Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 433
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Capítulo 433: 430) Segunda visita de Minerva
Un tumulto de alumnos curiosos se agolpaba en la puerta. El resto de las chicas del grupo irrumpió en la sala, corriendo hacia la camilla de Susan con una preocupación genuina. Tras ellas aparecieron Harry, Ron, los gemelos y Percy. Los Weasley habían convergido allí al enterarse de que Arthur estaba en el castillo. Harry, inseparable de Ron, completaba el grupo.
Al ver la figura de su padre, los gemelos palidecieron al unísono, intercambiando una mirada de puro pánico; en sus mentes, una de sus últimas bromas hizo que Arthur Weasley dejara el Ministerio en horario laboral. Percy, por el contrario, se ajustó las gafas con una rigidez nerviosa.
Por el contrario, para Arthur, verlos a todos —desde las ojeras de Percy de tanto estudiar hasta la mirada confundida de Ron— fue como recibir una bocanada de aire en medio de un incendio. El nudo de terror que le atenazaba el pecho se aflojó un milímetro al comprobar que, al menos ellos, estaban sanos y salvos.
“¡Chicos! ¡¿Saben algo de Red?!” preguntó Arthur, con una ansiedad aunque intentaba camuflarla.
“¿Red?” preguntaron todos a coro, con una confusión que parecía genuina.
Ginny, que se detuvo de ir al lado de la camilla de Susan, se volvió hacia su padre. Aunque su rostro mostraba preocupación, sus ojos revelaban una chispa de sospecha. A través de los [Mensajes] del grupo, ella sabía que su hermano estaba metido en algo, pero ver el estado de su padre la llenó de una angustia nueva. Discretamente, envío un [Mensaje]:
[Papá está aquí. Está aterrado. ¿Qué has hecho, Red?]
Dumbledore observaba la reunión familiar con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Estudiaba a cada miembro del clan Weasley con diferentes niveles de interes.
“Creo que es momento de retirarnos antes de que Madame Pomfrey nos eche a todos por la fuerza” indicó Dumbledore a Snape, tratando de suavizar el ambiente.
“Aún no sabemos nada concreto sobre el chico” resopló Snape, cuya paciencia se había agotado hacía mucho tiempo.
“Como he dicho, Severus, no creo que nadie aquí pueda darnos las respuestas que buscamos en este momento” respondió el Director con calma, aunque la noticia del desafío en el Ministerio pesaba en su mente como el plomo. “Tengo otros lugares donde buscar fuera de Hogwarts… Además, por lo que me han contado, Red volverá a aparecer.”
Snape no estaba conforme. Sus ojos negros recorrieron una vez más al grupo de alumnas, ese “círculo íntimo” que rodeaba al más odioso de los Weasley. Estaba convencido de que podía obtener más de ellas. Sabiendo que Granger había presenciado tanto al Heredero como a Red, y que sus lentes se habían destruido en el proceso, decidió que no podía irse de vacío. Snape fijó su vista en Hermione.
Hermione sintió la mirada de Snape clavándose en ella y, casi por instinto, giró la cabeza. El contacto visual fue inmediato, y con él, la Legeremancia se filtró como un veneno silencioso. Pero entonces…
Hermione sintió un súbito agotamiento, como si una pesada manta de plomo cayera sobre su cabeza. Su mente se volvió aturdida y el frío que emanaba de su pulsera se intensificó, transformándose en una presión gélida que blindaba sus pensamientos.
Snape desvió la mirada con violencia. Sin decir una palabra, dio media vuelta y emprendió una marcha rápida fuera de la enfermería, refunfuñando entre dientes. En su interior, hervía de furia; no podía creer que ese mocoso siguiera dejando trampa tras trampa, otra artimaña para estorbarle. Si no hubiera sido lo suficientemente precavido para retractarse al sentir esa viscosidad en la mente de la niña, quizás esta vez habría quedado expuesto ante todos.
Dumbledore, que no se había perdido ni un solo detalle del intercambio silencioso, esbozó una sonrisa enigmática.
“Espero que más tarde pueda venir a mi oficina a relatarme con detalle todo lo sucedido ayer respecto al Heredero, señorita Granger”, dijo el Director con una amabilidad que no lograba ocultar su interés científico. “Pero, por ahora, quédese con sus amigas y descanse. ¿Le parece bien después de la cena?”
“Claro, profesor”, respondió Hermione, aunque un rastro de nerviosismo se filtró en su voz a pesar del efecto de la pulsera.
El Director asintió y se dirigió hacia Arthur, quien acababa de terminar de hablar con sus hijos y lo esperaba con la angustia reflejada en cada surco de su rostro.
“No te preocupes, Arthur. Haremos algo, déjamelo a mí” le aseguró Dumbledore, poniendo una mano reconfortante en su hombro. “Ve a casa y habla con Molly; explícale la situación antes de que la noticia le llegue por otros medios.”
Dumbledore abandonó la enfermería siguiendo a Snape. En cuanto cruzó el umbral, su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una expresión de cansancio y extrema seriedad. La situación era insostenible: no solo tenía que lidiar con la sombra de Riddle y el Basilisco, sino que ahora un estudiante de segundo año estaba trayendo aún más problemas. Todo mientras aún tenía que cumplir con sus deberes como director.
Nadie más que él sabía cuánto lamentaba que Minerva McGonagall se hubiera tomado unos días libres justo cuando él más la necesitaba… ahora incluso estaba pensando en aumentarle el sueldo si con eso la traía de vuelta.
…
—Frente a cierto burdel—
Minerva contempló la fachada del establecimiento, el cual había logrado localizar por segunda vez tras un esfuerzo considerable. El lugar era demasiado esquivo, se lamentaba profundamente no haber preguntado cómo regresar la vez anterior, aunque, honestamente, su orgullo jamás se lo hubiera permitido. La simple idea de desear volver a un burdel —el sitio donde habían ocurrido esas cosas— la hacía estremecer de pies a cabeza. Estaba allí estrictamente por sus alumnos, o al menos eso se repetía como un mantra para silenciar su conciencia.
Al cruzar el umbral, el edificio una vez más era vastamente más amplio por dentro que por fuera. Rapidamente divisó siluetas oscuras, figuras cuyos rostros estaban emborronados por hechizos de anonimato. Soltó un suspiro de alivio al comprender que su propia identidad estaba igualmente protegida por la magia del local.
Acorazada en un resto de autoridad y orgullo, se acercó al mostrador con paso firme.
“…” Minerva abrió la boca para hablar, pero las palabras murieron en su garganta antes de nacer.
“Bienvenida de nuevo, profesora McGonagall. ¿En qué podemos servirle en esta ocasión?” dijo la recepcionista con una inclinación tan respetuosa como letal para los nervios de Minerva.
Minerva casi se atraganta con su propia saliva. Miró frenéticamente a ambos lados, esperando que nadie hubiera captado su nombre. Aunque suponía que los potentes nulificadores de sonido del local garantizaban la privacidad, el terror de ser reconocida como una “habitual” en un antro de perdición la hacía sudar frío. Además, no pudo evitar maldecir internamente la eficiencia del lugar; esta recepcionista no era la misma de su última visita, y aun así, el registro de su presencia era impecable.
“Ejem… Yo…” intentó recomponerse, ajustándose el cuello de la túnica con dedos rígidos. “No estoy aquí para solicitar sus… servicios. He venido a ver a alguien.”
Trató de imprimirle a su voz una nobleza que el entorno se encargaba de asfixiar.
“Entiendo perfectamente. ¿Desea esperar en el salón o prefiere que informemos de inmediato a la persona?” preguntó la recepcionista con una cortesía profesional. “Podemos ofrecerle servicio de cafetería mientras aguarda, o quizás algún licor de nuestra reserva personal si prefiere algo más… estimulante. ¿A quién busca exactamente? ¿Desea anular los encantamientos de privacidad?”
“No es necesario”, cortó Minerva, sintiendo que sus mejillas ardían. “Solo deseo encontrarme con… Tom. Lo antes posible.”
“¿Tom?” La recepcionista enarcó una ceja, ladeando la cabeza como necesitara más información.
“Sin apellido. Un… trabajador de aquí” respondió Minerva, sintiendo cómo el calor subía por su cuello hasta teñir sus orejas de un rojo escarlata. “De mi… visita anterior.”
Pronunciar ese último detalle fue como confesar un crimen. La recepcionista le dedicó una sonrisa cargada de una comprensión burlona, esa mirada que se reserva para las damas de alta alcurnia que aún no están listas para admitir que han regresado por placer.
Minerva sintió un nudo en el estómago. Quería gritar que su visita era puramente administrativa, que no buscaba diversión, pero temía que cualquier explicación adicional solo reforzara la sospecha de la mujer. Decidió tragarse su orgullo y dejar que el silencio hablara por ella, aunque por dentro, la jefa de la casa Gryffindor nunca se había sentido tan derrotada.
“Deme un momento, por favor” indicó la recepcionista.
Sus dedos danzaban sobre una superficie de cristal alquímico, pero Minerva no podía ver que, bajo la apariencia de un registro administrativo, la mujer utilizaba el sistema de [Mensajes] para confirmar las instrucciones de seguridad. Red, con sus clones y su cuerpo principal ocupados en el caos del Ministerio y Hogwarts, no podía personificar a “Tom” en ese instante. Bajo la dirección de Andra, el guion estaba escrito: el “reencuentro” sería sustituido por una lección de cruda realidad.
Minerva asintió mecánicamente, obligándose a mirar hacia otro lado. En las mesas, varias siluetas aguardaban expectantes. De vez en cuando, un joven o una chica emergía de entre las sombras para abordar a los clientes, tomándolos del brazo con una familiaridad ensayada. Algunos derrochaban coquetería; otros adoptaban una actitud sumisa o audaz, moldeándose al deseo del visitante. Minerva sintió una punzada de náuseas al observar la escena, especialmente cuando creía reconocer los rostros de sus propios estudiantes.
“¿Señora McGonagall?” llamó la recepcionista.
“¿Sí?” Minerva regresó al mostrador, tratando de ignorar la presencia de otro cliente que esperaba turno detrás de ella.
“Lo lamento profundamente, pero Tom El Maravilloso no se encuentra disponible en este momento” dijo la mujer con una nota de falsa pesadumbre.
“¿No está disponible?” repitió Minerva, sintiendo un vacío inesperado en el pecho.
“En absoluto. Un grupo de damas de la alta sociedad ha contratado sus servicios exclusivos. En este preciso instante, Tom está siendo… bueno, está atendiendo a más de media docena de mujeres que han exigido una fiesta privada de larga duración” explicó la recepcionista con una naturalidad técnica que resultaba obscena.
Minerva sintió un escalofrío. La descripción no escatimaba en detalles implícitos sobre la situación de Tom.
“Sin embargo, contamos con una excelente selección de compañeros dispuestos a entretenerla, si así lo desea” añadió la recepcionista con un rastro de complicidad, como si disfrutara alimentando la farsa de aquella «inocente» visita.
“No, yo no…” Minerva intentó intervenir, pero la mujer la interrumpió sin darle tregua.
“O, si lo prefiere, puedo consultar con las clientas si le permitirían unirse a su fiesta como invitada para disfrutar de los… atributos de Tom. Aunque no estoy segura de que acepten y, francamente, sería poco profesional por nuestra parte. Pero bueno, es de sobra conocido que esas damas son bastante… desinhibidas. Ya sabe, tienen gustos peculiares y nunca pierden la oportunidad de llevar las cosas al límite. De hecho” continuó, bajando el tono de forma conspirativa, “se barajó la idea de rebautizar a «Tom el Maravilloso» como «Tom el Pony Insaciable» después de que una de esas señoras insistiera en un espectáculo con animales y contratara a Tom para que sirviera a…”
“¡No!” estalló Minerva, incapaz de contener el grito por más tiempo.
Aquellas palabras actuaron como martillos, terminando de demoler las frágiles defensas mentales que había alzado para atreverse a cruzar esa puerta. Una cosa era la mala suerte de no encontrarlo, pero otra muy distinta era procesar lo que estaba escuchando. La realidad la golpeó con una crudeza asfixiante: aquello no era más que un burdel, y Tom no era más que una mercancía; un objeto de usar y tirar diseñado para generar beneficios.
Le revolvía el estómago comprender que estaba obligado a cruzar umbrales cada vez más oscuros, degradándolo a situaciones inhumanas solo para satisfacer el capricho de quienes tenían el dinero para comprar su dignidad.
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Mensaje 1: Lamento no haber subido los capítulos ayer. Estaba agotado y fue recién a medianoche, mientras intentaba dormir, cuando sentí que algo me faltaba y recordé que no había publicado.
Mensaje 2: Volvemos a nuestra programación habitual. El Patreon ha crecido; aunque no está igual que antes, lo suficiente para motivarme a seguir dedicándole tiempo y esfuerzo a este proyecto. A veces siento que no merezco su apoyo o que mi trabajo no es lo suficientemente bueno, pero… lo que realmente quiero decir es gracias. Gracias a quienes contribuyen económicamente y a todos los que leen; es por ustedes que sigo escribiendo esta historia. Gracias de corazón.
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