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Harry Potter y el duelo de monstruos - Capítulo 4

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  4. Capítulo 4 - 4 Primer año accidentado I
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4: Primer año accidentado (I) 4: Primer año accidentado (I) 1 Por fin llegó el verano de 2001.

Estaban a mediados de julio, para ser más exactos.

Faltaba poco más de una semana para el cumpleaños de los gemelos, y la familia esperaba con impaciencia las primeras cartas de Hogwarts.

Aunque, de los dos, era Charlus quien mostraba más expectación porque ese momento por fin estaba cerca.

Harry, a pesar de su entusiasmo, no tenía la misma noción romántica que su gemelo respecto a marcharse al colegio.

La amistad con Johan y Samantha lo cambió en muchos aspectos; y Neville también influyó, al ser otro mago con quien podía conversar sobre lo diferentes que eran ambos mundos.

Durante los años que había pasado con sus amigos muggles, ambos niños magos experimentaron la cultura muggle de una forma que pocos magos criados en el mundo mágico, y en especial en familias Antiguas y Nobles, podían presumir (no es que los magos quisieran presumir sobre algo como eso en primer lugar).

Claro, el Duelo de Monstruos fue su principal actividad en el mundo muggle.

Pronto descubrió que era tanto o más «adictivo» que el quidditch.

Lo cual explicaba, en parte, cómo un juego de cartas creció hasta el punto de tener sus propias ligas profesionales, especialmente en oriente.

Por supuesto, se enteró de que muchos otros juegos de cartas no mágicos las tenían, como el póker o el blackjack.

Solo que esos juegos no tenían academias privadas dedicadas a enseñar a futuros profesionales… En realidad, pocos deportes o juegos podían presumir de esto último.

El juego lo había absorbido a tal grado que, conforme pasaban los años, fantaseaba con la posibilidad de ir a estudiar en una de las academias de duelo en lugar de Hogwarts.

Por supuesto, su estatus en el Mundo Mágico, como parte de la Casa Más Antigua y Noble Potter, estaba justo en medio de esa posibilidad.

El peso de la sociedad, incluso si no era el heredero, estaba sobre él.

A eso se sumaba que su generación era la primera en producir más de un hijo en la familia Potter en casi trescientos años.

Muchas familias estaban interesadas en formar una alianza matrimonial con la Casa Potter a través de él.

Dudaba que sus padres fueran a meterlo en un matrimonio arreglado, en parte, gracias a la influencia de su madre y el desprecio —aunque, por momentos, un poco infantil— de su papá y su padrino por las tradiciones más «arcaicas» (palabras de Lily Potter).

No obstante, de nuevo, la presión social siempre estaba allí.

Sobre todo ahora que el otro miembro sobreviviente de los Black, la familia de su padrino, había muerto y, para sorpresa de todos, le había otorgado el título de Lord Black con todo lo que eso conllevaba.

Tanto política como, socialmente, hablando.

En sí, debido a la curiosidad natural heredada de su madre, Harry se había interesado un poco por cómo funcionaban los contratos matrimoniales.

También porque, si quieres evitar algo, debes saber cómo funciona.

Descubrió que, para las familias del «lado de la Luz», estos no se discutían hasta después del quinto año en Hogwarts, ya que, por tradición, debías demostrar que tenías el suficiente poder mágico para que la alianza fuera conveniente.

Es decir, ganar una cantidad respetable de TIMOS.

Pero eso no significaba que la presión social fuera menos en los primeros años de colegio.

Y sería peor para él, siendo el hermano de «el niño que vivió».

Al parecer, muchos esperaban que demostrara ser al menos la mitad de poderoso de lo que se suponía era su hermano.

Considerando todo eso, el pasar tiempo con sus amigos —mientras le fue posible— le había ayudado a liberar algo del estrés que todo lo anterior le ocasionaba.

Volviendo a sus experiencias en el mundo muggle, a pesar de que su madre era «nacida de muggles», no fue hasta que comenzó su amistad con aquel par de primos, que de verdad comenzó a comprender lo grandiosos que eran sus avances.

Y no pudo evitar pensar en lo estancado que se encontraba el Mundo Mágico en comparación con ellos.

En especial en tecnología.

Los magos se reusaban a aceptar casi todos los avances muggles.

Y los pocos que sí adoptaron, llegaron con retraso y muchas restricciones impuestas por el gobierno dirigido por las Casas Antiguas, la gran mayoría muy conservadoras de las costumbres Sangre Pura.

Incluso aquellas que se decían protectoras de los muggles,como los Weasley, los Longbottom, e incluso su propia familia (su padre), solían tomar a juego muchos de los «juguetes muggles».

Una ignorancia que había costado caro a muchos.

Como cierto mago que pensó que sería «divertido» causar un apagón eléctrico, y terminó recibiendo una descarga mortal de un transformador.

Por dar un ejemplo de ese rezago tecnológico, la radio mágica tenía muy pocas estaciones, y un contenido limitado en comparación con los medios de comunicación de los no mágicos.

Este desprecio por la tecnología muggle, llegaba al grado de que incluso el Expreso de Hogwarts, con todo y sus casi doscientos años de servicio al colegio, aún era visto con cierto desdén por algunas de las familias más tradicionales.

En pocas palabras: Harry se interesó por el Mundo Muggle de muchas maneras más allá del Duelo de Monstruos, lo cual influiría en las decisiones que tomaría años más tarde.

2 Las lechuzas llegaron durante el almuerzo.

Charlus se levantó de un salto de su silla y corrió hacia la ventana, ante la mirada orgullosa de sus padres.

Harry hizo lo propio, aunque de forma más calmada, a pesar de que, por dentro, estaba tan feliz y entusiasmado como su hermano.

—¡Son las cartas!

—gritó Charlus dando pequeños saltos en su lugar, antes de estirar la mano y tomar la primera de ellas.

Para entonces, Harry estaba a su lado y también tomó su carta.

Lily se aproximó a la ventana.

Colocó un plato con trozos de tocino y otro con agua, para que las lechuzas comieran algo antes de su viaje de regreso al colegio.

James Potter también se acercó, tan entusiasmado como Charlus, a tal grado que solo le faltaba dar saltitos como su hijo.

Lily sonreía feliz ante la interacción de su familia, mientras negaba con la cabeza como diciendo: «no tienen remedio».

Harry apartó la vista de sus padres para centrarse en el sobre de pergamino amarillento en el cual, escrito con letras color verde esmeralda, se leía: Sr.

Harry Potter Habitación a la izquierda de las escaleras.

Colina de Godric #725 Valle de Godric.

West Country.

Harry giró el sobre en sus manos para abrir la carta.

Retiró el sello con el escudo de armas del colegio, y extrajo dos trozos de pergamino.

El primero era la carta en sí, y el segundo la lista de uniformes, libros y artículos escolares.

No había mucha sorpresa en el contenido de las cartas.

Ya habían visto las de sus padres, quienes aún las conservaban junto con otros recuerdos de sus días de colegio, por lo que sabían de memoria el mensaje.

Si acaso, lo que cambiaba era la lista de los libros, la cual recibió un par de actualizaciones en el transcurso de la última década.

—Uno pensaría que a estas alturas la regla de las escobas sería retirada —murmuró James con tono apagado.

Charlus asintió solemnemente, dándole la razón a su padre.

—¡Por favor!

—argumentó Lily Potter—.

Saben bien que es por seguridad.

—¡Pero ya sabemos volar!

—se quejó Charlus—.

Al menos a los que ya sabemos, deberían de permitirnos llevar nuestras escobas desde el primer año.

James asintió frenéticamente de acuerdo con su hijo.

—Eso no sería justo para los demás.

Ahora, volvamos a la mesa.

Se va a enfriar el desayuno.

Charlus suspiró resignado, y guardó su carta en el bolsillo de su túnica.

—¿Cuándo iremos al callejón Diagon?

—preguntó Harry una vez que estuvieron en la mesa.

—El sábado parece ser el mejor día —respondió su padre—.

No hay mucho trabajo en la oficina estos días, así que incluso Canuto podría acompañarnos.

Y para entonces, Lunático estará lo suficientemente recuperado para ir con nosotros.

Charlus suspiró.

Quería ir por su varita lo más pronto posible.

Hasta ahora, en los entrenamientos no le habían permitido usar una varita de verdad, solo una de práctica para que aprendiera los movimientos.

—Ya verán cómo llega el día antes de que se den cuenta —dijo su madre al ver su reacción, mientras le revolvía más el indomable cabello Potter.

# Dumbledore se sentó en su escritorio.

Acababa de hablar con James Potter a través del Flú.

Irían a comprar los útiles escolares ese mismo sábado.

El anciano se llevó un caramelo de limón a la boca mientras reflexionaba en eso.

Tendría que asegurarse de que Hagrid estuviera allí ese día para recoger la piedra.

Un poco antes de lo previsto, pero se ajustaba a sus planes.

3 El viaje al callejón Diagon resultó casi sin ningún incidente.

Aunque muy lento para el gusto de Harry.

Incluso cuando habían decidido ir en una fecha anterior a los días más ocupados, en los que el lugar se abarrotaba por los alumnos que volvían a clases, la familia Potter no podía caminar tranquilamente por el lugar sin que un gran número de personas los detuvieran.

Todos querían saludar a Charlus y a su padre.

Con los gemelos a punto de cumplir los once años, muchos comenzaban a hacer sus movimientos para un posible compromiso futuro.

Algo que hizo a su madre fruncir los labios con disgusto.

Finalmente, después de casi cuarenta minutos, consiguieron llegar hasta las puertas de Gringotts.

Para sorpresa de todos, allí se encontraron con Rubeus Hagrid, el guardabosques de Hogwarts, quien platicaba animadamente con Sirius Black y Remus Lupin.

Hagrid era un hombre alto, de casi tres metros, y muy corpulento.

Además de tener una cabellera y una barba espesas, a través de los cuales resaltaban sus ojos negros y la punta de su nariz.

Luego de que los saludos fueran repartidos, los presentes entraron al banco.

—Por cierto, Hagrid, ¿a qué has venido?

—preguntó Charlus.

—Asuntos de Hogwarts, muy importantes.

Tanto Charlus como Harry lo miraron con gran interés, cuando el semi-gigante hablaba con uno de los duendes sobre «ya sabía qué» en la cámara 713 del banco.

Charlus comenzó a hacer preguntas, lleno de curiosidad sobre qué podría ser aquel objeto misterioso, para ser acallado por su madre por entrometerse en los asuntos de otras personas.

Finalmente, con un par de bolsas llenas de galeones, la familia Potter y sus amigos se dirigieron a las tiendas para comprar los materiales escolares.

Consiguieron los uniformes, las plumas, la tinta, los pergaminos, los ingredientes para pociones, los libros, entre otras cosas.

Casi a las cuatro de la tarde, cargados con bolsas de diversos tamaños, llegaron al final del callejón y el lugar que más habían estado esperando visitar: la tienda de varitas de Ollivander.

Era un local pequeño y polvoriento, como si nadie hubiera pasado un paño por sus ventanas y sus muebles desde hacía siglos.

La tienda existía desde el 382 a.

C., siendo el lugar más común para comprar una varita en Gran Bretaña, desde hacía más tiempo del que cualquier historiador pudiera recordar.

Mientras se acercaban a la tienda, Harry sintió un extraño hormigueo que le recorría el cuerpo entero.

En su mente, comparó esto con la misma sensación que tuvo cuando sostuvo un disco de duelo, aquella vez que la tienda de juegos del pueblo realizó una exhibición de modelos nuevos.

Esa fue también la primera vez que logró crear lo que Johan denominaba «vínculo del duelista».

Es decir, la conexión verdadera de un duelista con sus cartas.

Recordaba que, en el momento más tenso del duelo, incluso sintió que sabía exactamente qué carta estaba robando solo con tocarla.

Supuso que era algo lógico; allí, en algún lugar de aquella tienda polvorosa y de aspecto tosco, se encontraba la varita que le pertenecía.

—Ah, sí, los gemelos Potter —se escuchó la voz de Ollivander en cuanto se acercaron al mostrador.

Era un hombre anciano, menudo y de cabellera cana; resaltando sus ojos que veían a los presentes de una forma un tanto siniestra.

Recitó una a una las varitas con sus componentes y propiedades particulares, de cada uno de los adultos presentes, puesto que fue él quien se las había vendido tantos años atrás.

—Muy bien, vamos a encontrar las compañeras idóneas de estos jóvenes magos.

A Harry le pareció sumamente molesto el proceso de medición, con una cinta métrica encantada que hacía el trabajo por sí misma.

El artilugio ese no se limitaba a medir el largo del brazo, sino que también la altura total del cuerpo, la distancia entre hombro y hombro, el tamaño de la nariz… No quedaba claro para qué eran necesarias todas esas mediciones, dado que el dependiente ni siquiera le prestaba atención, más ocupado rebuscando entre los cientos de cajas con varitas.

Luego de una rápida mirada a Charlus, Harry se dio cuenta de que él también se sentía incómodo ante tantas mediciones.

Antes incluso de que la medición terminara, Ollivander comenzó a dejar las cajas con varitas sobre el mostrador, mientras recitaba los tipos de madera y los núcleos, y cómo estos interactuaban entre sí.

Mientras tanto, la cinta terminó su trabajo, se enrolló y quedó inerte sobre el mostrador.

Fueron probando las varitas una a una.

Charlus fue el primero en encontrar la suya.

Una varita de serbal con núcleo de pelo de unicornio, de treinta y dos centímetros de largo.

Según Ollivander, una varita firme y potente, además de sumamente leal al mago elegido.

Garantizaría a su dueño una gran precisión y flexibilidad respecto a sus hechizos, especialmente en duelos.

Harry, por su parte, probó al menos dos docenas de varitas antes de encontrar la adecuada.

Acebo y pluma de fénix, veintiocho centímetros, bonita y flexible.

Sin embargo, Ollivander pareció un tanto sombrío en cuanto quedó claro que la varita había elegido a su dueño.

—Es curioso —comentó con tono solemne—.

Recuerdo cada varita que he vendido, señor Potter.

Me resulta extraño que lo haya elegido esta varita, cuando fue su hermana la que casi asesinó a su hermano aquella noche.

Debemos esperar cosas grandes de usted, después de todo, «el que no debe ser nombrado» hizo cosas grandiosas.

Terribles y grandiosas —enfatizó.

—No sé qué puede tener de grandioso asesinar gente inocente —espetó Lily mordazmente.

Ollivander simplemente asintió con gravedad.

Pagaron las varitas y se marcharon directamente hacia el Caldero Chorreante, la entrada al callejón Diagon, con la intención de comer allí y luego volver mediante Flú a la casa Potter.

A mitad de camino, Hagrid los detuvo.

Traía dos jaulas con dos lechuzas, una parda y otra blanca, como regalo de cumpleaños adelantado para los gemelos.

—No debiste molestarte, Hagrid —dijo Lily Potter, mientras veía cómo sus hijos observaban a las aves, embelesados por sus colores llamativos.

—Tonterías —restó importancia el semi-gigante—, además les serán muy útiles ahora que van a Hogwarts.

4 Dumbledore dejó la carta que le había enviado Ollivander sobre su escritorio.

Los acontecimientos de ese día en el callejón Diagon lo dejaron con más dudas que respuestas.

En especial con respecto al menor de los gemelos.

Esperaba que Charlus obtuviera la varita gemela de la que poseía Lord Voldemort, no Harry.

Cierto, el gemelo mayor, también había adquirido una varita competente para los duelos, pero no sería una defensa absoluta contra Voldemort como él esperaba.

Suspiró resignado.

Después de todo, era solo un hombre y no podía controlar la manera en la que el destino se movía.

5 La posibilidad de convertirse en un duelista profesional fue algo de lo que Harry discutió regularmente con Neville, en especial a lo largo del último año.

Aunque, en tales ocasiones, solían hacerlo más como una divagación divertida, que considerándolo como una verdadera alternativa de trabajo futuro.

Al menos hasta que consiguió convertirse en el campeón nacional infantil.

Lo que conllevó recibir una invitación oficial para la final mundial de la misma categoría que, convenientemente, se llevaría a cabo en Londres durante el mes de diciembre de ese año.

Justamente durante las vacaciones navideñas.

A lo largo de los últimos dos años, Harry participó en muchos torneos locales animado por Neville y Johan, por lo que no fue una sorpresa cuando obtuvo un pase para el torneo regional en Bristol.

Después de todo, era conocido como uno de los mejores duelistas del condado de Godric.

Fue la primera vez que habló con sus padres sobre su pasión por el juego de cartas muggle, aunque ya habían visto las cartas varias veces y sabían que se trataba de un juego popular entre los no mágicos.

Sin embargo, hasta ese momento habían pensado que se trataba de algo similar a los cromos de las ranas de chocolate.

A ninguno se le ocurrió que fuera un juego popular, al grado de tener ligas y torneos prestigiosos a nivel local e internacional.

Mucho menos tenían idea de que se repartían grandes premios en efectivo; o incluso de que había ligas profesionales, con estadios y toda la parafernalia alrededor de estos.

Incluso Charlus se interesó por ver de qué iba el juego en algún momento, en especial por los dibujos de las cartas; pero perdió rápidamente su atención cuando se dio cuenta de que no se movían en lo absoluto como los dibujos, retratos y fotografías mágicas.

Y, por supuesto, no explotaban o arrojaban sustancias pegajosas a los jugadores cuando perdían.

La afición de Harry, sin embargo, provocó que, justo el día después de ir al callejón Diagon, la familia Potter se vistiera con ropa muggle para acompañarlo a un torneo.

La sorpresa en los magos fue grande cuando, en el primer duelo, dragones y bestias casi reales hicieron acto de presencia para enfrentarse entre sí.

Lo único que detuvo a los magos de hacer algún movimiento, creyendo que las criaturas eran reales, fue la promesa hecha a Harry de que, pasara lo que pasara, no llamarían la atención.

—Son hologramas —dijo Lily, finalmente, comprendiéndolo.

—¿Su primer duelo?

—preguntó una mujer algo rechoncha, sentada a su lado izquierdo en las gradas del gimnasio donde se llevaba a cabo la competición.

Los magos asintieron.

—Es impresionante, ¿a qué sí?

Una cosa es ver a los niños jugando en las mesas del parque o el colegio; pero en estas competiciones, donde se usan los discos de duelo y la tecnología de juegos de Corporación Kaiba, el duelo adquiere una nueva dimensión.

Increíble lo que hacen los japoneses, ¿no creen?

La familia Potter solamente atinó a asentir ante ese comentario.

Animaron con entusiasmo a Harry, al verlo usar a sus «hechiceros» para vencer a cuantos rivales enfrentaba.

Y, finalmente, consiguió el campeonato regional y su pase al torneo nacional en Londres.

Una semana después, la fiesta de cumpleaños se llevó a cabo como las anteriores.

Con el agregado de que el Mundo Mágico hizo un gran revuelo mediático.

Aprovechando al máximo que el «niño que vivió» comenzaba Hogwarts en septiembre.

Ajeno a todo eso, Harry y Neville discutieron sobre las nuevas cartas y estrategias que el primero había visto en el torneo regional.

Y finalmente, a mediados de agosto, Harry asistió al torneo nacional de Inglaterra.

Al igual que antes, demostró un control asombroso de su mazo venciendo a todos sus oponentes.

La final fue, para su suerte, un gran reto.

Su oponente usaba un mazo que giraba en torno a la carta de Trampa Continua «Drenaje de Habilidad» con la cual anulaba los efectos de todos los monstruos en el campo, aprovechando esto para invocar algunas criaturas realmente poderosas, cuyos efectos son en realidad adversos para el jugador que los controla; de esta forma, era capaz de abrumar a Harry con criaturas fuertes sin sufrir de sus penalizaciones, y dificultando al oponente contraatacar.

Con los efectos de sus monstruos sellados, Harry tuvo que buscar una manera de defenderse, aprovechando al máximo sus cartas mágicas y de trampas, el tiempo suficiente para lograr destruir tan molesta carta; pero su rival, al igual que él, usaba todos los recursos posibles para protegerla.

Y cuando lograba destruirla, se las arreglaba para jugar otra copia o recuperarla del Cementerio.

Finalmente, tras muchos turnos tortuosos, consiguió destruirla y acabar con el duelo antes de que su adversario pudiera recuperarla.

Al terminar el duelo, ambos duelistas tenían sus mazos casi reducidos a un par de cartas y los puntos de vida de Harry eran de cien.

—Impresionante duelo —los felicitó el juez principal del torneo, un oficial de Ilusiones Industriales, compañía que publicaba el Duelo de Monstruos—.

Deberían pensar en ser profesionales en el futuro.

De verdad, tienen el talento.

Y, sin que Harry se hubiera percatado de cuando la idea había madurado tanto en su mente, de pronto se dio cuenta de que realmente deseaba ser un duelista profesional.

Comenzó a pensar seriamente la posibilidad de ir, en unos años, a la Academia de Duelos.

Aunque, como aprendería más tarde, en ese momento no sospechó hasta qué punto esa idea afectaría su vida y la del Mundo Mágico.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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