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Hasta que el cielo me detenga - Capítulo 37

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  4. Capítulo 37 - 38 Acto Iv — Capitulo 36 — Alas de Arcam
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38: Acto Iv — Capitulo 36 — Alas de Arcam 38: Acto Iv — Capitulo 36 — Alas de Arcam Lucia se mordía el labio inferior, sus ojos siguiendo cada movimiento de Inei mientras este se colocaba su ropa con calma, como si no hubiera prisa alguna.

Primero, una camisa ligera de manga larga, negra como la noche.

Luego, sobre ella, una túnica negra de bordes rojos que caía hasta sus rodillas, el tejido ondulando levemente con cada movimiento de sus manos.

Después, un pantalón igualmente negro y unos zapatos sencillos, resistentes, hechos para recorrer largas distancias.

Cada pieza encajaba en él con una naturalidad que le daba una presencia fría, casi peligrosa.

Había en su postura algo diferente, como si después de lo ocurrido, su centro de gravedad hubiera cambiado; más firme, más seguro, pero sin perder esa expresión serena que tanto la irritaba y atraía a partes iguales.

Lucia, que permanecía sentada sobre una roca lisa, dejó que sus piernas se descruzaran con lentitud antes de levantarse.

Sus pasos eran silenciosos, pero su mirada… esa mirada tenía filo.

Caminó hacia él como una depredadora que ya conoce los pasos de su presa, con una media sonrisa que dejaba claro que, aunque no tuviera intención real de hacerle daño, sí quería probarlo, provocarlo.

—¿Ya estás listo para irnos?

—preguntó, con una voz que oscilaba entre la simple curiosidad y el reto.

Inei alzó la vista hacia ella, sin responder de inmediato.

Se limitó a ajustar el cinturón en su cintura y colgar a un lado su bolsa de viaje.—Sí —dijo al final, con un tono plano.

Lucia ladeó la cabeza, como si esperara algo más.—Qué seco… —susurró, acercándose lo suficiente para que sus hombros casi se rozaran—.

Pensé que me dirías algo más…—No hay mucho que decir —contestó él, dándole la espalda y echando un vistazo a la caverna.

Solo entonces Inei se dio cuenta de que algo no encajaba en su memoria.

La cueva… no, la inmensa cueva, era mucho más grande de lo que recordaba cuando había entrado.

El techo se perdía en una oscuridad irregular, y las paredes estaban marcadas por vetas brillantes que reflejaban la luz débil que entraba desde un pasadizo lejano.

El eco de cada paso se extendía como si la piedra quisiera recordarle que estaba en el vientre de algo antiguo, vivo.

Lucia caminó a su lado, observando su reacción con un dejo de diversión.—¿Te sorprende?

—preguntó, arqueando una ceja.

—No la recordaba así —admitió Inei, frunciendo ligeramente el ceño.

Avanzaron juntos, sus pasos resonando sobre el suelo irregular.

En el camino, pasaron junto a pilares de piedra natural que parecían colosos petrificados, y en ciertas zonas, charcos de agua cristalina reflejaban destellos como estrellas atrapadas.

Lucia, notando que él examinaba cada rincón, dejó escapar una risa suave.—No pierdas tiempo pensando demasiado… mientras sigas aquí conmigo, nunca podrás fiarte de tus recuerdos —dijo con un tono enigmático, sin aclarar si hablaba en serio o solo quería confundirlo.

El pasillo final se abrió ante ellos, un túnel ancho que parecía tallado por algo más que la erosión.

Una corriente de aire fresco llegó hasta ellos, trayendo consigo un olor a bosque y libertad.

La salida estaba cerca.

Sin prisa, pero con paso seguro, atravesaron la última sección.

La luz exterior comenzó a filtrarse, primero tímida, luego intensa, obligando a Inei a entrecerrar los ojos.

Al cruzar finalmente el umbral, el mundo exterior se desplegó ante ellos: montañas distantes, un cielo amplio y un sol que les daba la bienvenida con una calidez casi desconocida después de tanto tiempo bajo tierra.

Lucia se estiró perezosamente, respirando profundo.—Ah… mucho mejor.

El aire fresco golpeó el rostro de Inei en cuanto cruzaron el umbral de la cueva.

Parpadeó un par de veces, ajustando la vista a la luz del exterior, pero lo que veía lo dejó con una sensación extraña en el pecho.

El paisaje frente a él no coincidía con lo que guardaba en su memoria.

Frunció el ceño, observando las colinas onduladas y el valle que se extendía a lo lejos, cubierto de un manto verde.—Esto… no es nada de lo que recuerdo —dijo en voz alta, dejando que la confusión se filtrara en cada palabra.

En su mente aún estaba la imagen de aquella subida por la ladera de la montaña: el frío cortante, el viento que le mordía la piel y el sendero escarpado que lo obligaba a tensar cada músculo.

Pero ahora, el terreno parecía amable, casi acogedor.

Lucia lo miró de reojo, y en sus ojos brilló una chispa traviesa, como si estuviera disfrutando de su desconcierto.

Dio un par de pasos hacia él, acortando la distancia hasta quedar tan cerca que Inei podía sentir el leve roce de su túnica contra la suya.

—Tomamos otro camino —murmuró con una media sonrisa—.

Más largo, sí… pero yo lo hice ver más corto.

Antes de que pudiera responder, ella tomó una de sus manos con suavidad, pero con la firmeza de quien no piensa dejar que se escape.

Alzó sus dedos lentamente, sin apartar la mirada de sus ojos, y acercó sus labios hasta atraparlos.

Primero fue un mordisco leve, casi juguetón, y luego, sin prisa, su lengua recorrió la piel mientras lo sostenía con esa mirada intensa que parecía desarmarlo.

Lucia caminaba perezosamente detrás de él, balanceando su cabello oscuro al compás de sus pasos.

De pronto, soltó un suspiro exagerado.

—Hmm… tengo pereza de seguir caminando —murmuró, girándose hacia él con una sonrisa tan traviesa que encendía una alarma instintiva en su mente.

—¿Y… qué propones entonces?

—preguntó Inei, arqueando una ceja.

Lucia se acercó un paso más, ladeando la cabeza con esa calma felina que la caracterizaba.—Vamos a volar~.

Inei la miró como si hubiera escuchado mal.—¿Volar?

Ella rodó los ojos, como si él fuese el que estuviera diciendo algo absurdo.

—Tus reservas de Arcam están prácticamente al nivel de un experto en etapa Cynos —dijo, como si fuera algo que cualquiera tendría—.

No debería ser imposible que fuerces la aparición de tus alas de Arcam… El joven no respondió, pero su expresión dejaba claro que aquello no le sonaba del todo lógico.—Las Alas de Arcam… —continuó ella— no salen de ti, no son carne ni hueso.

Son energía pura que se forma en la espalda, extendiéndose como una extensión de tu voluntad.

Hay varias maneras de forzarlas, incluso sin haber llegado a la etapa en la que normalmente se desbloquean.

Lucia comenzó a explicarle los métodos, uno tras otro: visualización del flujo, sincronización de respiración y Arcam, proyección de la energía hacia la espalda como si quisiera “empujar” algo desde dentro.

Inei probó cada uno con paciencia, pero nada sucedió.

—Tsk… —Lucia frunció ligeramente el ceño—.

Ni uno… Sin previo aviso, dio un paso adelante, acercándose lo suficiente como para que Inei pudiera sentir el leve aroma de su piel.

Levantó la mano y apoyó dos dedos en su frente.

Una sensación extraña, pero cálida, recorrió su cuerpo desde la cabeza hasta las piernas, como si una corriente suave y constante fluyera por cada fibra de él.

—Prueba de nuevo… pero esta vez, siguiendo exactamente lo que te dije.

—Su voz sonó más seria, casi como una orden.

Inei cerró los ojos, inhaló profundamente y enfocó su energía siguiendo los pasos que ella le había enseñado.

Un zumbido sutil comenzó a resonar en sus oídos, y un leve peso apareció en su espalda.

Abrió los ojos justo cuando un par de alas translúcidas emergieron, formadas por un Arcam brillante y gélido, extendiéndose con un destello majestuoso.

Lucia entreabrió los labios, sorprendida.—…Morado helado… —susurró, como si no creyera lo que veía—.

Nunca había visto un color así.

Las alas se desplegaron por completo, irradiando una presencia fría, pero extrañamente serena.

El aire alrededor descendió unos grados, y pequeños cristales de escarcha flotaron a su alrededor antes de desvanecerse.

Inei miró por encima de su hombro, observando el batir leve de aquellas alas.—Parece que… sí podemos volar.

Lucia sonrió, lo observó en silencio por unos segundos… y sonrió, con una chispa de sorpresa en la mirada.—Vaya… no solo lo lograste… son hermosas.

— El viento en el borde del acantilado jugaba con los bordes de la túnica de Inei, haciéndolos danzar como sombras líquidas.

Las alas, recién nacidas, palpitaban con un resplandor helado que quebraba la luz en fragmentos morados, como cristales suspendidos en el aire.

Cada batir suave dejaba un rastro de escarcha que caía lentamente, disolviéndose antes de tocar el suelo.

Lucia dio un paso hacia él, tan cerca que sus sombras se mezclaron.—Bueno, ¿qué esperas?

—preguntó con una media sonrisa que oscilaba entre el reto y la promesa—.

No las saques solo para presumir.

Inei giró apenas el rostro, devolviéndole una mirada serena.—Primero tendré que acostumbrarme.

Ella rodó los ojos, pero sus manos hablaron por ella: tocó la base donde las alas se unían a su espalda.

Fue un contacto breve, pero suficiente para que una corriente de energía recorriera su columna, como un eco eléctrico que lo obligó a contener un leve estremecimiento.

—Relájate… —dijo, con un tono que sonaba a travesura más que a orden—.

Solo quería sentir cómo responden.

Lucia se retiró un paso y, sin previo aviso, se inclinó hacia el vacío.

Un destello dorado explotó a su espalda, y sus alas se desplegaron como dos soles alados que bañaban la roca con luz tibia.

A cada batir, una nevada dorada caía a su alrededor, centelleando como si la mañana misma se estuviera deshaciendo en copos de luz.

Inei la observó elevarse con un impulso elegante, surcando el aire con la confianza de quien pertenece al cielo.

El viento le golpeó el rostro, frío y fresco, invitándolo a seguirla.

Inspiró hondo, flexionó las rodillas… y dejó que el Arcam en sus alas lo empujara.

El mundo se desprendió bajo sus pies.

La piedra y la hierba se convirtieron en manchas lejanas, y el rugido del viento llenó sus oídos.

Había vértigo, sí… pero también una calma extraña, como si su cuerpo reconociera ese lugar aunque nunca lo hubiera pisado.

A medida que ascendía, el aire se volvía más claro, más nítido, y cada batir de sus alas moradas liberaba destellos fríos que flotaban junto a las chispas doradas de Lucia, mezclándose en remolinos de luz y escarcha.

Era como si el cielo estuviera pintando un cuadro solo para ellos.

Lucia, unos metros adelante, giró la cabeza para verlo.

Sus labios se curvaron en una sonrisa amplia.—No está mal para ser tu primera vez.

Inei la alcanzó, y por un momento sus alas rozaron las suyas, el contraste entre el frío cortante y el calor dorado encendiendo un pulso invisible entre ambos.—Esto… —dijo con una media sonrisa, mirando el horizonte que se abría infinito—.

Podría acostumbrarme.

—Oh, créeme… lo harás.

—Su voz se perdió entre el viento, mientras juntos se elevaban más y más, hasta que la montaña y el valle dejaron de ser suelo… y se convirtieron en recuerdo.

El viento silbaba en sus oídos mientras sus alas moradas y heladas latían con fuerza, adaptándose a cada movimiento.

Inei, cada vez más confiado, inclinó el cuerpo hacia adelante y, con un poderoso impulso de su Arcam, dejó atrás a Lucia en un destello violáceo.

Ella arqueó una ceja, sorprendida, pero no aceleró el paso; en cambio, una sonrisa suave curvó sus labios.

Inei se elevó por encima del valle, sintiendo cómo el mundo se extendía a sus pies.

Las colinas verdes se difuminaban y el cielo se abría ante él.

Siguió avanzando hasta que el rugido lejano de las olas llenó sus sentidos.

Allí estaba el océano, desplegándose como un espejo infinito que reflejaba la luz del sol.

Descendió lentamente, rozando la superficie con la punta de los dedos.

El agua fría y salada salpicó su mano, dejando un rastro brillante que se mezclaba con el resplandor de sus alas.

Sin detenerse, inclinó de nuevo el vuelo hacia arriba, impulsándose con toda su fuerza.

Sentía que podía atravesar el cielo mismo.

La altura le robó el aliento, y con una carcajada impulsiva, se dejó caer en picada.

El viento se volvió un rugido en sus oídos, y en medio de la caída soltó un sonoro: —¡Yujuuuuuuuuu!

A lo lejos, Lucia, con sus alas doradas dejando un delicado rastro de escarcha luminosa, solo lo observaba reír.

No había prisa.

Lo dejó disfrutar, sus ojos reflejando un brillo cálido, casi maternal, mientras pensaba que Inei en verdad era alguien especial, aquel poder no debía ser posible en su etapa, Pero aún así lo había conseguido.

Sonrió internamente antes de dar un impulso para acercarse a el.

Lucia se acercó rápido a Inei, quien volteo para verla con una sonrisa.

—Esto es increíble!

Grito para que Lucia pudiera escucharlo.

—No grites te escuchó perfectamente.

Dijo con una sonrisa traviesa.

—¿Que?.

Lucia soltó una leve risa nasal al darse cuenta de que Inei, con el rugido del viento metiéndose en sus oídos, no había escuchado nada de lo que dijo.

Claro… genial… y yo aquí gritándole como una perra, pensó con fastidio divertido, apretando los labios para no sonreír demasiado.

Suspiró, decidiendo no insistir, y en cambio buscó con la mirada algo que pudiera servirles para descansar.

Unos segundos después, levantó el brazo y señaló hacia abajo, donde una suave colina cubierta de hierba se extendía como una alfombra esmeralda.

Inei siguió la dirección de su dedo y asintió.

Ambos comenzaron el descenso, cortando el aire en amplias espirales.

Lucia fue la primera en tocar tierra: sus alas doradas se plegaron con elegancia y, al posarse, su vestido blanco giró con ella en una danza breve, casi etérea.

Inei, por su parte, intentó imitar su aterrizaje… pero su impulso fue demasiado.

Sus botas tocaron el suelo, pero el ángulo no fue el correcto; un instante después, su equilibrio se quebró y terminó rodando colina abajo entre risas ahogadas, hierba y un par de quejas medio sofocadas.

Lucia lo observó desde arriba, mordiéndose el labio para no soltar una carcajada.

—Definitivamente… falta práctica —dijo al fin, dejándose caer sentada en la hierba, mientras él terminaba de detenerse al pie de la pendiente.

Inei se incorporó, sacudiéndose hojas y polvo, y la miró con una mezcla de dignidad herida y resignación.

—No… digas… nada.

—Yo no he dicho nada —respondió ella, con esa sonrisa que decía absolutamente todo.

Sin añadir más, se acercó lo suficiente como para tomar una de sus manos, sus dedos buscándolo con naturalidad, entrelazándose con los suyos.

Luego apoyó la cabeza en su hombro, cerrando los ojos con un suspiro que parecía borrar cualquier resto de burla.

Inei no dijo nada.

Su mano respondió al tacto, apretando suavemente la de ella.

Inclinó la cabeza hacia un lado y dejó un beso cálido en su cabello, sintiendo cómo el sol comenzaba a ocultarse detrás de las nubes, tiñendo el momento de un silencio cómodo.

El viento soplaba, pero ninguno de los dos se movía.

Allí, en medio del campo, no había más que la calma, la hierba que se mecía y el latido compartido de sus manos unidas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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