Hasta que el cielo me detenga - Capítulo 49
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Capítulo 49: Acto I — Capitulo 2 — Un niño roto.
La forma en que veía el mundo cambió después de que la abuela Yidha forjara la unión de mis canales. El Arcam ya no era algo externo; era un pulso constante que me recordaba que estaba vivo. Meses después, se celebró la ceremonia de mayoría de edad. Todo el clan rebosaba orgullo por las nuevas promesas, especialmente por mi hermano Ezra. Él fue quien más sobresalió, alcanzando una puntuación de ocho en las pruebas. Superó a cualquier miembro de nuestra y demás familias invitadas, dejó al viejo Zakar con una mueca de bilis en el rostro.
Impulsado por una curiosidad que hoy lamento, me acerqué a la plataforma de la prueba final. Había una piedra de Arcam conectada a un mecanismo ancestral que evaluaba la pureza y la afinidad. Según mi madre, el color que emitiera la piedra revelaría la esencia de mi espíritu.
Cuando la toqué, el tiempo se detuvo. El gran anciano Wei se acercó con una dulzura falsa, esa sonrisa de político que intenta ocultar su desprecio.
—No te precipites, pequeño —me dijo—. Eres demasiado joven para materializar nada.
Aún saboreo el momento en que esa sonrisa se le pudrió en la cara. La piedra no solo brilló; se tornó de un dorado incandescente, un color que no pertenecía a este mundo. El indicador de afinidad salió disparado, rompiendo la escala y deteniéndose en la novena marca.
En segundos, el triunfo de Ezra quedó eclipsado. Pero a él no le importó. Corrió hacia mí junto a mi madre y me levantaron en peso, festejando el nacimiento de un prodigio. Fui el centro del universo del clan por semanas. Todos querían un pedazo del “niño dorado”.
Pero el oro no sirve de nada cuando el sol de tu vida se apaga.
Un año después, Ezra partió hacia la ciudad de Klaver, en el desierto de Abun-dabi. Y poco después, la oscuridad me alcanzó. No hubo despedidas. Ni últimas palabras. Mi madre falleció por un paro cardíaco mientras dormía a mi lado. Desperté sintiendo su cuerpo frío, y desde ese día, mis ojos dejaron de buscar la luz. Se quedaron fijos en el rastro de esos ojos verdes que ya no volvería a ver.
Me convertí en una sombra. No salía a jugar a menos que Athena me arrastrara o Yeryn me obligara con sus regaños dulces. Pero no era lo mismo. Sin ella, el Arcam en mis venas se sentía como plomo líquido.
Entonces llegó el segundo golpe, el que terminó de romper lo que quedaba de mí.
Íbamos de camino a una reunión en la capital. Xiay —mi “padre”—, en compañía de su esposa, el anciano Wei y Hestia, quien se había convertido en mi único refugio silencioso, mi sirvienta y protectora. El sendero bordeaba un acantilado traicionero. La emboscada fue rápida, una banda rival que buscaba humillar al clan Nozen. Pero para los guerreros como Xiay, no eran más que moscas, pero para la tragedia, fueron el instrumento perfecto.
Vi el par de flechas. Vi cómo impactaban en los hombros de Hestia. Vi cómo perdía el equilibrio.
El grito se me quedó atorado en la garganta mientras su figura desaparecía en el vacío del precipicio. Cuando terminó la escaramuza y vi que nadie bajaba, que nadie saltaba para buscarla, algo estalló dentro de mí.
—¡Son unos cobardes! —les grité, y mi voz no parecía la de un niño, sino el rugido de algo roto—. ¡Tienen todo ese poder y no pudieron salvarla! ¡Los odio!
Xiay intentó acercarse, con esa lástima en los ojos que solo me daba ganas de quemarlo todo. Le escupí a sus pies y eché a correr hacia el bosque, ignorando sus llamados. No llegué lejos; mis piernas cedieron por el peso de la angustia, pero antes de tocar el suelo, unos brazos cálidos me rodearon.
Era Selene. Ella no dijo nada. No me pidió que me calmara ni me dio lecciones de moral. Solo me sostuvo mientras yo golpeaba el suelo con mis puños ensangrentados. En menos de seis meses, el mundo me había arrebatado a las dos mujeres que me amaban.
No recuerdo muy bien que paso después, pero si se que tanto Lucia como Selene se habían ido del clan por que tenían cosas importantes que hacer en otra parte. Sinceramente no me importo. Ellas eran extranjeras en este clan, no les importaba nada de lo que hiciéramos o pasara.
Yeryn y Athena siguen insistiendo en que salga de la casa, casa la cual se había convertido en mi celda. Todo permanecía oscuro todo el tiempo, ventanas abajo, cortinas cerradas.
Así pasaron los años, y una serie de acontecimientos me impulsaron a dejar el clan, no me importaba ser el joven maestro o el joven patriarca.
Ya que según las leyes del clan, el más fuerte de la generación se convertiría en el próximo líder de la familia. Sin importar si vienen de alguna rama principal o no.
De eso que se encarguen los hijos de Xiay.
La guerra en la frontera se había desatado y yo sin nada mas que hacer y impulsado por un enorme sentimiento de morir fue hacia ella.
—
Pero por mas que buscara la muerte nunca la encontré. No hice nada más que salvar a gente inocente cada vez que me tiraba de cabeza hacia un campo de batalla o aldea capturada por el enemigo.
Mis manos están manchadas, para bien o para mal. Eso es algo que no se, tras el acuerdo de Paz firmado por los lideres de ambos imperios, me tome mi tiempo para volver a mi “casa”
—
El aire frio de la montaña aunque golpeaba mi rostro con fuerza, no sentía frio, no se si se debe al extraño fuego en mi. Fuego eterno lo llamaba mi madre, fuentes de poder infinitas capaces de destruir todo a su paso. Durante estos años que estuve en la guerra la utilice en base a la destrucción. Queme gente, todo lo que se atravesara en mi camino.
Y aunque a nadie le interese, con este mismo poder fui capaz de matar a uno de los famosos reyes de la sombra del imperio rival.
Pero eso ya es cos del pasado. No se porque sigo recordándolo, el pasado. Recordar el pasado ¿Será mi manera de seguir adelante? En las historias que me contaba mi madre, en algunos casos el pasado era una fuente de motivación para seguir y ser mejor persona.
Pero un niño que ha matado gente ¿Podría considerar una buena persona?
—Esa es una pregunta muy interesante pequeño humano.
—-Punto de vista general—
—Esa es una pregunta muy interesante, pequeño humano.
La voz no vino de frente.No vino de atrás.Vino de todas partes.
Inei sintió cómo su sangre se helaba. Su Arcam reaccionó antes que su mente, agitándose con violencia, como un animal acorralado. Dio un paso atrás instintivamente, su fuego eterno emergiendo en forma de brasas danzantes alrededor de su cuerpo.
—¿Q-quién está ahí…? —preguntó, con la voz tensa, rota por el cansancio y el miedo.
El aire tembló.
Entonces lo vio.
Entre las nubes bajas y la niebla que abrazaba la cima de la montaña, una silueta colosal comenzó a tomar forma. Escamas del color del obsidiana pulida reflejaban la luz apagada del cielo, y enormes alas plegadas parecían capaces de cubrir el horizonte entero. Cada respiración de la bestia hacía vibrar la roca bajo los pies de Inei.
Un dragón.
No uno de los que aparecían en cuentos exagerados para asustar niños.No una bestia sin mente.
Era un soberano de los cielos.
Inei cayó de rodillas. No por voluntad propia, sino porque su cuerpo no pudo resistir la presión ancestral que emanaba de aquella existencia. Su corazón golpeaba con fuerza, su mente gritaba peligro.
—Tranquilo —dijo la voz, ahora más cercana, más clara—. Si quisiera matarte, no estarías pensando en preguntas morales.
Los ojos del dragón se abrieron.
Dos enormes pupilas verticales, de un azul profundo atravesado por vetas plateadas, se clavaron en él. No había odio en ellas. Tampoco hambre. Solo… antigüedad.
—No te haré daño, Inei Nozen.
El nombre fue pronunciado con una naturalidad inquietante.
—¿C-cómo sabes mi nombre…? —susurró Inei, apretando los puños—. ¿Eres… un enemigo?
El dragón inclinó ligeramente la cabeza, un gesto que, viniendo de una criatura de ese tamaño, fue extrañamente respetuoso.
—He sido muchas cosas a lo largo de mi vida —respondió—. Destructor. Tirano. Juez.Hizo una pausa.—Pero enemigo… ya no.
El fuego alrededor de Inei comenzó a calmarse poco a poco, como si reconociera que aquella presencia, pese a ser abrumadora, no era hostil.
—Me llamaron Azharel, el que rompió los cielos —continuó el dragón—. Fui una bestia malvada, como dicta nuestra naturaleza. Pero incluso los dragones pueden cansarse de la sangre.
Azharel exhaló lentamente, y el aire se volvió cálido.
—Tú, en cambio… —sus ojos se entrecerraron—. Eres un niño que ha matado, sí. Pero también uno que buscó la muerte y solo encontró vidas que salvar.
Inei apretó los dientes.
—Eso no me hace bueno.
—No —concedió el dragón—. Tampoco te hace malo.
El silencio volvió a caer entre ambos.
—La pregunta correcta no es si eres una buena persona —dijo Azharel—.—La pregunta es: ¿Qué harás con el peso de lo que ya eres?
Inei alzó la mirada, por primera vez sosteniendo la de la bestia.
Azharel observó a Inei durante un largo instante. No con los ojos de una bestia, sino con algo mucho más profundo. Su mirada atravesó la carne, el Arcam, incluso el fuego eterno… y se detuvo en aquello que vibraba roto y silencioso en el centro de su alma.
—Puedo verlo —dijo al fin—. No el fuego. No la sangre. No el poder que tanto temen los hombres.
El dragón bajó ligeramente la cabeza, hasta quedar a la altura del joven.
—Veo tu pérdida.
Inei sintió que el pecho se le comprimía. No respondió. No pudo.
—Hay muchas cosas para las que el mundo intenta prepararte —continuó Azharel—. Te enseña a luchar, a matar, a obedecer, a gobernar… incluso a morir.Pero no existe enseñanza alguna… para despedir a tu madre.
Las palabras no fueron dichas con dramatismo. Precisamente por eso dolieron más.
El fuego que rodeaba a Inei se apagó por completo.
—Te dijeron que el tiempo lo cura todo —prosiguió—. Mienten. El tiempo no cura. El tiempo solo te enseña a cargar mejor el peso.
Inei bajó la cabeza. Sus labios temblaron.
—Yo… —intentó hablar, pero la voz se le quebró—. Yo desperté a su lado. Estaba fría. No sentí el Arcam… no sentí nada.Apretó los puños.—Y aun así… sigo buscándola. En sueños. En recuerdos. En cada silencio.
Azharel cerró los ojos.
—Eso no es debilidad, Inei Nozen. Eso es amor que no encontró despedida.
El dragón se irguió un poco y extendió una de sus enormes alas. No para intimidar, sino para cubrir. La sombra que proyectó fue extrañamente reconfortante.
—Escucha bien lo que voy a decirte, pequeño humano. No como dragón. No como rey.—Sino como alguien que también perdió todo… y sobrevivió para lamentarlo.
Inei levantó la mirada.
—El dolor nubla tu vista porque te aferras a él —dijo Azharel—. No porque quieras sufrir… sino porque temes que, si lo sueltas, ella desaparezca de verdad.
El aire se volvió pesado.
—Pero tu madre no vive en tu dolor —continuó—. Vive en cada decisión que tomas. En cada vez que eliges proteger en lugar de destruir. En cada paso que das hacia adelante, incluso cuando quieres caer.
Azharel inclinó la cabeza, sus ojos azules brillando con una calma insondable.
—No te pediré que olvides. Eso sería cruel.—Te pido que dejes de mirar el pasado como un ancla… y empieces a verlo como una raíz.
Inei respiró hondo. Algo en su pecho cedió, apenas un poco. No era alivio. Era espacio.
—Si sigues mirando solo lo que perdiste —añadió el dragón—, nunca verás lo que aún puedes ser. Y tú…Una leve vibración recorrió el ambiente.—Tienes un camino que no pertenece ni a los hombres… ni a los dioses.
El silencio volvió a caer.
—¿Y si fallo? —preguntó Inei en voz baja—. ¿Y si todo este poder solo sirve para destruir?
Azharel abrió una sonrisa lenta, cargada de ironía y cansancio antiguo.
—Entonces serás como yo fui.Y su mirada se endureció un segundo.—Pero si dudas… si te haces esa pregunta… entonces ya eres distinto.
El dragón comenzó a retroceder, su cuerpo fundiéndose poco a poco con la niebla de la montaña.
—Recuerda esto, Inei Nozen —dijo por última vez—:el alma que sufre es la que puede ver con mayor claridad… cuando decide levantar la mirada.
Y entonces, Azharel desapareció.
El viento volvió a soplar.
Inei quedó solo, de pie en la cima. El frío finalmente lo alcanzó… pero ya no le importó.
Por primera vez en mucho tiempo, no sintió el peso del pasado como una cadena.
Sino como una promesa.
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