Harry Potter y el duelo de monstruos - Capítulo 7
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7: Primer año accidentado (IV) 7: Primer año accidentado (IV) 16 La siguiente aventura de Charlus y sus amigos resultó ser demasiado… ilegal.
Y no por qué hubiera roto las reglas del colegio —que de hecho sí lo hicieron—, sino por qué implicaba a un dragón.
Y como siempre, Harry y Neville se vieron arrastrados al asunto de manera indirecta.
O tal vez en esta ocasión no tanto.
Comenzó cuando Charlus, Ron y Hermione sorprendieron a Hagrid buscando información sobre dragones en la biblioteca.
Después de clases, convencieron a Neville y a Harry de acompañarlos a la cabaña del guardabosque, donde descubrieron un huevo de dragón siendo encubado dentro de una olla en la chimenea.
Trataron de convencer a su amigo de que eso era mala idea.
Sin embargo, Hagrid siendo Hagrid, restó importancia o directamente desestimó los argumentos de los niños.
Las cosas solo se complicaron más cuando el dragón nació.
Crecía demasiado rápido, provocaba pequeños incendios, e incluso llegó a morder a Ron.
La mordida resultó ser venenosa, por lo que el pelirrojo tuvo que pasar varios días en la enfermería.
Y, como si todo eso no hubiera sido suficiente, Draco los descubrió.
Al final, con pocas opciones y temiendo que su amigo fuera enviado a Azkaban por traficar con dragones, trazaron un plan para enviar al dragón Norberto, como lo había llamado Hagrid, con el hermano de Ron, Charlie, quien trabajaba en una reserva de dragones en Rumania.
Solo que un descuido de Ron provocó que Draco se enterara de todo el plan.
Unas noches después, aun con la incertidumbre de cuándo los delataría Malfoy, entre Harry, Hermione y Charlus —ayudados por la capa de invisibilidad— trasladaron al dragón a la torre de astronomía.
Era demasiado tarde para echarse atrás y no tenían tiempo de pensar en otra cosa.
Si esperaban mucho, Norberto sería tan grande que ocultarlo de los profesores se volvería imposible.
Las cosas se precipitaron rápidamente hasta el desastre a partir de ese punto.
Primero, descubrieron que Draco los había delatado.
Aunque la profesora McGonagall, como es obvio, no le creyó que tres alumnos de primero transportarían un dragón ilegal por los pasillos después del toque de queda.
Las cosas habrían salido bien si la «suerte Potter» no hubiera estado en su contra: justo cuando volvían de la torre, Harry recordó algo.
—¡Olvidamos la capa!
—exclamó en un susurro.
—Ve y tráela —dijo rápidamente Charlus.
Harry iba a replicar.
Lo mejor sería que subieran los tres para poderse ocultar; sin embargo, justo en eso, Charlus habló: —Apresúrate, nosotros esperaremos aquí.
Ya hemos hecho mucho ruido, y si subimos todos de nuevo, alguien puede darse cuenta.
Harry asintió y volvió sobre sus pasos.
Unos minutos después, regresó al mismo lugar, pero ni Charlus ni Hermione estaban allí.
Con un suspiro exasperado, volvió a la torre de Gryffindor, pensando que ellos ya estaban allí.
Pues bien, no estaban, y tampoco Neville.
Una hora más tarde, una molesta profesora McGonagall escoltó de regreso a la Sala Común a los tres estudiantes faltantes, mientras aseguraba que nunca antes se había sentido tan decepcionada de sus Gryffindor.
A la mañana siguiente, Slytherin había perdido veinte puntos de casa y Gryffindor ciento cincuenta puntos.
17 Durante los siguientes días, los cinco niños hicieron todo lo posible por recuperar los puntos perdidos, a la vez que intentaban estar lo más alejados posible de los problemas.
Neville lo pasaba muy mal, por lo que Harry trató de estar con él el mayor tiempo posible, incluso si eso significaba ser alcanzado en parte por el desprecio de los demás Gryffindor.
Él también creía merecer, puesto que había participado en la escapada nocturna con su hermano y Hermione.
Draco Malfoy, por el contrario, era tratado como un héroe en su casa por haber provocado una pérdida masiva de puntos a sus rivales directos.
Además de que el favoritismo de Snape en pociones les permitió recuperar los puntos perdidos en una sola clase.
Harry y Neville se encontraban como de costumbre en la sala común sosteniendo un duelo.
No había nadie más en el lugar, puesto que era fin de semana y la mayoría de los alumnos se encontraban en los jardines o explorando el castillo.
Justo en ese momento, la entrada de la torre se abrió y aparecieron Charlus, Ron y Hermione.
—¡Es Snape!
—dijo Charlus mientras se sentaba cerca de Harry.
—Espera, ¿de qué hablas?
—preguntó Harry, confundido.
Neville alzó la vista para confrontar él también al trío.
—Bueno —comenzó a explicar Charlus—, ¿recuerdas la trampilla que custodia el cerbero en el tercer piso?
—¿No habrán seguido indagando en eso?
—Pues sí —respondió Ron—.
Y teníamos razón: hay un tesoro allí.
¡Es la piedra filosofal!
—¿La piedra filosofal?
—preguntó Neville.
—Una piedra legendaria que los alquimistas buscaron durante siglos —respondió Harry—.
Supuestamente, con ella se obtendría la capacidad de transmutar cualquier metal en oro, o fabricar el elixir de la vida para ser inmortales.
Charlus, Ron y Hermione se miraron con cierta frustración.
—Exactamente —asintió Charlus luego de un rato—.
Y Snape quiere robarla.
Harry entrecerró los ojos al tiempo que enviaba una mirada suspicaz al trío.
—Snape es un profesor.
—Eso mismo dije yo —intervino Hermione—, y Hagrid; pero no podemos negar que las evidencias lo señalan a él.
Ha estado actuando muy sospechoso.
—Snape es demasiado inteligente para intentar robar algo que Dumbledore custodia.
Y, de todas formas, ¿cómo están tan seguros de que es la piedra filosofal lo que custodia Fluffy?
Charlus miró a Ron y a Hermione, quienes hicieron un gesto afirmativo en su dirección.
El Potter comenzó a hablar: —Bueno, después de que Hagrid dijera que lo que había en el tercer piso tenía que ver con Nicolás Flamel, investigamos quién era esa persona.
Resultó que es un alquimista reconocido por haber creado la piedra filosofal.
—Así que dedujeron que eso era lo que se guardaba allí —terminó Harry, pensativo—.
Supongo que eso es lo que Hagrid fue a buscar a Gringotts, ya sabes, el día que fuimos al callejón Diagon a hacer las compras del colegio.
—¡Exacto!
—exclamó Charlus.
—Aun así, ¿qué pruebas tienen de que Snape pueda estar tras la piedra?
—Ya lo sabes: su pierna herida.
En Halloween lo vimos ir hacia el tercer piso.
—No es prueba suficiente —intervino Neville—.
Tal vez fue a verificar que nadie se estuviera aprovechando del asunto del trol para intentar robar la piedra.
Charlus y Ron bufaron exasperados.
Les quedó claro que no podrían convencer a Harry ni a Neville de que lo que decían era verdad, así que se levantaron y se fueron.
Hermione les dedicó una mirada de disculpa, antes de también marcharse.
18 A la mañana siguiente de la detención con Hagrid por el asunto del dragón, Charlus informó a Harry de lo que había visto en el Bosque Prohibido.
—¡Es el que no debe ser nombrado!
¿Cómo no nos dimos cuenta antes?
Snape es un mortífago, papá siempre lo ha dicho.
—¿Voldemort?
—preguntó Harry.
Los demás se estremecieron, incluido Charlus—.
¿Por qué se arriesgaría a tratar de robar algo justo en las narices de Dumbledore?
—¿No es obvio?
—despotricó su hermano—.
La piedra filosofal es tan poderosa que bien podría permitirle recuperar todo su poder.
Para alguien desesperado como él es un premio demasiado valioso como para dejarlo pasar.
Incluso con Dumbledore custodiándola.
—Lo viste en el bosque —dedujo Harry.
—Sí.
—Charlus sintió escalofríos al recordar lo visto la noche anterior—.
Está matando unicornios en el bosque.
Según los centauros, la sangre de unicornio lo mantiene en este mundo, aunque a un gran costo.
No tengo dudas de que Snape intenta robar la piedra para poder devolverle todo su poder.
Ron, Hermione y Neville, quienes hasta ese momento solamente se habían limitado a observar la discusión entre los dos hermanos, se estremecieron.
—¿Has avisado a alguien?
—les preguntó Harry.
—No, no van a creernos.
—¿Cómo quieres hacer algo sin decírselo a los adultos?
Estoy seguro de que Dumbledore y nuestros padres te escucharían.
¿No es de lo que han hablado todos estos años?
De cómo estar preparados para cuando Voldemort regrese.
—Sí —musitó Charlus algo abatido—.
Pero, sin pruebas, no van a creernos.
Tenemos que sorprender a Snape y a «quien tú sabes» justo cuando cometan el crimen.
—Ah, claro.
Supongo que Voldemort será buen deportista y te concederá cinco o diez minutos para ir a buscar a Dumbledore.
¡Por Merlín, es un Señor Oscuro, no un villano cliché de Marvel o DC!
—¿Perdón…?
—preguntaron Ron y Charlus confundidos.
—Cómics muggles —respondió Neville.
—¿Cómo es que ustedes los conocen?
—les preguntó Hermione.
Sabía que ambos chicos se habían criado en el mundo de los magos, y por lo que Charlus le había dicho, su madre se había alejado por completo del Mundo Muggle hacía mucho tiempo.
—Eso no importa ahora —contestó Charlus tajantemente—.
El punto es, ¿vas a ayudarnos a proteger la piedra, o lo haremos nosotros solos?
Harry se mordió el labio en un gesto pensativo, y entonces hizo todo lo contrario a su sentido común: —Más les vale tener un buen plan —dijo mientras se pasaba la mano por el cabello de forma nerviosa.
Charlus sonrió, triunfante.
19 El culpable resultó ser Quirrell.
Charlus hubiera sospechado de cualquier otro profesor —especialmente de Snape—, antes que del tartamudo profesor de defensa.
Pero la realidad era esa.
Y ahora él y Harry se encontraban frente a la persona que intentó matarlo, y que secretamente había estado todo el año tras la piedra filosofal, y de la cual no habían sospechado.
El viaje hasta ese punto, sorteando las trampas puestas para proteger la piedra con ayuda de sus amigos, ahora estaba muy atrás en su mente.
De hecho, el miedo no le dejaba pensar mucho en cualquier cosa, más allá de que iba a morir y arrastraría a Harry con él a causa de la maldita curiosidad de los Potter.
Más tarde se regañaría a sí mismo por dejar que su mente se bloqueara cuando quedó claro que ya no era una simulación, y que realmente había un mago oscuro frente a él.
Incluso después de todos esos años preparándose para ese momento.
Y lo peor, Harry también estaba allí.
Él no había pasado por todos esos años de preparación.
Ahora Charlus de verdad se arrepentía de no haber presionado más para conseguir que su hermano fuera entrenado, al menos mínimamente.
Para llegar a la cámara de la piedra, habían pasado por Fluffy, cuya debilidad resultó ser la música, como Harry había descubierto al confrontar a Hagrid —y aprendiendo al mismo tiempo que en una borrachera el guardabosque había revelado eso a un desconocido en Hogsmeade, el pueblo cercano—; un Lazo del Diablo, planta mortal derrotada gracias a la habilidad de Neville en la herbología y de Hermione en encantamientos; unas llaves voladoras, de las cuales Harry atrapó la correcta, montado en una escoba y siguiendo las instrucciones de Charlus; un ajedrez gigante, vencido gracias a las habilidades de Ron en dicho juego; un trol, que por suerte ya estaba noqueado cuando lo pasaron; y un acertijo con pociones el cual Hermione, con un poco de ayuda de Harry, resolvió sin muchos problemas.
Desafortunadamente, de la poción que les permitiría avanzar al final, solo quedaba suficiente para dos personas.
Así fue como Harry y Charlus se encontraron frente a frente con Quirrell.
—Vaya, los hermanos Potter —dijo el profesor escupiendo las últimas palabras—.
Ya sospechaba que nos veríamos aquí.
Todo el año inmiscuyéndose en mis asuntos.
En especial tú: Charlus Potter.
—No… no lograrás robar la piedra —dijo Charlus con todo el valor que pudo reunir.
Harry, por su parte, frenéticamente trataba de pensar en algo que los sacara de allí.
Debía de encontrar una forma de ganar tiempo o de escapar.
Era ilógico pensar que dos estudiantes de primer año pudieran ganar contra uno de sus profesores.
Y, por el titubeo en la voz de su hermano, se daba cuenta de que ni siquiera él, con esos años de entrenamiento, estaba listo para hacer frente a un mago adulto; menos aún un mago oscuro.
Su mano derecha descansaba en el bolsillo de su túnica donde siempre guardaba su mazo.
Por algún motivo, el sostener sus cartas siempre le ayudaba a pensar.
Era curioso, siendo simples trozos de cartón que le daban tanta seguridad como su varita.
—¿Y quién va a detenerme?
¿Ustedes?
Solo son un par de mocosos entrometidos.
Puedo ver cómo tiemblas de miedo bajo esa fachada de héroe.
—Dumbledore.
Él sabe de esto, le enviamos un mensaje.
—Dumbledore —replicó Quirrell, burlón—.
¿Tienes idea de lo que tarda una lechuza en llegar hasta Londres?
Suponiendo que la hayas enviado esta mañana, Dumbledore no la recibirá hasta que yo esté muy lejos.
Y, por supuesto, para entonces ustedes estarán muertos.
Charlus sacó su varita, más como un auto reflejo que porque verdaderamente le fuera a ser de utilidad.
Sabía hechizos defensivos.
Su padre y su padrino lunático habían estado enseñándole a usarlos desde los ocho años, pero nunca los había llevado a cabo con una varita de verdad.
Al comenzar el colegio estuvo tan absorto en los deberes —cuando Hermione conseguía que se pusiera a hacerlos—, explorando el castillo con Ron e investigando lo que estaba pasando, que realmente no se puso a practicar sus lecciones ni siquiera para probar si era capaz de usar los hechizos que aprendió.
Antes de que ni siquiera pudiera formular un hechizo, Quirrell sacó su propia varita y lo desarmó.
Luego, apuntó a ambos hermanos y los ató con cuerdas mágicas, en prevención de que el otro niño intentara algo.
—El gran «niño que vivió» —se burló el profesor—, y, por supuesto, su hermano.
Inútiles al final de cuentas.
Ahora, quédense quietos mientras examino el espejo.
Detrás de Quirrell se encontraba un enorme espejo.
Al parecer era la defensa final de la piedra.
El profesor mantenía la mirada fija en él, estudiándolo con detenimiento, mientras murmuraba algunas cosas.
Al parecer había un truco para poder obtener la piedra o su ubicación.
Quirrel divagó en voz alta sobre si había que romper el espejo, realizar un hechizo específico o descifrar una contraseña mágica.
—Usa a uno de los niños —se escuchó una voz que parecía venir de la nada.
Quirrell se volvió hacia los gemelos y desapareció las cuerdas que sostenían a Charlus con un movimiento de su varita.
—Acércate, Charlus Potter.
Es posible que seas de más utilidad hoy además de cómo un golpe bajo a Dumbledore.
El niño caminó lentamente hasta posicionarse frente al espejo.
El reflejo que Charlus vio fue a su familia y a sus amigos.
Se dio cuenta además de que en el reflejo ni él ni Harry tenían las cicatrices causadas por el ataque de Voldemort.
No había una V en su frente, ni un relámpago en la de Harry.
Lo curioso era que Colagusano, el traidor, («Mi verdadero padrino», pensó con tristeza), abrazaba a su padre y a sus tíos, y miraba con orgullo a su ahijado.
Luego, notó que su reflejo en el espejo sostenía la piedra filosofal en su mano derecha.
La giró dos veces entre sus dedos, y después la introdujo en el bolsillo de su túnica.
Al instante sintió como el peso de la piedra caía en su propio bolsillo.
—¿Qué ves, Potter?
—Es mi familia… «Quien tú sabes» no nos atacó… Todos estamos felices, juntos.
Quirrell emitió un sonido molesto por esa respuesta y lo empujó hacia un lado.
—¡Él miente!
—resonó la misma voz de antes.
—¡Potter, ven aquí!
Harry observó todo con un nudo en el estómago.
Su hermano estaba en un gran peligro.
Tenía que salvarlo.
Lentamente su magia comenzó a deshacer el hechizo de Quirrell, aflojando las cuerdas que lo sujetaban.
De pronto, Quirrell pareció hablar consigo mismo en murmullos.
Finalmente, comenzó a desatar el turbante que siempre llevaba en la cabeza.
En su nuca había otro rostro.
Un rostro pálido, de brillantes ojos rojos y cuencas nasales como de serpiente.
—Mira, Charlus Potter, en lo que me he convertido —dijo el rostro con una voz serpentina—.
Un parásito.
Pero esto puede cambiar.
Entrégame la piedra que tienes en tu bolsillo.
Si lo haces, los dejaré ir a ti y a tu hermano.
Piénsalo: en el futuro, cuando yo gobierne el mundo, serás recordado como el héroe que ayudó a su Señor a recobrar su poder.
—T-te derroté una vez —dijo Charlus apretando su agarre sobre la piedra en su bolsillo—.
Puedo hacerlo de nuevo.
—¡Derrotarme, tú!
No, Charlus Potter, tu leyenda es una mentira.
Fue la magia protectora.
¿Cómo iba a saber que la sangre sucia había aprendido antigua magia protectora celta para evitar mi ataque?
—¡No insultes a mi madre!
—¡Atrápalo!
—Voldemort ordenó a Quirrell, al notar que su chantaje no surtiría efecto en el niño—.
¡Mátalos!
Las cosas se sucedieron con tal rapidez, que ninguno de los gemelos Potter sería capaz de ponerse de acuerdo sobre lo que pasó luego de eso.
Justo cuando Voldemort hablaba con Charlus, Harry logró liberarse de las cuerdas y escabullirse entre las sombras de la cámara de la piedra.
Trataba de buscar un momento idóneo para lanzar el hechizo aturdidor, el cual había practicado junto con Neville en sus horas libres.
Cuando Voldemort ordenó matarlos, Charlus se dio media vuelta y trató de correr hacia la salida.
Quirrell levantó su varita y comenzó a pronunciar lo que sin duda era la maldición asesina, justo en el momento en que Harry salía de su escondite, sosteniendo su varita y preparado para lanzar su propio hechizo.
Quirrell se dio cuenta y rápidamente lo desarmó.
Sin varita, lo único que Harry pudo hacer fue sacar una de sus cartas.
Una especie de auto reflejo o instinto —años más tarde descubriría que fue una mezcla de ambos— producto de la desesperación del momento.
Charlus corrió hacia él y lo tomó por la mano izquierda, mientras Harry sostenía la carta mostrando su diseño en la dirección donde estaba Quirrell.
—¡Avada Kedavra!
—conjuró Quirrell e hizo el movimiento de varita en dirección a los gemelos.
El mortal rayo verde se precipitó a toda velocidad hacia los dos niños, justo en el momento que la carta en la mano de Harry brillaba.
Una especie de barrera de color blanco azulado los rodeó, protegiéndolos.
Voldemort, entendiendo lo que sucedería de forma instintiva, abandonó el cuerpo de su sirviente, justo antes de que la maldición asesina se volviera contra él.
El impacto del rayo de energía color verde con el escudo producido por la carta, arrojó a los niños hacia atrás.
No supieron nada más, pues la oscuridad les envolvió en la inconsciencia.
20 Los Potter pasaron casi todo el tiempo en la enfermería cuidando de sus hijos.
Lily demostró ser incluso más terrible que madame Pomfrey, al menos cuando se trataba de asegurarse de que sus hijos estuvieran bien, por lo que la medimaga no encontró la forma para sacarla de la enfermería, y por consiguiente tampoco a James Potter.
Sirius y Remus también iban a menudo, sobre todo para convencer a sus amigos de ir a casa, a darse un baño y descansar algunas horas, mientras ellos cuidaban de los niños.
Dumbledore y McGonagall también acudían periódicamente.
Además, claro, de Hermione, Ron y Neville, quienes se quedaban todo el horario de visitas, y a veces incluso más (hasta que la medimaga los echaba).
Al mismo tiempo, los regalos de sus compañeros, consistentes en dulces, y, en el caso de los gemelos Weasley, un inodoro —el cual fue oportunamente confiscado por una molesta madame Pomfrey— llenaron lentamente la habitación.
Despertaron a la semana.
Dumbledore les puso al tanto del destino de la piedra, la cual sería destruida para evitar otro intento de robo, y trató de contestarles algunas de sus dudas.
Pero incluso él no estaba seguro de que había sido ese escudo —o barrera— que los había protegido.
Conjeturó que podría ser un remanente de la magia protectora usada por Lily diez años atrás.
Harry consideró que era mejor no decir que dicha luz provenía de una de sus cartas.
Finalmente, fueron dados de alta a tiempo para asistir al banquete de final del curso.
Una entrega de puntos de último momento colocó a la casa Gryffindor adelante, consiguiendo la Copa de las Casas.
Con eso concluyó su primer año en Hogwarts.
El viaje de regreso a casa en el tren fue tranquilo.
Los cinco viajaron en el mismo vagón.
Mientras Harry y Neville jugaban Duelo de Monstruos y Hermione leía algo, Ron y Charlus hablaban de quidditch con esporádicos comentarios de Harry.
Los niños prometieron estar en contacto durante el verano y ponerse de acuerdo para ir juntos al callejón Diagon.
Luego, se separaron y cada cual regresó a casa.
Querían un verano tranquilo después de ese primer año lleno de accidentadas aventuras.
¿Qué les depararían sus siguientes años?
Francamente, pensaron, esperarían a ver sin preocuparse de momento.
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