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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 416

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Capítulo 416: 413) Post-Guerra del amazonas

“¿Dónde estoy?” balbuceó Niara, con la voz aletargada como si despertara de un sueño

El silencio que siguió fue absoluto. Excepto por Hannah, que te miraba con una mezcla de orgullo y alivio, el resto de las Amazonas estaban sumidas en un estupor reverencial. Habían sido testigos de lo imposible.

Niara se incorporó con lentitud, aturdida por la intensidad de las miradas que la rodeaban. El recuerdo de la lucha volvió a ella como un latigazo; se sujetó instintivamente el brazo que recordaba calcinado y buscó a su alrededor el fragor de la batalla, pero solo encontró un paisaje de victoria y ruina.

“¿Terminó la guerra? ¿Ganamos?” preguntó, intentando ponerse en pie. Una breve incomodidad recorrió su cuerpo, pero se disipó tan rápido como había llegado, dejando una sensación de vitalidad inesperada.

Nadie respondía. La atención de las guerreras no estaba en la superviviente, sino en quien había realizado un milagro… o quizá algo prohibido.

“Red…” pronunció la líder, sin atreverse a usar ningún otro título, temiendo que cualquier palabra fuera insuficiente.

“Si te preguntas si puedo hacer lo mismo con el resto, la respuesta es no”, sentencié, adelantándome a sus pensamientos. “Una resurrección perfecta como esta es extremadamente costosa y solo es deseable instantes después del deceso. Lo hice con ella por puro capricho.”

“¿Resurrección?” susurró Niara, palideciendo al empezar a comprender la magnitud de lo ocurrido.

Las Amazonas callaron. Aunque el deseo de recuperar a sus hermanas caídas era punzante, el temor a mi poder pesaba más. Algunas retrocedieron, dudando si la mujer frente a ellas era realmente Niara o una artimaña malévola de mi parte.

“Por supuesto, traer de vuelta a los muertos de una forma menos… completa, es posible” añadí, mirando de reojo a Helena, quien no dejaba de orbitar alrededor de Niara como una científica examinando el resultado de su experimento. “Helena puede intentar reanimar a algunas más, pero no será un estado perfecto. Se sentirán extrañas en sus propios cuerpos, la vida les pesará. Deberían asegurar su deceso en un año si no quieren que sus almas sufran repercusiones permanentes, ¿no es así?” le pregunté a mi amada espectral.

“Ocho meses sería el límite de seguridad”, respondió Helena con indiferencia, lanzándole una última mirada analítica a Niara antes de apartarse.

El ambiente se volvió pesado de inmediato. Las amazonas intercambiaron miradas tensas. Aquello no era una decisión simple, ni algo que pudiera tratarse a la ligera. Sin perder tiempo, comenzaron a llamar a las demás dirigentes para discutir la posibilidad.

Mientras tanto, Hannah y yo nos quedamos con Niara, explicándole lo sucedido ante su absoluta incredulidad. Gracias al poder divino de Elise, ella no sentía el rastro de la tumba; para sus sentidos, solo había sido una siesta profunda. Y eso era precisamente el efecto de haber utilizado poder divino en su resurrección. Sin él, habría percibido de inmediato que algo dentro de sí estaba… mal.

Poco después, las cinco líderes que restaban tras la masacre se me acercaron. Tras una breve pero intensa discusión, aceptaron el acuerdo. Estaban dispuestas a pagar el precio por unas últimas palabras, por un último adiós de ocho meses con sus heroínas caídas.

Helena y uno de mis clones se alejaron con las guerreras para localizar los restos de aquellas que dejaron asuntos pendientes o familias desconsoladas. Como advertí, se trataba de un tiempo prestado; solo se realizaría la reanimación en los espíritus que, contactados a través de la magia de Helena, expresaran el deseo de volver a pisar el mundo de los vivos.

Aquello también llevó a una votación entre las amazonas. La simple idea de revivir a los muertos —incluso de esta forma imperfecta— era algo prácticamente inaudito en el mundo actual.

No hizo falta que yo lo exigiera; el honor y la lealtad de las Amazonas eran tan profundos que la discreción se daba por sentada. Y considerando la determinación con la que habían defendido aquella misión, no resultaba tan sorprendente.

Intentaríamos devolver a algunos más, pero era imposible hacerlo con todos los caídos.

En realidad, aquello tampoco era un acto puramente caritativo. También serviría como entrenamiento para Helena en el arte de devolver la vida. Crear un muerto viviente era relativamente sencillo; traer de vuelta a alguien de verdad era otra cosa muy distinta.

Aunque Helena había desarrollado mucho sus habilidades, aquella era la primera vez que lo hacía fuera de una “aventura”, de un laboratorio o de un entorno controlado.

Además, las amazonas estaban reconociendo una gran deuda conmigo. Ya existía algo similar por la profecía —si es que llegaba a cumplirla—, pero aun así me resultaba agradable sentir que nuestra relación con ellas se volvía más profunda… No negaré que la idea de una orgía con estas fieras guerreras cruzó mi mente; tienen un encanto tosco y rudo que resulta extrañamente atrayente.

Pero en fin.

Tras recorrer la zona y asegurarnos de que no quedaran cabos sueltos, regresamos hacia la cueva. Fue entonces cuando surgió la pregunta que todas parecían estar conteniendo.

“Ese asunto… ¿ya está completo?” preguntó la líder amazona.

Las demás dirigentes, que nos esperaban cerca de la entrada, prestaron atención de inmediato. Me miraban con una mezcla de expectativa y nerviosismo.

Se referían, por supuesto, al Occamy. Mi salida precipitada para unirme a la lucha las había dejado en ascuas: no sabían si la profecía se había cumplido. La guerra había terminado, sí, pero solo la culminación de ese rito sagrado les traería la paz definitiva.

“No, no lo hice… todavía” respondí, poniendo los ojos en blanco.

Hannah, a mi lado, se sonrojó de inmediato al recordar la naturaleza del “encargo”. Con tantos eventos trascendentales, casi había olvidado que el propósito original de nuestra visita era que yo me apareara con esa criatura.

“Sé que no tenemos derecho a pedir más, Gran Red” dijo una de las líderes, hincando la rodilla en tierra, “pero le suplicamos que nos bendiga con este último favor.”

“Haremos lo que sea” secundó otra, siguiendo su ejemplo. “Si necesita nuestros cuerpos para avivar su lujuria, los tiene aquí mismo.”

Sin dudarlo, desgarró su pechera de cuero, dejando sus pechos al aire. El resto de las Amazonas, temiendo que mi falta de “entusiasmo” por el Occamy fuera el obstáculo, imitaron el gesto. Se despojaron de ropas y armaduras, arrodillándose en una súplica silenciosa y desnuda. Ver a ese grupo de guerreras fieras y curtidas mostrando su vulnerabilidad solo para que yo aceptara “sacrificarme” con la bestia era una imagen cautivadora. No eran bellezas delicadas, sino mujeres de músculos tensos y cicatrices de batalla… un espectáculo con un encanto salvaje.

“Vístanse… no tengo ganas de follarlas… por ahora” dije suspirando, mientras caminaba hacia la oscuridad de la cueva. “Vamos, Hannah. Los demás, esperen aquí.”

Hannah no sabía exactamente qué había decidido, pero aun así me siguió. Giró la cabeza una última vez para ver a las Amazonas: allí seguían, arrodilladas e inclinadas bajo el sol de la selva, observando nuestra partida con expresiones de súplica devota, dispuestas a cualquier cosa con tal de ver cumplido su destino.

…

De vuelta en la profundidad de la cueva, observamos al Occamy. La criatura se acicalaba con una parsimonia casi insultante, ajena al caos que acababa de ocurrir fuera. En el fondo, este ejemplar era bastante infantil, quizás por su juventud o simplemente por su naturaleza tonta; no tenía nada de la majestuosidad imponente de aquel Occamy gigante que conocimos en el pasado, aunque compartieran el mismo linaje.

“¿Qué vas a hacer?” preguntó Hannah, acercándose para acariciar las plumas iridiscentes de la criatura. Tras haber lidiado con bestias colosales en nuestra aventura anterior, ya no mostraba el nerviosismo de antes. “¿Realmente vas a…?” Se detuvo, la vergüenza tiñendo sus mejillas de un rojo intenso.

“No lo sé, tú dime. Eres mi mujer y, aunque ya no estemos en el pasado y hayas perdido los privilegios de ‘esposa principal’, te daré el voto de gracia” dije con una sonrisa burlona. “¿Quieres que me folle a esta bestia o no, pequeña pervertida?”

Hannah me dedicó un puchero, molesta por mis palabras. Sabía que estaba jugando con ella, poniéndola en una mala situación, pero aun así miró al Occamy con seriedad.

“No es que quiera que lo hagas” admitió con una mueca de asco. “Pero… ¿no es esta la profecía? ¿No es necesario para salvar la selva y a las Amazonas?” Me miró buscando una confirmación, esperando que yo fuera quien dictara la necesidad del acto para aliviar su conciencia.

“Bueno, las profecías se pueden romper… pero el tema es si tú lo aceptarías. Puedo ocultárselo a las demás, pero tú estás aquí y sabes exactamente qué significa esto. Así que, ¿cuál es tu veredicto? ¿Lo aceptarías?”(Red)

“Yo… bueno… supongo” dijo con dudas visibles. “Ya tienes sexo con Elise… ¿No es, técnicamente, lo mismo?” Planteó la idea como si intentara convencerse a sí misma. “Sería solo una vez… por una buena causa. Podrías hacerlo rápido y… olvidarlo.”

“Vaya, me follo a un alicornio una vez y ahora soy el degenerado que se acuesta con cualquier bestia mágica” dije, fingiendo una ofensa profunda. “Que Elise no te escuche, o te convertirá en pasto.”

“¡Yo no dije eso!” protestó, enfurecida porque sabía que la estaba provocando a propósito.

Me reí y la atraje hacia mí en un abrazo posesivo, dejando que mis manos vagaran por sus curvas con familiaridad, palmeando su coño un par de veces.

“Está bien. En realidad, no sería la primera criatura no humana de mi lista, además de Elise.”(Red)

“¡¿Lo hiciste con otras?!” preguntó, entre el asombro y la incredulidad.

“Es un tema largo. Sé que aún te cuesta aceptarlo, incluso lo de Elise solo lo asimilas porque es una diosa y te cae bien” me burlé. “Pero sí, aunque no fue tan animalesco como crees. Usé algunos trucos para que la experiencia fuera… diferente. Y ninguna fue por placer ciego, siempre hubo un objetivo mayor. Como ahora.”

“¿Quiénes… o qué fueron?” preguntó, aunque su expresión decía claramente que preferiría no saber la respuesta.

“Eso no importa ahora. Lo sabrás cuando te acostumbres y aceptes el sexo y la procreación no humana. Pasar tiempo con Ruby o Ditto te ayudaría a abrir la mente” dije, acariciando su cabeza con calma. “Ahora, no es que quiera sumar puntos a mi título de magi-zoofílico, pero tengo curiosidad por ver a ese ‘Guardián de la Selva’ que nacerá de esto. Y como tú misma dijiste, es mi responsabilidad.”

“Mentiroso” refunfuñó Hannah, golpeando mi pecho, aunque en el fondo aceptaba la situación. Sabía que ayudar a las Amazonas, a quienes ya consideraba sus amigas, era lo correcto.

“Que conste que, por hacerme pasar por esto, me deberás una deuda impagable. Ni siquiera tu culito será suficiente para compensar el trauma” dije, cubriéndome con una falsa modestia.

“¡Cállate! ¡Y ya te dije que no vas a tocarme ahí!” resopló, aunque sus labios dibujaban una sonrisa. El jugueteo entre nosotros siempre lograba relajar la tensión. “Yo… te espero afuera” añadió, intentando escabullirse.

“¡Oh, no! De eso nada, señorita” la retuve con un suave hilo de magia, atrayéndola de vuelta.

“¿Qué? Pero tú vas a…” (Hannah)

“Sí, y como tú eres quien me está empujando a cumplir con mi deber…”, dije victimizándome antes de soltar una risa maliciosa, “te vas a quedar aquí y vas a verlo todo.”

“¡No!” negó rápidamente, horrorizada ante la idea de presenciar el acto.

“No te costó nada verme con otras mujeres antes” me quejé falsamente.

“¡Eso era diferente!” (Hannah)

“Pues no voy a hacerlo sin que mi mujer me haga compañía”, declaré, cruzándome de brazos. “¿Y si resulta traumático y necesito tus mimos para superarlo?”

Hannah negó una y otra vez, pero tras mis súplicas exageradas y la firmeza de mi agarre, terminó cediendo. La obligué incluso a ayudarme a desvestirme, arrancándole la promesa de que me “quitaría el sabor a Occamy” con sexo intenso cuando terminara. La idea la dejó visiblemente incómoda; ser follada después del occamy era casi como participar indirectamente en un trio… Se puso pálida por un instante, pero con unos besos estratégicos y caricias expertas, logré disipar sus dudas, reemplazándolas por un calor lujurioso que aparecía y desaparecía cada vez que recordaba dónde estábamos y qué iba a suceder.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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