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Hasta que el cielo me detenga - Capítulo 45

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  4. Capítulo 45 - 46 Acto IV — Capítulo 44 — Bastian Electro
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46: Acto IV — Capítulo 44 — Bastian Electro 46: Acto IV — Capítulo 44 — Bastian Electro Los pulmones de Inei ardían.

Cada bocanada de aire se sentía como si estuviera tragando fragmentos de vidrio caliente.

El esfuerzo de haber mantenido la barrera de Rekiem contra el castigo del cielo lo había dejado al borde del colapso, pero el pánico era un combustible más potente que cualquier Arcam.

—Aguanta, padre… por favor, aguanta… —rogaba en su mente, mientras sus botas golpeaban el suelo empapado y cubierto de ceniza.

A medida que se acercaba al jardín oriental, el ambiente cambió.

El olor a ozono se volvió tan denso que la lengua le sabía a metal.

El aire no solo estaba cargado de electricidad; estaba vivo.

Antes de cruzar el último arco de piedra que daba al jardín trasero, una luz cegadora lo obligó a cubrirse los ojos.

Frente a él, la realidad misma parecía estar siendo tejida por hilos de luz violeta.

Desde el suelo calcinado, miles de filamentos eléctricos ascendían hacia el cielo, entrelazándose para formar una estructura perfecta y aterradora: una cúpula de rayos.

La barrera no era estática; vibraba con un zumbido de alta frecuencia que hacía que los dientes de Inei castañearan.

Una prisión de energía pura que aislaba ese jardín del resto del mundo.

Inei atravesó los restos del muro derrumbado… y se detuvo en seco.

El horror lo dejó mudo.

En el centro del cráter, donde Xiay debería haber estado, se alzaba una figura que desafiaba toda lógica.

Medía casi tres metros.

Extremidades anormalmente largas.

Dedos terminados en garras formadas de relámpago sólido.

Su cuerpo parecía una masa de sombras compactas, envuelta en una armadura viva de electricidad pulsante.

La criatura sostenía a Akian Zakar del cuello.

No lo levantaba.

Lo colgaba.

El cuerpo de Zakar convulsionaba débilmente, su presencia fluctuando como una señal a punto de extinguirse.

Cada pocos segundos, fragmentos de su figura parecían desvanecerse, absorbidos por la distorsión eléctrica que rodeaba al monstruo.

Zakar intentó emitir un sonido, pero la presión sobre su garganta era absoluta.

Entonces, la criatura abrió la boca.

No era una boca normal.

Era un vacío blanco.

—¡¡¡GAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHH!!!

El grito no fue un sonido.

Fue una onda.

La tierra tembló.

No de forma metafórica.

El suelo del jardín se levantó y volvió a caer como si algo gigantesco lo hubiera golpeado desde abajo.

Las murallas externas de la residencia crujieron.

En la ciudad, edificios enteros colapsaron en ese mismo instante.

Inei vio, como en cámara lenta, cómo los vitrales centenarios del salón principal estallaban todos al mismo tiempo, convirtiéndose en una lluvia de fragmentos brillantes que atravesaron el patio como proyectiles.

Columnas de mármol se partieron desde la base.

El suelo bajo sus pies se abrió en grietas profundas.

Inei se clavó al suelo usando sus últimas reservas de hielo para anclarse, mientras su cuerpo entero vibraba por la presión.

—¿Qué… qué es esa cosa…?

—murmuró, aturdido.

Pero sus ojos seguían buscando desesperadamente.

A su padre.

Entonces sintió calor.

Un calor extraño.

Tibio.

Mezcla imposible de frío y abrigo.

Una barrera blanca se formó frente a él.

La presión desapareció de golpe.

El aire volvió a sus pulmones.

Scathath había intervenido.

—Eso que ves… —su voz sonó tensa, algo que Inei nunca había escuchado antes— no es una bestia, ni un cultivador, ni un espíritu.

La criatura soltó a Zakar.

O lo que quedaba de él.

El cuerpo cayó… pero no llegó al suelo.

El monstruo lo atrapó en el aire y, sin ningún tipo de ceremonia, lo arrastró hacia su propio torso.

La electricidad se retorció como mandíbulas invisibles.

Zakar gritó.

Un segundo.

Eso fue todo.

Su cuerpo fue devorado.

Absorbido.

Desintegrado hasta no dejar ni huesos ni alma perceptible.

La niebla morada de la corrupción fue succionada como alimento.

La cúpula de rayos se contrajo violentamente.

La criatura se enderezó.

Y algo cambió.

El Arcam alrededor de ella se densificó hasta volverse casi sólido.

La presión descendió como una losa invisible sobre toda la zona.

Incluso Inei sintió que las piernas le fallaban.

Scathath guardó silencio.

Un silencio peligroso.

—…Ha ascendido —dijo finalmente, con voz baja—.

Al devorar un núcleo corrupto como el de Zakar… La criatura levantó la cabeza.

Sus ojos, dos focos blancos, se fijaron en la ciudad.

—Se ha convertido en un monstruo de categoría Falso Rey.

Inei sintió el corazón caerle al estómago.

—¿Falso… Rey…?

Scathath apretó los dientes.

—Su nombre es Bastian Electro —dijo—.

Y ahora mismo… no estoy segura de poder protegerte si nos detecta.

Bastian dio un paso.

Solo uno.

Y el mundo volvió a temblar.

La cúpula tembló.

No colapsó.

Se expandió.

Los filamentos de relámpago se estiraron como nervios vivos, avanzando desde el jardín hacia el cielo nocturno.

La electricidad no explotó hacia afuera; se deslizó, se arrastró, cubriendo los techos, las calles, las torres de vigilancia.

En menos de diez segundos, toda Lihen quedó encerrada.

El cielo desapareció detrás de una bóveda violeta, vibrante, cargada de truenos silenciosos.

La luz era suficiente para ver… pero no para sentirse a salvo.

Las sombras se alargaron de forma antinatural.

Cada rincón parecía observar.

Luego, el jardín quedó en silencio.

La criatura ya no estaba.

No hubo rastro de huida.

Ni explosión.

Ni desplazamiento visible.

Simplemente… desapareció.

Inei sintió un vacío helado en el pecho.

—No está aquí… —susurró.

Scathath cerró los ojos por un segundo.

Cuando los abrió, su expresión era sombría.

—Se está moviendo —dijo—.

Rápido.

El Arcam de Scathath se desplegó como una red invisible sobre la ciudad.

Inei sintió cómo su percepción era arrastrada con ella, fragmentos de sensaciones que no le pertenecían.

Dolor.

Miedo.

Gritos ahogados.

—No busca poder al azar —continuó—.

Va tras los heridos… los que están al borde.

Personas con emociones rotas, cuerpos destrozados, mentes llenas de desesperación.

Inei apretó los puños.

—Se está alimentando… —Sí —respondió Scathath—.

Cada vida que consume lo vuelve más estable.

Más consciente.

Más cercano a convertirse en algo que no podremos detener.

Un trueno seco recorrió la cúpula.

Desde distintos puntos de la ciudad comenzaron a escucharse gritos.

No de batalla.

De cacería.

De pronto, una sombra cayó desde lo alto.

Inei apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando unos brazos firmes lo atraparon y lo apartaron del suelo colapsado.

El impacto hizo crujir la tierra donde él estaba un segundo antes.

—Tranquilo… ya te tengo.

La voz era grave.

Controlada.

Cansada.

Inei levantó la vista.

—¿Pa…?

Xiay estaba cubierto de sangre y polvo.

Su túnica estaba destrozada en varios puntos, y una de sus mangas colgaba quemada hasta el hombro.

Pero sus ojos seguían firmes.

Vivos.

Sin decir nada más, lo cargó en brazos.

No como un guerrero.

Como un padre.

—Escúchame, Inei —dijo mientras avanzaba—.

Esa cosa no puede seguir moviéndose libremente.

Otro trueno.

Más cerca.

—Si la dejamos alimentarse… —continuó— dejará de ser una anomalía.

Xiay apretó los dientes.

—Y cuando eso ocurra, Lihen estará perdida.

Desde lo alto de la ciudad, un relámpago cayó en línea recta… seguido de un grito lejano que se cortó de golpe.

El fragmento de de Scathath que se había quedado atrás se movió para volver a entrar al cuerpo de Inei.

—Ninguno ser humano en la ciudad se le compara en poder a esa cosa, y aunque quisiera ayudar solo puedo prestar mi poder, mi cuerpo no es estable para una pelea a largo plazo.

El fragmento de Scathath terminó de fundirse con el cuerpo de Inei en un destello suave, casi imperceptible.

El calor tibio regresó, estabilizando su respiración, pero el temblor en sus músculos no desapareció.

Xiay se detuvo sobre un techo parcialmente derrumbado.

Desde allí, la ciudad de Lihen parecía un cadáver aún caliente: calles iluminadas por relámpagos errantes, incendios dispersos, gritos que nacían y morían bajo la cúpula violeta.

Xiay habló sin apartar la vista del horizonte.

—Scathath —dijo con tono seco—.

Dime algo con total honestidad.

La voz de la mujer resonó dentro de Inei, clara pero tensa.

—Pregunta.

Xiay apretó ligeramente a su hijo entre los brazos.

—¿Puede Inei tomar tu poder… y enfrentarse a eso?

El silencio que siguió fue breve.

Pero pesado.

—Sí —respondió Scathath al fin—.

Puede hacerlo.

Inei abrió los ojos con sorpresa, pero ella continuó antes de que pudiera hablar.

—Sin embargo, solo por un tiempo muy limitado.

Diez minutos… quizás menos si se fuerza.

Mi poder actual es demasiado grande para un cuerpo que aún no ha terminado de consolidarse.

Xiay frunció el ceño.

—¿Qué pasará si se excede?

Scathath no suavizó la respuesta.

—Su cuerpo comenzará a romperse desde dentro.

Canales de Arcam desgarrados, órganos colapsando… y si insiste más allá del límite, su alma podría no resistir la sincronización.

Inei tragó saliva.

Xiay cerró los ojos un instante.

Diez minutos.

Diez minutos para detener a un Falso Rey.

Cuando los volvió a abrir, había tomado una decisión.

—Con eso basta —dijo—.

Diez minutos son más de los que tendrá esa cosa si llegamos a tiempo.

Dentro de su mente, una voz distinta se alzó.

No la de un patriarca.

No la de un estratega.

La de un padre.

…Qué mujer tan poderosa se consiguió mi hijo.

No había burla en el pensamiento.

Solo asombro… y una pizca de respeto sincero.

Xiay bajó a Inei con cuidado, colocándolo sobre una superficie firme.

Le sostuvo el rostro un segundo, mirándolo a los ojos.

—Escúchame bien —dijo—.

No tienes que demostrar nada.

No hoy.

Si en algún momento sientes que no puedes continuar… —No voy a huir —respondió Inei con voz firme, aunque cansada—.

Esa cosa está matando personas.

Un nuevo trueno sacudió la cúpula.

Esta vez, acompañado de un grito que no sonaba humano.

Scathath habló con urgencia.

—Se dirige al distrito bajo.

Hay muchos heridos allí… si llega— Xiay dio un paso al frente.

El fuego se intensificó.

No era una explosión descontrolada, ni un despliegue exagerado.

Era un calor denso, concentrado, que envolvió su cuerpo como una segunda piel.

Las tejas de piedra bajo sus pies comenzaron a ponerse al rojo vivo antes de ceder, derritiéndose y colapsando con un crujido grave.

El aire alrededor se curvó.

—Yo seré la vanguardia —repitió, con una calma que imponía más que un grito—.

Tú concéntrate en asimilar el poder antes de pelear.

Inei apretó los dientes.

—Padre… Xiay no lo miró.

Su atención ya estaba fija en la distancia, en el punto donde los relámpagos descendían una y otra vez como si marcaran un territorio de caza.

—No es una orden hijo —añadió—.

Tu madre siempre creyó que serias especial y hora lo creo yo.

Por eso ahora re afirmo mi confianza sobre ti…Sobre nuestro futuro.

Scathath intervino de inmediato, su voz resonando dentro de Inei con una claridad absoluta.

—Escúchalo.

Si intentas forzar la sincronización mientras te mueves, tu cuerpo colapsará en segundos.

Necesitas estabilidad… y yo necesito tiempo para anclarme por completo a tus canales.

Inei exhaló lentamente.

Se sentó.

No fue una postura ceremonial ni elegante.

Se dejó caer sobre el metal caliente de una viga expuesta, ignorando el dolor superficial.

Cerró los ojos.

—De acuerdo —dijo—.

No te contengas.

Dentro de él, algo respondió.

El mundo se apagó un instante.

No oscuridad.

Silencio.

Scathath se desplegó.

No como un espíritu externo… sino como una presencia que reclamaba espacio dentro de cada fibra de su ser.

Inei sintió cómo sus canales de Arcam se abrían a la fuerza, ensanchándose más allá de lo que habían soportado jamás.

El frío apareció primero, profundo, absoluto… y luego el calor, superponiéndose sin anularlo.

—Mantén la conciencia —advirtió Scathath—.

Si la pierdes, perderemos el control.

Inei asintió, aunque nadie podía verlo.

Su respiración se volvió rítmica.

Forzada.

Cada latido era un golpe seco en el pecho.

A lo lejos, un edificio colapsó.

Xiay ya se había movido.

El techo en el que habían estado se desintegró bajo una explosión de fuego, y su figura salió disparada hacia el distrito bajo como un cometa carmesí.

Cada paso que daba sobre el aire dejaba una estela ardiente.

Cada aterrizaje hacía temblar la calle.

Las personas que aún podían moverse lo vieron pasar.

No como un salvador.

Como una advertencia.

—BASTIAN —rugió Xiay, y su voz viajó envuelta en Arcam, golpeando la ciudad entera—.

¡SI QUIERES SEGUIR ALIMENTÁNDOTE… VEN POR MÍ!

La respuesta no tardó.

El cielo se rasgó.

Un rayo descendió en línea recta, impactando a menos de veinte metros de Xiay.

El pavimento explotó en fragmentos fundidos, y entre la cortina de electricidad, una silueta comenzó a definirse.

Alta.

Distorsionada.

Inestable.

Dos ojos blancos se encendieron en la tormenta.

Bastian Electro había aceptado el desafío.

Mientras tanto, sobre las ruinas aún humeantes, Inei abrió los ojos.

Sus pupilas de un color blanco intenso como la señal clara de la posesión completa de Scathath en su cuerpo.

—No te preocupes por tu padre, el tiene la capacidad de resistir contra esa bestia, tu solo concéntrate en asimilar mi poder.

— La tormenta se cerró sobre ellos.

El primer movimiento no fue visible.

Xiay sintió el peligro antes de verlo.

El aire frente a él colapsó en un punto diminuto… y explotó.

¡BOOOOOOM!

Su cuerpo salió disparado hacia atrás como si hubiese sido golpeado por una montaña invisible.

Atravesó dos fachadas, derribó un balcón entero y terminó incrustado contra el pavimento de la calle principal.

El impacto abrió un cráter y levantó una nube de polvo incandescente.

Bastian Electro estaba frente a él.

No había caminado.

No había saltado.

Simplemente estaba allí.

Su brazo, aún extendido, chisporroteaba con relámpagos blancos que desgarraban el espacio a su alrededor.

La fuerza del golpe había sido tan brutal que incluso el fuego de Xiay se había apagado por un instante.

—… —Xiay tosió sangre mientras se incorporaba sobre una rodilla—.

Así que este es el poder de un Falso Rey.

Bastian no respondió.

No hablaba.

No necesitaba hacerlo.

El monstruo levantó ambos brazos y los bajó al mismo tiempo.

El cielo obedeció.

Decenas de rayos descendieron en abanico, destrozando la calle completa.

Xiay se impulsó hacia adelante envuelto en llamas, esquivando por centímetros descargas que fundían piedra y metal como si fueran papel mojado.

Uno lo rozó.

El dolor fue inmediato.

No era una quemadura común: era como si la electricidad quisiera entrar en su cuerpo y desarmarlo desde dentro.

Xiay gruñó, forzando su Arcam de fuego a circular más rápido, expulsando la energía invasora.

—Velocidad… fuerza… control absoluto del entorno —murmuró—.

Monstruo de mierda.

Bastian apareció sobre él.

Un descenso vertical.

Un puño.

Xiay apenas cruzó los brazos a tiempo.

¡CRAAAAASH!

El impacto lo hundió varios metros bajo tierra.

El pavimento se partió como vidrio, y una onda sísmica recorrió las calles cercanas, derribando lo poco que quedaba en pie.

Por un segundo… Xiay no se movió.

Bastian levantó el brazo de nuevo.

Pero esta vez— —¡Ahora no!

—rugió Xiay.

El fuego explotó desde su cuerpo en todas direcciones.

Una erupción carmesí que obligó a Bastian a retroceder por primera vez.

Las llamas no dañaron su armadura eléctrica, pero sí distorsionaron su forma, obligándolo a estabilizarse.

Xiay salió del cráter de un salto, respirando con dificultad.

Había una diferencia clara.

Cada golpe de Bastian era mortal.

Cada movimiento suyo era más rápido.

Más pesado.

Más preciso.

Pero… Xiay sonrió.

No era una sonrisa confiada.

Era una sonrisa concentrada.

—Ya te siento… —dijo en voz baja—.

Tu ritmo.

Bastian volvió a atacar.

Esta vez con una secuencia brutal: tres golpes rectos, una patada descendente, un barrido eléctrico que cortó la calle en dos.

Xiay recibió los dos primeros.

El tercero lo desvió.

El cuarto lo esquivó.

El quinto… Lo bloqueó.

El choque entre fuego y relámpago creó una explosión tan intensa que el cielo dentro de la cúpula se iluminó como si fuera de día.

Xiay salió despedido hacia atrás, pero aterrizó de pie.

Sus talones dejaron surcos ardientes en el suelo.

—¿Lo notas?

—murmuró—.

Ya no me tomas por sorpresa.

Bastian inclinó la cabeza.

Un gesto mínimo.

Pero significativo.

La criatura aceleró.

Su cuerpo se volvió un borrón blanco, atacando desde múltiples ángulos, dejando imágenes residuales hechas de electricidad pura.

El sonido de los impactos se fusionó en un rugido continuo.

Xiay retrocedía.

Bloqueaba.

Recibía.

Pero ya no era aplastado.

Su fuego comenzó a cambiar.

Más denso.

Más oscuro.

Cada vez que Bastian se acercaba, una explosión térmica lo obligaba a reajustar su trayectoria.

Xiay estaba aprendiendo… a pelear contra algo que no seguía reglas humanas.

—Eso es… —pensó—.

No eres invencible.

Solo eres grande.

Bastian lanzó un rayo concentrado directo al pecho de Xiay.

Xiay cruzó los brazos… y esta vez, avanzó dentro del ataque.

El fuego se comprimió alrededor de su cuerpo, formando una capa incandescente que desvió la descarga lo justo para que no lo atravesara.

—¡Mi turno!

Xiay apareció frente al rostro de la bestia y descargó un puñetazo directo.

No fue un golpe común.

Fue un impacto cargado con toda su voluntad.

¡BOOOOM!

Bastian retrocedió dos pasos.

La calle quedó en silencio por una fracción de segundo.

Xiay respiraba con dificultad, el sudor evaporándose al instante sobre su piel ardiente.

La diferencia de poder seguía ahí.

Pero ya no era un abismo.

Era una distancia… que estaba empezando a cerrar.

Pero ya no era un abismo.

Era una distancia… que estaba empezando a cerrar.

Xiay dio un paso al frente.

No fue impulsivo.No fue desesperado.

Fue decisión.

Bastian reaccionó de inmediato.

Su brazo se convirtió en un látigo de relámpago y descendió con violencia, buscando partir a Xiay en dos.

Xiay no retrocedió.

Giró el torso, dejó que el golpe rozara su hombro y, en el mismo movimiento, clavó el codo envuelto en fuego directo en el costado del monstruo.

¡BOOM!

La descarga explotó hacia afuera, deformando la armadura eléctrica de Bastian.

El Falso Rey fue empujado varios metros atrás, dejando surcos humeantes en el pavimento.

Xiay ya estaba encima.

Bastian lanzó una patada ascendente.

Xiay la bloqueó con la rodilla y respondió con un puñetazo directo al pecho.

Fuego contra relámpago.Impacto contra impacto.

El aire se comprimió y estalló.

Bastian retrocedió medio paso.

Xiay no le dio respiro.

Cada ataque de la bestia encontraba ahora una respuesta inmediata.Golpe descendente: bloqueo y contraataque.Embate frontal: desvío y rodillazo.Descarga eléctrica: avance envuelto en calor abrasador.

Xiay se movía dentro del rango de la criatura, no fuera de él.

Había dejado de reaccionar… ahora dictaba el ritmo.

Bastian rugió.

No con sonido, sino con una vibración que hizo temblar los edificios cercanos.

Sus extremidades se alargaron aún más, la electricidad creciendo en densidad y velocidad.

Atacó con una secuencia salvaje, tan rápida que incluso el aire parecía romperse.

Xiay recibió dos golpes.

El tercero lo esquivó por centímetros.

El cuarto lo atrapó de frente.

Su cuerpo salió despedido, estrellándose contra un muro medio derrumbado.

El impacto hizo colapsar la estructura y una lluvia de escombros cayó sobre él.

Durante un segundo… nada se movió.

Bastian avanzó.

Pero el fuego estalló desde los escombros.

Xiay emergió cubierto de llamas densas, respirando con dificultad, sangre escurriendo por la comisura de sus labios.

Sonrió.

—Así que también puedes acelerar… —dijo—.

Bien.

Desapareció.

No fue velocidad pura.

Fue lectura.

Xiay apareció justo en el punto donde Bastian iba a atacar y lanzó un puñetazo ascendente que conectó limpio bajo su mandíbula.

¡CRACK!

La cabeza del Falso Rey se levantó bruscamente.

Antes de que pudiera estabilizarse, Xiay giró sobre sí mismo y descargó una patada envuelta en fuego concentrado directo al cuello.

¡BOOM!

Bastian fue lanzado contra la calle lateral, arrastrando cables, postes y restos de edificios en su caída.

Xiay cayó de pie, el fuego alrededor de su cuerpo ondulando como una bestia viva.

—No eres un dios —dijo, avanzando—.

Solo una cosa grande… que mata porque no sabe hacer otra cosa.

Bastian se incorporó lentamente.

La electricidad a su alrededor se volvió errática.

Peligrosa.

El Bastian, en su casi nula conciencia, en su existencia que solo destinada a matar, entendió pro primera vez el miedo a morir.

Xiay se estaba adaptando a su ritmo y eso lo hacia temblar de impotencia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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