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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 415

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Capítulo 415: 412) El fin de la batalla del Amazonas

Mi irrupción en el campo de batalla no solo cambió las tornas; las hizo añicos. Mi sola presencia era un decreto de muerte para cualquier invasor lo suficientemente estúpido como para no huir. Yo era un horror destilado de las pesadillas más oscuras, una criatura que no encajaba en los bestiarios conocidos, emanando una malevolencia que asfixiaba el aire.

No era solo mi magia la que resultaba opresora, sino la extrañeza de mi fisiología. Mi fuerza física rivalizaba con la de los dragones más poderosos, y mi inteligencia táctica superaba por mucho la desesperación humana. Mis fauces parecían succionar la vitalidad y el mana del ambiente, dejando a los soldados débiles antes de tocarlos. Por si fuera poco, algunos enemigos simplemente estallaron en una niebla escarlata que, bajo mi control, se transformó en una tormenta de cuchillas de sangre que barrió las filas invasoras.

Las bestias, tanto aliadas como enemigas, no dudaron: huyeron despavoridas, ignorando las órdenes de sus esclavistas o sus lazos de lealtad. En mí, sentían a un destructor imparable. Las Amazonas, aunque desconcertadas por mi aspecto demoníaco, no tardaron en vitorear al ver cómo sus opresores eran masacrados por este aliado inesperado, por muy siniestro que pareciera.

Los líderes del culto comprendieron que la derrota era inminente. Desesperados, decidieron intervenir y jugar sus cartas más altas. Como altos mandos, poseían reliquias forjadas en la antigüedad; algunos portaban artefactos imbuidos con vestigios de poder divino, otros habían fundido esa esencia necrótica directamente en su carne como una reserva de energía final.

Pero ocurrió algo inaudito.

En el momento en que se acercaron, el poder divino residual que empuñaban comenzó a temblar de forma etérea. Era una reacción instintiva, casi consciente: el eco de su Dios sentía un pánico ancestral ante el ser que lo había derrotado siglos atrás. Los clérigos, incapaces de interpretar ese miedo metafísico, solo veían con confusión cómo sus reliquias parpadeaban y fallaban de forma errática.

Yo sentí esas auras poderosas convergiendo hacia mí, preparando un ataque desesperado, pero no mostré ni un ápice de temor. No importaba cuánto tiempo hubiera pasado ni qué métodos hubieran desarrollado estos magos modernos; después de haber luchado y vencido al verdadero Dios al que adoraban, estos pobres fragmentos de su poder en manos de mortales eran poco más que juguetes rotos.

Manteniendo mi fachada de bestia salvaje, me lancé sobre ellos para desmantelar no solo sus planes, sino su existencia misma. La coalición de traficantes y cultistas estaba a punto de descubrir que no se enfrentaban a un monstruo… se enfrentaban a su inminente final.

…

Las Amazonas observaban la carnicería con una mezcla de gratitud y pavor. Aunque la bestia estaba despedazando a sus enemigos, el aura de horror que desprendía era tan densa que muchas temieron que, tras acabar con los invasores, ellas —o el propio Occamy— serían las siguientes en el menú.

Sin embargo, la tensión del campo de batalla dio un vuelco con la llegada de una nueva combatiente.

Una joven de piel bronceada, vistiendo el uniforme de Castelobruxo —que ahora parecía quedarle pequeño debido a su reciente desarrollo físico—, se lanzó a la refriega. Era una completa desconocida; entre los diversos grupos que habían acudido a defender la cueva, nadie lograba identificarla como uno de los suyos. Pero su anonimato no importó mucho frente a la eficacia de sus actos.

Con movimientos que denotaban experiencia, se introdujo en el campo de batalla de forma discreta, evitando el centro de atención, pero desplazándose siempre hacia los puntos más críticos del combate.

De un cinturón lleno de pequeñas esferas fue extrayendo, una tras otra, distintos objetos: semillas, vides enrolladas, pequeños frascos de poción. Al principio su presencia apenas se notó, pero pronto su contribución comenzó a hacerse evidente.

Desde técnicas de control de masas hasta la invocación de plantas agresivas en medio de los grupos enemigos, sus métodos eran variados y, en muchos casos, bastante originales. Aquella joven luchaba como si fuera una amazona de pura cepa que hubiera vivido toda su vida en la selva, utilizando el propio entorno no solo como escenario, sino como un arma.

Hannah se había unido al combate y con una ferocidad que parecía querer demostrar su valía.

Desde la aparición del antiguo dios de la muerte se había sentido terriblemente inútil. Pero ahora aquello era una guerra en la que sí podía participar, así que decidió darlo todo, como si cada enemigo derrotado realmente contara.

Resultaba curioso. Cuando toda esta aventura comenzó, Hannah había sido muy reacia a quitar una vida. Incluso ahora, sabiendo que este mundo era real y no un “reino imaginario” como aquel anterior donde todo volvería a la normalidad al final, seguía dispuesta a mancharse las manos de sangre.

Claro, estos eran personas malas. Querían matar a una criatura majestuosa… y no solo eso. Hannah luchaba con furia renovada por todos los cadáveres que veía a su alrededor. Aquellas amazonas, aquellas mujeres que las habían ayudado… ahora estaban muertas. Y ella simplemente no podía soportarlo.

Ciertamente, el reto era mayor. Estos no eran los magos primitivos del pasado con rituales lentos, sino magos modernos con hechizos estándar, inmediatos y eficaces. Si no fuera por el acondicionamiento físico y la disciplina de combate que obtuvo bajo mi tutela, Hannah se habría visto superada. Además, debía luchar con precisión; ataques de gran escala como su polvo de pixie estaban descartados para evitar el fuego amigo entre las Amazonas dispersas.

Aun así, Hannah se abrió paso, rematando a cualquier mago que lograra escapar de mi masacre inicial. De vez en cuando, alzaba la vista hacia mi forma monstruosa; aunque ya me conocía en este estado, nunca dejaba de asombrarla en lo que me convertía.

—¡¿Quién eres?! —exclamó una amazona de alto rango, abriéndose paso a sangre y fuego hasta alcanzar la posición de Hannah.

Ambas quedaron espalda contra espalda, despachando a un grupo de traficantes que intentaba flanquearlas. Hannah no respondió con palabras de inmediato; en su lugar, golpeó el suelo con su varita, haciendo que una barrera de vides espinosas brotara de la tierra, empalando al enemigo más cercano y creando un muro protector para las guerreras heridas.

“¡Soy Hannah!” gritó finalmente.

“¿Hannah?” repitió la líder amazona, frunciendo el ceño.

El nombre le resultaba familiar, pero el acento era extraño. Sin el traductor mejorado de la campaña antigua, la traducción estándar de Hannah era rudimentaria, haciéndola sonar igual que cuando llegó a Brasil por primera vez. La amazona la recorrió con la mirada, incrédula.

“¡¿Eres la Niña de las Flores?!” exclamó con una sorpresa que casi le hace bajar la guardia.

“¡Sí, esa!” respondió Hannah con una sonrisa cansada mientras seguía atacando sin detenerse, obligando a los traficantes a retroceder. “Casi me olvido de que aquí también me llaman así.”

“Pero… ¿cómo?” la amazona la observó con atención.

La había visto antes en la tribu, y la chica que recordaba era muy diferente. El cambio físico podía explicarse con magia o pociones… pero su actitud no. Aquella determinación no era la de la misma niña.

“¿Dónde está el demonio sanguinario?”

“Matándolos a todos” contestó Hannah con naturalidad, señalando hacia el frente.

Allí, mi figura monstruosa había crecido en tamaño y ferocidad. La devastación que estaba sembrando era absoluta; el campo de batalla se había convertido en un matadero unipersonal.

“¡¿Ese es ÉL?!” La líder y las amazonas que habían logrado reagruparse a su alrededor exclamaron al unísono, paralizadas por un instante.

Todas fueron testigos de mi inmensidad y del poder que emanaba de cada uno de mis ataques. El resultado de la guerra ya estaba decidido. Desde mi aparición, las bajas enemigas habían sido tan masivas que cualquier ejército normal ya se habría retirado. La única razón por la que la lucha continuaba era porque no les estaba dando escapatoria; los estaba acorralando, cazándolos como a ratas en una jaula de sangre.

Para las Amazonas, yo era un demonio encarnado. En sus mentes, las leyendas de los viejos dioses malvados que acechaban en la selva empezaron a cobrar vida. Hannah se habría reído de haber conocido sus pensamientos; no solo porque ella sabía que yo era mucho más, sino porque ella misma había conocido a esos dioses malvados.

…

La batalla llegó a su fin. El noventa por ciento de las fuerzas enemigas yacía inerte sobre el barro, y más de la mitad de esas bajas habían ocurrido en los escasos minutos posteriores a mi llegada. Los pocos cultistas y traficantes que lograron escapar lo hicieron con el alma rota, llevando consigo una nueva historia de un nuevo horror de la selva que se propagaría como una plaga por la región.

Los líderes de ambos grupos yacían muertos en el campo de batalla. Quizás los traficantes, que tenían cabecillas en otros lugares de su organización, estarían en mejor posición para reorganizarse. Pero el culto… había perdido demasiadas figuras importantes. Sería difícil que se recuperaran, si es que esa religión no terminaba diluyéndose en los ríos del tiempo hasta desaparecer o transformarse en algo completamente distinto de lo que una vez fueron o soñaron ser.

Con todo terminado, fui recuperando mi forma normal mientras me dirigía a las fuerzas amazonas que se replegaron a las posiciones originales, fuera de la cueva.

Con el silencio reclamando la selva, recuperé mi forma humana mientras caminaba hacia las posiciones de las Amazonas. Allí encontré a Hannah: estaba sudada, cubierta de sangre ajena y hollín, con algunas heridas menores que ella misma había intentado restañar. Era la viva imagen de una guerrera salvaje y belicosa.

Me acerqué a ella y le di un beso cargado de la adrenalina post-guerra. Mis manos, envueltas en una suave energía curativa, comenzaron a bailar sobre su cuerpo para cerrar sus heridas.

“Lo hiciste bien” le susurré.

“Gracias… pero tú hiciste la mayor parte” respondió ella, mirando con humildad a las Amazonas supervivientes. “Además, no estuve sola.”

Las guerreras nos observaban con una mezcla abrumadora de emociones: asombro, consternación y un miedo reverencial. La líder se adelantó, inclinándose en un saludo respetuoso que denotaba absoluta gratitud.

“Demonio… digo… Red. Gracias por salvarnos” murmuró con la voz ronca.

“No hay de qué. Por cierto, ¿dónde está Niara?” pregunté, recordando a nuestra guía.

La expresión de la líder se ensombreció. Intercambió una mirada complicada con sus compañeras y dio una orden silenciosa. Poco después, dos amazonas se acercaron transportando un cuerpo inerte, con el torso lacerado y un brazo carcomido por el fuego mágico.

“¡Niara!” Hannah se cubrió la boca con horror. No podía creer que su amiga hubiera caído. A mi lado, ella se había acostumbrado a que nadie importante muriera; mi presencia solía ser un seguro de vida absoluto.

“Fue una de las que lo dio todo en la lucha” dijo la líder amazona con solemnidad. “No temió a la muerte cuando se lanzó al frente para defender su hogar y su deber como amazona.”

Sus palabras no eran solo para Niara, sino también para todas las guerreras caídas ese día.

“¿Red…?” Hannah me miró con ojos suplicantes. Se había acostumbrado a buscar respuestas en mí.

“Está bien…” suspiré, fingiendo que solo lo hacía cedinedo ante sus lágrimas.

Con un solo [Mensaje], Helena emergió del Feudo. Su presencia espectral y opresiva sobresaltó a las Amazonas, pero no me detuve. Mientras yo restauraba el tejido y la estructura del cadáver de Niara, Helena empleó las artes nigrománticas que había estado perfeccionando para interceptar el alma de la guerrera antes de que cruzara demasiado el velo.

Como su muerte era reciente, el vínculo aún era rastreable. Bajo un gran esfuerzo, Helena sostuvo el alma durmiente de Niara y la forzó a descender sobre el cuerpo que yo acababa de reparar. El organismo, llevado artificialmente al umbral de la vida pero aún vacío, recibió el impacto espiritual. Sin embargo, no era suficiente; la muerte dejaría su marca, y su vida podría convertirse en algo… torcido. Algo cercano a la existencia de un muerto viviente, al menos en lo espiritual.

Entonces, añadí el ingrediente final para un milagro absoluto: una pizca de Poder Divino de Elise. Una esencia pura y neutra que actuó como el catalizador definitivo. Guiado por el hechizo de Helena, un brillo dorado estalló desde el pecho de Niara mientras sus pulmones se expandían en una bocanada de aire súbita.

Sus ojos se abrieron de golpe, llenos de luz y vitalidad.

“Bienvenida de nuevo al mundo de los vivos” dije con una sonrisa.

“¿Dónde estoy?” balbuceó Niara, con la voz aletargada como si despertara de un sueño

El silencio que siguió fue absoluto. Excepto por Hannah, que te miraba con una mezcla de orgullo y alivio, el resto de las Amazonas estaban sumidas en un estupor reverencial. Habían sido testigos de lo imposible.

Niara se incorporó con lentitud, aturdida por la intensidad de las miradas que la rodeaban. El recuerdo de la lucha volvió a ella como un latigazo; se sujetó instintivamente el brazo que recordaba calcinado y buscó a su alrededor el fragor de la batalla, pero solo encontró un paisaje de victoria y ruina.

“¿Terminó la guerra? ¿Ganamos?” preguntó, intentando ponerse en pie. Una breve incomodidad recorrió su cuerpo, pero se disipó tan rápido como había llegado, dejando una sensación de vitalidad inesperada.

Nadie respondía. La atención de las guerreras no estaba en la superviviente, sino en quien había realizado un milagro… o quizá algo prohibido.

“Red…” pronunció la líder, sin atreverse a usar ningún otro título, temiendo que cualquier palabra fuera insuficiente.

“Si te preguntas si puedo hacer lo mismo con el resto, la respuesta es no”, sentencié, adelantándome a sus pensamientos. “Una resurrección perfecta como esta es extremadamente costosa y solo es deseable instantes después del deceso. Lo hice con ella por puro capricho.”

“¿Resurrección?” susurró Niara, palideciendo al empezar a comprender la magnitud de lo ocurrido.

Las Amazonas callaron. Aunque el deseo de recuperar a sus hermanas caídas era punzante, el temor a mi poder pesaba más. Algunas retrocedieron, dudando si la mujer frente a ellas era realmente Niara o una artimaña malévola de mi parte.

“Por supuesto, traer de vuelta a los muertos de una forma menos… completa, es posible” añadí, mirando de reojo a Helena, quien no dejaba de orbitar alrededor de Niara como una científica examinando el resultado de su experimento. “Helena puede intentar reanimar a algunas más, pero no será un estado perfecto. Se sentirán extrañas en sus propios cuerpos, la vida les pesará. Deberían asegurar su deceso en un año si no quieren que sus almas sufran repercusiones permanentes, ¿no es así?” le pregunté a mi amada espectral.

“Ocho meses sería el límite de seguridad”, respondió Helena con indiferencia, lanzándole una última mirada analítica a Niara antes de apartarse.

El ambiente se volvió pesado de inmediato. Las amazonas intercambiaron miradas tensas. Aquello no era una decisión simple, ni algo que pudiera tratarse a la ligera. Sin perder tiempo, comenzaron a llamar a las demás dirigentes para discutir la posibilidad.

Mientras tanto, Hannah y yo nos quedamos con Niara, explicándole lo sucedido ante su absoluta incredulidad. Gracias al poder divino de Elise, ella no sentía el rastro de la tumba; para sus sentidos, solo había sido una siesta profunda. Y eso era precisamente el efecto de haber utilizado poder divino en su resurrección. Sin él, habría percibido de inmediato que algo dentro de sí estaba… mal.

Poco después, las cinco líderes que restaban tras la masacre se me acercaron. Tras una breve pero intensa discusión, aceptaron el acuerdo. Estaban dispuestas a pagar el precio por unas últimas palabras, por un último adiós de ocho meses con sus heroínas caídas.

Helena y uno de mis clones se alejaron con las guerreras para localizar los restos de aquellas que dejaron asuntos pendientes o familias desconsoladas. Como advertí, se trataba de un tiempo prestado; solo se realizaría la reanimación en los espíritus que, contactados a través de la magia de Helena, expresaran el deseo de volver a pisar el mundo de los vivos.

Aquello también llevó a una votación entre las amazonas. La simple idea de revivir a los muertos —incluso de esta forma imperfecta— era algo prácticamente inaudito en el mundo actual.

No hizo falta que yo lo exigiera; el honor y la lealtad de las Amazonas eran tan profundos que la discreción se daba por sentada. Y considerando la determinación con la que habían defendido aquella misión, no resultaba tan sorprendente.

Intentaríamos devolver a algunos más, pero era imposible hacerlo con todos los caídos.

En realidad, aquello tampoco era un acto puramente caritativo. También serviría como entrenamiento para Helena en el arte de devolver la vida. Crear un muerto viviente era relativamente sencillo; traer de vuelta a alguien de verdad era otra cosa muy distinta.

Aunque Helena había desarrollado mucho sus habilidades, aquella era la primera vez que lo hacía fuera de una “aventura”, de un laboratorio o de un entorno controlado.

Además, las amazonas estaban reconociendo una gran deuda conmigo. Ya existía algo similar por la profecía —si es que llegaba a cumplirla—, pero aun así me resultaba agradable sentir que nuestra relación con ellas se volvía más profunda… No negaré que la idea de una orgía con estas fieras guerreras cruzó mi mente; tienen un encanto tosco y rudo que resulta extrañamente atrayente.

Pero en fin.

Tras recorrer la zona y asegurarnos de que no quedaran cabos sueltos, regresamos hacia la cueva. Fue entonces cuando surgió la pregunta que todas parecían estar conteniendo.

“Ese asunto… ¿ya está completo?” preguntó la líder amazona.

Las demás dirigentes, que nos esperaban cerca de la entrada, prestaron atención de inmediato. Me miraban con una mezcla de expectativa y nerviosismo.

Se referían, por supuesto, al Occamy. Mi salida precipitada para unirme a la lucha las había dejado en ascuas: no sabían si la profecía se había cumplido. La guerra había terminado, sí, pero solo la culminación de ese rito sagrado les traería la paz definitiva.

“No, no lo hice… todavía” respondí, poniendo los ojos en blanco.

Hannah, a mi lado, se sonrojó de inmediato al recordar la naturaleza del “encargo”. Con tantos eventos trascendentales, casi había olvidado que el propósito original de nuestra visita era que yo me apareara con esa criatura.

“Sé que no tenemos derecho a pedir más, Gran Red” dijo una de las líderes, hincando la rodilla en tierra, “pero le suplicamos que nos bendiga con este último favor.”

“Haremos lo que sea” secundó otra, siguiendo su ejemplo. “Si necesita nuestros cuerpos para avivar su lujuria, los tiene aquí mismo.”

Sin dudarlo, desgarró su pechera de cuero, dejando sus pechos al aire. El resto de las Amazonas, temiendo que mi falta de “entusiasmo” por el Occamy fuera el obstáculo, imitaron el gesto. Se despojaron de ropas y armaduras, arrodillándose en una súplica silenciosa y desnuda. Ver a ese grupo de guerreras fieras y curtidas mostrando su vulnerabilidad solo para que yo aceptara “sacrificarme” con la bestia era una imagen cautivadora. No eran bellezas delicadas, sino mujeres de músculos tensos y cicatrices de batalla… un espectáculo con un encanto salvaje.

“Vístanse… no tengo ganas de follarlas… por ahora” dije suspirando, mientras caminaba hacia la oscuridad de la cueva. “Vamos, Hannah. Los demás, esperen aquí.”

Hannah no sabía exactamente qué había decidido, pero aun así me siguió. Giró la cabeza una última vez para ver a las Amazonas: allí seguían, arrodilladas e inclinadas bajo el sol de la selva, observando nuestra partida con expresiones de súplica devota, dispuestas a cualquier cosa con tal de ver cumplido su destino.

…

De vuelta en la profundidad de la cueva, observamos al Occamy. La criatura se acicalaba con una parsimonia casi insultante, ajena al caos que acababa de ocurrir fuera. En el fondo, este ejemplar era bastante infantil, quizás por su juventud o simplemente por su naturaleza tonta; no tenía nada de la majestuosidad imponente de aquel Occamy gigante que conocimos en el pasado, aunque compartieran el mismo linaje.

“¿Qué vas a hacer?” preguntó Hannah, acercándose para acariciar las plumas iridiscentes de la criatura. Tras haber lidiado con bestias colosales en nuestra aventura anterior, ya no mostraba el nerviosismo de antes. “¿Realmente vas a…?” Se detuvo, la vergüenza tiñendo sus mejillas de un rojo intenso.

“No lo sé, tú dime. Eres mi mujer y, aunque ya no estemos en el pasado y hayas perdido los privilegios de ‘esposa principal’, te daré el voto de gracia” dije con una sonrisa burlona. “¿Quieres que me folle a esta bestia o no, pequeña pervertida?”

Hannah me dedicó un puchero, molesta por mis palabras. Sabía que estaba jugando con ella, poniéndola en una mala situación, pero aun así miró al Occamy con seriedad.

“No es que quiera que lo hagas” admitió con una mueca de asco. “Pero… ¿no es esta la profecía? ¿No es necesario para salvar la selva y a las Amazonas?” Me miró buscando una confirmación, esperando que yo fuera quien dictara la necesidad del acto para aliviar su conciencia.

“Bueno, las profecías se pueden romper… pero el tema es si tú lo aceptarías. Puedo ocultárselo a las demás, pero tú estás aquí y sabes exactamente qué significa esto. Así que, ¿cuál es tu veredicto? ¿Lo aceptarías?”(Red)

“Yo… bueno… supongo” dijo con dudas visibles. “Ya tienes sexo con Elise… ¿No es, técnicamente, lo mismo?” Planteó la idea como si intentara convencerse a sí misma. “Sería solo una vez… por una buena causa. Podrías hacerlo rápido y… olvidarlo.”

“Vaya, me follo a un alicornio una vez y ahora soy el degenerado que se acuesta con cualquier bestia mágica” dije, fingiendo una ofensa profunda. “Que Elise no te escuche, o te convertirá en pasto.”

“¡Yo no dije eso!” protestó, enfurecida porque sabía que la estaba provocando a propósito.

Me reí y la atraje hacia mí en un abrazo posesivo, dejando que mis manos vagaran por sus curvas con familiaridad, palmeando su coño un par de veces.

“Está bien. En realidad, no sería la primera criatura no humana de mi lista, además de Elise.”(Red)

“¡¿Lo hiciste con otras?!” preguntó, entre el asombro y la incredulidad.

“Es un tema largo. Sé que aún te cuesta aceptarlo, incluso lo de Elise solo lo asimilas porque es una diosa y te cae bien” me burlé. “Pero sí, aunque no fue tan animalesco como crees. Usé algunos trucos para que la experiencia fuera… diferente. Y ninguna fue por placer ciego, siempre hubo un objetivo mayor. Como ahora.”

“¿Quiénes… o qué fueron?” preguntó, aunque su expresión decía claramente que preferiría no saber la respuesta.

“Eso no importa ahora. Lo sabrás cuando te acostumbres y aceptes el sexo y la procreación no humana. Pasar tiempo con Ruby o Ditto te ayudaría a abrir la mente” dije, acariciando su cabeza con calma. “Ahora, no es que quiera sumar puntos a mi título de magi-zoofílico, pero tengo curiosidad por ver a ese ‘Guardián de la Selva’ que nacerá de esto. Y como tú misma dijiste, es mi responsabilidad.”

“Mentiroso” refunfuñó Hannah, golpeando mi pecho, aunque en el fondo aceptaba la situación. Sabía que ayudar a las Amazonas, a quienes ya consideraba sus amigas, era lo correcto.

“Que conste que, por hacerme pasar por esto, me deberás una deuda impagable. Ni siquiera tu culito será suficiente para compensar el trauma” dije, cubriéndome con una falsa modestia.

“¡Cállate! ¡Y ya te dije que no vas a tocarme ahí!” resopló, aunque sus labios dibujaban una sonrisa. El jugueteo entre nosotros siempre lograba relajar la tensión. “Yo… te espero afuera” añadió, intentando escabullirse.

“¡Oh, no! De eso nada, señorita” la retuve con un suave hilo de magia, atrayéndola de vuelta.

“¿Qué? Pero tú vas a…” (Hannah)

“Sí, y como tú eres quien me está empujando a cumplir con mi deber…”, dije victimizándome antes de soltar una risa maliciosa, “te vas a quedar aquí y vas a verlo todo.”

“¡No!” negó rápidamente, horrorizada ante la idea de presenciar el acto.

“No te costó nada verme con otras mujeres antes” me quejé falsamente.

“¡Eso era diferente!” (Hannah)

“Pues no voy a hacerlo sin que mi mujer me haga compañía”, declaré, cruzándome de brazos. “¿Y si resulta traumático y necesito tus mimos para superarlo?”

Hannah negó una y otra vez, pero tras mis súplicas exageradas y la firmeza de mi agarre, terminó cediendo. La obligué incluso a ayudarme a desvestirme, arrancándole la promesa de que me “quitaría el sabor a Occamy” con sexo intenso cuando terminara. La idea la dejó visiblemente incómoda; ser follada después del occamy era casi como participar indirectamente en un trio… Se puso pálida por un instante, pero con unos besos estratégicos y caricias expertas, logré disipar sus dudas, reemplazándolas por un calor lujurioso que aparecía y desaparecía cada vez que recordaba dónde estábamos y qué iba a suceder.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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