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Hasta que el cielo me detenga - Capítulo 39

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  4. Capítulo 39 - 40 Acto Iv— Capitulo 38 — La determinación de un joven
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40: Acto Iv— Capitulo 38 — La determinación de un joven 40: Acto Iv— Capitulo 38 — La determinación de un joven El viento de la tarde rozaba su rostro cuando Inei atravesó los pasillos, cada paso firme resonando sobre el suelo de mármol pulido.

A su alrededor, sirvientes y miembros menores del clan se apartaban discretamente, algunos inclinando la cabeza en respeto, otros desviando la mirada con un temor silencioso.

Él lo notaba.

No era simple curiosidad; había algo en la forma en que lo miraban, como si en sus ojos vieran a alguien distinto del que había caído inconsciente meses atrás.

O peor, alguien muy diferente a los años atrás…

y eso les daba miedo, ya no era el tercer hijo del cual se podían burlar por no saber sobrellevar la muerte de su madre, ya no era aquel chico que huyo de todo y se encerró en una cabaña alejada de la mansión principal.

El portón de madera tallada que separaba el pasillo del jardín principal estaba entreabierto.

Al empujarlo, un soplo de aire cargado de energía lo golpeó como una ola invisible.

[Zhhhmmm] El Arcam era denso allí, casi palpable, como si la tierra misma estuviera vibrando.

Los pétalos de las flores en los bordes del jardín temblaban, y la hierba parecía inclinarse hacia el centro, donde más de una docena de figuras se encontraban reunidas.

Entre los murmullos de reproche y la incomodidad palpable, una voz se alzó con furia contenida.

—¡No podemos seguir confiando en ustedes, los Nozen!

—vociferó un joven de porte arrogante, vestido con los colores dorados y blancos de la familia Serthen, una de las más influyentes en la ciudad—.

Siempre han vivido en su orgulloso aislamiento, velando solo por sus propios intereses.

¿Y ahora?

Una rama entera de familia murió porque uno de los suyos decidió no mover un dedo.

Su mirada llena de veneno se deslizó de una persona a otra, deteniéndose finalmente en el rostro impasible de un hombre de mediana edad que se encontraba al frente de la reunión.

Era Nozen Arash, un anciano del clan con un poder formidable, pero que ahora se veía obligado a escuchar la insolencia del joven Serthen.

Su rostro, sin embargo, se endurecía con cada palabra.

—El Clan Nozen no solo ha demostrado su ineptitud, sino que su arrogancia es un cáncer para la ciudad.

—La voz del joven se volvió una burla amarga, y su mirada se desvió volviendo a mirar los presentes del clan Nozen para después posarse en la figura de un anciano del clan Yuwen al lado de Arash—.

Incluso ustedes, el segundo clan más poderoso de la ciudad, se vieron incapaces de protegerse.

Es deprimente ver a sus líderes temblando de miedo.

¡Ustedes, que se enorgullecen de su linaje, no son más que un chiste!

Los miembros del clan Nozen y Yuwen presentes apretaron los puños, pero nadie se atrevía a contradecirlo.

La audacia del joven Serthen era protegida por los líderes de su propio clan que observaban desde atrás.

Parecía que la intención era humillar al clan Nozen de manera pública, forzándolos a una reacción violenta para luego tener una excusa para la guerra.

Pero el insulto no se detuvo ahí.

—Hablando de vergüenzas…

—El joven se mofó, su mirada despectiva escaneó a la multitud antes de detenerse en un punto indefinido—.

No puedo dejar de pensar en los Yuwen.

Me pregunto qué diría su patriarca si viera a su clan arrodillarse ante la arrogancia de un prometido que no hizo nada.

La mención de los líderes del clan Yuwen hizo que el aire se volviera aún más denso.

El nombre del clan, que había estado envuelto en tragedia, era ahora una nueva arma para la humillación.

—El noble Ethan, un verdadero héroe.

—El tono del joven Serthen se llenó de un desprecio calculado—.

Él sí entendió el sacrificio.

Entregó su vida por un puñado de plebeyos, mientras su supuesto yerno, el prometido de su última hija, se pudría en una cama, tan inútil como un niño.

Quizás el clan Nozen debería aprender un par de cosas de él, ¿no creen?

El silencio que siguió a sus palabras fue ensordecedor.

Los puños de Nozen Arash se crisparon.

Abrió la boca para poder hablar, pero entonces el joven Serthen fue por el golpe final.

—Y su abuelo… —La voz del joven se hizo un susurro malicioso—.

Escuché que el jefe de los orcos lo eliminó como si fuera una simple mosca.

Un experto de clase Ling eliminado por un Ony de etapa Nyx, ¡qué deshonra!

Una lástima que su nieta, la señorita Yuwen, tenga que soportar a su lado un novio inútil que no puede estar presente para salvar a su propio padre.

Las palabras, afiladas como cuchillas de hielo, se clavaron en Inei, resonando en lo más profundo de su ser.

El luto por los caídos, la pena de Ziyu y el dolor de su padre herido… todo se condensó en un solo golpe.

La rabia, que se había encendido en su interior, rugió con una fuerza que amenazaba con consumirlo.

Sus puños se cerraron tan fuerte que las venas de sus manos se marcaron como hilos mientras seguía avanzando hacia el centro de toda la conmoción.

Inei, con los ojos grises llenos de una furia que no tenía un solo rastro de duda o vacilación, atravesó las multitudes de gente como si nada, moviéndose como un felino en el bosque.

Su silueta se recortaba contra la luz de la tarde.

La conversación se detuvo de golpe.

Las miradas de todos se posaron en él: algunos con sorpresa, otros con un miedo palpable.

El joven Serthen, que no lo había visto hasta ese momento, abrió la boca para seguir con sus insultos, pero Inei le ganó el paso.

Sus ojos grises, fríos y penetrantes, se clavaron directamente en los suyos.

El Arcam de su cuerpo se manifestó de golpe, no como una ráfaga, sino como una presencia sólida y opresiva, y su voz, que se había mantenido en un susurro durante meses, resonó en todo el jardín, cortando el aire como un látigo.

—¿Has terminado de ladrar, perro de Serthen?

El silencio se volvió tan denso que era casi asfixiante.

El joven Serthen, que segundos atrás se pavoneaba como un conquistador, se quedó sin habla, con los labios fruncidos en una línea tensa.

El color abandonó su rostro.

Sus ojos, antes llenos de burla, se abrieron con pánico y se movieron frenéticamente.

La presencia de Inei no era la de un joven cualquiera; era la de una fuerza natural, un depredador que había salido de las sombras.

El Arcam que emitía era tan puro y abrumador que el joven Serthen, un cultivador de la etapa Fyn, se sintió como un insecto insignificante bajo el peso de un gigante.

Los líderes del clan Serthen que lo acompañaban también palidecieron.

Habían esperado un chico asustado, un objetivo fácil, no un león listo para atacar.

Los líderes de los otros clanes rivales también se sintieron incómodos.

Una cosa era espiar al clan Nozen de lejos, otra muy distinta era tener a Inei frente a ellos, su poder era tan abrumador que se sentían como si estuvieran al borde de un abismo.

—¿Qué pasa?

Ahora que aparecí, ¿te quedaste mudo?

—El tono de Inei era tan dominante que no dejaba lugar a dudas.

Era una voz que no rogaba, sino que exigía—.

¿Dónde está esa arrogancia con la que hablabas?

¿Dónde quedaron tus palabras sobre el honor y el sacrificio?

Mientras hablaba, dio un paso adelante.

El Arcam de Inei se concentró en el aire, manifestándose como una presión invisible que obligaba a los Serthen a dar un paso atrás, con los rostros contraídos por la impotencia.

Los líderes de los clanes rivales también se vieron forzados a retroceder, sintiendo una vergüenza ardiente.

Detrás de Inei, Nozen Arash y el anciano del clan Yuwen intercambiaron una sonrisa.

La preocupación en sus rostros se había desvanecido por completo, reemplazada por una mezcla de alivio y orgullo.

El chico, a quien todos habían dado por perdido, había regresado.

Y no solo estaba de vuelta, sino que era más fuerte que antes.

La exhibición de poder de Inei dejaba en claro que los débiles no tenían oportunidad de enfrentarse a los verdaderamente fuertes.

La humillación del clan Serthen no venía de palabras, sino de una verdad silenciosa y brutal que lo aplastaba todo a su paso.

—Espero que tengas algo más que decir, perro.

—Inei se detuvo, el Arcam alrededor de su cuerpo arremolinándose como una tormenta helada—.

Porque cada palabra que salga de tu boca ahora no será una victoria, sino la prueba de tu propia debilidad.

El jardín quedó sumido en un silencio tenso.

El joven Serthen, que segundos atrás se pavoneaba como un conquistador, se quedó sin habla, con los labios fruncidos y los ojos llenos de pánico.

Su Arcam, insignificante frente al de Inei, se disipó por completo.

Él y sus acompañantes se sentían como insectos insignificantes, y sus rostros pálidos eran el reflejo de una humillación que calaba más hondo que cualquier golpe físico.

Inei, con la mirada aún fija en el joven, habló de nuevo, su voz baja y cargada de una amenaza silenciosa.

—Escúchenme bien, perros.

No quiero escuchar una sola palabra más, no quiero oír ni una sola farsa sobre el clan Nozen ni sobre los caídos en batalla.

Ni siquiera una sola mentira que venga de sus bocas.

—Su voz, a pesar de su calma, era tan fría que a los Serthen se les heló la sangre.

—Ahora, salgan del territorio Nozen y ni se les ocurra estad cerca de los Yuwen.

Si alguno de ustedes se atreve a desobedecer mi advertencia, los mataré uno por uno.

Las palabras de Inei fueron suficientes.

La arrogancia del joven Serthen se desvaneció, y sus líderes, con el rostro contraído por el miedo y la impotencia, lo tomaron por los brazos y lo obligaron a retroceder.

Uno a uno, los representantes de los clanes rivales se dieron la vuelta y se marcharon del jardín con la cabeza agachada, con la derrota marcada en sus rostros.

Una vez que los forasteros se hubieron ido, un estallido de aplausos y vítores resonó en el jardín.

Los jóvenes miembros de los clanes Nozen y Yuwen se acercaron a Inei, gritando su nombre con admiración y alegría.

La tensión se rompió, reemplazada por una sensación de euforia colectiva.

Inei frunció un poco el ceño, su mirada recorriendo a la multitud que le sonreía.

No entendía el porqué de tanta celebración; en su mente, solo había detenido una falsa acusación.

En ese momento, Nozen Arash se acercó, su porte ahora de profundo respeto.

Hizo una leve reverencia, una señal de deferencia que no le había mostrado a nadie de la generación más joven.

—Joven maestro Inei —dijo con voz grave y sincera—.

Gracias.

Has defendido el honor de ambas familias y has silenciado a los perros que ladraban demasiado.

Inei observó al anciano por un instante, luego desvió la mirada hacia los rostros que lo rodeaban, llenos de un respeto que nunca antes le habían mostrado.

Se irguió por completo, y su voz, aunque más suave, seguía cargada de la misma determinación inquebrantable.

—No permitiré que mi gente sea lastimada de ninguna manera.

El anciano del clan Yuwen soltó una carcajada ronca, una risa de alivio y orgullo.

—Has crecido, jovencito.

Es un alivio saber que mi sobrina tiene a alguien tan fuerte a su lado.

Justo cuando el anciano Yuwen terminó de hablar, una figura pequeña, con el cabello largo y negro como la noche, se abrió paso entre la multitud y corrió hacia él.

No hubo palabras, solo el sonido de su ropa al moverse.

Yuwen Ziyu se abalanzó sobre él y lo abrazó con todas sus fuerzas, un abrazo que transmitía una mezcla de alivio, dolor y una gratitud infinita.

El torrente de furia que había arrasado con el jardín se disipó en el instante en que Ziyu se aferró a él.

El abrazo de ella fue como un ancla en la tormenta.

Toda la rabia que lo había consumido se disolvió en el momento en que sintió el temblor de su cuerpo, un temblor que le decía más sobre su dolor que cualquier palabra.

Su propia respiración, que había estado firme y gélida, se suavizó hasta igualarse con la de ella.

Inei, con una expresión que se relajaba por completo, le devolvió el abrazo con una gentileza que nadie había visto en él desde hacía años.

Su mano, gentil, se alzó para acariciar el cabello de ella.

Se detuvo por un instante.

Recordaba ese cabello, oscuro, sí, pero con un matiz azulado bajo la luz.

Ahora era un negro tan profundo como la noche sin estrellas.

El cambio le llamó la atención, pero decidió no decir nada, dejando que el momento de alivio reinara.

El anciano del clan Yuwen soltó una risa suave y se acercó a Inei, su mirada de aprecio se había vuelto más genuina que nunca.

—Veo que mi sobrina te extrañó.

—dijo, la sonrisa aún en sus labios, y añadió, su tono volviéndose más solemne — Aunque mi hermano era un hombre de gran determinación, no pude estar a su lado, al igual que no pude estar para ver a mi sobrina crecer.

Pero tú, muchacho, has asumido la carga de protegerla sin dudarlo.

Por eso te agradezco, a partir de hoy, no eres solo el prometido de mi sobrina, eres de mi familia.

Eso vale más que cualquier poder.

Las palabras del anciano resonaron en Inei al igual que su cuerpo vibró cuando el hombre de cabello canoso le tocó el hombro con alegría, y por primera vez, una calidez honesta llenó su corazón.

No entendía del todo la profundidad del pacto entre los dos clanes, pero ahora se hacia una idea.

No era un simple compromiso, era una promesa de familia.

Y en ese abrazo con Ziyu, Inei no solo sintió el dolor de ella, sino también el peso y el honor de una promesa que ya no era solo de sus abuelos, sino suya.

Mientras Inei seguía acariciando el cabello de Ziyu, sintiendo el temblor de su cuerpo, su mirada se alzó para recorrer el jardín.

La furia que había sentido se disipó, reemplazada por un profundo sentido de calma.

La multitud de miembros del clan aún seguía aplaudiendo y vitoreando, pero sus ojos se posaron en un grupo de figuras familiares que estaban cerca del gran roble.

Allí, con una expresión de alivio palpable, estaba Yeryn, su amiga de la infancia.

A su lado, Alina, la hija de la mujer que había jurado proteger, lo miraba con los ojos llenos de una mezcla de admiración y alivio.

Pero su mirada se detuvo en la figura de Lien.

La bastarda del clan, aquella chica odiada y repugniada por sus hermanos y miembros del clan por no ser el resultado de una unión no aceptada, esa misma chica ahora luce su cabello, antes largo, había sido cortado de manera radical hasta los hombros, un azul azabache que le enmarcaba el rostro y acentuaba la seriedad en su mirada.

Junto a ella, se encontraba una joven que Inei no conocía.

Su cuerpo tonificado era evidente bajo su ropa, con un abdomen marcado y seis abdominales que sugerían un entrenamiento riguroso.

Tenía el cabello naranja brillante y unos ojos de color amarillo intenso.

Una figura que irradiaba una energía que le era completamente desconocida.

La multitud seguía aplaudiendo, pero para Inei, el mundo se había reducido a esas cuatro figuras.

Su determinación de proteger a su gente no era solo una promesa vacía; era la fuerza que lo impulsaba a seguir adelante.

Con una sonrisa genuina en su rostro, se preparó para saludar a sus amigas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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