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Hasta que el cielo me detenga - Capítulo 48

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Capítulo 48: Capitulo 1 — Acto I — En el comienzo.

El sol se filtraba entre las delgadas telas blancas de las cortinas, bañando la habitación con una luz suave y cálida. En una pequeña mecedora, cerca de la ventana, una mujer de cabello castaño cenizo se balanceaba con delicadeza, con los ojos cerrados y una sonrisa serena. Entre sus brazos, sostenía con infinito cuidado a su pequeño bebé.

El niño, de cabello azabache y ojos del mismo tono —profundos y brillantes—, jugaba con uno de los mechones revueltos de su madre. No emitía sonido alguno; se limitaba a mover sus manitas, pasando el cabello de un lado a otro con una curiosidad insaciable.

En la casa había otra presencia: Hestia, la sirvienta asignada al cuidado de la madre y el hijo. A esa hora, su labor principal se centraba en la cocina, y el aroma a estofado de carne y sopa ya se había extendido por cada rincón del hogar.

—Mmm… ma… mmm… ma…

Lizbell abrió los ojos con suavidad y bajó la mirada hacia su hijo; su sonrisa se tornó aún más cálida.

—¿Qué pasa, mi niño? ¿Tienes hambre? —susurró con tono maternal. Movió una mano para liberar uno de sus pechos del vestido, pero una pequeña mano la detuvo. —¿Eh? ¿No tienes hambre, mi amor?

El bebé agitó su brazo derecho, señalando torpemente hacia la ventana. Lizbell siguió el gesto, intrigada. Sus labios, entreabiertos por la curiosidad, pronto se cerraron formando una mueca… casi un puchero.

Al otro lado del cristal, el rostro de una hermosa mujer hacía una mueca exagerada, sacando la lengua y deformando sus facciones de manera ridícula. Una risa fuerte y despreocupada se escuchó con claridad incluso a través del vidrio. Instantes después, la mujer se apartó de la ventana y entró por la puerta principal. Lizbell se sorprendió al notar que la recién llegada llevaba a una bebé sujeta al pecho mediante un fular.

—¡Uff, sí que huele bien aquí! ¡Ya quiero probar esa comida, Hestia! —Con una sonrisa y un leve saludo, se dirigió a la cocina, donde la sirvienta respondió con una breve reverencia. Luego, se giró hacia Lizbell con un brillo travieso en los ojos. —Así que los rumores eran ciertos. De verdad diste a luz, jeje.

Se sentó en la mecedora junto a Lizbell y se inclinó para observar al pequeño.

—¿Cómo se llama? —preguntó, extendiendo una mano para jugar con él.

—Su nombre es Inei —respondió Lizbell, acariciando la cabecita del niño.

—Oh… es un buen nombre. Pero dime… ¿quién es el padre?

Sin previo aviso, Lizbell estiró la mano y pellizcó la mejilla de la mujer con fuerza.

—¡¿Por qué todo el mundo pregunta por su padre?! —exclamó—. ¡Él no es importante! ¡Dejen de preguntarme por un hombre que no existe!

—¡Ay, ay, ay! —se quejó la mujer—. Duele, Liz, duele…

—Pues no preguntes.

—Está bien, está bien… pero dijiste que no existe. ¿Acaso murió?

Una sutil pero peligrosa aura emanó de Lizbell mientras clavaba la mirada en ella. La mujer tragó saliva y retrocedió.

—B-bueno… —dijo rápidamente, intentando cambiar de tema— te presento a Yeryn. —Señaló a la bebé que cargaba.

—¿Yeryn? Pero, Lucia… —Lizbell parpadeó sorprendida—. ¿Es tu hija? Dijiste que no tendrías descendencia.

Lucia ladeó la cabeza, inflando las mejillas.

—No es mía. Es la hija de mi hermano. Pero gracias a esta pequeña… —bajó la mirada hacia Yeryn con ternura— me estoy replanteando tener una. Es demasiado dulce. ¿Sabes? Su primera palabra fue mi nombre. ¡Ni “mamá” ni “papá”, fue Lucia! Pagaría lo que fuera por ver las caras de mi hermano y mi cuñada otra vez.

Su risa resonó un poco más fuerte de lo previsto, y la pequeña Yeryn se removió inquieta hasta romper en llanto.

—Oh, oh… —Lucia se levantó de inmediato—. Tranquila, pequeña, ya está…

La sacó del canguro y comenzó a mecerla, pero el llanto no cesaba. En ese momento, Inei se movió en los brazos de su madre. Sus ojos negros se fijaron en el sonido y, con un esfuerzo torpe, se inclinó hacia adelante para ver mejor. Inei observó a la bebé que lloraba con una atención casi solemne. Al sentir el cambio en el ambiente, Yeryn fue calmándose. Sus sollozos se apagaron y sus ojos se encontraron con los de Inei.

Él la miraba en completo silencio, bajo la luz del sol.

—…Vaya —susurró Lucia—. Parece que se han caído bien.

Lizbell sonrió, sintiendo un extraño y cálido apretón en el corazón.

———–

Los años pasaron sin que nadie lo notara realmente.

Para Inei y Yeryn, el mundo siempre había sido así: risas mezcladas con regaños suaves, entrenamientos al amanecer y tardes tranquilas bajo la sombra del gran árbol del patio Nozen. Crecieron juntos, hombro con hombro, como si el destino hubiese decidido que no sabían caminar el uno sin el otro.

Lizbell y Lucia se encargaron de su crianza como si fueran uno solo. Cuando Inei caía, Yeryn era la primera en reírse… y la primera en extender la mano. Cuando Yeryn lloraba, Inei aparecía en silencio, sentándose a su lado sin decir nada, como si su sola presencia bastara.

Y casi siempre bastaba.

Inei también se volvió inseparable de los hijos de Xiay y Ryu. El clan Nozen nunca fue frío con él, pero fue Xiay —el hermano mayor de Lizbell y patriarca del clan— quien ocupó sin querer el lugar que nadie se atrevía a nombrar.

—Papá.

Cada vez que esa palabra escapaba de los labios de Inei, Xiay fingía compostura… pero su pecho se hinchaba de orgullo como si hubiese ganado una guerra. Nunca lo corrigió. Nunca lo negó.

Cinco años después del nacimiento de Inei, ocurrió el primer presagio.

Una mañana tranquila, Lizbell despertó sobresaltada por un calor extraño. Corrió por los pasillos hasta la habitación de su hijo… y se quedó inmóvil en la puerta.

Inei dormía profundamente, envuelto en llamas naranjas que danzaban con suavidad, como si lo protegieran.

No quemaban la cama. No dañaban las cortinas. No lastimaban a nadie.

Eran… dóciles.

Cuando Lizbell se acercó, el fuego se extinguió como si nunca hubiera existido. Inei solo se removió un poco y siguió durmiendo.

Nadie habló de ello en voz alta. Pero nada volvió a ser igual.

Cinco años más tarde.

El sonido seco de la madera chocando llenaba el patio de entrenamiento.

—¡Concéntrate, Inei! ¡No balancees la espada solo con los brazos!

El niño, ahora de diez años, apretó los dientes y reafirmó su postura. En sus manos sostenía una espada de madera perfectamente adaptada a su tamaño. Frente a él, Ezra —dieciséis años, más alto, más fuerte— giraba una lanza con torpeza contenida, chispas débiles recorriendo el asta.

Fuego contra rayo.

Ninguno dominaba aún su elemento, pero ambos lo intentaban con una seriedad impropia de su edad.

Una llamarada naranja brotó alrededor de Inei cuando avanzó, envolviendo su espada. Ezra reaccionó tarde; el rayo que intentó invocar se dispersó antes de formarse por completo.

—¡Alto! —ordenó una voz firme.

Xiay observaba desde la distancia, brazos cruzados, expresión severa… aunque sus ojos brillaban de orgullo.

—Los dos deben recordar que no se permite el enfrentamiento con elementos hasta comprender sus bases… Y aunque les advierta se que no me harán casos…Son iguales a nosotros en nuestra juventud después de todo…

Xiay suspiro con nostalgia, Pero pronto una sonrisa se dibujo en sus labios.

—Ezra, hijo mío. Desconozco el elemento del rayo, así que te daré el mismo consejo que le daré a Inei: Si quieren pelear con elementos asegúrense siempre de hacer que el Arcam elemental fluya por su cuerpo. Desde su núcleo hasta sus manos y posteriormente hacia el arma. Imaginen un canal por dónde el elemento deba correr.

—Sí, papá.

Ezra resopló, apoyándose en su lanza.

—Tsk… algún día dejaré de perder contra un mocoso.

—Eso dijiste el año pasado —respondió Inei, serio… hasta que una sonrisa traviesa se le escapó.

Desde la sombra del patio, Lizbell observaba la escena con los ojos húmedos, sin darse cuenta. En sus piernas dormía una niña de cabello claro y expresión tranquila.

Athena.

Lucia la había traído desde su familia años atrás. Rechazada. Marcada.

No porque no pudiera usar Arcam… sino porque estaba maldita.

La restricción celestial de Arcam sellaba cualquier posibilidad de cultivo dentro de su cuerpo. Un castigo que muchos consideraban peor que la muerte.

Pero para Lizbell, Athena solo era una niña que necesitaba calor.

A unos pasos, Yeryn estaba sentada en las piernas de Lucia mientras esta le arreglaba el cabello con cuidado, separando mechones con una delicadeza casi ceremonial.

—Mira cómo lo observa —murmuró Lucia.

Yeryn no apartaba los ojos de Inei ni un segundo.

—Siempre lo hace —respondió Lizbell en voz baja—. Se le nota en los ojos que está enamorada.

Lucia arqueó una ceja y soltó una risa apenas contenida.

—Vamos, Liz… es demasiado pequeña para eso.

Se inclinó un poco hacia adelante, observando también a Inei.

—Yo diría que es admiración. ¿Quién no lo haría? Siempre fue distinto… incluso antes de que despertara su fuego.

Lizbell no respondió de inmediato. Sus ojos seguían a su hijo, atentos, suaves… pero cargados de algo más profundo.

—Tal vez —concedió al final—. Pero Yeryn nunca mira así a nadie más.

Lucia iba a replicar cuando unos pasos suaves resonaron sobre la madera del corredor.

Ambas mujeres giraron la cabeza casi al mismo tiempo.

Una figura delgada apareció en el umbral. Su andar era lento, medido, como el de alguien que aún se recuperaba.

Llevaba una túnica clara y el rostro pálido, pero sus ojos estaban despiertos… demasiado atentos para alguien que acababa de salir de una convalecencia.

Selene.

—No quería interrumpir —dijo con una leve sonrisa mientras se acercaba—, pero el ruido del entrenamiento me llamó.

Se sentó con cuidado junto a Lizbell, apoyando una mano sobre el banco.

—Desde que llegue aquí hace una semana…Sentí una presencia extraña…Única…

Lizbell sonrió al escuchar las palabras de la joven mujer, acomodo un mechón de cabello rebelde de Athena antes de subir la mirada hacia su hijo.

—Ese fuego…Es muy raro, no consume, no es agresiva…Es como si no fuera una llama.

Lucia al otro lado sonrió y abrazo contra su pecho a la pequeña Yeryn.

—Aunque no lo parezca, es uno de los fuegos más poderosos del mundo.

Selene entonces dejo de mirar a Inei para ver a Lucia.

—¿Qué quieres decir?

—Selene, querida. Eres una miembro del clan Terra, por lo que casi no tienes conocimiento conocimiento del mundo al ser un clan tan encerrado del mundo. Pero al menos esos malditos ancianos de tu clan deberían dar educación básica sobre el mundo.

Lucia miro con orgullo a Inei, le dio un pequeño beso a Yeryn en el cabello y miro a Selene.

—Aun eres muy joven, tienes toda una vida por delante. Pero así como tú eres una portadora de tierra elemental. Inei también lo es. Solo que la diferencia es que Inei tiene uno de los poderes más fuertes y extraños del mundo. Que es el Fuego eterno. Y justamente su llama es la dueña del top 2 del ranking de llamas eternas. Es la única llama en el mundo que es hereditaria, Gracias al poder de los antiguos dioses Nozen.

Los labios de Selene se abrieron en una clara sorpresa. La joven mujer de apenas 24 años de edad, una experta en el manejo del Arcam y el elemento tierra. Criada a mano dura y con el pensamiento de siempre ser mejor en su elemento. Desconocía de la verdadera naturaleza del mundo. Y debido a eso, resultó herida de gravedad un mes atrás por entidades malvadas.

—

Lizbell percibió el leve temblor en la respiración de Selene.

No hizo falta mirar su rostro para saber que aquella revelación había sido demasiado… demasiado pronto.

Con cuidado, ajustó mejor a Athena sobre sus piernas, asegurándose de que la niña estuviera cómoda, antes de alzar la voz con dulzura.

—Selene —dijo, sin reproche, sin dureza—. Ya es suficiente por hoy.

Lucia giró la cabeza hacia ella, comprendiendo de inmediato.

Lizbell apoyó una mano sobre el antebrazo de la joven mujer del clan Terra, su contacto cálido, firme… tranquilizador.

—Has pasado por mucho —continuó—. Tu cuerpo aún se está recuperando, y tu Arcam también. No necesitas cargar con más preguntas ni más revelaciones que serán difíciles de asimilar.

Selene parpadeó, como si recién entonces regresara al presente. Bajó la mirada, respiró hondo… y asintió despacio.

—Lo siento… —murmuró—. No quise ser imprudente.

Lizbell sonrió, negando suavemente con la cabeza.

—No lo fuiste. Solo curiosa. Y eso no es un pecado.

Desde el patio, una nueva explosión de chispas marcó el final del entrenamiento. Xiay dio una última indicación a los chicos antes de despedirlos con un gesto. Inei levantó la vista por un instante… y, como si pudiera sentirla, buscó a su madre entre la multitud.

Cuando sus miradas se cruzaron, Lizbell le dedicó una sonrisa tranquila.

Eso fue suficiente.

—Además —añadió, volviendo a Selene—, si vas a quedarte con nosotros un tiempo más, habrá ocasión de sobra para hablar de todo esto. Pero no hoy.

Lucia intervino entonces, con su habitual tono ligero, aunque sus palabras llevaban intención.

—Liz tiene razón. Si sigues forzándote, Athena va a terminar cuidándote a ti.

Selene soltó una pequeña risa, cansada pero sincera.

—Eso sería… humillante.

—Entonces evítalo —replicó Lucia con una sonrisa ladeada.

Lizbell aprovechó ese instante para cambiar el rumbo de la conversación.

—Por cierto, Selene —dijo—. Dentro de poco celebraremos la ceremonia de mayoría de edad del clan Nozen.

Los ojos de la joven se alzaron con sorpresa.

—¿La ceremonia…? ¿Vendrán otras familias?

—Así es —asintió Lizbell—. Clanes de la ciudad, aliados antiguos… incluso algunos que no nos visitan desde hace años.

Lucia chasqueó la lengua, divertida.

—Una reunión llena de viejos nombres, sonrisas falsas… y comida excelente.

Lizbell la ignoró con elegancia.

—Me gustaría que asistieras —continuó—. Como invitada del clan. No como miembro del Terra, ni como guerrera… sino como Selene.

Por un segundo, la joven no supo qué decir.

Luego inclinó ligeramente la cabeza.

—Sería un honor.

Lizbell apretó un poco más a Athena, que dormía plácidamente, ajena a todo.

—Entonces está decidido —dijo con suavidad—. Hasta ese día, concéntrate solo en sanar. El resto… puede esperar.

El viento recorrió el patio, llevándose el olor a madera quemada y ozono.

Inei reía ahora con Ezra, la espada de madera apoyada en el suelo.

—

Durante los siguientes meses la casa de Lizbell estuvo más animada que de costumbre, con los tres pequeños corriendo de un lado a otro y Selene con ellos a donde quieran que vayan.

Durante seis meses. Fueron como unos hermanos muy unidos que no lograban separarse, cuando Selene se recuperaba los tres pequeños se calmaban, hacían un circulo alrededor de ella comenzando su entrenando el Arcam mientras ella se recuperaba .

Para luego de unas Horas, al Selene despertar ella atacara a uno con cosquillas y luego empezaba el juego.

Para unos días antes de la gran ceremonia, Lizbell había tomado a Inei para llevarlo a un lugar a conocer a alguien importante para ella.

Para cuando llegaron a lo alto de una montaña, en una pequeña cueva con entrada de madera, como si fuera una puerta. El interior era cálido comparado con el frio del exterior. Una chimenea le daba la calidez de una casa pequeña pero lo suficientemente grande para una familia de diez personas.

—¡Yidha! —la voz de Lizbell resonó dentro de la cueva—. ¿Estás en casa?

Durante unos segundos, solo respondió el crepitar suave de la chimenea.

Inei, aferrado a la mano de su madre, observaba el lugar con atención. El interior de la cueva no se sentía como una cueva en absoluto. Las paredes de piedra estaban pulidas, cubiertas aquí y allá por talismanes antiguos y grabados que emitían un brillo tenue. El aire era cálido… y denso, como si algo invisible lo impregnara todo.

Entonces, unos pasos se escucharon desde el fondo.

No eran apresurados, ni ligeros. Eran firmes. Seguros.

De entre las sombras emergió una mujer de figura esbelta y porte sereno. Su cabello verde oscuro caía en una larga cola de caballo alta, balanceándose con cada paso. Vestía una túnica ritual de tonos blancos y verdes, con capas largas que parecían flotar incluso cuando se detenía. Los bordados antiguos en su ropa brillaban levemente, reaccionando al Arcam presente en el ambiente.

Sus ojos —profundos, tranquilos, pero peligrosamente atentos— se posaron primero en Lizbell.

—Pensé que el viento me estaba jugando una broma —dijo con voz suave—. No esperaba visitas… y menos tuyas.

Lizbell sonrió, relajándose apenas.

—Han pasado años, Yidha.

La mujer inclinó la cabeza, una leve sonrisa curvando sus labios.

—Demasiados.

Entonces, su mirada descendió.

Y se detuvo en Inei.

El aire cambió.

No de forma violenta, ni brusca… pero algo se tensó, como una cuerda estirada al límite. Yidha dio un paso más cerca, agachándose lentamente hasta quedar a la altura del niño.

Inei no retrocedió.

Sus ojos negros, grandes y tranquilos, se encontraron con los de ella sin miedo… solo curiosidad.

—Así que este es el niño —murmuró Yidha—.

Inei ladeó la cabeza, estudiándola.

—Mamá… —susurró—. ¿Por qué la se{ora huele a Hierba quemada?

Lizbell contuvo la respiración.

Yidha parpadeó una sola vez.

Luego, rio suavemente.

—Qué perceptivo —dijo, incorporándose—. No cabe duda.

Se giró hacia Lizbell, su expresión ahora seria.

—Tu hijo ya siente el Arcam —continuó—. No lo entiende… pero lo reconoce. Eso no es normal para su edad.

Lizbell apretó un poco más la mano de Inei.

—Por eso estoy aquí.

Durante un instante, el silencio volvió a llenar la cueva. La chimenea crepitó, lanzando chispas que se elevaron y se extinguieron antes de tocar el techo.

—¿Qué hay de esa mujer?— Pregunto suavemente dejando de ver a Inei para centrarse en Lizbell.

—Ella aun no despierta, esa es la otra razón por la que estoy aquí…

Lizbell permanecía de pie frente a Yidha, con las manos juntas y el ceño fruncido.No era una postura de súplica… sino de preocupación genuina.

—Mi hijo percibe cosas que no debería —dijo al fin—. No hablo de talento común.

Yidha alzó una ceja, intrigada.

—Explícate.

Lizbell respiró hondo.

—Inei es capaz de sentir presencias incluso cuando estas se ocultan con artes oscuras o suprimen su Arcam. Hace una semana… encontró a una bruja escondida bajo la cama de Yeryn.

El silencio se volvió pesado.

Yidha abrió lentamente los ojos.

—¿Una bruja… ocultando su existencia dentro del clan?

—Sí. Nadie más notó nada —continuó Lizbell—. Ni barreras, ni sellos, ni cultivadores experimentados. Solo él.

Yidha guardó silencio unos segundos antes de hablar.

—Entonces no se trata solo de percepción.

Inei, que había permanecido quieto a un lado, sintió un leve escalofrío al notar cómo la mirada de Yidha se clavaba en él.

—Puedo ayudarte —dijo ella finalmente—, pero solo un poco.

Lizbell frunció el ceño.

—¿Solo un poco?

—Si tu hijo puede percibir incluso a quienes se ocultan con Arcam… —Yidha negó despacio— eso significa que tiene una compatibilidad extremadamente alta con el Rekiem.

La palabra cayó como una piedra en el agua.

—¿El poder del alma…? —murmuró Lizbell.

—Exacto. Y si es así —continuó Yidha—, ningún cultivador común puede guiarlo.Solo un alquimista del alma podría hacerlo correctamente.

Yidha bajó la mirada, y por primera vez su voz perdió firmeza.

—Es una lástima… que esa mujer aún no despierte.

Lizbell apretó los puños.

Ella sabía exactamente de quién hablaba.

—Lo único que puedo hacer ahora es ayudar al crecimiento de su percepción del Alma, ya que desconozco la funcionalidad del Rekiem.

—Lo único que puedo hacer ahora es ayudar al crecimiento de su percepción del Alma, ya que desconozco la funcionalidad del Rekiem.

Yidha se giró sin añadir más palabras y comenzó a caminar hacia el fondo de la cueva.

Lizbell intercambió una mirada con Inei antes de seguirla. El aire se volvía más cálido con cada paso, y el sonido del goteo desapareció poco a poco, reemplazado por un murmullo constante, profundo… vivo.

Tras cruzar un estrecho pasaje de piedra, llegaron a una amplia cámara.

El lugar estaba cubierto por una densa neblina blanca que flotaba a baja altura, envolviendo la habitación como un velo. Sin embargo, al avanzar un poco más, Lizbell lo comprendió.

—Esto no es niebla… —murmuró.

—Vapor —confirmó Yidha—. Una fuente termal natural.

En el centro de la sala, una piscina de agua cristalina emitía un calor suave y constante. El Arcam del entorno era extraño: no agresivo, no activo… sino tranquilo, como si invitara al cuerpo a mostrarse tal cual era.

Yidha se volvió hacia Inei y, por primera vez desde que habían entrado a la cueva, su expresión se suavizó.

—No tengas miedo —dijo con calidez—. Necesito que entres al agua sin tu ropa, es una interferencias externa. Solo así podré ver tus canales principales.

Inei dudó un instante, pero al sentir la mano de su madre apoyarse en su hombro, asintió.

—Estoy aquí —le susurró Lizbell.

El niño avanzó hasta la orilla después de quitarse la ropa rápidamente y se introdujo lentamente en la fuente. El agua no quemaba; al contrario, lo envolvió con una sensación reconfortante, como si algo dentro de él se aquietara.

Yidha se arrodilló junto al borde, cerrando los ojos.

—Los canales principales del Arcam son tres —explicó—: el cerebro, el corazón y el núcleo.En los adultos, estos forman un circuito completo.Pero en un niño…

Abrió los ojos, observando con atención.

—Por naturaleza, están desconectados.

El vapor comenzó a reaccionar.

Del cuerpo de Inei emergieron tenues líneas de luz, apenas visibles, como hilos incompletos que se apagaban antes de encontrarse entre sí.

Yidha frunció ligeramente el ceño.

—Tal como pensé…

Lizbell contuvo la respiración.

—¿Qué ocurre?

—Su cerebro y su corazón ya muestran signos de conexión temprana —respondió Yidha—. No deberían reaccionar así a su edad.

Su mirada descendió lentamente hacia el centro del cuerpo del niño… y se detuvo.

El núcleo permanecía en silencio.

Demasiado silencio.

—El Arcam duerme —murmuró—, pero el alma… no.

El vapor tembló levemente, como si algo invisible hubiese respirado con Inei.

Yidha cerró los ojos una vez más.

—Ahora lo entiendo —susurró—. No es que él perciba demasiado…Es que el mundo no puede ocultarse de su alma.

Lizbell que estaba detrás de Yidha a pocos pasos, avanzo y se arrodillo a su lado, inclinando su cabeza sus ojos revelando demasiada curiosidad. Yidha al percibir los sentimientos de Lizbell sonrió un poco.

—Hace mucho no veía algo así, tu hijo en verdad que es especial… Pero no se si es por tu sangre o por la del pa-!

Yidha se quedo en silencio aguantando un pequeño grito de dolor al sentir la mano de Lizbell pellizcando su costado.

—No existe un padre.

La frase cayó pesada, como una losa lanzada al agua termal.

Yidha inhaló con cuidado, soportando el pellizco un segundo más antes de que Lizbell retirara la mano. No se quejó. En lugar de eso, dejó escapar una breve risa nasal.

—Veo que toqué una veta peligrosa —murmuró—. Mis disculpas.

Lizbell no respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en Inei, en las tenues líneas de Arcam que aún flotaban dentro de su pequeño cuerpo, como si temiera que al parpadear desaparecieran.

—Bueno, como venia diciendo… La ultima persona que conocí con este tipo de talento y cuerpo fue una mujer de nombre: Verdia. Era una mujer aterradora y increíblemente sensible a su entorno. Fue capaz de sentirme incluso estando en mi forma espiritual.

Lizbell levanto una ceja en sorpresa, Lizbell conocía bien el estado espiritual, pues ella había logrado alcanzar ese estado varias veces en el pasado. Un estado en el que el Alma deja el cuerpo para explorar de forma invisible los alrededores.

Algunos expertos lo usan para el rastreo y exploración de Zonas, así como la búsqueda de criminales y el rescate de civiles, pero es un estado muy difícil de alcanzar.

—Bueno, basta de recordar el pasado. Ahora voy a conectar las vías del niño, necesito que me apoyes con tu elemento, el interior del chico es caliente y yo soy débil ante eso.

Lizbell asintió repetidamente, colocándose rápidamente detrás de Yidha para cubrir su alma y cuerpo con energía Helada. A su vez Yidha se concentro al máximo para poder introducir un pedazo de su alma dentro del Núcleo de Inei.

Su frente brillo levemente para dejar salir un pequeño fragmento de su energía espiritual.

Dicho fragmento se deslizo por la corriente de aire que se había creado entre Yidha y Inei. El fragmento de un color verde claro entro lentamente por el ombligo de Inei para poder alcanzar más rápido el núcleo en el plano Astral de su cuerpo.

Yidha dejo salir un suspiro, no. Mas que suspiro era mas como un pequeño Hipido de sorpresa.

—¿Pasa algo?

Pregunto rápidamente Lizbell, preocupada por el bienestar de su hijo y su vieja amiga, pero Yidha negó suavemente.

—No…Pero si pudieras ver lo que yo…Estarías llorando…Es hermoso aquí dentro.

Yidha cerró los ojos, sumergiéndose por completo en la profundidad del ser de Inei. Su fragmento espiritual, de un verde translúcido, flotaba frente a una esfera de energía naranja que palpitaba como un sol naciente. Era el núcleo, el motor de toda su existencia.

—Es hora —sentenció Yidha con voz vibrante—. Inei, no luches contra la sensación. Deja que el calor se convierta en tu guía.

Con una precisión quirúrgica, Yidha comenzó la maniobra. Primero, activó el Núcleo. Un pulso de energía naranja pura recorrió la fuente termal, haciendo que el agua comenzara a burbujear. Inei apretó los dientes; su cuerpo pequeño temblaba bajo la presión, pero la energía gélida de Lizbell lo mantenía estable, evitando que sus venas se evaporaran por el calor.

—El motor está encendido —murmuró Yidha, sudando a pesar del frío de Lizbell—. Ahora, el puente de la vida.

Utilizando su hilo espiritual, Yidha arrastró la energía desde el núcleo hacia arriba. El pilar naranja ascendió por la columna vertebral de Inei hasta alcanzar el Corazón. En el momento del contacto, el latido del niño resonó en toda la cueva como el golpe de un tambor de guerra. El ritmo cardíaco de Inei se sincronizó con el flujo del Arcam, dotando a la llama de una vitalidad biológica aterradora.

—¡Resiste, hijo mío! —exclamó Lizbell, duplicando su flujo de hielo al notar que las paredes de la cueva comenzaban a agrietarse por el calor radiante.

—Solo falta uno… —jadeó Yidha—. La corona del alma.

Este era el paso más peligroso. Yidha guio el torrente de fuego líquido desde el corazón hacia el Cerebro. Al conectar el tercer canal, la conciencia de Inei se expandió de golpe. No solo veía la cueva; sentía la montaña, el viento exterior y las estrellas que aún no salían.

La unión de los tres canales se completó. El circuito estaba cerrado.

Por un segundo, hubo un silencio absoluto, un vacío en el aire donde incluso el sonido desapareció. Y entonces, la realidad se rompió.

—¡¡¡BOOM!!!

Una explosión de energía naranja, sólida como el acero, estalló desde el cuerpo de Inei. La onda de choque fue tan potente que el techo de roca de la cueva, de varios metros de espesor, se desintegró en una lluvia de ceniza y escombros.

Un pilar de fuego colosal se elevó desde el corazón de la montaña, perforando las nubes y tiñendo el cielo de un amanecer artificial y violento. La onda de sonido que siguió al estallido fue un rugido primordial que barrió las laderas.

En los bosques cercanos, las bestias de rango alto, que usualmente dominaban el territorio, huyeron despavoridas, sintiendo un poder que no pertenecía a este plano. En los pueblos y ciudades a los pies de la cordillera, los cristales de las ventanas vibraron hasta estallar. La gente salió a las calles, observando con terror y asombro el pilar naranja que parecía sostener el firmamento.

Dentro de lo que quedaba de la cueva, Yidha y Lizbell fueron lanzadas contra las paredes laterales, protegidas apenas por una burbuja de Rekiem que Yidha logró alzar en el último milisegundo.

En el centro de la fuente, ahora evaporada, Inei permanecía de pie. Sus ojos, antes negros, ahora ardían con un anillo naranja incandescente. El niño no lloraba; simplemente respiraba, y con cada exhalación, el aire de la montaña se volvía más pesado.

Pero momentos después de que todo se calmo Inei cayo dormido entre los escombros que rápidamente se recuperaban para volver a crear la fuente termal.

Lizbell se apresuro en tomar a su hijo en sus brazos sacándolo de la fuente. Sus manos cálidas rápidamente comprobaron su pulso y respiración, soltó un suspiro al asegurarse que todo estaba en orden.

—Nunca esperé que…Este pequeño tuviera una unión tan increíble con el mundo…Y creo que fue muy temprano para unir sus canales…

Lizbell dejo de mirar a Inei para concentrarse en las palabras de Yidha.

—Nucleo completo y activado… Cima avanzada. Ocho estrellas de Sun…

Yidha dejo salir una pequeña rosa incrédula, en cuestión de solo una activación de canales. El poder Arcano de Inei había saltado las etapas principales del núcleo y dos niveles de poder.

La mente de la mujer recordó una inscripción grabada en textos antiguos. De la cual se habla de aquellos que son uno ser con el Arcam. Seres vivos capaces de sentir y cultivar el Arcam mejor que nadie.

Sin mencionar que estos seres cuentan con una enorme cantidad de Arcam.

Se dice que de esas personas elegidas por el Arcam, solo nace una cada diez generaciones.

En este mundo, diez generaciones equivalente a mil quinientos años. Debido a la longevidad que brinda el cultivo del Arcam.

Cada Etapa de poder le brinda al Usuario del Arcam cien años de vida. Y a menos que pertenescas a un clan menor, solo se te permitirá tender hijos pasados los quinientos años. O hasta que hayas alcanzado el titulo de anciano o general.

—Entonces, ya van los mil o más de mil años desde esa mujer…Que loco es el destino. Le quita fuerza a uno para dárselo a otro…

Lizbell que había escuchado los delirios de Yidha sonrió para si misma mientras le volvía a poner la ropa a su pequeño niño..

Pero esa sonrisa pronto se volvio preocupación. Si su pequeño mostraba este talento y sincronía, podría significar muchas cosas.

Entre esas: Cargar con el destino de este clan caído.

—Dime algo Liz…¿Esa mujer sigue en el anillo?

Lizbell volvió a mirar a Yidha que se empezaba a levantar, cuando sus miradas se cruzaron Lizbell asintió suave concentrándoseas en cargar a Inei en sus brazos.

—Si, desde nuestra última sección, ella ha quedado en coma.

Una vez tuve a Inei acomodado en sus brazos, Liz levanto su mano derecha. Sus dedos índice, corazón y anular están decorados con varios anillos de plata y jade.

—Necesito una fuente de Arcam alta para poder despertarla.

Yidha cruzo los brazos bajo sus pechos realzando su tamaño y forma, se llevó una mano a la barbilla de forma pensativa mientras caminaba hacia ellos. Inconscientemente Yidha escaneo el cuerpo desmayado de Inei. Fue entonces que una chispa se le prendió.

—Ya se, utilicemos el Arcam de Inei. Es la fuente de energía más grande en los siete imperios alrededor del desierto.

—Y como sugieres hacer eso?

—Dale el anillo, ella podrá sentir el Arcam y podrá comenzar a absorverlo. No hay otra forma, a menos que quieras viaje al centro.

—

Mientras Lizbell dudaba acerca del método para despertar a su vieja amiga, La conciencia de Inei viajaba a otro lugar. Un lugar Santo.

Un gran palacio, grandes corredores que parecían no tener fin, altos techos llenos de dibujos que Inei no lograba comprender. Los pilares que sostenían la estructura estaban decorados con varias piedras preciosas. Oro, plata y Jade.

Mientras sus pequeños pies caminan sin rumbo y sin hacer ninguna clase de ruido. Inei pronto se detuvo al escuchar unas voces.

Una pared camuflada con la pintura de las paredes, pero si se prestaba atención una doble chapa sobresalía.

Cuando Inei se acercó pudo escuchar mejor las voces, que parecían estar discutiendo algo que el no lograba entender. Al estar lo suficientemente cerca, la puerta se abrió ante él automáticamente.

Y el estruendo causó que las dos figuras dejarán de discutir.

—¿Un niño, cómo llegó aquí?

La voz suave de la sombra femenina llegó a los oídos de Inei, quien desconociendo de que se trataba esto retrocedió un paso al ver que la mujer se levantó.

—Nozen.

La voz fuerte del hombre causó que el corazón de Inei temblará de miedo. Una voz que emanaba poder puro y respeto de la más alta calidad.

—¿Un descendiente? ¿Pero como?

—Es un fragmento de conciencia.

Un leve movimiento de la mano del hombre fue suficiente para levantar el pequeño cuerpo de Inei y atraerlo hacia ellos.

—Cima de ocho estrellas de Sun.

La revelación de poder hizo que los ojos azules de la mujer brillarán más.

Aunque Inei no podía ver sus rostros, podría sentir que estos seres no le harían daño,.solo estaban curiosos.

—Tan pequeño y ya con ese nivel, increíble. Je parece ser que tus preocupaciones son en vano, si este pequeño tiene este talento..entonces hay futuro para nuestro Clan.

La figura femenina acaricio la cabeza de Inei con orgullo, pero las acciones del hombre fueron diferentes. Con un suave movimiento de su mano, una gota dorada salió de su frente.

—Aun es pequeño, pero al menos esto será suficiente para asegurar su futuro.

—No.

La mujer detuvo los movimientos del hombre.

El aire se volvió más pesado de repente, asfixiante para el pequeño Inei.

—Aunque sea un Sun de ocho estrellas su núcleo es Inestable, y es muy pequeño para aguantar el dolor que significa llevar eso. Es mejor esperar a que sea más fuerte y grande.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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