Hasta que el cielo me detenga - Capítulo 54
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Capítulo 54: Acto I — Capítulo 7 — Gritos
El frío en la cueva ya no era un enemigo. Se había convertido en parte de mí, como una corriente subterránea que fluía sin resistencia. Sentí cómo la octava estrella se asentaba por completo en su etapa Inicial, y por un instante, todo pareció perfecto. Pero mi mente no se quedó quieta. Mientras el Arcam se estabilizaba, un recuerdo viejo surgió de la nada, como un eco de la guerra.
Fue durante una noche en las fronteras, cuando un viejo mercenario, con la cara marcada por cicatrices y un ojo perdido en alguna batalla olvidada, se sentó junto al fuego conmigo. Estaba borracho, pero sus palabras tenían ese peso que solo da la experiencia de haber visto demasiado. Me habló de los Deyshin. “Chico”, dijo con voz ronca, “hay cosas en este mundo que ni el Arcam puede explicar del todo. Los Deyshin son lo que queda cuando alguien es demasiado terco para morir”.
Según él, los Deyshin se forman por dos caminos. El primero es el resentimiento: cuando un ser poderoso muere sin cumplir sus objetivos, las leyes del mundo —esas fuerzas invisibles que rigen el equilibrio— les dan una segunda oportunidad. Pero no es un regalo. Es un riesgo. El alma se queda atada a un fragmento de vida, flotando como un espíritu guerrero, negándose a disiparse. Sin embargo, hay facciones oscuras, misteriosas, que cazan esos fragmentos. Los absorben para ganar poder, como parásitos devorando a los caídos.
El segundo camino es más raro, más puro. Viene del Rekiem. Ese poder opuesto al Arcam, el del alma misma. No todos lo tienen; es cosa de alquimistas, de aquellos que materializan su esencia en un arma o una forma que trasciende el cuerpo. El Rekiem acelera el crecimiento —absorbe Arcam más rápido que cualquier cultivador común—, pero es caprichoso. Avanzar con él es como caminar por una cuerda floja: un paso en falso y caes. Los Deyshin nacidos del Rekiem son los más fuertes, porque su alma ya era un arma antes de morir. Se niegan a partir porque su voluntad es más dura que cualquier ley natural.
Mirando a la mujer frente a mí, todo encajaba. O era alguien con un poder de Rekiem inmenso, una alquimista que había trascendido la muerte… o tenía lamentos tan profundos, objetivos tan arraigados, que el mundo no había podido arrastrarla al olvido. Fuera lo que fuera, no era una enemiga. Pero tampoco era alguien a quien pudiera ignorar.
Volví a la realidad con un parpadeo. La cueva seguía fría, pero el Arcam en mi núcleo ya no rugía. La miré fijamente, estudiando cada detalle de su forma etérea: el cabello blanco flotando como niebla, los ojos grises que parecían contener siglos, la túnica que se movía como si estuviera viva.
Ella sostuvo mi mirada sin inmutarse. Luego, como si se diera cuenta de algo, se aclaró la garganta con un sonido suave, casi humano.
—Perdona mis modales —dijo con una sonrisa ligera—. No me he presentado correctamente. Puedes llamarme abuela Scathath. O, si quieres crecer de verdad, recuperar tu poder perdido y restaurar ese núcleo dañado… puedes llamarme maestra.
Levanté una ceja, sorprendido por la propuesta tan directa. ¿Abuela? ¿Maestra? No encajaba con la presencia abrumadora que emanaba. Pero antes de que pudiera responder, mis sentidos se prendieron como un fuego repentino. El mundo se agudizó: el murmullo de la cascada se volvió distante, el frío en la cueva se desvaneció en un segundo plano.
Escuché un grito.
No cerca. Lejano, muy lejano, pero claro como si estuviera a mi lado. Un grito de terror, seguido de más: voces de mujeres, llantos de niños, el eco de metal chocando y risas brutales. Mi cuerpo se tensó por instinto. El Arcam en mi núcleo respondió, listo para fluir.
La mujer —Scathath— ladeó la cabeza, como si también lo hubiera oído.
—Parece que el mundo no espera a que termines de recuperarte —murmuró—. Ve. Yo te esperaré aquí.
No dudé. Di un salto hacia atrás, atravesando la cascada de un solo movimiento. El agua me salpicó, pero ya no importaba. Desplegué mis alas de Arcam dorado y me elevé al cielo nocturno, volando hacia la fuente del caos.
A kilómetros de distancia, cerca de la ciudad de Lihen y no muy lejos de la residencia Nozen, el infierno se había desatado en una caravana de viajeros. Era una ruta comercial común, un grupo de unas cincuenta personas: mercaderes con sus carros cargados de telas, especias y herramientas, familias huyendo de la pobreza en las fronteras, un par de guardias contratados para protección básica. Habían acampado para la noche, pensando que la proximidad al clan Nozen los mantendría a salvo. Se equivocaron.
Los bandidos cayeron como una plaga. Eran más de cien, un enjambre de escoria reunida de los desiertos y las montañas cercanas. No eran guerreros organizados; eran oportunistas, débiles individualmente, pero letales en manada. Vestían harapos manchados de sangre vieja, armados con espadas oxidadas, mazas improvisadas y arcos torpes. Su líder, un hombre corpulento con una cicatriz que le cruzaba la cara, reía mientras dirigía el asalto. “¡Maten a los hombres! ¡Los niños también, no dejan testigos! ¡Las mujeres para nosotros!”
El caos fue inmediato y brutal. Los guardias de la caravana, apenas una docena de hombres en etapa Pulus o inferior, cayeron rápido. Un bandido apuñaló a uno por la espalda mientras intentaba proteger a su familia. Otro decapitó a un mercader que suplicaba por su vida. Los niños gritaban mientras los arrastraban de los carros; un chico de no más de diez años fue lanzado contra una roca, su cráneo crujiendo como madera seca. “¡No sirven para nada estos mocosos!”, gritó un bandido, pisoteando el cuerpo inerte.
Las mujeres eran el premio. No las mataban. Las arrastraban del cabello, las tiraban al suelo lodoso, les arrancaban la ropa con cuchillos sucios. Una joven de quince años lloraba mientras tres hombres la rodeaban, riendo con bocas llenas de dientes podridos. “Mira qué bonita, esta va primero para el jefe”. La violaron allí mismo, en el barro, sus gritos ahogados por una mano callosa sobre su boca. Otra mujer, una madre de dos, intentó huir con sus hijas en brazos; un bandido le cortó el tendón de la pierna con un hacha, riendo mientras caía. “Corre ahora, perra”. La manada se abalanzó sobre ella, desgarrando su vestido, exponiendo su piel a la noche fría. Sus hijas, de seis y ocho, fueron separadas; la mayor fue golpeada cuando intentó morder a uno de ellos. “¡Esta mocosa tiene fuego! ¡Dale una lección!”
Una mujer más se arrastraba por el suelo lodoso, suplicando por piedad.
—¡Por favor, tengo un bebé dentro de mi, por favor!
Pero los bandidos ignoraron sus suplicas y con risas degeneradas y burlonas uno grito: —¡Mejor, así nace con estilo!
No le dieron oportunidad, la acomodaron a la fuerza desprendiendo sus prendas para acto seguido ser penetrada con fuerza por ambos agujeros.
En este mundo, el poder lo era todo. Si eras fuerte, podías defenderte, gobernar, sobrevivir. Pero la fuerza no siempre bastaba. Los débiles atacaban en manada, como hienas rodeando a un león herido. No importaba si eras un cultivador de etapa Bellator o superior; si eran cien contra uno, te abrumaban con números, con sorpresa, con crueldad sin límites. Aquí no había honor, no había duelos justos. Solo hambre primitiva, lujuria y el placer de romper a los que no podían responder.
En el centro del caos, una mujer destacaba por su resistencia. De cabello castaño ondeando como una bandera rota, ojos claros brillando con furia maternal. Su cuerpo era maravilloso —curvas generosas, pechos plenos, glúteos firmes que hablaban de una vida de trabajo duro pero cuidado— y eso solo avivaba el hambre de los bandidos. Pero ella no era una víctima común. Era una cultivadora de etapa Pulus, con conocimiento suficiente para reforzar su cuerpo con Arcam y pelear. Protegía a sus dos hijas, una de edad aproximada de 19 años, con un cuerpo en desarrollo pero ya voluptuoso como el de su madre, y la pequeña de 10, inocente y aterrorizada, aferrada a su falda.
Diez bandidos las rodeaban, ojos hambrientos devorándolas de antemano. “Mira a la mamá, qué tetas”, gruñó uno, lamiéndose los labios. “Y la grande ya está lista para nosotros”. la madre invocó su Arcam: un aura verde clara envolvió sus puños, fortaleciendo sus golpes. Golpeó a uno en la mandíbula, rompiéndole los dientes; pateó a otro en la entrepierna, haciéndolo aullar. “¡Aléjense de mis hijas!”, gritó, su voz rompiéndose en el esfuerzo. Pero eran diez. Uno la golpeó por detrás con una maza, rompiéndole el aura. Otro la derribó de un puñetazo en el estómago. Cayó de rodillas, jadeando, pero aún intentaba cubrir a sus niñas.
Los bandidos rieron. “Se acabó el juego, puta”. La arrastraron por el cabello, rasgando su vestido con cuchillos. Sus pechos se expusieron al aire frío, la tela cayendo en jirones. “¡Mamá!”, gritó Leila, intentando correr hacia ella, pero dos hombres la sujetaron, arrancándole la blusa con manos ásperas. La pequeña sollozaba, acurrucada, mientras un bandido la levantaba como un saco. “Esta chiquita para después”. La madre luchaba, pataleando, mordiendo, pero un puñetazo en la cara la aturdió. La tiraron al suelo, uno montándose sobre ella, desabrochándose los pantalones con una sonrisa sádica. “Vas a disfrutar esto, zorra”. Leila gritaba mientras manos sucias la manoseaban, su falda rasgada, expuesta y vulnerable. El mundo era cruel: el poder no siempre llegaba a tiempo, y los débiles en manada devoraban a los fuertes aislados.
Pero entonces, el cielo rugió.
Una lluvia de fragmentos de hielo cayó como flechas divinas. Estacas afiladas, largas como lanzas, perforaron el aire con un silbido letal. El primer bandido fue atravesado por el pecho, su risa convirtiéndose en un gorgoteo sangriento. Otro perdió la cabeza, decapitado por una estaca que le atravesó el cráneo. La manada entró en pánico: “¡Alerta! ¡Alguien nos ataca!”. La lluvia no discriminaba; estacas cayeron sobre los violadores, empalándolos y congelándolos en medio del acto, sus cuerpos convulsionando mientras la vida se les escapaba. En segundos, la mitad de los bandidos yacían muertos, el suelo un charco de sangre helada.
Los sobrevivientes se pusieron en alerta, abandonando a las mujeres para formar un círculo defensivo. “¡Encuéntrenlo! ¡Mátenlo!”, gritó el líder. Pero fue en vano. Más estacas descendieron, precisas como el juicio. Una atravesó la cabeza de un bandido que huía, saliendo por su boca abierta en un grito silencioso. Otro fue clavado al suelo por las piernas, aullando mientras el hielo le congelaba las venas. El líder levantó su escudo, pero una estaca lo partió en dos, destripándolo en el acto. El caos se volvió masacre: bandidos cayendo uno tras otro, sus cuerpos perforados, congelados, inertes. Las mujeres, liberadas pero traumatizadas, se acurrucaban con sus hijos sobrevivientes, sollozando en medio del silencio que siguió.
La madre de cabello castaño jadeando y cubriéndose con los restos de su vestido, abrazó a sus hijas. “Estamos a salvo… estamos a salvo”. El cielo se aclaró, el hielo derritiéndose en el suelo caliente convirtiéndose en charcos de agua limpia en su mayoría. Pero en la distancia, una figura alada descendía como un ángel vengador. Inei aterrizó en silencio, sus alas doradas retrayéndose. No dijo nada. Solo miró el caos, su expresión dura, y extendió una mano hacia la familia.
El mundo era cruel. Pero a veces, la fuerza llegaba justo a tiempo.
Y cuando llegaba… no perdonaba.
——–
El silencio que siguió a la masacre era peor que los gritos.
El aire olía a sangre congelada y metal quemado. Los cuerpos de los bandidos yacían retorcidos en posturas grotescas, algunos aún con expresiones de sorpresa congeladas en la cara. El hielo se derretía lentamente bajo el calor de la noche, formando charcos rojizos que reflejaban las estrellas como espejos rotos.
Inei aterrizó en el centro del campamento sin hacer ruido. Sus alas doradas se retrajeron hasta desaparecer, dejando solo un leve resplandor residual en su espalda. No habló. No miró a los cadáveres. Sus ojos se posaron directamente en las mujeres y niños sobrevivientes, que se acurrucaban entre los restos de los carros, temblando, semidesnudos, con la mirada perdida.
Una leve aura naranja brotó de su cuerpo, cálida, casi viva. No era el fuego destructor que había usado en la guerra; era algo más suave, más controlado. Se extendió como una manta de luz desde sus hombros, envolviendo primero a las mujeres más cercanas. El calor penetró sus heridas: moretones morados se desvanecieron, cortes profundos se cerraron dejando solo líneas rosadas, sangre seca se desprendió como polvo. Las mujeres jadearon, tocándose la piel como si no creyeran lo que sentían. Algunas se echaron a llorar de nuevo, pero esta vez no de dolor, sino de alivio.
Los charcos de agua que habían dejado las estacas de hielo al derretirse eran ahora claros, casi cristalinos. Algunas madres, con manos temblorosas, recogieron agua con las palmas y la usaron para limpiar los muslos ensangrentados de sus hijas. Una mujer de mediana edad, con el vestido hecho jirones, se arrodilló junto a una adolescente que no paraba de sollozar. Con ternura infinita, mojó un trozo de tela rota y limpió la sangre y los fluidos entre sus piernas, murmurando palabras que nadie más oía: “Ya pasó, mi niña… ya pasó…”. La chica se aferró a ella, enterrando la cara en su pecho, mientras el agua fría lavaba el horror físico, aunque no el que quedaba dentro.
Inei caminó entre ellas sin prisa. Su expresión era dura, pero sus movimientos eran cuidadosos. Se detuvo frente a una mujer embarazada que yacía de lado, abrazando su vientre hinchado. Tenía el rostro magullado, el vestido rasgado hasta la cintura, sangre en los muslos. Sus ojos estaban abiertos, vacíos, como si ya hubiera aceptado que todo había terminado.
Él se arrodilló a su lado. Con suavidad, la ayudó a incorporarse, sosteniéndola por los hombros para que no se desplomara. Ella lo miró sin verlo realmente, las lágrimas cayendo sin control.
—Mi… mi bebé… —murmuró con voz entrecortada, rota por el llanto—. Lo sentí… se movió… y luego… nada…
Inei colocó una mano abierta sobre su abdomen, con cuidado, casi con reverencia. Cerró los ojos. Su Arcam se concentró allí: un calor suave, dorado, penetró la piel sin quemar. Buscó. Escuchó.
Silencio.
No había latido. No había movimiento.
El rostro de Inei se tensó. Negó con la cabeza, como si rechazara la realidad misma.
—No —susurró, más para sí mismo que para ella—. No se va a ir así.
Invocó el fuego eterno, pero no como arma. Lo dejó fluir como una llama viva, cálida, protectora. El calor se extendió por el vientre de la mujer, envolviéndolo, buscando las pequeñas chispas de vida que aún pudieran quedar. Ella jadeó, sintiendo el calor subir por su cuerpo como una manta reconfortante. Sus temblores cesaron. Se apoyó contra el pecho de Inei, sollozando en silencio, aferrándose a él como si fuera lo único real en medio del horror.
Pasó un minuto. Dos.
Entonces, Inei abrió los ojos. Una pequeña sonrisa cansada apareció en sus labios.
—Puedes estar tranquila —dijo en voz baja—. El bebé está a salvo.
La mujer lo miró, incrédula. Tocó su vientre con manos temblorosas. Sintió un movimiento débil, pero vivo. Un pataleo suave. Las lágrimas volvieron, pero esta vez eran de gratitud. Se aferró más fuerte a él, murmurando “gracias… gracias…” una y otra vez.
Inei la ayudó a ponerse de pie con cuidado. La sostuvo por la cintura mientras caminaban hacia donde estaban las demás mujeres. Algunas ya se habían agrupado, abrazando a sus hijos, envolviéndose en mantas rasgadas o trozos de tela de los carros. Cuando vieron llegar a Inei con la mujer embarazada, muchas se pusieron de rodillas, llorando, agradeciendo en voz baja.
—Gracias… gracias por salvarnos…
—Que los dioses te bendigan…
Inei sonrió, pero era una sonrisa pequeña, tensa. No estaba satisfecho. Miró a su alrededor: los cuerpos de los hombres y niños que no había podido salvar, los que llevaban demasiado tiempo muertos. Pensó: Si mi poder estuviera completo… si no hubiera perdido esas tres Armonías… esto no habría pasado. El fuego eterno podía traer de vuelta a los que acababan de morir, pero no a los que ya habían cruzado el umbral por completo. No a los decapitados, no a los destripados, no a los que habían sido pisoteados hasta convertirse en masa irreconocible.
Entonces, un grito desgarrador rompió el silencio.
Una madre, con el rostro cubierto de sangre y barro, se arrastró hacia un pequeño cuerpo inmóvil.
—¡Mi hijo! ¡Mi pequeño! ¡Despierta, por favor!
El niño tenía la cabeza abierta, sangre seca en la cara. Parecía muerto. Pero cuando la madre lo abrazó, sollozando, algo cambió. Un leve brillo naranja surgió del pecho de Inei, extendiéndose como una niebla cálida hacia el niño. El pequeño jadeó de repente, tosiendo sangre. Sus ojos se abrieron, desconcertados, confundidos. No entendía nada. Solo vio a su madre llorando sobre él.
Uno a uno, otros niños comenzaron a moverse. Diez en total. Los que habían muerto hacía poco, los que aún tenían un hilo de vida aferrado al cuerpo. Sus madres los abrazaron con fuerza, besándolos, agradeciéndoles al cielo y al hombre alado que había llegado demasiado tarde para algunos… pero justo a tiempo para ellos.
Inei se acercó al trío más alejado: la madre de cabello castaño y sus dos hijas. La mayor estaba sentada en el suelo, abrazando a la pequeña, ambas temblando. La madre se había envuelto en los restos de su vestido, cubriendo lo que podía. Cuando Inei se acercó, levantó la vista. Sus ojos claros estaban rojos, hinchados, pero había una chispa de gratitud en ellos.
—¿Están bien? —preguntó Inei en voz baja.
La madre asintió despacio. Tragó saliva antes de hablar.
—Gracias… afortunadamente no tocaron a mis bebés —dijo, refiriéndose a sus hijas. Su voz tembló al final—. No llegaron… a tiempo para eso.
Inei inclinó la cabeza en un gesto de respeto silencioso. Luego levantó la vista al cielo.
Con un movimiento de su mano derecha, invocó su Arcam. Un símbolo enorme se formó en el firmamento: el emblema del clan Nozen, La cabeza de un lobo de llamas doradas rodeado de estrellas. Brilló con intensidad, visible desde kilómetros a la redonda.
Bajó la mirada hacia las mujeres.
—Permítanme llevarlas a mi hogar —dijo con voz firme, pero no autoritaria—. La residencia Nozen está cerca. Allí serán tratadas con cuidado. Sus heridas sanadas. Sus hijos protegidos. Nadie volverá a tocarlas sin su permiso.
Las mujeres se miraron entre sí. Algunas lloraron de nuevo. Otras asintieron sin palabras.
La madre de cabello castaño se levantó con dificultad, ayudando a sus hijas. Miró a Inei directamente a los ojos.
—No sabemos quién eres… pero hoy nos salvaste. Si nos das refugio… te seguiremos.
Inei extendió una mano. Tocando el hombro de la madre con suavidad, pero con firmeza.
—Mi nombre es Inei Nozen, patriarca del Clan Nozen —dijo con voz clara, aunque cansada—. Es mi deber ayudar a los necesitados y a aquellos que han sido atormentados. Mi casa tiene la puerta abierta para ustedes. Pero… si alguna tiene familia en la ciudad de Lihen, las acompañaré a casa personalmente. Nadie las obligará a nada.
La madre de cabello castaño lo miró con ojos aún enrojecidos, pero con una gratitud que no necesitaba palabras. Asintió despacio, apretando las manos de sus hijas contra su pecho.
—Gracias… Inei Nozen.
El silencio volvió a caer sobre el campamento destrozado. Solo se oía el crepitar de los últimos fuegos agonizantes, los sollozos ahogados y el viento que arrastraba el olor a sangre y humo.
Pasó casi una hora.
Las mujeres y los niños sobrevivientes se agruparon en un círculo improvisado alrededor de Inei, como si su presencia fuera lo único que les impedía derrumbarse del todo. Algunas madres seguían limpiando las heridas de sus hijos con trozos de tela mojada; otras simplemente abrazaban a sus pequeños, meciéndolos en silencio. Nadie hablaba mucho. El horror aún era demasiado fresco.
Entonces, el suelo tembló ligeramente.
Un rumor distante de cascos y ruedas se hizo audible. Primero fue un eco, luego un estruendo claro. Luces de antorchas aparecieron en la distancia, acercándose por el camino principal que conectaba Lihen con la residencia Nozen.
Varios carruajes grandes, tirados por caballos robustos, llegaron al campamento. Eran vehículos de carga reforzados, con lonas gruesas y espacio suficiente para transportar a decenas de personas. Detrás venían jinetes armados con el emblema del clan Nozen bordado en sus capas.
Al frente, montado en un caballo negro imponente, cabalgaba Xiay.
El patriarca desmontó con un movimiento fluido, sus botas golpeando el suelo con autoridad. Caminó directo hacia su hijo, ignorando el caos a su alrededor. Cuando llegó a su lado, una sonrisa orgullosa se dibujó en su rostro curtido.
Le dio una palmada fuerte en el hombro, casi como si quisiera asegurarse de que Inei era real.
—Bien hecho, hijo —dijo con voz grave, pero cargada de emoción—. Bien hecho.
Inei bajó la mirada hacia los cuerpos y los charcos de sangre.
—No pude llegar a tiempo —murmuró—. Muchos murieron antes de que pudiera hacer algo.
Xiay lo miró fijamente. Su expresión no era de reproche, sino de comprensión profunda.
—No siempre se llega a tiempo —respondió con calma—. No puedes salvarlos a todos. Nadie puede. Lo importante es que llegaste cuando aún había alguien a quien salvar. Y lo hiciste.
Inei asintió despacio, aunque el peso en su pecho no desaparecía del todo.
Mientras hablaba, los carruajes terminaron de detenerse. Los guardias del clan descendieron rápidamente, desplegando mantas, agua y vendas. Algunos comenzaron a organizar a las mujeres y niños, ofreciéndoles ayuda para subir.
Inei miró los vehículos y dejó escapar una pequeña sonrisa cansada.
—Estaba preocupado —admitió—. No sabía si iban a llegar con transporte. La mayoría de los carruajes aquí están destruidos.
Xiay soltó una risa baja, cruzando los brazos.
—Fue una corazonada —dijo, encogiéndose de hombros—. Cuando vi el símbolo en el cielo, supe que algo grande había pasado. Ordené preparar los carros de carga por si acaso. Parece que el instinto de padre todavía funciona.
Los guardias trabajaban con eficiencia silenciosa. Ayudaban a las mujeres a subir, cubriéndolas con mantas limpias, ofreciendo agua y palabras suaves. Algunas lloraban al subir, otras simplemente se dejaban llevar, exhaustas. Los niños se aferraban a sus madres, mirando todo con ojos grandes y asustados.
Las últimas en subir fueron la madre de cabello castaño y sus dos hijas.
La mujer se detuvo frente a Inei antes de subir. Sus hijas ya estaban dentro, envueltas en mantas, mirando desde la puerta del carruaje.
Ella se arrodilló lentamente, con dificultad por las heridas y el agotamiento. Bajó la cabeza.
—Gracias, Amo Inei —dijo con voz temblorosa, pero clara—. Por salvarnos. Por salvar a mis bebés. Por darnos un lugar donde estar seguras.
La palabra “Amo” cayó como una piedra en el silencio.
Inei se quedó inmóvil, sorprendido. No era un título que esperara. No de alguien que acababa de salvar.
Xiay, a su lado, soltó una risa contenida, casi divertida.
—Parece que ya tienes seguidores fieles, patriarca —murmuró, dándole un leve codazo—. Te lo dije: el destino no te deja escapar tan fácil.
Inei miró a la mujer arrodillada. Extendió una mano para ayudarla a levantarse.
—No soy amo de nadie —dijo con suavidad—. Solo soy alguien que no quiere ver más sufrimiento innecesario. Sube. Descansen. Mañana hablaremos en la residencia.
La mujer tomó su mano y se incorporó. Sus ojos claros brillaron con lágrimas nuevas, pero esta vez eran de alivio.
—Gracias… Inei Nozen.
Subió al carruaje con ayuda de sus hijas. Las puertas se cerraron con un golpe suave.
Xiay puso una mano en el hombro de su hijo mientras los vehículos comenzaban a moverse.
—Vamos a casa —dijo en voz baja—. Hay mucho que hacer… y mucho que sanar.
Inei miró el campamento destrozado una última vez. Levanto la mano izquierda y los cuerpos de los bandidos muertos se pulverizaron en gotas pequeñas azules que volaron rápidamente hacia el, estás pequeñas bolitas
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