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Hasta que el cielo me detenga - Capítulo 55

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Capítulo 55: Acto I — Capítulo 8 — Calido.

El viaje de regreso a la residencia Nozen fue más pacífico y silencioso que el viento en el campamento destruido.

Solo se escuchaba el relinchar de los caballos y las ruedas de madera de vez en cuando chocando con alguna roca pequeña.

De los más de cien bandidos que eliminé, logré recuperar sus núcleos de Arcam gracias a una técnica de extracción que me enseñó un veterano de guerra. Lograr extraer el núcleo de cualquier ser vivo es una herramienta de crecimiento garantizado aunque a veces sea por muy poco.

——–

La caravana fue recibida por un escuadrón completo de sirvientes listos para ayudar en caso de ser necesario, contando a las mujeres y a los niños hay un total de 35 invitados. Por lo tanto quizás dos casas de campaña serían suficientes como para poder refugiarlos a todos del frío de la noche y quizás en caso de lluvia.

Xiay había ordenado llevar a la caravana al jardín este, un jardín desocupado donde se tenía planeado una construcción de varias casas para almacenar cosechas y demás materiales necesarios. Pero con la noticia del viaje de vuelta a la capital todo se ha pausado.

Mientras los carruajes seguían avanzando por los caminos de piedra, frente a la entrada de la mansión principal, Inei notó la figura de su tía política.

Vestía un vestido blanco ligero, casi etéreo, con aberturas altas en las piernas que dejaban ver pantalones delgados del mismo color debajo. El conjunto era elegante pero práctico, perfecto para moverse sin restricciones. Su cabello caía suelto sobre los hombros. Elara al ver a Inei al frente de un carruaje dio un ligero salto que la posicionó de una a su lado.

—¿Puedo ir con ustedes? —preguntó con una sonrisa que hizo imposible que Inei se negara—. Vi la prisa con la que despegaste y pensé que algo había pasado.

Comentó con voz suave mirándolo a los ojos tras acomodarse.

—Estaba tratando de romper la brecha entre estrellas, y tras hacerlo escuché unos gritos…

Elara asintió suavemente cruzando las piernas con elegancia.

—Sobre tu cultivo de Arcam… Me da mucha curiosidad, tu aura es la de uno pero tu núcleo dice todo lo contrario.

Las palabras prácticamente ocultaban el secreto de Inei a los oídos de los más. Inei sobó sus manos para crear un poco de fricción, mientras procesaba sus palabras.

—Es una larga historia…

Elara sonrió colocando una mano en su hombro en forma de apoyo.

—Tranquilo, no te estoy pidiendo que me lo cuentes ahora.

El carruaje siguió avanzando en silencio por unos minutos más. Elara no retiró la mano de su hombro; simplemente la dejó allí, cálida y firme, como si quisiera recordarle que no estaba solo con el peso de lo que acababa de ocurrir. Inei miró hacia un lado apartado de la carretera, la luz de luna reflejada a través de las ramas de los arboles.

—No tienes que cargar todo tú solo —dijo ella de pronto, en voz muy baja para que solo él la oyera—. Lo que hiciste hoy… fue suficiente. Más que suficiente. Salvaste vidas que nadie más iba a salvar. Y eso ya es una victoria.

Inei giró la cabeza hacia ella. Sus ojos se encontraron.

—No salvé a todos —murmuró—. Algunos niños… algunos hombres… no llegué a tiempo.

Elara no apartó la mirada.

—Y aun así, a los que sí llegaste están aquí porque tú estuviste allí. No puedes salvar al mundo entero, Inei. Nadie puede. Pero cada vida que proteges… cambia algo. Cambia a alguien. Cambia en ti.

Su mano apretó ligeramente su hombro.

—Estás cansado. No solo del vuelo o del combate… sino de cargar con lo que no pudiste evitar. Déjame decirte algo que aprendí hace mucho: el poder no se mide por cuántos salvaste, sino por cuántos seguiste intentando salvar, aunque fallaras.

Inei dejó escapar un suspiro largo, casi inaudible. La mano de Elara se quedó allí un momento más antes de retirarse con suavidad.

—Cuando lleguemos —continuó ella—, déjame ayudarte un poco, necesitas más que un sueño y mis manos son buenas dando masajes.

Inei asintió despacio.

—Gracias, tía.

Ella sonrió con calidez.

—No me llames tía cuando estamos solos. Solo Elara.

El carruaje se detuvo suavemente en el jardín este. El lugar era amplio, con hierba bien cuidada y algunos árboles dispersos que daban sombra durante el día. Ahora, bajo la luz de las antorchas que los sirvientes habían encendido, parecía un refugio improvisado perfecto.

Xiay ya estaba dando órdenes con voz firme pero calmada.

—¡Traigan las casas de campaña! —gritó a los sirvientes y guardias que corrían de un lado a otro—. Dos grandes, y varias pequeñas para las familias. Mantas, agua caliente, comida ligera. ¡Rápido pero con cuidado!

Los hombres y mujeres del clan se movieron con eficiencia, descargando rollos de tela gruesa, postes de madera y estacas. El aire se llenó del sonido de martillos y cuerdas siendo tensadas.

Elara bajó del carruaje al mismo tiempo que Inei. Su vestido blanco ondeó ligeramente con la brisa nocturna. Miró el jardín vacío, luego a las mujeres y niños que descendían con ayuda de los sirvientes, envueltos en mantas, algunos aún temblando.

—Un momento —dijo con voz suave pero clara, alzando una mano para detener a Xiay.

El patriarca se giró hacia ella con una ceja levantada.

—¿Sí, Elara?

Ella sonrió con esa serenidad que siempre parecía llevar consigo.

—Si me permiten… tengo una idea mejor que las casas de campaña. Puedo construir algo más adecuado. Una casa grande, resistente, donde todas quepan cómodamente. Cada familia o madre con hijos tendría su propio espacio. No será permanente… pero durará lo suficiente hasta que decidan qué hacer.

Xiay cruzó los brazos, evaluándola.

—¿Cuánto tiempo te tomaría?

—Media hora, quizás menos —respondió ella—. Y no necesitaré ayuda. Solo espacio libre.

Xiay miró a Inei, quien asintió ligeramente.

—Tienes luz verde —dijo Xiay—. Por favor procede.

Elara inclinó la cabeza en agradecimiento y caminó hasta el centro del jardín. Los sirvientes se apartaron instintivamente, sintiendo la presión de su Arcam incluso antes de que lo invocara. Se detuvo en el punto exacto donde la hierba era más plana. Cerró los ojos un instante. Luego los abrió, y su aura —un verde dorado profundo, casi líquido— brotó de ella como raíces invisibles.

—Escuchen, por favor —dijo alzando la voz con suavidad, dirigiéndose a todas las mujeres y niños que observaban desde los carruajes y las mantas—. Según mi conteo, hay un total 35 personas. Puedo construir una casa grande aquí mismo. Tendrá habitaciones separadas para cada familia o madre con hijos. Espacios para dormir, un área común para comer, y paredes que bloqueen el frío y la lluvia. No será un palacio… pero será segura, cálida y privada. Nadie las molestará. ¿Están de acuerdo?

Hubo un murmullo de asentimiento. Algunas mujeres asintieron con lágrimas en los ojos; otras simplemente bajaron la cabeza en señal de gratitud.

Elara sonrió con calidez.

—Entonces empecemos.

Extendió ambas manos hacia los lados. El Arcam verde dorado se expandió como una ola lenta, tocando el suelo. La hierba tembló. De la tierra comenzaron a surgir raíces gruesas, pero no de madera común: eran de Arcam solidificado, brillantes, flexibles pero resistentes como acero. Se entrelazaron formando columnas, paredes, techos curvos. El proceso fue hipnótico: la estructura creció como si estuviera viva, formando un edificio amplio de dos pisos con ventanas amplias pero protegidas por enrejados naturales, puertas robustas y un techo inclinado que repelía el agua.

En menos de veinte minutos, la casa estuvo lista.

No era ostentosa. Era práctica, hermosa a su manera: paredes de un verde suave con vetas doradas, techos altos que daban sensación de amplitud, habitaciones separadas con cortinas de tela Arcam que se abrían y cerraban con un pensamiento. En el centro, un salón común con mesas bajas y cojines. Había incluso un área de baño comunal con agua caliente canalizada desde un manantial subterráneo cercano.

Elara bajó las manos. El aura se replegó.

—Está lista —dijo simplemente.

Las mujeres y niños miraron el edificio con asombro. Algunas se acercaron tímidamente, tocando las paredes como si no creyeran que eran reales.

Xiay soltó una risa baja y orgullosa.

—Nunca dejas de sorprender, Elara.

Ella inclinó la cabeza con modestia.

—Es lo mínimo que puedo hacer.

Inei se acercó a ella, mirándola con gratitud sincera pero también con curiosidad.

—Gracias —dijo en voz baja—. Esto… No sabía que se podían hacer casas completas…

—Jeje, mi Arcam elemental es de tipo tierra y también tengo la variación de Luz: que es el Arcam de sanación. Por lo tanto se me es fácil para crear espacios cálidos para el refugio. Solo que hay pequeñas que no logro complementar.

Inei la miro sus ojos destellando de más curiosidad.

—¿Y cuales son?

Elara sonrió tranquila.

—Colchones, sabanas y demás cosas de uso personal, eso ya es imposible crearlo con Arcam. Pero a medida que avanzas en el cultivo del Arcam tus prendas mejoran y se adaptan a tu poder.

Ante esa mención Inei levanto una ceja mirando a la mujer a su lado sonreír divertida.

—¿No te has dado cuenta?

Dijo con suavidad desviando la mirada para observar como un grupo pequeño de madres entraban a la casa.

—El Arcam es una energía divina la cual poseen todos los seres vivos, puede que sea pequeña o muy grande, pero el Arcam habita en todos nosotros. Esta chica: Athena, ella tiene una cantidad diminuta de Arcam, por lo tanto su restricción celestial puede ser tratada, pero claro. Un poder de ese calibre requiere una solución poderosa. Pero volviendo al tema de las prendas y el Arcam…

Acto I — Capítulo 7 — Deyshin

(continuación)

Elara dio un paso más hacia el jardín, invitando a Inei con un gesto sutil de la mano para que la siguiera. Caminaron un poco alejados del bullicio de los sirvientes y las mujeres que entraban y salían de la nueva casa, buscando un rincón donde el ruido no llegara tan fuerte.

—Como te decía —continuó ella, bajando la voz para que solo él la oyera—, el Arcam no solo vive en el cuerpo. Se extiende a todo lo que nos rodea cuando nuestra conexión con él es lo suficientemente profunda. Las prendas que usamos… no son una excepción.

Inei la miró con atención, cruzando los brazos mientras procesaba sus palabras.

—¿Quieres decir que… la ropa se transforma?

Elara asintió, deteniéndose junto a un árbol antiguo que marcaba el límite del jardín este.

—Exacto. Entre más avanzas en las Armonías del Arcam, entre más profundo es tu vínculo con esa energía divina, las cosas que están en contacto prolongado contigo comienzan a cambiar. No es magia barata ni un truco de alquimista. Es evolución natural. Las prendas dejan de ser simples telas… se convierten en extensiones de tu propio ser.

Hizo una pausa, dejando que el viento nocturno jugara con los pliegues de su vestido blanco, que ondeaban como si tuvieran vida propia.

—Mírame a mí —dijo, extendiendo ligeramente los brazos para que Inei viera mejor—. Este vestido que llevo ahora no es el mismo que usé cuando llegué a la residencia hace meses. Ha cambiado conmigo. Las fibras se han hecho más resistentes, el color más puro, las aberturas se adaptaron solas para permitirme moverme mejor en combate. Si mañana avanzo otra Armonía, es probable que el vestido se transforme de nuevo: tal vez aparezcan patrones de luz dorada, o la tela se vuelva casi intangible al tacto enemigo. Es el camino hacia lo divino, Inei. Los dioses no usan ropa mortal. Usan manifestaciones de su propio poder.

Inei bajó la mirada hacia su propia túnica negra, la misma que había llevado durante la guerra y que ahora, después de la batalla contra los bandidos, estaba rasgada en varios lugares pero aún intacta en esencia.

—¿Entonces… esto también cambiará? —preguntó, tocando la tela con los dedos.

Elara sonrió con complicidad.

—Ya está cambiando. Solo que tú no lo notas porque va lento. Cuando alcances una nueva etapa… esa prenda ya no será tela. Será parte de tu aura, de tu voluntad. Podrás invocarla, disolverla, reformarla a tu antojo. Algunos lo llaman “Ascensión Vestida”. Los más viejos lo llaman simplemente… el primer paso hacia la divinidad.

Inei guardó silencio un momento, dejando que la idea se asentara en su mente. Era extraño pensar que algo tan cotidiano como la ropa pudiera convertirse en algo tan profundo.

Elara lo observó con ternura.

—No te apresures. El cambio viene cuando estás listo. Forzarlo solo rompe el equilibrio.

Siguieron caminando hasta llegar al lado de Xiay, quien supervisaba a los sirvientes con los brazos cruzados y una expresión satisfecha.

El patriarca se giró al verlos llegar.

—Elara —dijo con una inclinación respetuosa—, gracias por ahorrarnos el trabajo de esta noche. Esas casas de campaña nos habrían tomado horas, y estas mujeres necesitaban algo mejor que tela y postes.

Elara inclinó la cabeza con modestia.

—No hay de qué, Xiay. Quería hacer algo útil. Desde que llegué a la residencia me he sentido… un poco sedentaria. Paso demasiado tiempo encerrada, pensando, planeando, esperando. Crear algo tangible me recuerda que aún puedo moverme, que aún sirvo para algo más que dar órdenes desde un escritorio o trono.

Xiay soltó una risa baja y cálida.

—Créeme, aquí todos sabemos que sirves para mucho más que eso.

Inei, que había estado escuchando en silencio, intervino con una media sonrisa cansada.

—Entonces, cuando me convierta en patriarca oficial… te daré mucho trabajo.

Los tres rieron al mismo tiempo. Fue una risa breve, genuina, que rompió por un instante el peso de la noche.

Pero entonces Elara miró hacia los carruajes y las mujeres que aún entraban a la casa nueva.

—Xiay —dijo con voz suave—, ¿podrían los invitados recibir algunas prendas limpias, colchones y sábanas? Están exhaustas. Necesitan descansar bien esta noche.

Xiay asintió de inmediato.

—Ya envié un grupo de sirvientes para que se encarguen. Ropa nueva, mantas calientes, agua y comida ligera. Todo estará listo antes de que termine la hora.

En ese momento, los tres vieron a una chica de cabello rubio caminar apresuradamente hacia la casa nueva. Su vestido estaba hecho jirones, apenas cubriéndola lo suficiente para no estar completamente expuesta. Caminaba con la cabeza baja, abrazándose a sí misma, pero con paso decidido.

Xiay suspiró, su expresión volviéndose seria de nuevo.

—No fuera por ti, Inei… habrían acabado mucho peor.

Se giró hacia su hijo, y Elara hizo lo mismo. Pero cuando miraron… Inei ya no estaba.

Xiay parpadeó, confundido.

—¿Dónde…?

Elara frunció el ceño ligeramente, mirando alrededor.

—Se fue sin decir nada. Otra vez.

Xiay soltó un suspiro resignado, pero con un toque de orgullo.

—Ese chico… siempre desapareciendo cuando las cosas se calman.

Mientras tanto, a varios metros de la residencia, oculto entre árboles altos que formaban un círculo natural alrededor de un pequeño lago privado, Inei descendió silenciosamente. Sus alas doradas se disolvieron en partículas de luz antes de tocar el suelo.

El lago estaba en calma, la superficie reflejando la luna como un espejo negro. A una orilla, sentada sobre una roca plana, estaba Yeryn.

Una fuerte corriente de Arcam dorado giraba a su alrededor en espirales controladas. No era caótico; era preciso, hermoso, como un baile lento de fuego líquido. El cabello castaño claro de Yeryn flotaba ligeramente por la energía, y sus ojos estaban cerrados en concentración profunda.

Inei se detuvo a unos metros, observándola en silencio.

Ella no abrió los ojos, pero su voz llegó clara, suave, sin romper la concentración.

—Llegaste tarde —dijo con una pequeña sonrisa—. Pensé que te habías olvidado de este lugar.

Inei caminó hasta sentarse a su lado, en la misma roca.

—No me olvidé —respondió en voz baja—. Solo… había algo que tenía que hacer.

Yeryn abrió los ojos lentamente. El Arcam dorado se aquietó hasta convertirse en un brillo tenue alrededor de su cuerpo.

—Lo sé —murmuró—. Sentí cuando despegaste, así que pensé que tenia algo que hacer.

Se giró hacia él. Sus ojos cafés claros lo miraron con una mezcla de preocupación y algo más profundo, algo que siempre había estado allí pero que ahora parecía más intenso.

—¿Estás bien? —preguntó.

Inei miró el lago, el reflejo de la luna temblando ligeramente por la brisa.

—No lo sé —admitió—. Salvé a algunos… pero no a todos.

Yeryn se acercó un poco más. Su hombro rozó el de él.

—No puedes salvarlos a todos —dijo en voz baja—. Pero lo intentaste. Y eso… eso ya es más de lo que la mayoría haría.

Inei giró la cabeza hacia ella.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Cómo estás tú?

Yeryn sonrió, pero fue una sonrisa triste.

—Entrenando. Como siempre. Desde que te fuiste… entreno para no volver a sentirme inútil cuando alguien me necesita.

Extendió una mano y tocó con suavidad el dorso de la de Inei.

—Ahora estás aquí —susurró—. Y yo también. Así que… déjame ayudarte esta vez.

Inei miró su mano. Luego a sus ojos.

Sonrió cálidamente y la atrajo hacia un abrazo, que Yeryn obviamente no iba a rechazar, la joven chica enterró su cabeza en el cuello del chico, enredo sus brazos alrededor de la cintura con cuidado.

El aire frio de la noche pareció desaparecer cuando sus cuerpos se juntaron, como si el mismísimo mundo calmara sus vientos para crear un ambiente cálido y tranquilo entre dos presencias que se extrañaban demasiado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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