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Harry Potter y el duelo de monstruos - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 El monstruo de Slytherin I
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8: El monstruo de Slytherin (I) 8: El monstruo de Slytherin (I) 1 Neville y Harry se sentaron en una banca del parque.

El mismo parque en el que Harry presentó a Neville con Samantha y Johan tantos años atrás; y donde siempre se encontraban antes de ir a comprar cartas, o a desafiar a los otros duelistas del pueblo.

Esto les trajo un sentimiento melancólico.

Y era la razón por la cual eligieron ese lugar para dar su siguiente paso como verdaderos duelistas, pensando en que, de alguna manera, Samantha estaba junto a ellos, alentándolos.

Harry bajó su mirada y la posó en la enorme caja rectangular que descansaba sobre sus piernas.

Se sentía eufórico al pensar en que, en unos pocos minutos, podrían sostener un duelo con discos de duelo propios.

Ambos chicos tenían sendas sonrisas en sus caras, como si la Navidad se hubiera adelantado.

Sí, ese era el sentimiento.

—¿Los abrimos?

—preguntó Harry.

Si bien le gustaría preservar su primer disco de duelo intacto dentro de su empaque, como una especie de artículo de colección, la emoción de finalmente tenerlo en sus manos era demasiada como para resistirse.

Neville asintió con entusiasmo, tanto o más emocionado que su mejor amigo.

Sin esperar más, rasgaron la protección de plástico de las cajas, retiraron los sellos de seguridad y la tapa de cartón superior, dejando al descubierto el contenido de las cajas.

Dos discos de último modelo recién salidos de la filial inglesa de Corporación Kaiba.

El plástico blanco con bordes cromados brillaba bajo el sol del verano como si fuera un objeto mágico.

Harry pasó la mano por las ranuras de las cartas, la ranura del deck, del mazo de fusiones y el cementerio, sin terminar de creer que realmente ese disco era suyo.

Oprimió el botón de encendido.

Sintió cómo su corazón se aceleraba cuando, en la pequeña pantalla LCD, se mostró la palabra «Bienvenido».

Neville hizo lo mismo, sin poder esperar más para comenzar a usarlo.

Sin embargo, los discos aún no estaban preparados para el duelo.

Era necesario configurarlos.

Harry extrajo el instructivo de la caja y lo leyó varias veces, para asegurarse de hacerlo bien.

Se llevó la mano al bolsillo y sacó la tarjeta de memoria SD aún empaquetada.

Tenía una capacidad de almacenaje de 32 GB.

Según el instructivo del disco, se requería de un mínimo de 8 para almacenar los paquetes básicos de cartas.

Pero, ellos no querían solo los paquetes básicos, querían la información de todas las cartas existentes, incluso cuando, lo más probable, era que nunca las verían todas en su vida.

Rápidamente, abrió el empaque e introdujo la tarjeta de memoria en la ranura, justo a la izquierda de la pantalla LCD.

Un pequeño led parpadeó en color rojo.

Un segundo después, se mostró un nuevo mensaje: «Espere un momento…

Buscando conexión con el satélite…».

Harry dejó el disco descansando sobre sus piernas y se volvió hacia Neville.

Su disco mostraba el mismo mensaje en pantalla.

—¿Irás al regional este año?

—le preguntó Neville.

Harry lo confirmó con un movimiento de cabeza.

Una brisa fresca soplaba de oeste a este, y la humedad indicaba que, posiblemente, tuvieran tormenta en unas horas más.

—Deberías intentarlo —sugirió Harry.

Neville retrocedió un poco en su lugar.

—¿Cómo va nuestro marcador?

—le preguntó Harry.

—Me has vencido diez veces este verano, y yo te he vencido ocho —respondió con una mueca al intuir lo que pretendía Harry.

—¿Y qué tal tus duelos con los otros chicos del pueblo?

—Los he vencido a todos… Bueno, casi.

Empaté con Johnson.

—Estás listo para un regional, Nev.

Lo harás muy bien.

Neville no dijo nada más.

Y Harry tampoco, pero ambos sabían que ese año irían juntos a Devon para el torneo regional.

Los discos de duelo finalmente terminaron de descargar los archivos.

Ambos niños sonrieron y se miraron mutuamente.

No tenían que decir nada.

Colocaron sus mazos en las ranuras correspondientes.

Las pantallas LCD parpadearon mostrando los 4000 puntos de vida estándar en el formato avanzado, y el duelo comenzó.

2 Una noche, ese verano, Charlus contó un peculiar encuentro con un elfo domestico.

—¿Un elfo doméstico loco?

—preguntó Harry, tan extrañado como el resto de su familia y Neville.

—Sí —respondió Charlus—.

Quería que le prometiera que no iría a Hogwarts este año.

James Potter alzó una ceja con incredulidad.

Lily, por su parte, estaba muy seria.

Como madre, además casada con un infame exbromista de Hogwarts, era una experta descubriendo cuándo Charlus hablaba en serio y cuándo estaba tratando de tomarle el pelo a todos.

Y, por más extraño que resultara, su hijo mayor estaba siendo completamente sincero con respecto al asunto del elfo.

—¿Y exactamente por qué no quiere que vayas a Hogwarts?

—le preguntó.

—Según él, este año habrá una conspiración en el colegio.

Charlus se llevó un pedazo de carne a la boca y masticó con fuerza.

Lily le dirigió una mirada preocupada a James, mientras Neville y Harry se miraban mutuamente, con cierta solemnidad.

—¿Qué clase de conspiración?

—inquirió James, por su tono aún no se tomaba el asunto tan seriamente como su esposa.

La pelirroja le envió una mirada de advertencia, que captó de inmediato.

—No me dijo qué exactamente.

Solo dijo que habría muertes, que no era seguro que yo volviera este año y… ¡Se atrevió a interceptar mi correo!

Charlus pasó los siguientes minutos despotricando sobre como el elfo le había mostrado todas las cartas enviadas por Hermione durante el verano.

A decir verdad, unos días atrás había hablado al respecto con Ron en la Madriguera, el hogar de la familia Weasley, acerca de cómo las cartas de Hermione no estaban llegando a Valle de Godric.

A los dos se les hizo extraño porque, en la correspondencia de Ron, Hermione insistía en que ninguno de los hermanos Potter respondía a sus cartas.

—¡Espera!

—lo interrumpió Harry—.

¿También intervino mi correo?

Charlus asintió en respuesta.

—Justo lo que sospechaba —resopló el menor mientras se echaba hacia atrás en su silla, molesto.

—Dobby dijo que pensó que, si creíamos que nuestros amigos nos estaban ignorando, ninguno de los dos iría a Hogwarts.

—Es la cosa más ridícula que he oído jamás —dijo Neville dándole la razón a Harry, quien miraba a Charlus con una expresión incrédula.

—Lógica de elfo, no son las criaturas más brillantes… —Charlus calló al ver la expresión de su madre.

Lily Potter se volvió hacia James, quien se reía entre dientes al darse cuenta de la expresión asustada en el rostro de Charlus por casi «meter la pata».

—Hay que hablar con el profesor Dumbledore al respecto —decidió Lily Potter.

—¡Mamá!

—exclamó Charlus sorprendido—.

¿Realmente tomarás en serio algo dicho por un elfo doméstico?

Tragó saliva cuando el rostro muy serio de su madre volvió a centrarse en él.

—Es decir, si lo hubieras visto… ¡Es obvio que ese elfo está loco!

Eso, o ha estado inhalando muchos calderos.

—Puede ser —respondió ella—, pero no me parece que sea buena idea dejar pasar esto por alto.

No sabemos si es una trampa.

—También puede ser una broma de mal gusto —dedujo James—.

Todo el año anterior se la pasaron peleando con Draco Malfoy.

Y, por cómo Charlus describe a ese elfo, no hay duda de que es de los Malfoy.

Son una de las pocas familias que trataría así a sus elfos, además de tener algo contra nosotros.

—Pues mucho peor —agregó Lily—.

Ese elfo, de los Malfoy o no, logró pasar los escudos de la casa y colarse en la habitación de Charlus.

—Bueno, no es tampoco tan extraño —explicó James—.

Sabes que la magia de los elfos es diferente a la nuestra.

Y nadie se ha tomado la molestia de crear escudos antiaparición para ellos.

Especialmente porque, si los hubiera, les sería difícil acudir al llamado de sus amos cada vez que los necesitan.

Lily recordó sus tiempos en el colegio, cuando descubrió la esclavitud de los elfos domésticos.

En aquellos días pensó que debía de haber una forma de mejorar las condiciones de vida de esas pobres criaturas.

Luego, al concentrarse en la guerra y la protección de su familia, lo había olvidado.

Al menos se había asegurado de que los elfos de los Potter recibieran ciertas prestaciones como salarios y vacaciones, algo que las criaturas vieron con mucho recelo; pero al ser orden de la señora Potter, no podían rechazarlo.

Actualmente, esos elfos estaban repartidos por las otras propiedades de la familia, encargados de mantenerlas en buen estado.

Lily, por su parte, prefería hacerse cargo ella misma de su propia casa.

—Puede ser —dijo finalmente Lily—, pero al menos deberíamos buscar la manera de evitar que los elfos de otras familias puedan entrar y salir a voluntad de nuestra casa.

James asintió.

Llamó a uno de los elfos de la familia (el cual casi se deshizo en lágrimas por ver a la familia tras años lejos de su «servicio inmediato») y le ordenó estar alerta ante cualquier aparición de algún elfo doméstico extraño en la casa.

Sin embargo, Lily Potter insistió en que debían hablar con Albus lo antes posible sobre esa supuesta conspiración.

3 Neville lo intentó, eso nadie podía negarlo.

Pero, a pesar de su esfuerzo, le fue imposible pasar más allá de los cuartos de final del torneo regional.

No era que su deckfuera malo, ni mucho menos.

Sino que, al final, el pánico escénico logró vencerlo.

Harry permaneció a su lado, dándole ánimos hasta que la última carta fue jugada y quedó en claro que Neville había perdido.

Su oponente tenía un buen mazo también.

No se llegaba hasta ese punto como duelista, incluso en las ligas infantiles, si tu baraja no era buena.

—Tal vez deba dejar de intentarlo —comentó Neville mientras estaban sentados en una de las mesas de la heladería Florean Fortescue, en el callejón Diagon, cada uno con un helado de vainilla y chocolate al frente.

—Tonterías —replicó Harry—, simplemente tienes que aprender a lidiar con las multitudes.

—Lo dices como si fuera muy fácil.

—Lo es.

¿Recuerdas esos programas muggles que veíamos en casa de Samantha?

Neville sonrió.

Cuando comenzó a aprender más sobre el mundo muggle se hizo fanático de algunas series de comedia que daban por televisión.

Solían verlas algunas tardes en casa de su amiga ahora faltante.

—No creo que imaginar a la gente desnuda funcione —dijo recordando que era un consejo que solían dar los personajes de esas series a quienes tenían el mismo problema que él.

—Quién sabe, puede funcionar.

Continuaron hablando de otras cosas.

Era una tarde agradable de mediados de agosto.

Acababan de terminar las compras de sus útiles escolares y ahora se relajaban comiendo helado.

Y vaya que lo necesitaban, luego de lo que había acontecido en la librería un par de horas antes: Lucius Malfoy se agarró a golpes con Arthur Weasley, el padre de Ron… lo cual pudo haber pasado a más, de no ser por la oportuna intervención de Hagrid, ayudado por el padre de Harry.

Además, claro, del intento de Gilderoy Lockhart de usar a Charlus para hacerse publicidad.

Cosa que terminó mal para él, cuando una furibunda Lily Potter se interpuso entre ambos, amenazando al mago con causarle problemas legales por lucrar indebidamente con la imagen de su hijo, quien además era menor de edad.

Luego de terminar sus helados, ambos volvieron andando por el callejón, a esa hora un poco más vacío, rumbo al Caldero Chorreante para volver por Flú a sus casas.

4 Neville, Ron y Hermione se sorprendieron cuando, al sentarse en la mesa de Gryffindor la noche del primero de septiembre, se encontraron con que los gemelos Potter ya estaban allí.

Era extraño, puesto que, en primer lugar, no los habían visto en el andén y mucho menos en el Expreso de Hogwarts.

—¿Cómo es que…?

—comenzó a preguntar Hermione, pero se calló cuando Charlus le envió una mirada en la cual le pedía que esperara un poco.

—Tuvimos que venir por Flú —respondió el mayor de los gemelos—.

El pasaje a la plataforma se cerró cuando intentamos cruzar.

—¡Espera!

Es imposible que se haya cerrado.

—Hermione, realmente sucedió —confirmó Harry—.

Charlus estaba por cruzar cuando su carrito simplemente chocó contra el muro.

Dado que iba detrás de él, terminé siendo golpeado cuando se detuvo de golpe.

Acabamos con todas nuestras cosas, y con dos lechuzas molestas, en el suelo, llamando la atención de todos a nuestro alrededor.

—¿Y los muggles?

—preguntó Ron, entendiendo las implicaciones que podía tener algo como eso.

—Afortunadamente, mamá pensó rápido.

—Sí: me riñó en público —se quejó Charlus.

—¡Oh, vamos!

Como si fuera la primera vez.

—¡Pero esta vez no hice nada!

—Al menos admite que salvó la situación.

Charlus no tuvo más remedio que asentir a regañadientes.

De todas maneras, su madre se disculpó con él cuando estuvieron solos.

En ese momento, Lily Potter había pensado rápido al hacer creer a todos que únicamente se trataba de dos niños jugando, y reñirle por causar alboroto molestando a su hermano.

—¿Pero por qué se cerró la entrada?

—preguntó Hermione, quien obviamente no estaría conforme hasta entender por completo lo que había sucedido.

—No lo sabemos —respondió Charlus—.

Papá llamó a sus contactos en el Ministerio, y varios magos del departamento de transporte, y otras áreas relacionadas, fueron a revisar el lugar.

La entrada funcionaba correctamente, aunque encontraron indicios de una magia desconocida.

Se pasó la mano por el cabello en un gesto de desesperación.

—Incluso el director Dumbledore fue a revisar —continuó Harry al ver que Charlus se había quedado callado—.

Ni siquiera él pudo descubrir lo que había pasado.

O al menos eso dice.

—¿Sigues con eso?

—le riñó Charlus—.

¿Qué razón tendría Dumbledore para ocultar la verdad?

Harry no respondió, limitándose a quedarse callado.

A decir verdad, él tampoco entendía muy bien por qué de pronto desconfiaba del director.

Solamente sabía que había una parte de él que le urgía no confiar del todo en el viejo mago.

Justo en ese momento, los de primer año ingresaron al Gran Salón y comenzó su proceso de selección.

5 Lockhart resultó ser un completo fraude.

Su clase, que él trataba de vender como la mejor de Hogwarts y aquella que los convertiría en expertos en la manera correcta de lidiar contra las artes oscuras, era en realidad una especie de club de lectura… uno con libros muy malos.

Harry hojeó algunos de los libros escritos por el propio hombre, y, para ser sincero, le costaba creer que un tipo como él hubiera logrado todo eso.

Hermione, por su parte, parecía haber caído ante el encanto de tan siniestro sujeto.

El menor de los Potter no estaba seguro de cómo una chica tan inteligente como ella, podía creer que toda la basura de Lockhart era real.

Aunque el mismo Harry debía de admitir una cosa: muchas de las tácticas que usaba en sus libros eran las correctas para tratar con, digamos, hombres lobos.

No le cabía duda de que, si hablara con maestros en el tema, como su tío Lunático, recomendarían de hecho muchas de esas acciones.

Así que la pregunta era: ¿cómo es que un idiota egocéntrico de la talla de Lockhart sabía todo eso?

Si uno analizaba sus libros, y Harry lo había hecho en busca de respuestas luego de su primera y desastrosa clase con él, se daba cuenta de dos puntos: Primero: en la mayor parte del relato Lockhart se centraba en sí mismo.

Hablaba extendidamente sobre cómo era una persona gallarda, inteligente y siempre dispuesta a ayudar a las personas amenazadas por los poderes oscuros.

A veces magos, otras veces muggles.

Esto, obviamente, para vender la imagen de un héroe desinteresado.

Segundo: si bien sus métodos para tratar contra las criaturas oscuras eran correctos, tendía a ser un tanto vago en ciertas partes de la descripción del enfrentamiento contra dichas criaturas.

Y, en varios momentos, parecía recurrir a citar directamente a los autores de los manuales de defensa.

Esto llevó a Harry a suponer dos hipótesis: o bien Lockhart no había hecho nada de eso, y se limitaba a documentarse muy bien para escribir novelas que luego hacía pasar por la realidad; o estaba contando medias verdades en sus libros.

De cualquier manera, Harry decidió que no debía de prestar más atención en defensa y prefirió pasar de seguir leyendo esos libros.

Tenía mejores cosas que hacer con su tiempo.

Sin embargo, una noche a comienzos de octubre, Harry se vio enfrentado directamente con Lockhart.

Al parecer, luego de que se metiera en problemas con Filch (quien de pronto había empezado a sostener que era contra las reglas llevar sus cartas de Duelo de Monstruos en el pasillo), Lockhart había logrado que la detención fuera asignada a él.

Y sí que fue un castigo ejemplar y tortuoso: ayudarlo a responder el correo de sus fans.

—Estoy seguro —dijo mientras colocaba un gran saco de cartas frente a él, por alguna razón sin hechizo de levitación— que siendo hermano de Charlus Potter estás acostumbrado.

Debes de haber ayudado a tu hermano con la correspondencia muchas veces.

—En realidad, Charlus no recibe correspondencia, a excepción de amigos íntimos y familiares.

Cuestiones de seguridad.

Nunca se sabe si algún mortífago que haya escapado puede intentar algo por correo.

Lockhart pareció extrañado por un momento, o más bien horrorizado.

(Harry pensó que más por la falta de correo de fanáticos, que por la posibilidad de una maldición en algún sobre o paquete de origen desconocido).

Finalmente, lo desestimó con un gesto de su mano derecha, tal vez creyendo que era una broma por parte de Harry.

Se sumieron en un mutismo, con ocasionales comentarios del profesor sobre sus supuestas hazañas, y sobre cómo Harry nunca debía de intentar opacar o robar la fama de su hermano.

—La fama, mi estimado Harry, es algo que se merece o no —dijo casi al final de la detención—.

Sé que es difícil estar a la sombra de tu hermano; pero, créeme, lo mejor que puedes hacer es vivir con ello y dejar de intentar robar algo que no te corresponde.

—Yo nunca he… Lockhart le interrumpió, agitando la cabeza en negación, mientras le decía: —Me enteré de un asunto sucedido unos meses atrás, con cierto objeto oculto en el colegio.

No debiste de seguir a Charlus, ¿sabes?

Pudiste haber arruinado todo para él.

Harry quería replicar, pero de inmediato se dio cuenta de que discutir con Lockhart no lo llevaría a nada.

Se tragó su furia y decidió pasar el resto del castigo, unos quince minutos, en silencio.

Finalmente, el egocéntrico hombre lo dejó marcharse.

Harry caminó por los solitarios pasillos de vuelta a la torre de Gryffindor, cuando la escuchó: una voz que parecía retumbar por todo el lugar.

—Déjame matarte… déjame despedazarte… Se paró en seco, sintiendo cómo el pelo en su nuca se erizaba.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo por completo, como si alguien le hubiera echado encima una cubeta de agua helada.

Tras lo que se sintió como una eternidad, la extraña voz pareció alejarse y Harry continuó con su camino de manera apresurada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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