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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 414

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Capítulo 414: 411) Templo maldito (FINAL): la vuelta al presente

“Creo que pronto llegaremos” dije, escrutando el horizonte donde la selva parecía fundirse con el cielo. Me reí, echando una mirada burlona hacia atrás. “Apúrate, que no tenemos todo el día.”

“¡Cállate!” se escuchó la voz de Hannah detrás de mí, cargada de resentimiento y fatiga.

Caminaba con evidente dificultad, dando pasos cortos y tensos, esforzándose por mantener una expresión neutral que no delatara su situación, aunque de vez en cuando me lanzaba miradas que destilaban un odio fingido.

“Que te haya dejado hacerlo por ahí no significaba que quería que lo hiciéramos todos los días” se quejó débilmente, frotándose el trasero con cautela. “Ya ni siquiera lo siento…”

“Te advertí que te lo dejaría entumecido” me burlé, disfrutando de su indignación.

“Eres malo…” murmuró cuando finalmente me alcanzó. Se dejó caer contra mi pecho, golpeándome débilmente con sus puños. “Ya no quiero caminar, ni hacer nada. Descansemos aquí… por favor.”

Ante su tono suplicante, suspiré y asentí. Tenía un objetivo en mente, pero podía enviar a un clon para que se encargara; después de todo, el tiempo de la campaña se agotaba y a este ritmo no llegaríamos a ninguna parte. Con mi confirmación, el rostro de Hannah se iluminó de alivio. Apuntó con su varita a una roca plana en el suelo.

“… “, susurró.

Con dos sencillos hechizos, transformó la pequeña piedra en un lugar para reposar bajo el cielo despejado. Sin dudarlo, se arrojó sobre ella, quedando boca abajo con el trasero en alto. Se levantó la falda sin pudor, dejando que su desnudo y castigado ano recibiera el frescor del aire para intentar aliviar la inflamación.

“Te odio…” volvió a quejarse, aunque soltó un suspiro de placer al sentir el alivio de la inactividad. “Ahora ponme crema… Maldito bastardo que se niega a curarme.”

“Solo quería que tuvieras la experiencia más… natural posible” me burlé mientras me acercaba. Le dejé un tazón con frutos secos y nueces enfrente, que ella empezó a devorar con ansia.

La verdad es que había sido una semana relajante, aunque intensa. Habíamos viajado, explorado y follado sin descanso. No nos detuvimos demasiado en ningún lugar; recolectamos algunos especímenes raros y visitamos pueblos que habían regresado a un estado primitivo tras los eventos causados por ese Dios, pero el tiempo apremiaba.

Me subí a la roca, justo detrás de ella, admirando el fruto de mi trabajo de estos días. Aunque ella protestara, sí la estaba curando con mis habilidades, pero solo lo suficiente para que su anatomía no se “destrozara”, como ella decía. Estructuralmente estaba perfecta, hermosa; solo el color rojizo delataba el uso constante de su zona más privada.

Saqué un pequeño frasco de su alforja, una crema medicinal que ella misma había creado y de la que se sentía orgullosa. Unté mis dedos y comencé a extenderla. Hannah soltó gemidos de puro alivio. Al escucharla y ver su cuerpo así de expuesto, no pude evitar emocionarme. Comencé a amasar sus nalgas mientras distribuía la crema con una intención que ya no era médica.

“¿Te gusta?” pregunté maliciosamente.

“Shhh…” respondió ella con pesadez, entregada al alivio tras la caminata.

Pero mi paciencia se había agotado y mi ropa ya se había desvanecido. Hannah se extrañó cuando mis manos dejaron de aplicar la crema, y antes de que pudiera quejarse, algo entró en su afligido ano de golpe, abriéndola por completo y reavivando todo el dolor residual de la semana.

“¡¡AAAHHH!!”gritó, sintiendo cómo la penetraba hasta el fondo en un solo empuje.

“Perdón, pero no puedo contenerme. Al menos la crema servirá como el lubricante perfecto” dije, comenzando a embestir con una velocidad y fuerza que semanas atrás habrían sido inconcebibles para ella.

“¡NO! ¡NO! ¡EL COÑO! ¡USA MI COÑO! ¡POR FAVOR…!” aulló Hannah, desesperada por cambiar el ángulo del ataque.

“Cuando volvamos usaré tu coño tanto como quieras. En estas últimas horas voy a disfrutar de este lindo agujero, porque sé que me lo prohibirás por un buen tiempo” respondí, estirando sus límites con más intensidad que nunca.

Hannah comenzó a llorar en silencio, sabiendo que yo tenía razón. Aguantando el dolor, cogió una rama del suelo y la mordió con fuerza para evitar los gritos. No quería darme el gusto de escucharla gemir de dolor, pero estaba perdiendo la compostura. Entre sus lágrimas y a pesar de la rama, gemidos intensos empezaron a escapar de su boca. Hannah ya no sabía si había placer mezclado en esa agonía, pero su mente se nublaba; sus ojos se pusieron en blanco mientras se dejaba arrastrar por la brutalidad de este último momento en el pasado.

…

Mientras mi cuerpo real devastaba a Hannah al borde de la inconsciencia, mi clon proseguía su peregrinaje.

No era una misión urgente, ni un misterio particularmente importante. Era, más bien, una inquietud persistente. Desde hacía rato, mis varitas vibraban con una intensidad creciente, como si respondieran a algo… o a alguien.

Atravesé los últimos tramos del Amazonas, avanzando hacia el suroeste. El paisaje empezó a cambiar poco a poco en un bioma más abierto, donde los árboles gigantes cedían paso a las estribaciones montañosas.

La vibración aumentaba.

No era solo un estímulo físico. Había algo más… una sensación difícil de describir, como un eco lejano, una familiaridad que no lograba ubicar.

Apreté el paso, viajé sin descanso.

El tiempo se agotaba, y no sabía cuánta distancia faltaba. Cada segundo que pasaba hacía más probable que no llegara a descubrir el origen de aquella resonancia.

Y entonces, cuando ya empezaba a asumir que no lo lograría…

La sentí.

Una presencia poderosa, una autoridad que destacaba sobre el reino mortal.

En los últimos minutos que quedaban en este mundo, alcancé la cima de un monte donde la luz solar parecía concentrarse con una pureza divina. Allí, pastando con una elegancia serena, se encontraba una llama colosal. Su lana era de un blanco tan inmaculado que hería la vista, y de su cuerpo emanaba un aura sagrada y poderosa que la situaba, sin duda, en el rango de un semidiós.

La criatura me miró. No parecía perturbada por mi presencia; su tranquilidad era la de un ser que ha visto pasar los siglos sin inmutarse. Sin embargo, sus ojos antiguos no se fijaron en mí, sino en mis varitas.

No lograba descifrar cuál era el vínculo: en la leyenda de las Jarjachas no había rastro de algún protector sagrado de esta estirpe, pero alguna conexión parecía innegable.

Lamentablemente, el conocimiento se me escapó de entre los dedos. El tiempo se agotó en ese último intercambio de miradas, dejando el misterio suspendido en la bruma de la historia.

…

Hannah me practicaba una felación con una mirada de profundo resentimiento, mientras yo continuaba usando mis dedos para juguetear con su castigado trasero.

“¡Aprovéchalo ahora, porque no volverás a tocar ese lugar!” masculló entre movimientos, con un disgusto que no lograba frenar su lengua.

“En ese caso, debo aprovechar hasta el último segundo”, respondí, volviéndola a poner de espaldas con una sonrisa depredadora.

“¡No quise decir eso!” gritó indignada, aunque sus manos ya se aferraban a la roca, aceptando su destino mientras abría sus nalgas para mí.

Pero justo en el instante en que entré por completo en ella, arrancándole un gemido que prometía otra sesión de devastación absoluta… el mundo se desvaneció.

*¡POP!*

…

…

…

Cueva del dragón. El aire vibraba con los ecos del combate en el exterior. Un Occamy rosado se agitaba en su nido y a su lado dos figuras…

“¿Volvimos? ¡¿Volvimos?!” exclamó Hannah con una mezcla de sorpresa y euforia. Se revisó las manos, su cuerpo y su ropa que le quedaba ajustada; seguía luciendo un desarrollo físico casi igual al de su estado al final de la campaña. “¡Estamos de vuelta!” aulló, celebrando el fin de la odisea.

“Sí, bienvenida de nuevo al presente” respondí con un tono cómico.

Hannah se giró para mirarme y se quedó de piedra. Ante ella ya no estaba el joven maduro de la selva antigua, sino mi versión anterior, más baja que ella.

“Oh… tú estás… como antes…” fue lo único que pudo articular ante el drástico cambio.

“Prefiero mantenerme acorde a lo que corresponde”, expliqué brevemente. “Sería difícil explicarle a mi familia, por no hablar de las complicaciones con las demás chicas. No es la primera vez que termino una campaña así.”

“Espera… ¿Cuántas veces has hecho esto?” preguntó Hannah con una ansiedad creciente. “¿Qué edad tienes en realidad?”

“Ehh… no lo sé” admití, encogiéndome de hombros. “Perdí la cuenta hace mucho.”

“Entonces eres… ¿Muy viejo? Preguntó entre tímida y curiosa. Tras todo lo vivido, su amor por mí era inquebrantable, pero la idea le resultaba extraña.

“Sí y no… es un tema que tengo pendiente de solucionar” respondí con una solemnidad momentánea, perdiéndome en mis pensamientos sobre el tiempo y la existencia. Pero decidí desviar el tema con mi estilo habitual. “¿Por qué preguntas? ¿Te molesta que un “anciano” te haya dado por el culo toda la semana?” Me acerqué y la rodeé con mis brazos, presionando con mis dedos la zona que tanto habíamos castigado.

“¡No!” me empujó, roja como un tomate. “¡Ni se te ocurra! ¡Ese lugar está oficialmente cerrado!” Se cubrió la retaguardia, tensa. “Volvimos, mi cuerpo se sanó y pienso mantenerlo intacto. Si quieres algo, tendrás que buscar otro agujero.”

Me eché a reír y la atraje de nuevo hacia mí. Ella, aunque fingía resistencia, se fundió en mi abrazo con una sonrisa, aunque ahora no podía apoyarse en mi pecho como antes . Las cosas habían cambiado: ahora ella era más alta, y mi cabeza descansaba cómodamente entre sus pechos, una ventaja táctica que no pensaba desaprovechar.

Sin embargo, el momento se rompió cuando el Occamy soltó un chillido de terror. La cueva tembló violentamente por una explosión cercana en el exterior.

“Bueno, parece que el trabajo no ha terminado” suspiré, tronando mi cuello mientras miraba hacia la salida. “Voy a causar una masacre de cultistas por segunda vez. ¿Vienes?”

Hannah miró al Occamy, que se negaba a abandonar su nido por puro pánico.

“Claro que voy” dijo, buscando instintivamente su cinturón de alforjas, solo para recordar que se había quedado en el pasado.

“Toma” le entregué una copia exacta que había sido comprada al mercader del [Feudo].

“Gracias” sonrió ella, ajustándoselo y recuperando su confianza de bruja guerrera.

“Bien, vamos. Yo me encargo de los peligrosos.”

Dejé un clon custodiando al Occamy y me lancé por los túneles hacia la luz.

…

En el exterior, la selva era un infierno. Las Amazonas, los cultistas y traficantes se despedazaban en un intercambio frenético de hechizos. Cadáveres de ambos bandos alfombraban el suelo, y hasta las bestias locales se habían unido a la refriega: algunas defendiendo su hogar, otras esclavizadas por los traficantes para atacar a sus propios congéneres.

De pronto, un rugido atronador emergió de las profundidades de la cueva. No era un grito de guerra, era un sonido que despertaba miedos primitivos enterrados en el ADN de cada hombre presente.

Tanto las Amazonas como los líderes del culto se detuvieron, mirando hacia la entrada oscura. Muchos pensaron que el Occamy iba a hacer su aparición final para morir luchando… pero se equivocaban.

—¡¡GHHAARRRRRRRRRR!!

Un alarido aterrador precedió a la salida de un horror desconocido. Mi figura monstruosa emergió reptando a una velocidad antinatural: un cuerpo serpenteante con dos garras poderosas que desgarraban el suelo. Desplegué mis alas, elevándome hacia el cielo sobre los invasores mientras un aura visible de negrura y sangre me envolvía.

Caí sobre el territorio enemigo como una bestia desbocada. Garras, dientes, tentáculos y mi larga cola se movieron con una ferocidad ciega, desmembrando a los incautos que aún no habían salido del estupor del miedo. La masacre había comenzado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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