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Harry Potter y el duelo de monstruos - Capítulo 5

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  4. Capítulo 5 - 5 Primer año accidentado II
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5: Primer año accidentado (II) 5: Primer año accidentado (II) 6 El primero de septiembre, el andén nueve y tres cuartos lucía lleno de actividad.

Era el momento en que los jóvenes magos y brujas partían hacia Hogwarts, y a las aventuras que, sin duda, les esperaban en la renombrada escuela de magia y hechicería.

Los Potter no fueron la excepción.

La familia entera se apresuró a pasar a través de la atestada estación.

Lily y Harry suspiraron al ver que, nuevamente, se había reunido una gran cantidad de reporteros deseosos de obtener una nota sobre la familia Potter, y el primer viaje del «niño que vivió» y su gemelo a Hogwarts.

James y Charlus adoptaron su característica pose sonriente de «relaciones públicas».

Aunque, por dentro, estaban tan exasperados como los otros dos miembros de su familia.

James Potter, en sus días de colegio, había estado deseoso de obtener fama y reconocimiento en el Mundo Mágico.

Ahora, y dada la forma en la que había obtenido dichas cosas, lo único que deseaba era poder aparecer en público con su familia sin ser acosado por la prensa, y otros magos, deseosos de estrechar la mano del «niño que vivió».

Después de la típica foto de la familia completa, que seguramente estaría en primera plana al día siguiente, los reporteros de El Profeta y otros medios, finalmente les dejaron su espacio para que se despidieran de sus hijos.

James subió los baúles y las jaulas con las lechuzas al vagón —los animales le enviaron miradas severas ante un movimiento que consideraron demasiado brusco—, mediante un encantamiento de levitación, mientras Lily les daba las últimas indicaciones.

—No se olviden de jugarles bromas a los Slytherin y a Quejicus —les recordó su padre.

—¡James!

—reprendió Lily enviándole una mirada severa—.

Deja de poner a los niños contra sus compañeros.

Y mucho menos contra un profesor.

Charlus intentó no reírse del consejo de su padre, pero falló miserablemente, y fue reprendido por la mirada severa de su madre.

Harry se limitó a negar con la cabeza.

Su padre nunca cambiaría, no importaba lo maduro que aparentara ser algunas veces.

—Pero Lily —trató de justificarse James—, la vida en Hogwarts no es divertida sin las bromas… —Se calló ante la mirada de su esposa.

Básicamente, decía: «insiste con eso, y no habrá diversión nocturna por varios meses».

Resignado, el hombre tuvo que conformarse con dar los consejos comunes a sus hijos: no hacer algo para molestar a Filch (al menos no mucho), visitar a Hagrid y no adentrarse mucho en el Bosque Prohibido hasta al menos su tercer año, ganándose una nueva reprimenda de su esposa por esto último.

Al final, pasó a revolverles el cabello cuando finalmente subieron al vagón.

Lily se limpió algunas lágrimas, mientras besaba a ambos niños en sus mejillas, provocando quejas de Charlus y una sonrisa tímida de su hijo menor.

Harry rápidamente fue en busca de Neville, mientras que Charlus fue a buscar a los Weasley, lo más probable para planear alguna broma.

Harry encontró a su amigo en el último compartimiento del vagón.

No estaba solo.

Había una niña de cabello castaño y enmarañado con él, quien de hecho ya vestía su uniforme de Hogwarts.

—Buenos días —saludó Harry, tan cortésmente como su madre le había inculcado.

—Buenos días —devolvió el saludo la niña con timidez.

Harry saludó a Neville, luego le extendió la mano a la niña.

—Mucho gusto, soy Harry Potter.

—Hermione Granger —se presentó la chica rápidamente, estrechando su mano y agitándola con algo de sobre-entusiasmo.

Al darse cuenta de lo que hacía, soltó rápidamente a Harry.

Su rostro se tiñó de rosa, demostrando que estaba avergonzada.

El niño, por su parte, no mostró señal de que eso le hubiera molestado.

—Qué bien que llegaste —dijo Neville mientras lo ayudaba a acomodar su baúl junto con los otros.

—Vinimos por el Mundo Muggle.

Mamá insistió, aunque a papá le desesperó todo el tráfico matutino.

Hermione, por su parte, permaneció callada, observando atentamente a los dos niños magos.

No podía creer que ese niño fuera un Potter.

Había leído en varios libros sobre el ataque a los hijos de la familia Potter hacía diez años, durante Halloween, aunque nunca pensó que estaría realmente ante uno de los hermanos.

Además de que había sido muy educado.

No estaba muy segura de cómo se comportaban las celebridades en el Mundo Mágico, pero era consciente, al menos, de que la mayoría de los famosos muggles eran muy desagradables en persona.

Mientras pensaba todo esto, la conversación entre los amigos siguió, desconectada de ella.

—Entonces, ¿es una buena carta?

—preguntó Neville.

Se refería a la carta promocional que Harry ganó en el torneo nacional.

—Sí, es muy buena.

Pero no va con mi estrategia.

Dicho esto, Harry abrió su baúl y extrajo un cartapacio de su interior.

Neville se acercó a mirar.

Harry había puesto la carta que ganó en la primera hoja, justo al centro.

«Emperador del Relámpago», leyó Neville en su mente.

—¡Es increíble!

—exclamó al ver el arte de la carta y leer su efecto.

—¡Lo sé!

Una lástima que no sea legal en los torneos.

«Emperador del Relámpago» era lo que se conoce como una «carta triunfo».

Es decir, que da el triunfo automático de un Match, un duelo a dos de tres rondas, si en el primer encuentro reducía los puntos de vida del oponente a cero.

Su desventaja era que, a diferencia de los monstruos ordinarios de nivel alto, requería del tributo de tres monstruos en el campo, todos los cuales debían ser de tipo trueno.

—¿Juegan Duelo de Monstruos?

—preguntó Hermione al reconocer las cartas.

—Sí, ¿también juegas?

—se entusiasmó Neville.

—No.

Algunas veces vi a otros chicos jugar.

Y, bueno, mi primo también tenía algunas cartas.

No creí que el juego fuera también popular en el Mundo Mágico.

—No lo es —le aclaró Harry—.

Creo que Neville y yo somos los únicos magos que jugamos, al menos magos criados en el Mundo Mágico.

Justo en ese momento, la puerta del compartimiento se abrió y apareció Draco Malfoy.

Harry y Neville lo habían conocido en una de las fiestas del Ministerio, a las que se habían visto obligados a asistir en los últimos años.

Era un chico pálido y de cabellera rubia.

Venía acompañado de dos niños grandes y corpulentos, una especie de guardaespaldas; seguramente de las familias Crabbe y Goyle, fieles lugartenientes de los Malfoy desde hacía siglos.

—Vaya, pero sí es el Potter menor —dijo.

En su rostro había una sonrisa desagradable, que solo creció cuando miró al niño rubio—.

Y Longbottom.

Su mirada se posó en Hermione, y al instante hizo una mueca de repugnancia, la cual pareció pasar desapercibida para ella.

—¡Oh!

—dijo la niña extendiendo la mano—.

Hermione Granger, un placer.

Draco la miró con un gesto indignado.

—Malfoy, será mejor que te marches —dijo Harry fríamente.

No quería que Hermione se enfrentara a los fanáticos de la sangre pura antes de siquiera haber visto Hogwarts.

La niña pareció intuir que algo andaba realmente mal, puesto que bajó la mano con una expresión entre avergonzada y confundida.

—Mira, Potter… —Pero antes de que pudiera concluir, se escuchó una voz proveniente del pasillo.

—¿Todo bien por allí?

—Harry reconoció la voz de Percy Weasley.

Recordó a sus padres mencionar que era el nuevo prefecto de Gryffindor ese año.

—No sucede nada, Percy —respondió Harry en cuanto el pelirrojo se asomó en el compartimiento—.

Malfoy pasó a saludar, pero ya se iba.

Draco dio media vuelta para marcharse, aunque no sin sostener la mirada a Harry por un par de segundos.

El mensaje era claro: ese no sería el final de todo el asunto.

El joven prefecto suspiró al ver cómo los tres de primero pasaban a su lado.

Conocía perfectamente a los Malfoy.

Cuando lo vio dirigirse al vagón en el cual viajaba uno de los gemelos Potter —los había visto entrar un poco antes del comienzo del viaje—, decidió revisar que no fueran a meterse en una pelea o algo similar.

La rivalidad entre los Potter y los Malfoy había llegado a ser tan grande como la de los últimos con su propia familia.

Sobre todo, después de la caída de Voldemort.

Percy asintió hacia los que estaban en el compartimiento, luego cerró la puerta y continuó con su ronda por el pasillo.

Harry soltó el aire en un suspiro, mitad cansado, mitad de alivio, porque las cosas no escalaran.

Neville miraba aún hacia la puerta con nerviosismo, como esperando que Draco volviera en cuanto se percatara de que el prefecto se había ido.

—Qué niño tan desagradable —murmuró Hermione.

—Es un Malfoy —le aclaró Harry—.

No son las personas más agradables del mundo mágico.

Neville asintió lentamente.

Draco Malfoy había insultado y ridiculizado la situación de sus padres en diversas ocasiones.

Cuando era más chico, muchas veces terminaba llorando.

En los últimos años, Harry le ayudaba a hacerle frente cada vez que podía, y esto a su vez arrastraba a Charlus al conflicto.

El viaje transcurrió sin más incidentes, salvo que Neville perdió su sapo mascota y tuvieron que ir en busca de un prefecto para que lo invocara —idea de Harry, puesto que Hermione y Neville habían sugerido ir a buscarlo por todo el tren—.

También recibieron la visita de Charlus, acompañado por Ron, además de los gemelos Weasley y su amigo Lee Jordan, quien había colado al tren una tarántula gigante, cosa que no tenía a Ron demasiado contento.

Compraron varios dulces del carrito, y pasaron la mayor parte del viaje conversando sobre las casas del colegio y las clases que tomarían.

Más o menos una hora antes de llegar, Hermione abandonó el compartimiento para darles espacio a los dos chicos, quienes se cambiaron de ropa rápidamente.

Por fin, cuando casi toda la luz natural había desaparecido, el Expreso de Hogwarts llegó a la estación de Hogsmeade, donde los de primero fueron recibidos por Hagrid y llevados al castillo a través del lago.

En la entrada del colegio, como era tradición, los esperaba la profesora McGonagall para darles la introducción antes de la Ceremonia de Selección.

7 La profesora McGonagall miró el pergamino una vez más.

—¡Potter, Harry!

—llamó.

Harry se adelantó con algo de nerviosismo.

Ignorando los cuchicheos que se extendían por todo el comedor.

Eran muchos, aunque no tantos como los que precedieron a la selección de Charlus.

Antes de que el Sombrero Seleccionador fuera puesto en su cabeza, alcanzó a ver hacia la mesa de Gryffindor, desde donde su hermano y Neville le devolvieron miradas esperanzadas; confiando en que quedara en su misma casa.

Al instante, el sombrero tapó sus ojos y una voz pareció hablar directo en su cabeza: —Interesante, una mente dispuesta.

A diferencia de tu hermano, tu madre consiguió plantar muy bien en ti el gusto por el conocimiento.

Harías bien en Ravenclaw, pero no creo que sea lo adecuado.

Veo aquí que te has decidido, aunque aún no lo admites totalmente, a seguir el camino del duelista.

Un camino difícil que requerirá de gran valor y determinación para enfrentar a la sociedad mágica, tomando en cuenta lo que se espera de un Potter; más aún en estos tiempos.

Con eso no me queda duda de que tu lugar está en… ¡Gryffindor!

Harry se levantó, entregó el sombrero a la profesora McGonagall, y corrió hacia la mesa de su nueva casa.

Se sentó junto a su hermano y Neville, justo enfrente de Hermione.

8 Las clases eran tan demandantes como su madre les había avisado, y la verdad eso le agradaba.

Salvo por pociones.

Los gemelos esperaban que fuera la peor, pero no a ese grado.

Severus Snape, el profesor de dicha materia y jefe de la Casa Slytherin parecía especialmente ensañado con ellos.

Harry había escuchado una y otra vez las historias que Sirius y su padre contaban sobre sus bromas hacia él, esto durante sus días de colegio.

Claro, siempre asegurándose de que su madre no los estaba escuchando.

Así que, en cierta medida, entendía perfectamente cómo se sentía el profesor Snape al tener que dar clases a los hijos de su mayor enemigo.

Para el final de la semana, se encontró agotado y sepultado en mucho trabajo escolar.

A pesar de ser los primeros días del curso, muchos profesores —en especial McGonagall, quien impartía transfiguración, y Flitwick, de la clase de encantamientos— parecían querer terminar cuanto antes con la teoría para pasar a la práctica.

La profesora McGonagall, sin embargo, ya comenzaba a encargarles pequeños ejercicios con sus varitas, como convertir cerillos en agujas y viceversa.

El sábado por la tarde, Harry se sentó en una mesa de la biblioteca frente a Neville.

Hermione también estaba allí.

Ella leía un libro sobre transfiguración, seguramente tratando de adelantarse un poco al material de la clase; o tal vez alargar el ensayo sobre los principios básicos que debían entregar el próximo lunes.

Neville, por su parte, trataba de memorizar algo del libro de pociones.

El chico no era particularmente bueno en esa clase.

Snape lo notó y, lejos de ayudarlo, se ensañó más con él.

—Escuche que Charlus obtuvo su primera detención —dijo Neville al verlo llegar.

—Sí.

Filch lo sorprendió tratando de asomarse al pasillo prohibido junto con Ron Weasley.

—¿Cómo es que tu hermano se busca tantos problemas?

—preguntó Hermione alzando la vista de su libro texto.

—Creo que está en los genes de la familia Potter —le respondió Harry—.

Papá dice que los problemas nos persiguen desde hace muchas generaciones.

Aunque debo decir que ni Charlus ni mi padre hacen mucho por evitarlos.

Siempre tratando de hacer nuevas bromas.

Harry sacó un pergamino y comenzó a trabajar en su propio ensayo de transfiguración, imitando a Hermione.

Una hora después, los tres chicos terminaron con sus deberes y comenzaron el camino de vuelta a la torre de Gryffindor.

En el camino, Neville y Harry comenzaron a charlar sobre posibles estrategias de duelo.

Hermione los escuchó sin mucho entusiasmo.

No entendía muy bien la mecánica del juego, aunque tampoco es que hubiera tratado de hacerlo.

Su interés estaba en los estudios, no en un juego de cartas.

Llegaron a la sala común, y ambos chicos decidieron que era mejor dejar de discutir las estrategias y ponerlas en práctica.

Se ubicaron en una de las mesas dispuestas para que los alumnos hicieran sus tareas, y sacaron sus mazos de los bolsillos de sus túnicas.

—¿Nunca van a ningún sitio sin sus cartas?

—les preguntó Hermione.

—Los magos nunca dejamos atrás nuestras varitas —le contestó Harry—, de igual forma, los duelistas nunca dejamos atrás a nuestros Decks.

El duelo comenzó.

Ambos se habían enfrentado muchas veces, por lo cual siempre parecían tener una forma de contrarrestar mutuamente cada estrategia.

Ante esa situación, su duelo se reducía a cada uno de ellos, intentando forzar una situación en la cual el otro cometiera un error, a la vez que se cuidaba de no caer en su propia trampa.

Pronto el enfrentamiento de cartas comenzó a llamar la atención de las personas a su alrededor.

Algunos fueron a ver lo que hacían los de primero, curiosos por el uso repetido de frases como «invoco a un monstruo», «activo mi Carta Mágica» o «has caído en mi trampa».

Cuando los criados en el Mundo Mágico comprendieron que era un juego de cartas, esperaban que sucediera algo, como que de pronto uno de los monstruos impresos en las cartas saliera de esta y quemara la carta del otro jugador.

Y muchos de ellos, cuando quedó claro que no había nada «mágico» en las tarjetas, perdieron el interés y se alejaron para ocuparse de otros asuntos más importantes.

Los nacidos de muggles y algunos mestizos, en cambio, observaron el duelo con entusiasmo.

Algunos eran conscientes de cada jugada, puesto que eran duelistas; otros, ya que, a pesar de no jugar, habían visto algunos de los duelos profesionales por televisión.

—Muy interesante duelo —comentó uno de los chicos mayores, una vez que el duelo terminó con un triunfo (apenas) de Harry—.

Personalmente, prefiero los mazos de daño directo.

Y tras intercambiar algunas palabras, el mayor, quien se presentó como Edward King, sacó su propio mazo y se enfrascó en un duelo contra Harry.

9 El domingo, mientras Harry, Charlus y Ron tomaban el té con Hagrid en su cabaña, los chicos notaron una nota en El Profeta donde se hablaba de un reciente asalto a Gringotts, ocurrido apenas poco más de un mes atrás.

—Es curioso —comentó Harry—, fue la cámara 713.

¿No es esa la bóveda que vaciaste la semana anterior al asalto, Hagrid?

Hagrid pareció algo nervioso y no respondió, en su lugar preguntó: —¿Cómo les fue en su primera semana?

Harry se dio cuenta de que no quería tocar el tema del robo, por lo que decidió dejarlo de lado.

No así Charlus, quien era curioso por naturaleza y en varias ocasiones intentó sacarle algo al hombre con la ayuda de Ron.

10 Unos días después de la visita a Hagrid, justo el día siguiente de que tuvieran su primera clase de vuelo, una rabiosa Hermione Granger se sentó junto a Neville y Harry en la mesa de Gryffindor durante el desayuno.

—¡Tu hermano no tiene remedio!

—¿No lo habrás seguido anoche?

—preguntó Harry.

La noche anterior, durante la cena, Draco Malfoy se había acercado a la mesa de Gryffindor para desafiar a su hermano a un duelo de magos.

¿La razón de esto?

Luego de la desastrosa clase de vuelo, en la cual Neville había terminado con la muñeca fracturada a causa de una desagradable caída, Charlus consiguió hacerse con un puesto en el equipo de Quidditch de Gryffindor; esto después de que la profesora McGonagall presenciara como atrapaba la recordadora de Neville en el aire.

Molesto por ese resultado, el chico rubio orquestó una trampa muy obvia, retando a Charlus a un duelo de magos a la medianoche en la sala de trofeos.

Y Ron Weasley, como de costumbre, cuando Malfoy estaba involucrado, actuando antes de pensar, apoyó tal enfrentamiento.

Harry y Hermione intentaron convencerles de que se trataba de un engaño, y uno muy obvio, además.

Al final, Harry se rindió al ver lo decididos que estaban los otros dos chicos a ir «a defender su honor y el de su casa».

El menor de los Potter fue a la enfermería después de eso, para acompañar a Neville de regreso al dormitorio; sabiendo que para entonces ya estaría recuperado, y lo malo que era recordando las contraseñas de la entrada a la torre de Gryffindor.

Justo treinta minutos antes de la medianoche, intentó persuadir a los chicos por última vez.

Nuevamente lo desestimaron.

Ahora se daba cuenta de que, al parecer, Hermione también los había intentado convencer de su error.

—Pues sí, lo hice —respondió ella cruzándose de brazos—.

Tal como pensábamos: era una trampa.

Malfoy no se presentó, y al parecer avisó a Filch.

Harry asintió lentamente.

Era justo el tipo de cosas que Malfoy hacía.

—El punto no es ese.

Por accidente terminamos en el pasillo prohibido.

¡Tienen un enorme perro de tres cabezas allí!

Harry se sorprendió, y de inmediato pensó en Hagrid.

Era el único miembro del personal de Hogwarts que podría conseguir una bestia como esa.

Hermione no volvió a decir nada más al respecto, prefiriendo volver a sus estudios.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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