Hasta que el cielo me detenga - Capítulo 46
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- Capítulo 46 - 47 Acto Iv — Capitulo 45 — Una historia jamás contada
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47: Acto Iv — Capitulo 45 — Una historia jamás contada…
47: Acto Iv — Capitulo 45 — Una historia jamás contada…
El mundo de Inei se había reducido a una sola cosa: resistir.
No había cielo.No había ciudad.Ni siquiera ruido.
Solo presión.
Una presión antigua, vasta, aplastante, que no venía de fuera… sino de dentro.
A su alrededor, el Arcam se había ordenado de forma instintiva.
Pétalos de luz blanca comenzaron a desplegarse desde el suelo, uno a uno, formando la silueta incompleta de un loto luminoso.
Cada pétalo giraba lentamente, pulsando con un ritmo que no era el suyo, sino el de Scathath.
La barrera temblaba.
Inei estaba sentado en el centro, con la espalda encorvada y los dientes apretados.
Sus venas brillaban bajo la piel, trazos blanquecinos y verdosos que recorrían brazos, cuello y pecho como grietas en porcelana antigua.
—Resiste… —susurró Scathath desde lo profundo—.
No intentes dominarlo aún.
Deja que mi poder te reconozca.
Inei no respondió.
Porque ya no podía.
Su cuerpo comenzó a agrietarse.
No era una herida física común.
Eran fisuras de Arcam.
Pequeñas fracturas luminosas se abrieron en su piel, como si algo dentro estuviera empujando para salir.
Sangre mezclada con energía pura se filtró por las grietas, evaporándose antes de tocar el suelo.
Sus manos temblaban sin control.
Su respiración se volvió errática.
El loto blanco se contrajo de golpe.
—¡Inei!
—la voz de Scathath se tensó—.
Estás alcanzando el límite.
Detén la sincronización ahora mismo.
Pero Inei ya estaba más allá de las advertencias.
El poder no obedecía.
Exigía salida.
El punto crítico llegó sin aviso.
El Arcam dentro de Inei colapsó… y luego estalló.
No fue una explosión de fuego ni de luz.
Fue una detonación de Arcam puro.
¡BOOOOOOM!
Una onda blanca se expandió desde el centro del loto, arrancando los pétalos de raíz, pulverizando la viga metálica, empujando el aire con una violencia silenciosa.
La energía no destruyó… rechazó.
Como un cuerpo expulsando algo que no puede contener.
Inei salió despedido hacia atrás, rodando varios metros antes de quedar inmóvil entre los escombros.
El silencio regresó.
Tosió.
Una, dos, tres veces.
Cada espasmo arrancaba sangre de su garganta, pero su pecho comenzó a brillar con un rojo profundo y palpitante.
La Llama Eterna — Corazón Caído.
El fuego no ardía hacia afuera.
Ardía hacia adentro.
Sus latidos se sincronizaron con la llama, y donde las grietas habían aparecido, la carne comenzó a recomponerse lentamente.
No sin dolor.
No sin cicatrices.
Pero se estaba curando.
Scathath emergió de su cuerpo en una nube espesa de luz blanquecina y sombras suaves.
Tomó forma frente a él, arrodillándose de inmediato, una mano firme sosteniéndolo antes de que volviera a desplomarse.
Por primera vez… su rostro mostraba auténtica preocupación.
—Tal como temía… —dijo en voz baja—.
Mi poder es demasiado para ti en este momento…
Inei apoyó la frente contra su hombro.
Respiraba con dificultad.
Dolía todo.
Pero sus ojos… estaban claros.
Lúcidos.
—Lo sé… —murmuró, apenas audible—.Si no puedo… controlarlo.
Scathath iba a responder.
Pero él continuó.
Levantó la cabeza con esfuerzo, apoyándose en ella como si fuera el único ancla que lo mantenía consciente.
—Entonces… —susurró, con una determinación que no correspondía a su estado— crearé un ataque.
Scathath se quedó inmóvil.
El Arcam a su alrededor se agitó.
—¿Un ataque…?
—repitió, con incredulidad.
Inei apretó los dedos, aún temblorosos.
—Si no puedo contener su poder… —dijo— lo expulsaré todo en un solo instante.
Un ataque definitivo que acabe con esa cosa.
El loto blanco, destruido, comenzó a reformarse lentamente… esta vez incompleto, irregular.
No como una barrera.
Sino como un canal.
Scathath lo miró.
Y algo dentro de ella se derritió, tal vez su instinto de madre, tal vez otra cosa que ni siquiera ella misma sabia, aun así…
La llevo a sonreír de todo corazón.
—Eres un insensato… —dijo con suavidad—.
Pero también… verdaderamente nuestro.
A lo lejos, bajo la cúpula violeta, un trueno cayó.
La batalla continuaba.
Su padre lo estaba dando todo y el no podía quedarse atrás, con esfuerzo.
Scathath volvió a entrar en su cuerpo para empezar a canalizar su Arcam.
Inei miro al cielo morado con los ojos rojos, un temblor escalofriante recorrió su cuerpo.
Pero también lo invadió un calor familiar, el calor de su padre dándolo todo en su batalla contra el monstruo.
Para Inei esa sensación era mas que suficiente para también entregarlo todo.
Inei se puso de pie.
Cada movimiento era una agonía pura.
Sentía como si miles de agujas hechas de hielo y fuego se retorcieran bajo su piel, atravesando músculo y hueso.
El Corazón Caído latía con una violencia rítmica, sellando las grietas de su cuerpo apenas un instante antes de que el Arcam de Scathath volviera a desgarrarlas desde dentro.
Destrucción.Reconstrucción.Una y otra vez.
Pero no se detuvo.
No miró sus manos ensangrentadas.
No miró el suelo quebrado bajo sus pies.
Su mirada se mantuvo fija en el horizonte, donde el resplandor carmesí de su padre chocaba una y otra vez contra la oscuridad eléctrica del Bastian.
Ahí estaba.
Aún de pie.
Eso era suficiente.
Inei extendió el brazo izquierdo, palma abierta hacia el frente.
Su mano derecha se alzó lentamente, posicionándose cerca de su oreja, como si sostuviera algo invisible.
El mundo se detuvo.
El viento cesó.La lluvia quedó suspendida en el aire.Incluso los truenos bajo la cúpula parecieron callar.
Desde su núcleo, una marea de Arcam blanco comenzó a fluir.
No era vapor.No era luz difusa.
Era energía densa, casi líquida, desplazándose por sus canales como mercurio ardiente.
Cada centímetro de su recorrido arrancaba espasmos a su cuerpo, pero Inei no gritó.
Cuando el Arcam escapó de sus poros, no se disipó: cristalizó.
La luz blanca se entrelazó frente a él, línea tras línea, curva tras curva.
Lentamente, tomó forma.
Un arco largo, de un blanco inmaculado, emergió del aire mismo.
No parecía hecho de madera ni de metal, sino de una sustancia etérea que recordaba al mármol de templos olvidados.
Su superficie era lisa, perfecta, y vibraba con una frecuencia tan precisa que las gotas de lluvia que se acercaban se pulverizaban en polvo brillante antes de tocarlo.
El arco estaba completo.
Inei cerró los dedos alrededor de él.
Y entonces, jaló la cuerda invisible.
Desde el vacío, una luz dorada respondió.
Primero fue un hilo.Luego un eje.Después, una flecha.
No ardía.No crepitaba.
Brillaba con una serenidad aterradora.
Inei tensó el arco.
El Arcam se volcó por completo.
No dejó nada atrás.
Su núcleo gritó, sus brazos se cubrieron de fisuras luminosas, y la sangre volvió a brotar de su boca, pero no aflojó.
Sintió el calor de su padre.
No como una visión.Como una certeza.
Inei apuntó.
Exhaló.
Y soltó.
La flecha desapareció sin sonido.
Durante un instante…no ocurrió nada.
Luego, el cielo se partió.
En el punto donde la flecha impactó, una esfera de luz blanca y dorada se expandió violentamente, devorándolo todo a su alrededor.
No fue una explosión común: fue una aniquilación absoluta.
El aire se comprimió y luego estalló con una fuerza imposible.
La cúpula violeta se deformó, se rasgó, y finalmente colapsó en fragmentos de relámpago que se evaporaron al contacto.
La onda expansiva arrasó jardines, edificios, murallas.
La tierra fue arrancada de raíz.
La ciudad entera fue sacudida como si un dios hubiera golpeado el mundo con el puño cerrado.
No hubo sonido después del primer impacto.
Solo blanco.
Luego…nada.
Inei no sintió el suelo desaparecer bajo sus pies.No sintió su cuerpo caer.No sintió dolor.
La luz se apagó.
Y el mundo quedó sumido en una oscuridad absoluta.
———- Oscuridad.
No había arriba ni abajo.No había tiempo.No había forma.
Solo vacío.
Entonces…unos pasos resonaron.
No eran pesados.No eran rápidos.
Eran firmes.
Antiguos.Cada uno hacía vibrar la nada, como si el propio vacío recordara haber sido suelo alguna vez.
A lo lejos, algo apareció.
Una pequeña llama roja.
No iluminaba.Simplemente existía.
No había figura que la sostuviera.No había cuerpo.No había presencia visible.
Pero una voz emergió de la oscuridad.
No era grave.No era suave.
Era… sorprendida.
—Curioso… —dijo—.
En este mundo antiguo, nadie ha logrado entrar jamás.
Los pasos se detuvieron.
—Y sin embargo… tú irrumpes como una tormenta frente a mi puerta.
La llama roja tembló levemente.
—Dime… —preguntó la voz—.
¿Quién eres?
Silencio.
No hubo respuesta.Ni respiración.Ni eco.
El vacío permaneció inmóvil durante lo que pudieron ser segundos… o siglos.
Finalmente, la voz volvió a sonar.
—Ya veo… Esta vez, había algo distinto.
Comprensión.
—Así que mi mayor creación fue llevada hasta tal extremo… Los pasos avanzaron un poco más.
—Mi clan… Nozen.
La llama roja se elevó apenas unos centímetros.
—Pero… —la voz se volvió afilada— en la historia que yo mismo creé… tú no existes.
Un silencio aún más pesado cayó.
—¿Qué irregularidad es esta?
La oscuridad pareció inclinarse.
—Un mocoso… saltando las etapas que diseñé con mis propias manos, como si no significaran nada.
La llama roja parpadeó.
—¿De qué sirve un sistema de poder forjado con tanto esfuerzo… —continuó— si alguien lo atraviesa como si fuera humo?
Silencio otra vez.
Entonces… Dos ojos morados se encendieron en la oscuridad.
No eran ojos comunes.Eran como llamas violetas, observando desde un plano que no pertenecía a ningún mundo.
La pequeña llama roja se elevó por completo, flotando frente a ellos.
—Ya entiendo… —murmuró la voz, ahora teñida de algo parecido al asombro—.
Así que es obra de esa mujer.
Los ojos se entrecerraron.
—Interesante… El vacío comenzó a vibrar suavemente.
—De mi sangre nacerá aquel que pueda dominar el fuego y el hielo desde el mismo instante de su nacimiento.
La llama roja se expandió un poco más.
—Ese individuo será conocido como el Príncipe Prometido.
Las palabras resonaron como un decreto.
—De él surgirá la Canción del Fuego y del Invierno… y a través de ella, las fuerzas de la oscuridad serán finalmente enfrentadas.
Los ojos morados se fijaron en la llama.
—Tu existencia… tu irregularidad… no es distinta a la de otros como tú.
Un leve silencio.
—Irregularidades capaces de torcer el destino del mundo.
La voz se volvió firme.Decidida.
—Si ese es el caso… La oscuridad se contrajo.
—Tu historia no puede terminar aquí.
No de hecho nunca existió.
La llama roja estalló en luz.
—Renace, Nozen.
Y entonces… La oscuridad ardió.
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