Harry Potter y el duelo de monstruos - Capítulo 34
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Capítulo 34: La prueba de los espíritus, la Ciudad-Jardín
Neville miró a su alrededor con desconcierto. Estaba acostumbrado a la magia. Siendo un mago, no podía ser de otra forma. Podía sentir la magia a su alrededor, pero no se sentía para nada como a la que estaba acostumbrado. Era una sensación diferente, más parecida a cuando sostenía una carta…
¡Sí, eso era! Este lugar se sentía de una manera peculiar a la que, sin embargo, estaba acostumbrado: se sentía como sus cartas.
No encontraba otro modo de definirla.
No era una sensación desagradable, sino todo lo contrario. Aun así, era desconcertante. ¿Sería esto lo que Harry sentía ahora que ya nada se interponía entre él y sus cartas?
Desde que Harry se negara a participar en el Torneo de los Tres Magos y perdiera su magia –o al menos una parte de ella, ya que, según dijo, Pikeru y Curan eran muy insistentes al decir que todavía era un mago–, fue muy insistente en que tenía la sensación de que su magia no había querido que se conectara con sus cartas. Sin contar el trozo de alma que estaba en su cicatriz. Ninguno de los dos pudo ponerse de acuerdo al respecto.
No obstante, ¿y si era lo mismo para él? De alguna forma, desde que llegó a la Academia de Duelos y se vio envuelto de manera más activa en la magia peculiar de lo que ates creían era un simple juego muggle (no podía ser eso: el duelo era algo que iba más allá de los conceptos humanos, muggles o mágicos), cada vez más las sombras de sus monstruos se volvían más nítidas, cada vez más sostener una carta se sentía como respirar.
Neville sacudió la cabeza. Podría meditar sobre esas cosas más tarde. De momento, debía descubrir en dónde estaba y cómo salir de allí. A pesar de que ese lugar se sintiera como casa, tenía amigos y familia esperándolo. No podía quedarse en ese sitio para siempre.
Miró a su alrededor tratando de descifrar el paisaje, como si fuera un rompecabezas.
Estaba en un jardín, o eso pensaba. Aunque había un toque salvaje en la vegetación que lo rodeaba, no pudo evitar notar que el lugar también seguía una suerte de patrón. Habiendo crecido entre los invernaderos de la mansión Longbottom, sabía reconocer un jardín a un paisaje natural. La naturaleza no dejaba caminos tan bien definidos por los que era posible moverse.
El jardín estaba compuesto principalmente por rosas de todos los colores imaginables, incluso algunos que no creyó podrían ser cultivados sin recurrir a la magia.
Caminó por los senderos de ese laberíntico y salvaje sitio, cada vez más maravillado por la vegetación que lo rodeaba. El jardín estaba provisto de una belleza que le hacía imposible ignorar. Cada tanto, se detenía a observar las maravillosas rosas. Las de color rojo, vibrantes y llenas de vida eran algo que nunca antes había visto; las blancas, que brillaban casi hasta ser segadoras ante la luz cálida del sol; y las Azules, de muchos tonos que nunca antes vio en ese tipo de flores. También las había amarillas, violetas, incluso algunas negras, no por eso menos hermosas que el resto de sus compañeras en ese jardín fantástico.
Se concentró en seguir moviendose.
Avanzó por caminos de adoquines, frente estructuras hechas de ladrillo cubiertas por enredadoras; por un par de quioscos ocultos entre la maleza, en los que no le molestaría descansar o tomar su almuerzo mientras disfrutaba de tan hermoso jardín; pequeñas plazas con fuentes y estanques, en las que los lirios crecían tratando de igualar la belleza de las rosas de ese laberíntico lugar.
No, decidió, no era un jardín. Era más bien una ciudad de flores: una Ciudad-Jardín.
Mientras la recorría, escuchó a los pájaros cantar, pero no vio a uno solo. Ni una sola vez se encontró con sus compañeros de clases o con el profesor Daitokuji. Parecía ser el único ser vivo, además de las plantas, en ese lugar.
Tras lo que parecieron ser horas, Neville se sentó al borde de una de las fuentes para descansar. No sabía si estaba avanzando, retrocediendo o sólo dando vueltas en círculos. Ese sitio, como todo laberinto, le desconcertaba.
Se quedó mirando uno de los rosales por un largo rato. Por un momento tuvo la impresión de que el rosal le devolvía la mirada.
Suspiró. ¿Cómo podía encontrar la salida?
Tomó su mazo y contempló sus cartas. Harry contaba con la ayuda de Pikeru, Curan y los demás espíritus de su deck cuando estaba perdido. Le ayudaron a encontrar a Charlus, le ayudaron a encontrarse a sí mismo luego de que creyó perder su magia para siempre, al enseñarle que aquella magia hecha con varitas y pociones no es la única magia que existe en el mundo.
—¿Hay alguien allí? —llamó a sus cartas—. ¡Necesito ayuda! Estoy tan perdido.
Suspiró cuando no recibió respuesta. Muchas de esas cartas, sobre todo las de tipo planta, las escogió el mismo. Otras, en especial la mayoría de sus monstruos normales y sus fusiones, fueron la herencia que Samantha dejó para él.
Cuando Johan le envió el mazo de su amiga a través de Harry, originalmente quiso negarse a aceptarlas. Johan y Samantha estaban tan unidos, él debía conservarlas. La respuesta de Johan fue que esas cartas querían ir con él.
Recordó las palabras exactas de Johan, cuando por fin pudieron verse una vez más hacía unos meses:
—Ella te estimaba mucho. Esta es su forma de protegerte, aunque ya no esté con nosotros.
Muka Muka, uno de los monstruos favoritos de Samantha, fue de gran ayuda para él al ingresar a la Academia de Duelos.
Neville alzó la mirada cuando escuchó el inconfundible sonido de las pisadas de un can. Uno tan grande como Fang, el perro jabalinero de Hagrid.
A través de uno de los zigzagueantes caminos de la Ciudad-Jardín, vio venir a un enorme lobo de pelaje blanco, de un tono que sin duda parecería plateado a la luz de la luna. Dos ojos amarillos le devolvieron la mirada. Quizá en otro momento se habría asustado por su presencia. No ahora. Había algo en la forma relajada en la que andaba, en el movimiento de su cola y en su mirada afable que le hizo sentir tranquilo.
Había visto a ese mismo lobo muchas veces, cuando jugaba contra Samantha, cuando ajustaba su baraja tras adquirir nuevas cartas y cuando él mismo lo utilizaba en un duelo.
El enorme lobo plateado, Colmillo Plateado, se detuvo junto a él. Era tan grande que bien podría haber sido el lobo de Hagrid.
—Hola, amigo —lo saludó, mientras extendía su mano para dar pequeñas palmadas en su cabeza—. ¿Viniste a ayudarme a salir de aquí?
La cola del enorme lobo se agitó de un lado a otro, mientras lamía las manos de su duelista. Neville supo que estaba en lo correcto.
—Entonces, ¡vamos! Los demás nos esperan.
Olfateando el camino, el enorme lobo guio al chico a través de la Ciudad-Jardín.
Con Colmillo Plateado a su lado, a Neville le costó menos avanzar por los caminos adoquinados. Por primera vez desde que se encontró en ese sitio, sintió que de verdad estaba avanzando.
Se dio cuenta de algo: aunque llevaba un buen rato dando vueltas por allí, no parecía que hubiera transcurrido mucho tiempo. El sol no parecía haber cambiado su posición, aunque ya debería ser de tarde. Aunque, tres inmensas siluetas de lo que parecían ser lunas ahora lo acompañaban en el firmamento.
—¿Este es tu mundo? —preguntó Neville al lobo.
Harry menciono que Pikeru y Curan hablaron de otro mundo, uno en el que los monstruos de duelo eran seres de carne y hueso, o al menos algunos de ellos, y no los espíritus que su amigo conocía y él había comenzado a vislumbrar brevemente desde hacía unos meses atrás.
Colmillo Plateado ladró, en lo que Neville entendió como una negativa.
Neville se quedó pensativo. Harry y él discutieron antes sobre una idea: que las cartas de campo eran reflejos de los paisajes del mundo del que Pikeru y Curan hablaron. Las descripciones de muchas de las cartas hablaban de lugares como el Mundo Oscuro, o representaban a monstruos siendo arrastrados a través de portales dimensionales. ¿Era eso? ¿Había muchos mundos conectados y no sólo ese del que Curan y Pikeru hablaron a Harry?
Si era el caso, ¿cómo volvería a casa desde allí?
Llegaron a una parte de la Ciudad-Jardín que a Neville le pareció una especie de zona residencial, dado que los setos y los rosales allí tenían una forma peculiar, casi como si fueran más una construcción que una planta.
Notó entonces que algunos de ellos habían sido arrancados de la tierra y sus restos destrozados yacían esparcidos por el suelo.
Junto con Colmillo Plateado, siguió la pista que las plantas arrancadas dejaron hacia el perpetrador.
No le costó mucho encontrar al responsable de esto: una criatura pequeña y alada, del tamaño del gato de Hermione, de pelaje verde y un pequeño cuerno en su frente, desde el cual disparaba pequeños rayos de electricidad a un grupo de pequeños «hombrecillos».
No sabía cómo definir a los últimos, siendo que eran diminutos frijoles verdes con espadas. Justo como la carta «Soldado Judía». En todo caso, el pequeño bribón que había destrozado el jardín se mantenía volando fuera de su alcance, mientras los soldaditos no podían hacer nada, agitando sus espadas cada vez que el bribón se acercaba a ellos como burlándose del hecho de que no podían alcanzarlo.
Colmillo Plateado comenzó a gruñir a la criatura verde, a la cual Neville reconoció como un «Diablillo Salvaje», otro monstruo del cual tenía una copia en su mazo. La criatura había derribado a todos los soldados que trataban de defender la Ciudad-Jardín, y ahora volvía a su trabajo de escarbar en la tierra, sin importarle destrozar los rosales que crecían allí.
El enorme lobo saltó sobre la criatura, aplastándola con una de sus patas delanteras. El diablillo forcejeó un momento, dando pequeñas descargas eléctricas al enorme lobo con su cuerno, resultando inútil.
Finalmente, Colmillo Plateado regresó a dónde estaba Neville, llevando a la criatura sujeta en su hocico, como si fuera una de sus crías. El diablillo parecía estar enfurruñado, con sus brazos cruzados y gruñendo algo que bien podrían ser insultos.
Colmillo Plateado dejó caer al demonio frente a Neville. La criatura, al verlo, pareció de pronto sentirse avergonzado, ya que se encogió en su lugar, ocultando su rostro con sus garras y extendiendo sus alas como si estas pudieran esconderlo.
Neville frunció el ceño.
—¿Eres el Diablillo Salvaje que vive en mis cartas? —le preguntó.
En respuesta, el diablillo corrió a esconderse detrás de las patas de Colmillo Plateado.
Neville suspiró, mientras se volvía para ver a los soldados-judía. Parecían estar tratando de ayudar a sus heridos, mientras otros seres como ellos, aunque estos no parecían ser guerreros, parecían muy tristes de ver los setos y los rosales, que parecer habían sido sus casas, por completo destruidas.
—Esto no es correcto —dijo Neville, dirigiéndose al diablillo—. Vamos, deja de esconderte. Tienes que disculparte con ellos y luego te ayudaré a arreglar todo este desastre.
Si como creía el pequeño demonio alado era el mismo monstruo de su carta, entonces era su responsabilidad que hubiera hecho esos destrozos en la Ciudad-Jardín.
El diablillo hizo lo que le pidió.
Todavía mostrándose algo apenado, abandonó su escondrijo detrás de las patas de Colmillo Plateado y fue a dónde estaban los hombres-frijol. Algunos corrieron a esconderse entre las plantas, mientras que los soldados permanecían custodiando a sus compañeros caídos.
Incluso cuando el diablillo hizo lo que pudo para disculparse, no parecían creerle.
—Muy bien, supongo que la mejor forma de disculparnos es que arreglemos este desastre —intervino Neville.
El joven mago sacó su varita, la cual siempre llevaba debajo de su manga derecha, y rápidamente conjuró material de jardinería. No era muy bueno en transformaciones, pero por algún motivo nunca había tenido problemas cuando se trataba de usar lo aprendido en esa clase para sus labores de herbología. Poco a poco, indicándole al monstruo cómo hacerlo, comenzó a replantar los setos y las plantas destruidas. Utilizando varios hechizos aprendidos en la clase de herbología, hizo lo que pudo por sanar de nuevo a las plantas. No sabía si eso reconstruiría las casas de la gente-frijol, pero eso era lo mejor que podía hacer de momento.
Neville se limpió el sudor de la frente una vez que terminó el trabajo.
Miró hacia el cielo. El sol apenas si se había movido, incluso cuando dejar todo en orden le tomó unas cuantas horas. ¿Sería posible que el tiempo en este lugar se moviera diferente? Recordó algo ocurrido un par de años atrás, justo después de la clase de astronomía: Hermione les habló sobre cómo, de vivir en otros planetas, los días serían más o menos largos. Todo dependía de a qué velocidad rotarán sobre su eje, lo que determinaría la duración de sus días. ¿A caso ese mundo estaba en otro planeta? Nunca había sabido de un mago que pudiera viajar a otros planetas, y los Muggles estaban muy lejos de conseguirlo con su tecnología. Aunque, con la magia, todo era posible.
¿Si ese fuera un planeta habitado por personas-plantas? Por ahora quería encontrar un camino de vuelta a la Isla Academia, pero no le molestaría regresar allí después y averiguarlo.
Conjuró un enorme tazón y luego lo llenó de agua, para que Colmillo Plateado y el Diablillo Salvaje bebieran. El mismo tomo sorbos de su cantimplora.
Tras ver cómo la gente-frijol miraba a los dos monstruos beber su agua, se le ocurrió algo. Volvió a llenar la regadera que conjuró como parte del equipo de jardinería, y luego hizo que flotara sobre ellos, regando la tierra y simulando ser lluvia. Como pensó, al ser plantas, la gente-frijol pareció sentirse mucho mejor al ser «regadas».
—Tienes un toque muy dulce para tratar con las plantas.
Neville se giró en busca de la persona que habló. Colmillo Planteado de inmediato saltó frente a él, en un gesto protector.
De pie cerca de ellos había una mujer. Tenía una larga cabellera rubia y usaba un vestido de gala que bien podría ser descrito como el capullo de una rosa. Toda su indumentaria tenía varios adornos con forma de rosas.
La mujer se inclinó sobre uno de los setos que Neville había reparado. Tomó una de sus flores y, sin arrancarla, acerco su nariz para olerla.
—Realmente es un toque mágico. No había conocido a ningún mago, humano o no, que tuviera estas atenciones con las plantas.
Volvió a ver a Neville. De inmediato supo que la mujer no estaba allí para ser una amenaza. Rascó a Colmillo Plateado detrás de las orejas para hacérselo saber.
—Mi nombre es Rose —se presentó ella y Neville sintió que era un nombre más que adecuado para una chica con ese aspecto—, también me conocen como la Amante de las Rosas. ¡Es un placer conocerte, joven mago humano!
—Soy Neville, Neville Longbottom.
La mujer le sonrió una vez más, y Neville no pudo evitar sonrojarse.
—¿Qué es este lugar? —preguntó, apartando la mirada de la mujer.
Esta se rio, divertida por su actitud.
—Estamos en la capital del Reino de las Rosas —respondió—. Perdón por no haberte recibido antes. Se supone que estás aquí para una prueba, es sólo que no esperábamos tener que probar a un humano.
—¿Prueba?
La mujer asintió.
—Sí, es un ritual muy antiguo al que debían someterse los duelistas que habían sido elegidos por los dioses para prestar sus servicios ante uno de los Portadores de las Fuerzas Elementales que dan vida a nuestro mundo, al mundo humano y a todos los mundos que existen bajo la protección siempre atenta de la Oscuridad Gentil y la Luz de la Justicia.
Neville frunció el ceño. No entendía. No recordaba haber conocido a ninguno de estos Portadores…
—¿Acaso Judai…? —preguntó en voz alta. Sabía por Harry y Johan que Judai era importante para algún esquema cósmico divino, pero él nunca había sido «contratado» por él de alguna forma como para ser enviado allí.
«También puede ser a causa de tu amistad con Johan», se dijo. Después de todo, Pikeru y Curan dijeron que Johan era el hijo de esa llamada Luz de la Justicia.
Neville sacudió la cabeza.
—No entiendo. Yo no recuerdo haber entrado al servicio de ninguno de esos portadores.
Rose lo miró por un momento con el ceño fruncido.
—Sin embargo, conoces el nombre del Heraldo de la Oscuridad Gentil.
—Sí, bueno, Judai es mi amigo. Somos compañeros. Estudiamos en la Academia de Duelos.
Rose apoyó su mentón sobre su mano derecha en un gesto pensativo.
—En todo caso, estás aquí y llegaste porque alguien Evocó la Prueba de los Espíritus. Si no vas a servir a uno de los Portadores como su caballero, no tendrían por qué haber solicitado la prueba para ti. A menos que… —Fue su turno de negar con la cabeza—. Eso no ha sucedido en mucho tiempo. Milenios antes de que yo naciera.
—¿De qué hablas?
—Qué tu mismo seas un Portador.
Neville sacudió la cabeza. Eso era absurdo.
—¡Es la única explicación! Los Portadores de algún Signo o poder también son Juzgados mediante la Prueba de los Espíritus.
—Todavía no entiendo eso: ¿exactamente en que consiste esa prueba?
—En un duelo, por supuesto.
Rose comenzó a caminar, tras hacerle una señal a Neville para que la siguiera.
—En todo caso, seas alguien que va a ser un Caballero de un Portador, o un Portador en sí mismo, la única forma de volver a casa es mediante la prueba.
—¿Qué pasa si no lo consigo? —preguntó Neville.
Rose dejó de caminar y se giró a ver a Neville.
—No estoy segura —dijo—. Eso depende de que tan importante seas. Podrías tener la oportunidad de volver a intentarlo más tarde, o simplemente ser deshonrado como duelista y nunca más podrías tocar un mazo.
El corazón de Neville se encogió de sólo pensar en esa última posibilidad.
—¿Sí es lo primero?
—Te quedas aquí hasta que lo logres. He escuchado que hubo alguien que lo intentó toda su vida, sin éxito. —Rose miró a Neville y se sintió mal por decir eso al notar el nerviosismo del chico—. Pero, ¡no creo que tengas que preocuparte! Esos dos monstruos tienen un gran aprecio por ti. Un duelista que ha conseguido eso, incluso de un pequeño y destructivo gremlin como ese que tienes allí, no podría fallar en algo como esto.
Neville dio unas cuantas palmadas en la cabeza del diablillo salvaje, gremlin o lo que fuera. Este iba sentado sobre el lomo de Colmillo Plateado, mascando uno de los instrumentos de jardinería que él había conjurado antes.
Ahora que caminaba por las calles de la Ciudad-Jardín en compañía de Rose, el chico notó que la ciudad estaba llena de vida. Pequeños seres humanoides que en realidad eran plantas, además de las personas-frijol, se asomaban entre los setos y los rosales para verlos pasar. Incluso le pareció ver algunas mandrágoras entre los setos. Si era así, no eran de las que gritaban y provocaban la muerte al ser sacadas de la tierra.
Rose guío a Neville y sus mnstruos a través de la laberíntica ciudad, hasta que emergieron frente a una colina en cuya cima había una torre. Sobre la torre, dominando el valle en el que se encontraba la ciudad capital del Reino de las Rosas, se encontraba una estatua de una criatura cuyo cuerpo y alas parecían ser una gigantesca rosa, de la cual salía un largo cuello, patas y una cola formados con sus tallos. La criatura inequívocamente era un dragón, sólo que no uno del que hubiera escuchado antes.
Neville salió de su estupefacción cuando Rose puso su mano en su hombro, sonrojándose un poco más por la cercanía de una mujer tan guapa.
—Ese es el Dragón de la Rosa Negra, uno de los Dragones Salvadores y Dios del Reino de las Rosas.
Le hizo una indicación al joven para que la siguiera colina arriba. En la torre, que era el hogar de la Reina de la Ciudad-Jardín, lo estaba esperando su prueba.
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