Harry Potter y el duelo de monstruos - Capítulo 33
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Capítulo 33: La prueba de los espíritus, Manjoume
Manjoume miró el valle que se extendía ante él y parpadeó un par de veces. ¿Cómo demonios había llegado allí? Recordó correr detrás de la señorita Tenjouin y luego una luz cegadora. Cuando se recuperó, estaba de pie en esa especie de mirador viendo hacia un valle rodeado de montañas (juraría que una de ellas era idéntica a la ilustración de la Carta Mágica de Campo «Montaña»).
No había algo como eso en la Academia. Eso sería imposible físicamente hablando. En ese valle cabrían con gran facilidad al menos diez islas del tamaño de la Isla Academia. Además del hecho de que en este lugar había dragones y no eran producto de la Visión Sólida. Había crecido con un disco de duelo en sus manos, mientras su familia le repetía como un mantra que debía conquistar el mundo de los duelos y convertirse en el próximo Rey de los Duelistas, a fin de completar las ambiciones de su padre; por tanto sabía reconocer un dragón de Visión Sólida y esos no lo eran. También estaba el hecho de que algo en su interior le decía que eso que escuchaba y veía eran dragones, dragones de verdad.
No ayudaba que el trío de inútiles Ojamas estuviera temblando mientras se escondían a sus espaldas. El hecho de que ahora tuvieran cuerpos físicos sólo lo hacía peor. Ahora podía sentirlos aferrarse a su gabardina mientras temblaban de miedo. Tal vez era debido al par de harpías que pasaron volando sobre sus cabezas un rato atrás.
—¿Dónde demonios estoy? —preguntó por fin.
Su respuesta fue un rugido feroz y amenazante. Para luego, ser cubierto por la sombra de un dragón. No cualquier dragón: un jodido Dragón Blanco de Ojos Azules.
Manjoume se negó a mostrar debilidad, mientras se cruzaba de brazos. El maldito dragón tenía una montura y había una mujer sentado en ella.
Sin inmutarse siquiera un poco, la mujer saltó desde unos seis metros de altura y aterrizó con gracia frente a Manjoume. El dragón desapareció o, mejor dicho, se convirtió en energía y luego esa energía formó una carta en la mano de la mujer.
Era difícil decir cuántos años tenía. Podía ser tan joven como él o estar en sus veinte años. Al verla Manjoume tuvo la sensación de que la mujer no tenía edad alguna. Era una chica menuda, de larga cabellera de un tono de azul similar al de Sho. Llevaba lo que parecía ser una mezcla entre un vestido y una armadura, además de un disco de duelo de aspecto rudimentario, como si estuviera hecho de alguna clase de huesos.
—Bienvenido al Valle de los Dragones —dijo la joven con una voz resonante como una campanilla—. Mi nombre es Kisara, y soy la encargada de probarte.
Manjoume frunció el ceño.
—No tengo por qué someterme a ninguna prueba.
—Es una lástima, porque si no lo haces, te quedaras aquí. La única forma de entrar y salir del Valle es montando a un dragón.
—Pues yo entré sin necesidad de uno. —No iba a admitir que estaba asustado. ¿Quién no lo estaría si de pronto fuera secuestrado por una luz extraña y llevado a un lugar como ese?—. Puedo encontrar el camino por mí mismo.
—Entonces, buena suerte.
Manjoume frunció el ceño. Intentó dar un paso, pero por algún motivo parecía como si estuviera pegado al suelo.
—¿No ibas a encontrar la salida? —comentó la mujer con tono casual—. Adelante, quiero ver que lo intentes.
—¡Dejate de tonterías! ¿Qué hiciste?
—No sé de qué me hablas.
Manjoume apretó los puños.
—¡No puedo moverme!
La mujer, Kisara, rodeó al estudiante mientras lo miraba como examinándolo.
—Es tu subconsciente diciéndote que debes realizar la prueba —declaró.
—¿Qué clase de tontería es esa?
—Sólo digo lo que pienso. Estás aquí, en el Valle de los Dragones, con toda la pinta de no ser de este mundo. Además, el sabio de mi clan me ha dicho que debía venir aquí, al viejo mirador, para encontrar a alguien a quien los sabios han marcado para ser probado.
Cada palabra únicamente hizo enfurecer más a Manjoume. Alguien, posiblemente una de esas personas que supuestamente lo marcaron para alguna clase de rito o prueba, lo había secuestrado y llevado a ese lugar. Y ahora, esta mujer, lo miraba como subestimándolo.
—Por supuesto, si tienes miedo de ser probado, siempre puedes quedarte allí. Eventualmente uno de los dragones más grandes te verá y decidirá que eres su cena.
Los Ojama temblaron más al escuchar eso.
—Muy bien, me someteré a esa prueba. ¿Qué debo hacer?
—Eso es simple: un duelo.
—¿Sólo eso? —Se burló Jun—. Será lo más fácil del mundo.
—¿Eso crees?
—¡Por supuesto! Soy el Trueno Negro de la Academia Central, Jun Manjoume, futuro Rey de los Duelistas.
—Aspiras a cosas grandes. Pero, ¿puedes mantener esa palabra?
—¡Calla! Sólo envía a quien va a enfrentarme y caer ante mi poder.
—Yo soy la encargada de tu prueba.
—Perfecto.
Kisara se alejó algunos pasos de él y activó su disco de duelo. Manjoume descubrió que ahora sí que podía moverse.
—Ten cuidado, Jefe —dijo Ojama Amarillo—. El clan de los Maestros de Azules Ojos ha domado el poder del Legendario Dragón Blanco.
—Sí —Negro estuvo de acuerdo—. He escuchado que su clan es tan antiguo que conocen secretos sobre el duelo que otros clanes han olvidado.
Manjoume resopló. Debían ser solamente otras más de las tonterías que esos tres decían. Vencería a quien fuera, sin importar que tantos secretos conociera sobre el duelo. No iba a perder ante nadie más. No hasta que cumpliera su meta de superar a Judai, Johan y Harry.
—Muy bien, ya que eres el visitante, toma el primer turno.
—Te arrepentirás de eso.
Manjoume activó su disco de duelo.
—¡Duelo!
Manjoume miró su mano y sonrió.
—Mi turno, robo. Comenzaré Invocando a «Dragón Armado LV3» de Modo normal.
El joven dragón emergió en el campo de Manjoume, soltando un pequeño rugido. Nada más verlo, Manjoume se dio cuenta de que no se trataba de un simple holograma. Era un dragón auténtico, lo cual le hizo sentir extraño, un sentimiento de familiaridad como si no fuera un duelista, sino un general que estaba enviando a sus tropas a una batalla y debía asegurarse de que estas estuvieran listas para enfrentar lo que sea que su enemigo les arrojara.
Sacudió la cabeza y se concentró en el duelo.
—Activo la Carta Mágica, «¡Nivel Arriba!», me permite enviar a mi Dragón al Cementerio para invocar su forma superior: «Dragón Armado LV5».
La chica frente a él no se inmutó ni un poco cuando el gigantesco dragón con cara de pocos amigos emergió en el campo de Manjoume, a pesar de sus 2400 puntos de ataque.
—Sorprendente, ¿también eres un domador de dragones?
Manjoume sintió la necesidad de corregirla. ¡Él no los domaba, los criaba! Se mordió la lengua, y en su lugar continuó con su turno:
—Coloco tres cartas boca abajo. Con eso termino mi turno.
—Muy bien, ahora voy yo. ¡Robo! Me temo que tendré que acabar con este duelo en este turno. No es nada personal, sólo lo que debo hacer.
—Solamente has tu jugada.
—Vaya, que malhumorado. Me recuerdas a alguien. En fin, primero, debo mostrarte una carta en mi mano: «Dragón Blanco de Ojos Azules». Impresionante, ¿verdad? Claro, no lo hice por ser buena gente: al mostrarlo, puedo invocar de Modo Especial a «Dragón Blanco Alternativo de Ojos Azules».
Jun gruñó cuando una versión ligeramente diferente del clásico monstruo de Kaiba emergió en el campo. No le gustaba nada, sobre todo porque tenía las mismas estadísticas del poderoso dragón, así que no pudo negar para sí mismo que estaba un poco intimidado (quizá más que eso). Claro, no iba a dejar que eso se notara, así que se limitó a cruzarse de brazos, como si se estuviera impacientando porque el enemigo no se apresuraba a continuar su turno.
Por supuesto, también estaba la pregunta de cómo esta mujer tenía cartas como esas. ¿Estaría relacionada con Seto Kaiba de alguna manera?
—Activo el efecto de «Dragón Blanco Alternativo de Ojos Azules»: una vez por turno, puedo seleccionar un monstruo de mi adversario y destruirlo.
Manjoume le respondió:
—Encadeno mi Carta de Trampa «Alma de Nivel». Sacrifico a «Dragón Armado LV5», luego, destierro a su versión inferior en mi cementerio, para invocar otra copia de él.
—Buena esa. Mi dragón no puede atacar en el turno en que activó su efecto.
Manjoume se permitió una sonrisa presumida.
—Por otro lado, es bueno ver que quemaste una de tus cartas boca abajo. Veamos que más tienes.
»A continuación, activo la Carta Mágica «Santuario de Dragones», con la cual puedo enviar un Dragón de mi Deck al Cementerio. Mando a «La Piedra Blanca de la Leyenda» a mi Cementerio. Esto, a su vez, dispara el efecto de mi piedra, con lo cual puedo añadir a un segundo «Dragón Blanco de Ojos Azules» a mi mano.
Esta vez Manjoume sí dejó ver su molestia. Esa mujer acababa de añadir una segunda copia de ese monstruo legendario a su mano. ¿Qué pretendía? ¿Buscar al tercero y usarlos para una Invocación por Fusión? Si era el caso, estaba preparado gracias a sus dos cartas tapadas. Aun así, no podía quitarse la sensación de que estaba enfrentándose a una muerte inminente.
La mujer siguió su turno:
—Activo la Carta Mágica «Canjear». Descarto una de mis copias del Dragón Blanco y robo dos cartas más. Excelente.
»Invoco normal a mi primo, «Protector de Azules Ojos».
El nuevo monstruo ciertamente parecía ser su familiar. Tenía una cabellera corta del mismo color y unos ojos azules tan intensos como los de ella. Por supuesto, usaba una armadura, la cual se veía mucho más adecuada para el combate, y sostenía una espada bastarda en sus manos.
—Así que este es el chico a quien debes probar —dijo con un ligero tono de burla que hizo que Manjoume lo fulminara con su mirada—. No tiene idea de en qué se ha metido.
—Vamos, primo. Deberías darle el beneficio de la duda.
—¿Contra ti?
—¡Puedes terminar tu maldito turno para que pueda jugar!
Eso sólo le ganó una mirada burlona por parte del Protector, como si dijera: «pobre iluso».
—Bueno, fue un placer verte, primo, pero esto es un duelo.
—Lo entiendo.
—Activo el efecto de «Protector de Azules Ojos», selecciono un monstruo de efecto (incluyendo a sí mismo) y lo envío al Cementerio para invocar desde mi mano a un monstruo Ojos Azules. Invoco a «Dragón Sólido de Ojos Azules».
Otro dragón muy similar apareció en el campo de duelo, incrementando la sensación de Jun de estar ante un peligro de muerte, incluso cuando este era más débil que el otro dragón (2500 y 2000 de ataque y defensa respectivamente).
—Fase de Batalla. Ataco a «Dragón Armado LV5» con mi Dragón Sólido.
—¡Carta de Trampa, «Anillo Destructor»! Selecciono a tu Dragón Sólido y lo destruyo, luego, ambos recibimos daño igual a su ataque.
—Encadeno el Efecto Rápido de mi «Dragón Sólido de Ojos Azules»: lo barajo de regreso a mi Deck, y entonces puedo Invocar a un «Dragón Blanco de Ojos Azules» desde mi Deck.
Manjoume gritó con frustración. La mujer no sólo había esquivado su trampa, sino que además había conseguido invocar a la tercera copia del Dragón Blanco. Su «Anillo de Defensa» era inútil. Al menos le quedaba la esperanza de que no podría atacar con el otro dragón ese turno.
No pudo evitar gritar cuando recibió los 600 puntos de daño luego de que el Dragón destruyera a su monstruo. Ese daño se sintió muy real. Sus LP quedaron en 3400.
—Desde mi mano —el estómago de Jun se encogió de miedo— Carta Mágica de Juego Rápido «Grito Plateado», resucito al «Dragón Blanco de Ojos Azules» en mi Cementerio.
Eso iba a doler, pero al menos sobreviviría para intentar dar la vuelta a eso en su siguiente turno…
—También desde mi mano, Carta Mágica de Juego Rápido, «Fusión Súbita». Con esto puedo fusionar a los tres dragones en mi Campo para invocar a la bestia definitiva.
—¡Es absurdo! Te hace falta un dragón…
—«Dragón Alternativo de Ojos Azules» cambia su nombre a «Dragón Blanco de Ojos Azules» mientras esté en mi Campo o Cementerio.
Jun no pudo hacer sino tragar saliva cuando vio a los tres dragones combinarse. Luego, el inmenso «Dragón de Ojos Azules Definitivo» se paró en el campo frente a él. El rugido de sus tres cabezas hizo temblar el suelo, demostrando porque, con sus 4500 puntos de ataque, era uno de los monstruos más poderosos del juego.
Manjoume apretó los puños, y a pesar de su miedo, se plantó en el suelo. No iba a huir. Incluso si el ataque de ese dragón lo mataba, permanecería de pie.
—¡Ataque directo!
Las tres potentes ráfagas de energía lo golpearon con toda su intensidad. Incluso tras de eso, Jun se permitió sonreír. Los hermanos Ojama, a pesar de su temor, saltaron frente a él. Claro, no había forma de que resistieran ese potente ataque, simplemente decidieron que, si iban a morir, lo harían juntos y protegiendo a su jefe.
Sus puntos de vida se volvieron 0.
Manjoume cayó de espaldas y su mirada quedó fija en el cielo, viendo a algunos otros dragones que sobrevolaban sobre él. ¿Serían carroñeros? ¿Acaso iban a devorar lo que quedara de él?
—Debo admitir que me impresionaste —dijo Kisara—. La mayoría de los otros duelistas a los que he probado huyen despavoridos.
Sonrió y le tendió la mano.
—Supongo que cabría esperar eso de alguien de tu linaje. Pasaste la prueba.
—Perdí…
—Tu prueba no es sobre ganar, se trata de enfrentar el peligro y aprender a soportar la derrota. Así que, ¡felicidades, aprobaste!
Manjoume tomó la mano que le ofrecía y se incorporó quedando sentado. Extrañamente, incluso tras la derrota, se sentía en paz. Los cuerpos inertes de los tres Ojamas cayeron sobre su regazo. Por un momento, el duelista de negro temió lo peor.
—No están muertos, sólo se desmayaron por el terror —le explicó Kisara.
Jun asintió, aliviado.
—No entiendo mucho de lo que pasa. ¿Cómo es que tienes esas cartas? Sólo Seto Kaiba…
—Mi clan ha cuidado de este valle con ayuda de los Dragones Blancos desde hace miles de años. Es normal que ellos nos presten su poder para el duelo.
—¿Quién eres?
—Lo dije antes: mi nombre es Kisara, también llamada la Doncella del Clan de los Azules Ojos. Respecto a ese Seto Kaiba de quien hablas, he escuchado leyendas sobre él. Algún día, si vuelves, voy a contarte todo eso. Por ahora, tu prueba ha terminado. Es hora de volver a casa.
La misma Luz cegadora que llevó a Manjoume allí, lo hizo regresar.
Cuando su vista se aclaró, estaba tendido en el jardín de un castillo.
—Veo que está con nosotros, joven Manjoume —lo saludó el profesor Daitokuji.
—Eres el segundo que vuelve —dijo Sho.
—¿El segundo?
Manjoume se incorporó para quedar sentado. Miró a su alrededor. Ni Johan, ni Judai, ni Harry, ni Neville o Kaiser no estaban allí. ¿Acaso también estaban siendo probados?
Miró a su alrededor. No había dudas, estaba en el castillo ruinoso de la Academia, pero ahora estaba intacto, como si el tiempo no hubiera pasado. Eso no era todo, una sensación de déjà vu lo invadió.
«Yo he estado aquí antes», pensó.
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