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Hasta que el cielo me detenga - Capítulo 50

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Capítulo 50: Acto I — Capitulo 3 — Estar en casa

Me tomó seis meses volver a casa. Pude haber llegado en menos de la mitad del tiempo si hubiera seguido las rutas principales, pero no lo hice.

Elegí los caminos largos, los senderos olvidados y las montañas donde nadie pregunta tu nombre.

No fue por precaución. Fue por necesidad.

Después de hablar con Azharel, entendí que no podía regresar siendo el mismo que se fue. No porque el clan esperara algo de mí… sino porque yo ya no podía seguir huyendo de mis propios pensamientos.

Durante esos meses caminé solo. Dormí bajo cielos abiertos, crucé aldeas que no aparecían en los mapas y ayudé a desconocidos sin dar mi nombre.

Y en ese silencio, por primera vez, dejé de preguntarme por qué habían muerto.

Esa pregunta solo conduce al abismo.

En su lugar, empecé a preguntarme.

Para qué sigo vivo.

—–

La noche había caído por completo cuando una figura solitaria se detuvo frente a las puertas de la residencia Nozen.

Las antorchas ardían con una llama pálida, balanceándose al ritmo del viento frío que descendía de la montaña. Dos guardias, encargados del turno nocturno, enderezaron la postura al percibir movimiento más allá del umbral. No era común que alguien llegara a esas horas… y mucho menos solo.

—¿Quién va? —exigió uno de ellos,

adelantando un paso mientras apoyaba la mano sobre la empuñadura de su arma.

La figura avanzó un poco más, saliendo de la sombra. Era un joven alto, de hombros firmes, con el cabello negro cayendo desordenado hasta rozarle la nuca. Medía cerca de un metro setenta y dos, su complexión ya no tenía nada del niño que había partido seis años atrás.

Su rostro era sereno. Demasiado sereno.

—No den un paso más —ordenó el segundo guardia, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda sin entender por qué—. Identifícate.

El joven alzó la mirada.

Sus ojos negros no brillaban… pesaban.

—Soy Inei —dijo con voz firme, sin alzar el tono.

El aire se volvió denso.

No hubo una explosión de Arcam, ni una presión visible, pero ambos guardias sintieron cómo algo invisible los aplastaba desde dentro. Sus piernas temblaron. Sus respiraciones se volvieron irregulares.

El primero dio un paso atrás, tragando saliva con dificultad.

—E… eso es imposible —murmuró—. El joven maestro Inei tendría…

Diecisiete años.

La edad golpeó sus mentes como un martillo.

El segundo guardia cayó de rodillas sin darse cuenta, una gota de sudor frío resbalando por su sien. No era miedo común. Era instinto. El tipo de temor que se siente frente a algo que no debería estar allí… pero lo está.

—E-es él… —susurró—. Sus ojos y ese Arcam… no hay error.

Inei observó la escena en silencio. No había orgullo en su mirada, ni satisfacción. Solo una calma profunda, casi distante.

—Levántense —ordenó—. No he regresado para ser recibido de rodillas.

Los guardias obedecieron de inmediato, como si sus cuerpos reaccionaran antes que sus pensamientos.

Uno de ellos golpeó el suelo con el puño cerrado y bajó la cabeza.

—B-bienvenido de vuelta… joven maestro.

Inei cerró los ojos un instante.

No sentía alegría. No sentía hogar.

Solo esa responsabilidad de la que huyó. abrumado.

—No hay necesidad de anunciar mi llegada —dijo mientras avanzaba hacia las puertas—. Me presentare mañana temprano.

Las enormes puertas de la residencia comenzaron a abrirse con un crujido profundo, como si la propia casa reconociera a quien regresaba.

Y en esa noche silenciosa, los guardias fueron los primeros en sentir ese sentimiento de que todo lo que era ahora el clan había cambiado.

—

(Punto de vista Inei)

Crucé las puertas sin volver la vista atrás.

El eco de mis pasos resonó en los pasillos amplios de la residencia Nozen, un sonido hueco que me recordó lo grande que siempre fue este lugar… y lo pequeño que me sentía ahora dentro de él. Nadie me siguió. Nadie me detuvo.

Así debía ser.

Me alejé del camino principal, ignorando los pabellones aún iluminados, y tomé el sendero que conocía de memoria. Cada giro, cada corredor, cada escalón estaba grabado en mí con una precisión dolorosa.

La casa donde crecí.

Al pasar junto a las ventanas, algo llamó mi atención.

Todo estaba limpio.

Las maderas pulidas, los marcos sin polvo, las cortinas bien acomodadas. No había señales de abandono. Ningún rincón olvidado. Ninguna telaraña reclamando lo que el tiempo suele devorar.

Alguien había estado aquí.

No supe por qué, pero ese detalle me apretó el pecho más que cualquier bienvenida ruidosa.

Empujé la puerta con cuidado.

El interior estaba exactamente como lo recordaba… y, al mismo tiempo, no lo estaba. Cada mueble en su lugar. Cada objeto intacto. Incluso el aroma tenue de hierbas secas flotaba en el aire, como si la casa se negara a aceptar que los años habían pasado.

Di unos pasos más, lentamente, como si temiera que todo desapareciera si me movía demasiado rápido.

Mis ojos se detuvieron en la mecedora.

La misma.

La de madera clara, junto a la ventana. Donde mi madre solía sentarse conmigo en brazos. Donde me hablaba en voz baja, como si el mundo entero pudiera romperse si alguien escuchaba sus palabras.

Me acerqué.

Mis dedos rozaron el respaldo, y una oleada de recuerdos me golpeó sin piedad. No hubo lágrimas. No esta vez. Solo un cansancio profundo, pesado, que me recorrió hasta los huesos.

Me senté con cuidado.

La mecedora crujió suavemente al balancearse, emitiendo ese sonido familiar que tantas veces me había calmado de niño. Cerré los ojos, dejando que el vaivén marcara el ritmo de mi respiración.

Había sobrevivido a una guerra.

Había enfrentado monstruos.

Había cargado con muertes que nunca pedí.

Pero nada me había agotado tanto como volver.

—…mamá —murmuré, sin darme cuenta.

El Arcam en mi interior se aquietó, como si también estuviera cansado.

El peso del viaje, de los años, de las decisiones y de las pérdidas terminó por vencerme. Mi cuerpo se rindió antes de que pudiera pensar en nada más.

Me dormí allí mismo.

En la mecedora donde fui amado por primera vez.

Y por primera vez en mucho tiempo…

no tuve sueños.

—

Desperté sin sobresaltos.

No hubo dolor en mis músculos, ni esa presión constante en el pecho que me había acompañado durante los últimos dos años. Mi respiración era tranquila, profunda, como si mi cuerpo por fin hubiera recordado cómo descansar.

Abrí los ojos lentamente.

La luz del sol se filtraba por la ventana, bañando el suelo de madera con un tono dorado. El aire era tibio. Pacífico. Por un momento, pensé que aún estaba soñando.

Giré un poco la cabeza.

El reloj de Arcam colgado en la pared de la cocina marcaba las diez de la mañana.

Diez.

Hacía años que no dormía tanto sin interrupciones.

Me incorporé con calma, apoyando los pies en el suelo. La casa seguía en silencio… hasta que lo escuché.

Voces.

Dos, claramente femeninas.

No eran lejanas. Venían del exterior, acompañadas por el sonido familiar de la puerta abriéndose. Me acerqué a la ventana con pasos suaves, más por instinto que por cautela.

Y entonces las vi.

Athena y Yeryn.

Mi corazón dio un vuelco.

Ambas pasaron frente a la ventana, hablando entre ellas como si el mundo no hubiera cambiado en absoluto. Como si seis años no fueran nada. Como si yo no hubiera desaparecido.

Se sentía… irreal.

Entraron a la casa sin notar mi presencia.

Yeryn fue la primera en moverse con naturalidad, subiendo las escaleras hacia el segundo piso, probablemente buscando algo o a alguien. Athena, en cambio, se dirigió a la cocina.

Fue entonces cuando me vio.

Su figura se detuvo en seco al otro lado del mesón que separaba la cocina de la sala.

Nuestros ojos se encontraron.

Athena había cambiado.

Ya no era la niña inquieta que recordaba, sino una joven de rasgos definidos, postura segura y una serenidad que antes no tenía. Llevaba gafas. Un detalle pequeño… pero imposible de ignorar.

Recordé de inmediato cómo se negaba a usarlas.

Decía que se veía fea con ellas.

Ahora… no.

Ahora se veía distinta. Más madura. Más ella.

Hermosa, pensé, antes de darme cuenta de ello.

Sus labios se entreabrieron, pero no salió ningún sonido. Sus ojos se agrandaron lentamente, como si su mente se negara a aceptar lo que estaba viendo.

—…Inei… —susurró al fin.

Escuchar mi nombre en su voz me atravesó el pecho con una fuerza inesperada.

—Buenos días —respondí, con una sonrisa leve, sincera—. Llegué anoche.

Athena no se movió de inmediato. Solo me observó, como si temiera que desapareciera si parpadeaba. Luego, sin previo aviso, una emoción intensa cruzó su rostro.

—¿Eres real…? —preguntó, dando un paso adelante.

Asentí despacio.

—Lo soy.

Sus manos temblaron.

Y antes de que pudiera decir algo más, escuché pasos apresurados bajando las escaleras.

—¡Athena! ¿Encontraste—!

La voz de Yeryn se cortó de golpe.

Sentí su mirada sobre mí.

Y su reacción… estaba por venir.

—

Por un instante, el tiempo pareció detenerse.

Yeryn fue la primera en reaccionar.

Sus ojos se llenaron de lágrimas incluso antes de que su mente terminara de aceptar la escena frente a ella. Bajó el último escalón de un salto y cruzó la distancia sin pensarlo, como si el miedo a que aquella imagen se desvaneciera fuera mayor que cualquier duda.

—¡Idiota…! —sollozó.

Se lanzó contra él con fuerza.

Athena no se quedó atrás.

El sonido seco del impacto resonó suavemente cuando ambas chocaron contra el pecho de Inei, sus brazos rodeándolo con desesperación. La armadura ligera que llevaba amortiguó el golpe, pero no el temblor de sus cuerpos.

Lloraban.

No en silencio.

Lloraban como quienes han guardado palabras durante demasiado tiempo.

Sus pequeños puños golpeaban su pecho una y otra vez, sin verdadera fuerza, más como una protesta que como un castigo.

—¡Desapareciste…! —gritó Yeryn entre lágrimas—. ¡Seis años, Inei! ¡Seis!

—¡Ni una carta…! ¡Nada! —añadió Athena, su voz quebrándose mientras apretaba la tela de su ropa—. Pensamos que estabas muerto…

Los golpes se volvieron abrazos.

Sus frentes se apoyaron contra su pecho, sus lágrimas empapando la armadura, como si al hacerlo quisieran asegurarse de que realmente estaba allí. De que no era un recuerdo cruel, ni una ilusión nacida del deseo.

Inei no dijo nada.

Sus brazos se cerraron lentamente alrededor de ambas, sosteniéndolas con cuidado, como si temiera romper algo frágil y precioso. Su mano descansó primero sobre la espalda de Yeryn, luego sobre el hombro de Athena, transmitiendo una calidez que solo alguien vivo podía ofrecer.

Los sollozos tardaron en calmarse.

Y cuando lo hicieron, la casa —que había permanecido en silencio durante años— volvió a llenarse de vida.

En ese instante, no importaron los clanes, no importa todo lo demás ni siquiera las cosas pendientes.

Solo tres corazones que, después de seis largos años, por fin volvieron a encontrarse.

Las lágrimas se fueron apagando poco a poco, pero los brazos de ambas chicas seguían firmes, como si temieran que él se desvaneciera si lo soltaban.

Yeryn fue la primera en hablar, aún con la voz ronca.

—No vas a irte otra vez… ¿verdad?

Athena apretó más fuerte, como si quisiera sellar la respuesta antes de escucharla.

—Porque te lo aviso —dijo, intentando sonar seria pero con los ojos rojos—: si desapareces otra vez, te voy a arrancar las orejas… y luego lloraré… y luego volveré a pegarte.

Inei suspiró suavemente.

—No pienso irme —respondió—. Al menos, no sin decir nada.

—No —Yeryn negó de inmediato, frunciendo el ceño—. No “al menos”. No te vas sin nosotras.

—Exacto —Athena asentó con fuerza—. Si te lanzas a una guerra, yo voy. Si vas a entrenar, yo voy. Si vas al baño…

—Athena —Yeryn la miró de reojo.

—Bueno… al baño no —tosió—, pero me entiendes.

Las dos lo miraron al mismo tiempo, como dos gatos vigilando su presa.

Inei pensó que era absurdo… y a la vez, cálido.

—No soy tan fácil de cargar como antes —intentó bromear.

—Te cargamos igual —respondieron ambas al unísono.

Y entonces rieron.

Rieron llorando todavía, con esa risa torpe que solo existe después de una tristeza muy larga. El aire dentro de la casa se volvió ligero, casi nuevo.

Athena se separó un poco para mirarlo a los ojos.

—Promete que no vas a desaparec—…

El ruido la interrumpió.

Un estruendo seco, gritos, y el sonido metálico de lanzas chocando provenían del patio frontal. Las tres miradas se voltearon hacia la puerta como si alguien hubiera tirado de un mismo hilo invisible.

El Arcam de Inei reaccionó antes que su cuerpo.

Sintió dolor.No suyo.Ajeno.

Un gemido profundo, grave, casi ahogado.

Se levantó de la silla en un movimiento fluido.

—Inei —Yeryn intentó sujetarle la muñeca.

—Vamos —dijo él, sin necesidad de mirar atrás.

Athena y Yeryn se miraron entre sí… y lo siguieron.

En la entrada principal de la residencia Nozen, se había formado un círculo de guardias.

Las lanzas apuntaban hacia una silueta enorme que respiraba con dificultad. La nieve de las montañas se manchaba de rojo bajo sus patas.

Era una loba gigante de pelaje blanco brillante, desgarrado en algunos lugares, sus costados subiendo y bajando con esfuerzo.

Un Lobo de Asterion.

La madre.

Entre sus fauces, sostenía con cuidado un pequeño cachorro, su cría, con una profunda herida en el costado. El cachorro gemía débilmente, aferrado a la vida con la torpeza de quien aún no entiende el dolor.

La madre no estaba atacando.

Solo retrocedía, gruñendo bajo, acorralada, mientras las lanzas la pinchaban para mantenerla lejos.

—¡Retírense! —gritaba un guardia—. ¡Es peligrosa!

El caos en el patio de la residencia Nozen era ensordecedor. El choque del metal contra el suelo empedrado y los gritos de los soldados creaban una atmósfera de ejecución inminente. La enorme loba blanca, una criatura que parecía arrancada de las leyendas del invierno, retrocedía con los colmillos descubiertos, protegiendo con su último aliento el bulto ensangrentado que yacía a sus pies.

—¡Si se acerca más, mátenla! —rugió el capitán de la guardia, alzando su lanza para dar la orden final.

—Retírense. Bajen las armas.

La voz no fue un grito, pero cortó el aire con la frialdad de una ejecución. Los guardias se congelaron. Inei avanzó desde el umbral de la casa, caminando con una parsimonia que resultaba aterradora. Sus ojos estaban fijos en el cachorro herido, sintiendo a través de su Arcam el eco del dolor punzante y la desesperación de la madre.

—¿Quién te crees que…? —un guardia joven comenzó a protestar, dando un paso al frente con agresividad.

—¡No hagas ninguna estupidez! —le interrumpió bruscamente uno de los guardias del turno nocturno, sujetándolo por el hombro con fuerza—. Es él. Es el Joven Maestro Inei. Si valoras tu vida, retrocede ahora mismo.

El silencio se extendió como una mancha de aceite. Los soldados, confundidos pero dominados por un instinto de preservación primario, bajaron sus lanzas y abrieron paso.

Inei ignoró las miradas. Se detuvo a pocos metros de la loba de Asterion. La fiera gruñó, un sonido que hacía vibrar el pecho de los presentes, pero Inei no vaciló. Extendió su mano derecha, con la palma abierta y los dedos relajados. La loba lo observó, sus ojos inteligentes escaneando el alma del joven. Tras un instante que pareció eterno, la fiera bajó la cabeza, soltó un gemido quejumbroso y depositó a su cría frente a él, arrodillándose en un acto de rendición absoluta.

Inei estiró la mano y acarició con suavidad el hocico de la madre. El pelaje estaba helado, pero su tacto fue cálido. Luego, se arrodilló ante el cachorro.

De sus manos brotó una llama blanca purísima, tan brillante que cegó a los espectadores. Al entrar en contacto con el cuerpo de la cría, el fuego se tornó de un naranja vibrante. La herida en el costado del lobezno comenzó a cerrarse, el tejido se regeneraba a una velocidad imposible, y en pocos minutos, el cachorro soltó un ladrido agudo, poniéndose en pie y sacudiendo su pelaje ahora intacto.

Inei intentó dirigir su mano hacia las heridas de lanza en el costado de la madre, pero ella retrocedió con un movimiento firme, negando con la cabeza mientras lamía a su cría.

—A los lobos Asterion se les conoce por ser los animales más duros de toda la fauna del mundo. Unas pequeñas cicatrices de lanza no serán problema para ella.

Inei se quedó inmóvil, con la mano aún extendida en el aire. Aquella voz… era profunda, madura y cargada de una sabiduría que no había olvidado. Se giró lentamente.

En el extremo del patio, bajo el arco de entrada, se encontraba Xiay.

El patriarca no estaba solo. A su lado, la presencia del Arcam era tan densa que el aire parecía distorsionarse. A su izquierda, una mujer madura que conservaba una belleza aristocrática e increíble; su cabello azul oscuro caía como una cascada nocturna, a juego con unos ojos que destilaban una autoridad serena. A su derecha, otra mujer, más joven, cuya sola existencia irradiaba un poder que superaba cualquier escala humana que Inei hubiera conocido. Era una presión que recordaba a las entidades que encontró en su viaje.

La loba de Asterion gruñó de inmediato, erizando su lomo al reconocer la amenaza que representaba el trío recién llegado. Inei, sin embargo, volvió a poner su mano sobre el hocico de la fiera, calmándola con un suave masaje. Sus ojos, antes distantes, se clavaron en Xiay.

—Padre… —susurró.

La palabra escapó de sus labios de forma inconsciente, impulsada por un rincón de su corazón que, a pesar del dolor y la rebeldía de su niñez, aún buscaba ese reconocimiento.

Xiay no se movió, pero su sonrisa, aunque leve, delataba una tormenta de emociones. Sus ojos recorrieron la figura de su hijo, notando la madurez en sus hombros y la profundidad abismal de su mirada. El hombre que una vez fue el pilar de su mundo extendió una mano hacia él, invitándolo a cruzar el puente de seis años de silencio.

—Has crecido, Inei —dijo Xiay, ignorando la tensión de los guardias—. Pero este no es lugar para las historias que tienes que contar. Vamos adentro. Tenemos mucho de qué hablar.

Inei miró a la loba una última vez. Ella asintió levemente, como si entendiera que su salvador también tenía sus propias heridas que lamer. El joven maestro se puso en pie, enderezó su postura y, flanqueado por Athena y Yeryn, caminó hacia el hombre que una vez maldijo, bajo la mirada atenta de las dos poderosas mujeres que custodiaban al patriarca.

El salón privado de la residencia Nozen conservaba el aroma a madera de cedro y cera de abeja, un refugio de paz que contrastaba con la tensión del patio. Las paredes estaban decoradas con tapices que narraban la historia de un clan que una vez tocó el cielo.

Inei caminaba en silencio, flanqueado por Athena y Yeryn, quienes permanecían en un segundo plano respetuoso. Sus ojos, sin embargo, no se apartaban de las dos mujeres que caminaban junto a Xiay. Especialmente de aquella mujer de cabello azul oscuro. Cada vez que sus ojos se cruzaban, Inei sentía un latido violento en su pecho, una vibración en su Arcam que no era de peligro, sino de reconocimiento.

Xiay se detuvo en el centro del salón y se giró, su capa ondeando levemente. Con un gesto elegante, señaló a la mujer más joven, de cabello castaño y ojos de un verde vibrante.

—Inei, permite que te presente a Elara —dijo Xiay, y su voz denotaba un respeto profundo—. Es la actual esposa de Ryu y, por lo tanto, tu tía. Pero más allá de los lazos familiares, ella es la líder de la facción del Lirio Dorado.

Inei abrió los ojos con una sorpresa que no pudo ocultar. Había escuchado las baladas de los bardos y los informes de guerra en sus viajes. Elara, la “Dama del Lirio”, fue una figura estratégica y guerrera fundamental en la Guerra de los Dos Imperios. Su poder no era solo una leyenda; era una realidad que había moldeado la frontera del desierto.

Elara dio un paso al frente y realizó una pequeña reverencia, una sonrisa cálida iluminando su rostro guerrero. Inei, recuperando la compostura de inmediato, juntó sus manos y realizó un saludo formal, inclinando la cabeza con el respeto que se le debe a un pilar de la historia.

—Es un honor conocerla… tía Elara —murmuró Inei.

—El honor es mío, pequeño prodigio —respondió ella con voz melodiosa—. He oído varias cosas increíbles de ti.

Xiay soltó una breve risa y luego su expresión se volvió mucho más solemne, casi reverente. Se colocó al lado de la mujer de cabello azul oscuro, cuya belleza parecía desafiar el paso del tiempo, como un lago helado bajo la luna.

—Y ella… —Xiay hizo una pausa, y por un segundo, el gran patriarca pareció volver a ser un niño— ella es Nezari. Tu abuela, Inei. Mi madre y la de tu madre, Lizbell.

El silencio que siguió a las palabras de Xiay fue absoluto.

Inei sintió que el mundo se inclinaba. Aquella mujer era el origen de su linaje, la mujer que había dado vida a la madre que tanto extrañaba. Nezari dio un paso hacia él, y esa presión poderosa que Inei había sentido antes se transformó en una calidez envolvente. Sus ojos azules, profundos como el océano, se humedecieron ligeramente al observar los rasgos del joven.

—Te pareces tanto a ella… —susurró Nezari, extendiendo una mano hacia la mejilla de Inei—. Tienes su mirada, pero llevas un peso en los hombros que ni siquiera Lizbell tuvo que cargar.

Inei se quedó paralizado. El calor en su pecho, aquel latido fuerte, por fin tuvo nombre: era el eco de una raíz que creía perdida.

La reunión en el salón fluyó con una calidez que Inei había olvidado que existía. Durante horas, las tazas de té se vaciaron y volvieron a llenarse mientras las anécdotas llenaban el vacío de seis años. Nezari relató historias de la infancia de Lizbell que hicieron que Inei sonriera con nostalgia, mientras que Elara compartía detalles de la vida de Ryu en la frontera, suavizando la ausencia de su tío con palabras llenas de afecto.

Incluso Inei, usualmente reservado, se encontró compartiendo fragmentos de sus viajes: las montañas que cruzó, la gente que ayudó y el silencio que encontró en los desiertos. Era una paz frágil pero necesaria, un bálsamo para el joven guerrero.

Sin embargo, cuando el sol comenzó a ocultarse tras las cumbres, tiñendo el cielo de un color violeta profundo, el ambiente cambió.

Inei se tensó de repente, dejando la taza sobre la mesa con un ruido seco. Sus ojos negros se clavaron en el techo. Una presencia masiva, tan vasta y antigua como la de su abuela, se aproximaba a una velocidad vertiginosa.

Entonces, llegó el sonido.

Un estruendo sordo desgarró el firmamento, como si una lanza invisible estuviera rasgando la tela misma de la atmósfera. No fue un trueno, sino un rugido continuo que hizo vibrar los cimientos de la residencia Nozen y sacudió los árboles del patio.

Nezari, lejos de alarmarse, dejó salir un suspiro cargado de una mezcla de alivio y sarcasmo. Se acomodó un mechón de su cabello azul y miró hacia la ventana.

—Vaya… —murmuró con una media sonrisa—. Por un momento creí que esta vieja no iba a llegar a tiempo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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