pasó de ser un mar de lágrimas a la joven más feliz del mundo.
Saber que todo había terminado y tener la oportunidad de conocer a una criatura tan magnífica como este Occamy, de un linaje tan puro y antiguo, fue su mayor recompensa.
Los demás estaban igualmente extasiados; difícilmente volverían a ver a un animal fantástico de tal calibre.
Tonks, haciendo gala de su habitual falta de miedo, ya se había ganado la confianza de la bestia y estaba sentada sobre su cuello, montándolo como si fuera la jinete de un mito.
El Occamy parecía genuinamente complacido de divertir a estas “pequeñas criaturas”, mostrando una expresión gentil en su rostro milenario.
Aunque su inteligencia era claramente humana o superior, prefería dejarse llevar por un instinto amigable y protector; era, en esencia, como un amistoso perro gigantesco y majestuoso.
El hecho de que permitiera que Tonks lo montara y llevara a las demás chicas a dar un vuelo sobre la selva, moviendo la cola y haciendo piruetas en el aire, era sencillamente admirable.
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