Hasta que el cielo me detenga - Capítulo 52
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Capítulo 52: Acto I — Capítulo 5 — Compromisos.
Una vez finalizada la reunión, sin muchas preguntas por parte de los ancianos, cada uno volvió a sus labores antes de irse a sus respectivas casas o habitaciones en la residencia.
Siento un gran peso en mi corazón… aún no estoy preparado para ser patriarca. Pero debo hacerlo.
Yeryn se ha ido por ahora a entrenar. No dijo mucho más. Athena me contó que Yeryn siempre toma la primera hora después de que el sol se oculta para entrenar.
Lo ha estado haciendo desde que me fui.
Debo ponerme al día con ellas. No sé cuánto habrán cambiado sus vidas en estos seis años… tal vez aproveche este viaje a la capital para hablar con ellas.
—
El salón principal había quedado vacío, a oscuras, iluminado solamente por los pequeños rayos de luz de luna que se colaban por las aberturas superiores de la decoración en las paredes.
Xiay había sido el último en salir. Su expresión era la de un hombre pensativo, pero su corazón latía con orgullo.
Aunque no es su padre biológico, Xiay siempre verá a Inei como a uno de sus hijos. Sus más grandes orgullos.
Cada uno con un talento distinto: un líder nato, un guerrero y un rey.
Qué afortunado se sentía.
Pero…
> “Inei aún es un niño… aunque ya haya alcanzado la mayoría de edad, no sabe muy bien lo que debe hacer. Ha visto el horror de la guerra, pero la guerra es muy diferente cuando debes asegurar el futuro de tu gente. Cuando lleguemos a la capital… aprovecharé el viejo salón de Arcam y me recluiré. Si logro volverme fuerte, podré aliviar su carga en el futuro”.
Con ese pensamiento y determinación, Xiay terminó de cerrar las puertas del gran salón con llave y salió a caminar por los senderos de piedra de la residencia.
Después de todo…
No está de más observar bien el lugar que llamas hogar.
—Me pregunto cuál de esos carroñeros se quedará con este lugar cuando ya no estemos… Jeje, seguro esos viejos van a armar una guerra por esto.
—
Inei se había detenido justo debajo del marco de la puerta principal de la casa. Sus ojos oscuros recorrieron la pequeña sala frente a él: la mesa, las sillas mecedoras y los muebles. Todo seguía igual, pero perfectamente cuidado.
Aun así, Inei sentía que algo faltaba. Seis años… y aún no había aprendido a soltar ese recuerdo.
Con un suspiro profundo se liberó, aunque fuera un poco, de la carga invisible sobre sus hombros y entró a la casa justo a tiempo para ver a Athena pasar con un par de tazas y una tetera.
—¿Cuánto tiempo necesitas para entrar? Vamos, siéntate. Me tienes que contar todo.
Inei no pudo evitar sonreír y ladear la cabeza, divertido por la actitud infantil de su media hermana… o amiga cercana.
Al darse cuenta de eso, se detuvo antes de dar un paso.
La presencia repentina de su padre lo devolvió a la realidad.
Xiay, con una pequeña sonrisa, tocó su hombro dándole una suave palmada.
—A mí también me gustaría, si es posible, hijo.
La sonrisa de Inei creció un poco y asintió, invitándolo a entrar.
Justo después de que su padre cruzara el umbral, Inei sintió más presencias.
Frente a las grandes puertas dobles del portón de la barricada de la casa, pudo identificar a sus dos abuelas… y a Valeria.
Nezari entró primero, sonriendo al verlo en la puerta.
—No era mi intención molestar, debes tener muchas cosas en la cabeza. Pero esta vieja de aquí…
Nezari señaló a su hermana con el pulgar. Aerith entró detrás de ella, levantando una ceja al ser señalada.
—Quiere hablar contigo de algo y no puede esperar a mañana.
Aerith chasqueó los dientes, cruzando los brazos.
—Los temas importantes no se pueden dejar para otros días.
—Sí, pero solo es importante para ti —respondió Nezari.
Ambas hermanas elevaron sus auras de Arcam; un pequeño remolino de energía giró alrededor de sus cuerpos.
—Ya, ya, no peleen.
Como si nada le importara, Valeria posó ambas manos sobre los hombros de las dos hermanas, calmándolas con una sonrisa peligrosa.
—
✦ Continuación del capítulo (tu escena pedida)
Inei soltó un suspiro resignado… y sonrió.
—Entren —dijo finalmente.
Se hizo a un lado, abriendo espacio con un gesto amable. Las tres mujeres pasaron como una pequeña tormenta elegante: perfume, poder y problemas asegurados.
Desde dentro se escuchó la voz de Athena:
—¡Oye! ¡Si no te apuras no me vas a contar nada hoy! ¡Y yo ya puse el té!
El sonido de tazas chocando se mezcló con su protesta. Un segundo después, la propia Athena salió de la cocina arrastrando las palabras.
—Y ahora vienen más… ¡Perfecto! —bufó, girándose sobre sus talones—. Voy por más tazas.
Se perdió en la cocina refunfuñando algo parecido a:
—Primero me deja con intriga… luego llegan las reinas del caos…
Inei no pudo evitar reír suavemente para sí mismo.
Entró y cerró la puerta.
Nezari tomó asiento en una mecedora, Aerith cruzó las piernas con elegancia y Valeria se dejó caer sin pudor en el sofá más grande, como si fuera suyo por derecho divino. Xiay ocupó una silla sencilla, tranquilo, acostumbrado ya a huracanes femeninos.
Cuando Athena regresó con más tazas, las dejó casi golpeando la mesa.
—Bueno —dijo, señalando a Inei con el dedo—. Te escucho.
Xiay carraspeó ligeramente y miró a Aerith.
—Tía… ¿vas a hablar sobre los compromisos?
El ambiente se tensó de inmediato.
Aerith no dio vueltas. No suspiró. No sonrió.
—Sí —respondió con total seriedad—. Después de todo, debió haberse casado hace dos años. Pero la guerra arruinó los planes.
Nezari apoyó el mentón en la mano y sonrió como quien disfruta demasiado del drama ajeno.
Valeria, mientras tanto, bebía té con una sonrisa felina… mirando a Inei como si ya supiera algo que los demás no.
Athena giró la cabeza lentamente hacia él.
—…¿Compromisos? —repitió— Inei.
Yeryn estornudó en algún lugar lejano del patio de entrenamiento sin saber por qué.
La noche se volvió más densa.
Y el corazón de Inei latió fuerte.
—No me preguntes a mí.
No tengo idea de lo que habla.
Respondió el joven sentándose al lado de su padre en una silla sencilla.
Aerith, por su parte, miró a Xiay con una ceja levantada.
—Nunca se lo conté —dijo él, acariciándose la barba—. Tenía planeado decírselo cuando cumpliera los quince, pero escapó de casa… y la guerra no dejó tiempo para nada más.
Un silencio pesado cubrió la sala.
Las velas temblaron apenas.
Athena dejó la taza sobre la mesa sin darse cuenta de que estaba apretando demasiado el borde.
Nezari suspiró con resignación, como si hubiera esperado ese desenlace desde hacía años.
Aerith chasqueó la lengua, claramente molesta. Dio un paso hacia delante y se cruzó de brazos con brusquedad, haciendo que su robusto pecho se alzara con el movimiento. Su mirada se clavó en Inei, seria, firme, sin espacio para bromas ni evasiones.
—Escucha bien —dijo.
La sala pareció volverse más pequeña.
—Naciste el mismo día que mi nieta… y otras dos chicas más de familias poderosas.
Sus palabras descendieron despacio, como un veredicto.
—Esa misma noche —continuó— ese viejo mujeriego Vaegar —levantó la comisura del labio con desprecio—, el viejo Sheilam, mi esposo Lein y yo, nos reunimos en un pequeño salón. Llegamos a la conclusión de que este cuádruple nacimiento no era casualidad, sino destino.
Su aura se filtró ligeramente, imponiéndose como una montaña invisible.
—Debido a eso… estás comprometido con tres señoritas talentosas.
La frase cayó.
Como agua helada.
El mundo de Inei se quedó quieto.
Athena dejó de respirar por un segundo. Valeria sonrió de manera apenas perceptible, entretenida. Nezari observó el techo, como si prefiriera que la conversación pasara rápido.
Inei parpadeó una vez.
Luego otra.
Su garganta se sintió seca.
Giró lentamente el rostro hacia Xiay, buscando algo —negación, broma, corrección, cualquier cosa—.
Xiay sostuvo su mirada.
Y asintió.
Sin dramatismo.
Sin escape.
Solo verdad.
El corazón de Inei golpeó fuerte en su pecho. Sentía el eco de la mesa, las miradas, el peso del futuro que no había elegido. Parte de él quería reír. Otra parte quería salir a correr. Pero no lo hizo.
Solo respiró.
—…Ya veo —murmuró, casi sin voz.
Athena se levantó de golpe.
—¡Oye, oye, oye! ¡Eso no se suelta así como si fuera el menú de la cena! —protestó— ¿Comprometido con tres? ¿Desde bebé?
Aerith la miró de reojo.
—Desde antes de que pudiera llorar siquiera —respondió sin remordimiento.
Valeria apoyó la mejilla en su mano y observó a Inei con un brillo curioso.
—Qué interesante destino el tuyo… patriarca.
Xiay, en silencio, apretó ligeramente el hombro de su hijo.
No para obligarlo.
Solo para que no estuviera solo.
El joven cerró los ojos un instante.
Tres nombres que todavía no sabía.
Tres vidas entrelazadas a la suya.
Un clan. Una capital. Una carga.
Y, por primera vez desde que regresó…
Sintió que el pasado no era el único que lo perseguía.
También el futuro.
Inei permanecía en silencio.
Sus manos entrelazadas sostenían su frente mientras sus codos reposaban sobre sus rodillas. Sus ojos se mantenían cerrados, como si necesitara aislarse del mundo para ordenar cada una de las palabras que acababa de escuchar. Compromisos. Destino. Cuádruple nacimiento. Tres prometidas.
Su respiración se volvió pesada.
«¿Así que… desde que nací ya habían decidido mi camino?»
Un suspiro escapó de sus labios.
En ese mismo instante, un estremecimiento recorrió su cuerpo. Algo se agitó violentamente dentro de su núcleo, como una bestia despertando de repente. El aire de la habitación pareció tensarse y el piso vibró ligeramente bajo sus pies.
Un Arcam naranja brotó alrededor de Inei, envolviéndolo como un halo ardiente.
Athena abrió los ojos de par en par.
Nezari frunció el ceño, evaluando la energía.
Valeria ladeó la cabeza, interesada pese a su evidente cansancio.
Xiay se incorporó un poco en su asiento, aunque no perdió la calma.
—…Creo que ya fue mucho por hoy —dijo con voz firme pero suave—. Inei tiene demasiado que procesar y, al parecer, está a punto de abrirse paso. Puedo preparar habitaciones si desean quedarse.
Aerith chasqueó la lengua suavemente y negó con la cabeza antes de que cualquiera respondiera.
—No será necesario —lo interrumpió—. Tenemos asuntos en la capital mañana temprano.
Al escuchar eso, Valeria soltó un suspiro cansado, como si de golpe todo el peso del día cayera sobre sus hombros. Se levantó con desgano, estiró ligeramente su espalda y murmuró:
—Entonces… tendremos que volar rápido.
Nezari se quedó observando a Inei por un momento más. Sus ojos se suavizaron apenas, como si quisiera grabar la imagen de aquel brillante Arcam en su memoria. Luego se giró y caminó junto a Xiay para acompañar a las dos mujeres hacia la puerta principal de la residencia.
Las voces se fueron apagando pasillo abajo.
El silencio regresó.
El Arcam naranja comenzó a disiparse lentamente alrededor de Inei, hasta desaparecer como brasas apagándose al viento. El joven abrió los ojos al fin. Se veían cansados… pero decididos.
Athena lo miró con preocupación, inclinándose un poco hacia él.
—Inei…
Él levantó una mano y le revolvió el cabello con suavidad.
—Mañana temprano… te contaré todo —dijo en voz baja.
Athena hizo un pequeño puchero, inflando levemente las mejillas, pero no insistió. Sus ojos perdieron algo de molestia cuando sintió la caricia en su cabeza.
—Está bien… —respondió finalmente.
Inei se inclinó un poco hacia Athena.
Ella lo miró con esos ojos grandes y llenos de preguntas, esperando alguna respuesta inmediata… pero lo que recibió fue algo diferente. Inei depositó un suave beso en su frente, cálido y breve, pero suficiente para hacerla quedarse totalmente quieta.
Athena parpadeó, con las mejillas ligeramente sonrojadas.
Inei se puso de pie con calma.
—Athena… —dijo entonces, mirándola con una leve sonrisa cansada—. ¿El lago donde solíamos bañarnos sigue siendo un lugar secreto?
La joven asintió casi de inmediato.
—Sí —respondió con seguridad—. Solo nosotros tres sabemos de eso.
Inei sostuvo su mirada unos segundos más.
—Entonces —continuó con tono tranquilo— si mañana temprano no aparezco… ve a buscarme allí.
Athena cruzó los brazos con un leve gesto desafiante, pero sus labios se curvaron apenas.
—Es un hecho —respondió, sin dudar.
Inei asintió satisfecho.
Sin añadir nada más, se dio media vuelta y caminó hacia la salida. Sus pasos eran silenciosos, pero cada uno de ellos parecía más firme que el anterior. Atravesó el pasillo, luego el recibidor y finalmente cruzó el umbral de la casa.
El aire nocturno lo recibió.
Apenas descendió los escalones del porche, algo dentro de su núcleo volvió a agitarse. La energía corrió por su cuerpo como un torrente dorado.
Entonces ocurrió.
Desde su espalda, a unos quince centímetros de distancia, surgieron dos majestuosas alas de Arcam dorado. No estaban pegadas a su carne, sino suspendidas, vibrando con poder propio. Las alas se extendieron con elegancia, desplegando su patrón característico:
Tres pares de líneas.
El primer par, largo, se extendía con autoridad, ondulándose hacia arriba en sus extremos como llamas doradas enfrentando al cielo.
Debajo, un segundo par más mediano brillaba con intensidad estable, firme, equilibrado.
Y en la parte inferior, el último par, pequeño, pulsaba suavemente, como el eco de un corazón antiguo despertando.
La luz dorada iluminó el terreno frente a la residencia, proyectando la sombra alada de Inei sobre el suelo.
Su cabello se movió ligeramente con la brisa nocturna.
Su mirada se dirigió hacia el cielo.
—…Mañana —murmuró para sí mismo.
Entonces con un leve aleteo despegó a una alta velocidad, dejando atrás una pequeña nube de polvo que rápidamente se extinguió.
El aire en el cielo lo recibió como si lo estuviera esperando desde hace tiempo, la corriente era perfecta y estable. Inei solo tuvo que estabilizar su cuerpo para poder dejar que el viento lo guiará.
Y tras un pequeño viaje de diez minutos, Inei aterrizon al borde de un lago cristalino. El cielo se veía reflejado en la misma superficie del agua.
Pero lo que Inei buscaba no estaba en el lago ni en los alrededores.
Si no en la pequeña cascada que estaba al fondo.
Con un salto alcanzo una roca flotante encima del lago, luego dio otro salto para llegar a la piedra más grande. Y un último salgo a gran velocidad para ayravesar la cascada sin mojarse demasiado.
Más sin embargo, no contó con que el piso dentro de la curva detrás de la cascada estuviera resbaladizo y patino sin equilibrio unos cuantos metros antes de caer.
—Eso me pasa por acelerado…
Murmuró con molestia dando un suspiro.
Cerro los ojos y respiró con calma, la energía natural a su alrededor empezó a acumularse y a flotar a su alrededor.
—Este lugar sigue siendo tan bueno como recuerdo…
Susurro incorporándose un poco para quedar sentado en posición de loto, respiro con calma y ese Arcam naranja volvió a aparecer alrededor de su torso.
El murmullo constante de la cascada quedó atrás, reducido a un eco distante. Allí, en la penumbra húmeda del refugio secreto, el Arcam naranja envolvía el torso de Inei como un fuego tranquilo. No ardía… respiraba.
El joven cerró los ojos.
Dejó de escuchar el agua, dejó de sentir la roca fría bajo su cuerpo. El mundo exterior se desvaneció poco a poco mientras el Arcam ambiental —esa energía viva que dormía en cada hoja, en cada gota del lago, en cada corriente de aire— comenzaba a responderle.
Primero fue un susurro.
Luego, una marea.
El Arcam del entorno fluía hacia él, atraído como si hubiera estado esperando ese llamado desde hace años. No chocaba con el suyo; se deslizaba, se entrelazaba suavemente, como dos corrientes que por fin encontraban el mismo cauce. La frontera entre “afuera” y “adentro” se volvió difusa.
Su respiración se hizo lenta.
Y entonces, su conciencia descendió.
Si conciencia fue transportada hacia su interior.
Su núcleo apareció.
Un vasto espacio se abrió ante él: cálido, infinito, teñido por un naranja profundo que recordaba a un ocaso eterno. Nebulosas anaranjadas se arremolinaban en la distancia, pequeñas partículas brillantes flotaban suavemente, y todo parecía moverse al ritmo de un latido silencioso.
En el centro de ese universo personal, flotaban siete rombos delgados, perfectamente alineados, brillando con un resplandor ámbar.
Las estrellas del Arcam.
Su meta.
Su carga.
Su promesa.
Cada una vibraba suavemente, irradiando poder, y el espacio parecía rendirles homenaje. Pero algo empezó a cambiar. La energía que venía del exterior —ese flujo que antes era separado— irrumpió en el núcleo, pero no como una intrusión, sino como una fusión inevitable.
El naranja del entorno comenzó a concentrarse.
Las nebulosas se agitaron.
Las siete estrellas temblaron.
Y entonces, entre ellas… nació algo nuevo.
Un punto de luz apareció, primero pequeño, casi imperceptible, como una chispa en medio de un océano de naranja. Pero esa chispa no era del mismo color que todo lo demás.
Era azul.
Un azul profundo, frío, sereno… poderoso.
La octava estrella empezó a formarse lentamente, alimentándose tanto del Arcam ambiental como del Arcam de Inei. Su brillo creció, y con él, todo el espacio del núcleo comenzó a transformarse.
Las nebulosas naranjas se desgarraron suavemente, extendiéndose y volviéndose más oscuras, hasta adoptar un azul profundo, inmenso, semejante a un cielo nocturno sin fin. Las partículas flotantes cambiaron su tono, y el universo de Inei ya no era cálido…
Era vasto.
Profundo.
Silenciosamente abrumador.
Cuando la octava estrella terminó de formarse, resplandeció como un faro en el centro del núcleo. Su luz atravesó el espacio, bañando a las otras siete.
Estas, una por una, comenzaron a cambiar de color.
El naranja se fue desvaneciendo.
Se tiñeron de un azul cian brillante, como si estuvieran hechas de hielo cristalino iluminado desde dentro, respondiendo humildemente al nacimiento de la nueva estrella dominante.
Las ocho estrellas vibraron al unísono.
El núcleo entero retumbó.
El avance estaba completo, ahora solo faltaría poder reunir la energía suficiente para poder estabilizar la estrella nacida, de lo contrario. Sufriría un dolor más agudo y mas fuerte que con el que carga.
—Gracias a esa mujer, puedo entrenar sin problemas…Pero es una lastima que no pueda usar todo mi poder…Si tan solo no hubiera sido descuidado, Ya hubiera superado la barrera de Hanzei y convertirme en un Velaris…
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