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Hasta que el cielo me detenga - Capítulo 38

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  4. Capítulo 38 - 39 Acto Iv — Capitulo 37 — Extraordinario
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39: Acto Iv — Capitulo 37 — Extraordinario.

39: Acto Iv — Capitulo 37 — Extraordinario.

La brisa nocturna golpeaba el rostro de Inei y Lucía.

Ambos habían retomado el vuelo tras un breve descanso, surcando el cielo por encima de las nubes.

Desde aquella altura, las luces titilantes en la tierra parecían diminutas luciérnagas, pertenecientes a aldeas adormecidas o a caravanas de comerciantes que preferían el amparo de la noche para viajar.

Inei se había dejado llevar por el placer de volar y, sin notarlo, se alejó mucho más de las cercanías de la ciudad de Lihen.

Lucía, que lo observaba tan feliz, no tuvo corazón para interrumpirlo.

Solo cuando el sol terminó de ocultarse comprendió cuánto se habían desviado de su rumbo.

“Si Lizbell siguiera viva, seguro me regañaría por no saber cuidar de Inei como se debe…” pensó con una sonrisa melancólica, mientras giraba la cabeza para mirarlo.

Pero esa sonrisa pronto se borró.

El semblante de Inei se había tornado serio, su mirada fija hacia el occidente.

Lucía siguió la dirección de sus ojos y, al descender un poco, notó el motivo.

Una aldea estaba siendo atacada.

Entre las antorchas que iluminaban la oscuridad, se distinguía el caos: bandidos saqueando casas, gritos de mujeres y niños, y hombres cayendo bajo el filo de espadas toscas.

Lucía apretó los labios.

—Inei… [Crhiiii] Un chillido batido por las alas de Inei surco el cielo cuando el joven decidió emprender el vuelo a máxima potencia hacia la aldea en llamas.

Estratégicamente en un mapa, desde la poción donde estaban ellos a la aldea se podría decir que eran unos 15 kilómetros los que lo separaban.

Pero en menos de un minuto o quizás menos.

Inei recorrió mas de la mitad de esa distancia en un abrir y cerrar de ojos.

Lucia a la distancia se quedó suspendida en el aire, viendo lo rápido que voló el chico.

Ella conoce a muchas expertos, y nunca a visto a nadie del nivel de un rey volar largas distancias en tan poco tiempo.

Solo alguien de nivel superior a un rey, sería capaz de volar eso…

Ladeo la cabeza varias veces para quitarse el asombro y se impulso detrás de Inei.

[Bam] Por su parte Inei descendió tan rápido al impactar contra el área donde habían gran parte de los bandidos, formó una gran brecha en el suelo.

Brecha en la cual cayeron varios bandidos que estaban a punto de matar a un grupo de jóvenes.

—¿¡Que demonios pasa!?

Gritaron varios bandidos que apenas se estaban recuperando del impacto que sacudió la tierra.

Los bandidos apenas alcanzaron a incorporarse cuando una ráfaga helada, tan súbita como letal, barrió con la tierra alrededor de la aldea .

En un parpadeo, columnas de escarcha se alzaron desde el suelo, atrapando pies, brazos y armas.

El aliento se volvió vapor en las gargantas de los atacantes, sus pupilas se contrajeron al ver cómo la capa de hielo ascendía por sus cuerpos… y en cuestión de segundos, todos quedaron congelados, convertidos en grotescas estatuas con expresiones de terror.

Inei ni siquiera respiraba agitado.

El frío que emanaba de él no era solo físico; era un peso, una presencia que calaba hasta el alma.

Dio un paso entre las figuras heladas, observando cómo pequeñas fracturas recorrían el hielo bajo sus botas.

Entonces, un sonido pesado resonó en el silencio súbito.

Del otro extremo de la aldea, apartando un carromato destruido como si fuera nada, emergió un hombre corpulento, de al menos un metro ochenta y cinco.

Sus músculos tensaban una camisa sin mangas, y una gran cicatriz cruzaba su mandíbula.

Su mirada se clavó en Inei con una mezcla de desafío y odio.

—Tú… —gruñó con voz grave—.

Vas a pagar por meterte con mis Sabuesos de Sangre.

Inei lo miró sin siquiera alzar una ceja.

El aire alrededor seguía vibrando con el frío, pero él permanecía inmóvil, como si aquel hombre fuera solo una molestia pasajera.

El corpulento dio un paso al frente, el hielo crujió bajo sus botas.

Inei se movió levemente, dispuesto a recibirlo, pero entonces— —Inei!!!

—la voz de Lucía resonó desde lo alto, urgente y cargada de algo que él no había escuchado en ella antes: alarma.

Inei sintió un escalofrió de muerte recorrer todo su cuerpo, el aire se le escapo de sus pulmones.

El mundo se quedo en completa oscuridad cuando el piso empezó a temblar de manera un brusca.

Instintivamente Inei se mordió la lengua para despertar del shock mortífero.

Entonces levanto la cabeza y sus pupilas se dilataron al ver el escenario tan extraordinario.

Allá arriba, dos figuras colosales chocaban en una batalla imposible de ignorar.

Una mujer de cabello castaño miel, vestida con un impecable vestido blanco, se movía como un relámpago de luz, cada golpe suyo dibujando destellos dorados en el aire.

Frente a ella, un hombre de largo cabello blanco, envuelto en ropajes negros, respondía con ataques oscuros que desgarraban el espacio mismo.

[CRAAACK] El cielo comenzó a fracturarse, no como una ilusión, sino como si fuese un cristal gigante resquebrajándose.

Grietas con bordes dorados y oscuras se abrían y cerraban en patrones caóticos, arrojando fragmentos de luz y sombra sobre la tierra.

Un temblor aún más fuerte estremeció toda la zona.

Las casas que quedaban en pie se sacudieron, los árboles se inclinaron bajo la fuerza de una presión invisible.

Inei sintió cómo la energía que descendía desde esa batalla era tan aplastante que el aire se volvió denso.

Y, justo antes de que pudiera reaccionar, un estruendo retumbó en sus oídos… Oscuridad…Solo oscuridad.

No había frío, no había calor.No había sonido, ni siquiera el latido de su corazón.Su cuerpo estaba allí… pero al mismo tiempo no lo sentía.

Era como si lo hubieran arrancado de la realidad y lo hubieran arrojado a un vacío eterno.

Trató de mover un dedo… nada.Intentó respirar… pero no había aire que inhalar.Sus pensamientos eran lo único que quedaba, y hasta ellos comenzaban a disolverse como ceniza al viento.

El tiempo dejó de existir.

No sabía si habían pasado segundos, meses o años.Un dolor sordo comenzó a recorrerle, no físico, sino profundo… como si algo estuviera arañando su alma desde dentro, intentando partirla en pedazos.

De pronto, un sonido lejano… un eco…Era como un latido, pero no el suyo.Luego, una voz, femenina, cálida y preocupada, como un susurro que viajaba a través de la nada: —Inei… Quiso responder, pero su boca no existía, su voz tampoco.

Solo un vacío infinito.

Una presión invisible lo envolvió, más intensa a cada instante, hasta que sintió que su conciencia se apagaba del todo… y, en el momento en que estuvo a punto de rendirse, algo lo golpeó desde dentro.

un calor intenso y luego.

Aire.Un ardor desgarrador en los pulmones lo obligó a abrir la boca.

El oxígeno entró como fuego, y su pecho comenzó a agitarse.

—¡Khh—!

Cof, cof, cof— Inei despertó con un sobresalto, su respiración acelerada, jadeante, como si hubiera estado ahogándose en sueños.

Se llevó una mano al pecho mientras una tos violenta sacudía su cuerpo.

Sus músculos dolían, su piel estaba cubierta de un sudor frío.

Sus ojos recorrieron el lugar en confusión… el techo familiar de madera oscura, las paredes adornadas con pergaminos y estanterías.Estaba en su habitación principal, dentro de la mansión del clan Nozen.

—¿Cómo…?

—susurró, intentando poner en orden sus recuerdos, pero antes de que pudiera seguir pensando, la puerta se abrió suavemente.

Allí, de pie, estaba una figura femenina de porte maduro.

Su andar era sereno, pero sus ojos cargaban una preocupación genuina.

Llevaba un vestido tradicional de su clan con tonos suaves, y su cabello, recogido con elegancia, resaltaba su rostro sereno.

Era Sunsei, la mujer que el decidió proteger al igual que sus hijas —Por fin… —murmuró ella, dejando escapar un suspiro de alivio mientras daba un par de pasos hacia él—.

Pensé que no despertarías… —¿Qué… qué fue lo que pasó?

—preguntó Inei con voz quebrada, como si cada palabra pesara toneladas.

Su cuerpo, débil, volvió a hundirse en el colchón.

Sunsei, que permanecía sentada al borde de la cama, lo observó con una mezcla de alivio y tristeza.

Con suavidad, inclinó el torso hacia él, posando la mano en su frente.

La piel de Inei, antes fría como mármol, empezaba a recobrar un tenue calor.

—No sabría por dónde empezar… —murmuró ella, desviando la mirada por un instante—.

Hace tres meses, Lucía apareció de la nada… te traía en brazos.

No dijo nada, solo me dejó a tu cuidado… y luego… desapareció.

Desde entonces, no hemos vuelto a saber de ella ni siquiera Yeryn sabe algo…

Inei entrecerró los ojos, tratando de asimilar esas palabras, pero antes de que pudiera preguntar más, Sunsei continuó, con el rostro endurecido por la melancolía.

—Y… han pasado muchas cosas desde que caíste en ese sueño.

—Su voz se volvió un susurro grave—.

Una tribu de orcos apareció de la nada… atacaron la ciudad con una brutalidad inimaginable.

Muchos murieron… —hizo una pausa, apretando los labios, como si pronunciarlas le costara más que respirar—.

Entre ellos… el señor Ethan… y… tu padre.

El mundo de Inei se detuvo.

Su cuerpo quedó inmóvil, los músculos tensos, como si un golpe invisible le hubiera atravesado el pecho.

No dijo nada, solo la miró, buscando en su rostro alguna señal de que aquello era mentira… pero no la encontró.

—La señora Lushui… —continuó Sunsei, con una mirada cargada de pesar—.

Ha quedado viuda.

Y Ziyu… —tragó saliva— Ziyu está destrozada.

Las palabras se hundieron en la mente de Inei como cuchillas heladas.

Por un instante, todo sonido desapareció, y lo único que podía escuchar era el retumbar sordo de su propio corazón.

El silencio que siguió a las palabras de Sunsei era denso, casi irrespirable.

Inei, inmóvil, cerró los ojos y dejó escapar un suspiro largo, profundo… pero no era de resignación.

Sentía algo encenderse en su interior, un latido distinto.

En su abdomen, allí donde reposaba el centro de su fuerza, su llama eterna despertó con un rugido sordo, como un corazón hecho de fuego y voluntad.

El calor se expandió por sus venas, disipando la pesadez de su cuerpo.

La respiración se le volvió firme, y sus manos, antes débiles, se cerraron en puños.

Con un esfuerzo que parecía imposible segundos atrás, se incorporó lentamente, dejando que las sábanas cayeran por su torso.

Su mirada, aún algo perdida, se centró en Sunsei.

—¿Y… mi padre?

—preguntó, la voz más firme, aunque en sus ojos aún brillaba una chispa de temor por la respuesta.

Sunsei lo observó en silencio por un instante, como evaluando si debía decírselo de inmediato.

Finalmente, dejó escapar un leve suspiro y asintió.

—Está bien —respondió, con un tono más suave—.

Fue herido… una lanza atravesó parte de su pecho, pero sobrevivió.

Ahora se está recuperando.

De hecho… —sus labios dibujaron una mueca cansada— en este momento está reunido en el Mausoleo de la ciudad con los líderes de las otras familias.

Las pupilas de Inei se contrajeron levemente.

La mención del Mausoleo… un lugar reservado para decisiones que cambiarían el destino de la ciudad… no podía ser buena señal.

La llama en su interior ardió con más fuerza.

—Bien…¿Algo más de lo que deba enterarme?

Pregunto Inei con renovado vigor.

Sunsei ladeo la cabeza en negación, entonces Inei seguro una mano hacia ella y le acaricio un poco el cabello.

—Gracias por cuidarme este tiempo.

Dijo con una Sonrisa sincera.

Sunsei frunció un poco el ceño con un brillo travieso y divertido.

—Mooo se supone que yo soy la mayor acá jeje, luego me devuelves el favor.

Le guiño el ojo con una sonrisa traviesa, Inei sol rio un poco y comenzó a caminar hacia las afueras de su habitación y luego de la mansión.

Era de tarde y el sol ya se estaba poniendo y mientras Inei caminaba por los pasillos de la mansión Nozen, las miradas se pasaban sobre el con curiosidad y temor.

Inei no entendía el porque pero no le importo y seguía caminando hacia el jardín jardín principal donde sentía una gran cantidad de Arcam reunido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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