Hasta que el cielo me detenga - Capítulo 56
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Capítulo 56: Acto I — Capítulo 8 — Calor compartido
La luz del amanecer se filtraba con timidez por las cortinas entreabiertas, tiñendo la habitación de un dorado suave y cálido. El canto de los pájaros llegaba desde el jardín como una melodía lejana, tranquila, casi como si el mundo entero hubiera decidido empezar el día con delicadeza.
Inei despertó lentamente.
No hubo sobresalto. No hubo tensión residual en los músculos. Solo la sensación de paz que llega cuando el cuerpo, por fin, decide descansar de verdad. Parpadeó un par de veces, dejando que sus ojos se acostumbraran a la claridad tenue. El techo de madera pulida de su habitación le devolvió la mirada, familiar y reconfortante.
Entonces lo sintió.
Un calor suave, vivo, pegado a su pecho.
No era el suyo.
Bajó la mirada despacio.
Allí estaba Yeryn.
Acurrucada contra él, con la cabeza apoyada justo debajo de su barbilla. Su cabello castaño claro se derramaba sobre su torso como una cascada tibia. Llevaba un camisón de color azul cian fuerte, suave, de tela gruesa pero ligera, diseñado para dormir y no para seducir. Las tiras delgadas se habían deslizado un poco durante la noche, dejando su espalda prácticamente desnuda. La piel de Yeryn era cálida, suave, y subía y bajaba al ritmo de su respiración tranquila.
Inei sonrió sin poder evitarlo.
Era la primera vez en años que despertaba sintiendo a alguien tan cerca… y no le generaba alarma. Solo paz.
Con cuidado, como si temiera romper algo frágil, deslizó una mano por su espalda desnuda. Sus dedos trazaron círculos lentos, apenas rozando la piel. Yeryn se removió ligeramente, emitiendo un sonido suave, casi un ronroneo, y se apretó más contra él. Su pierna se enredó con la de Inei de forma natural, como si su cuerpo supiera exactamente dónde encajar.
El momento era perfecto.
Hasta que una voz animada rompió el silencio desde el piso de abajo.
—¡Está delicioso!
Inei parpadeó.
El olor llegó entonces: sopa de carne rica en especias, con un toque de hierbas frescas y algo dulce que no pudo identificar de inmediato. Era reconfortante, hogareño… y extraño.
Porque no era el olor de la cocina de la residencia principal.
Y porque había tres presencias femeninas abajo. Tres auras distintas, cálidas, vivas. Ninguna era de sirvientes comunes. Eran… nuevas.
Yeryn se removió contra su pecho, despertando poco a poco.
—Mmm… —murmuró, frotando la mejilla contra él—. ¿Ya es de día?
Inei acarició su cabello con ternura.
—Sí. Y parece que tenemos visita en la cocina.
Yeryn levantó la cabeza, parpadeando con sueño. Luego olió el aire y sus ojos se abrieron un poco más.
—Huele… increíble.
Se incorporó despacio, estirándose como un gato. El camisón se deslizó un poco más por un hombro, pero ella no hizo nada por arreglarlo. Miró a Inei con una sonrisa traviesa.
—¿Bajamos?
Inei asintió.
—Bajemos.
Se levantaron juntos. Inei ya llevaba puesta su ropa de ejercicio habitual debajo de la túnica que se había quitado antes de dormir: una camisa manga larga gris oscura, ajustada pero cómoda, y pantalones negros de tela flexible diseñados para movimiento y combate. La tela era resistente, ligera, y se adhería perfectamente a su cuerpo sin restringirlo. No necesitaba ponerse nada más; así estaba listo para cualquier cosa.
Yeryn por su parte solo se acomodo los tirantes del camisón.
Bajaron las escaleras de la casa principal en silencio, de la mano, como si fuera lo más natural del mundo.
Al llegar al comedor contiguo a la cocina, la escena los detuvo en seco.
Una mujer de cabello castaño estaba de espaldas, removiendo una olla grande sobre el fuego. Llevaba puesto el delantal de cocina que solía usar Hestia: uno blanco con bordes azules, ligeramente desgastado por el uso, pero limpio y cuidado. Ver esa prenda en otra persona le dio a Inei una punzada de nostalgia tan fuerte que tuvo que apoyarse un segundo en el marco de la puerta.
Athena estaba sentada en la mesa, con un tazón humeante frente a ella, comiendo con entusiasmo infantil.
—¡Está buenísimo! — exclamó con la boca medio llena—. ¡Nunca había probado una sopa así!
La hija menor de la mujer —una pequeña de diez años— estaba a su lado, subida en una silla alta, removiendo su propio tazón con una cuchara demasiado grande para ella. Al ver a Inei y Yeryn aparecer en la puerta, sus ojos se iluminaron.
—¡El Héroe llegó! —gritó con una alegría tan pura que hizo que todos se giraran.
La mujer de cabello castaño se volvió al instante, con la cuchara de madera aún en la mano. Su rostro se suavizó al ver a Inei.
—Buenos días —dijo con voz cálida, un poco tímida—. Espero que no les moleste… quise preparar algo para agradecerles.
La hija mayor —De 19 años— estaba junto a su madre, cortando verduras con cuidado. Al ver a Inei, bajó la mirada un instante, sonrojándose ligeramente, pero luego levantó la vista y sonrió con gratitud silenciosa.
Yeryn fue la primera en reaccionar. Soltó la mano de Inei y se acercó a la mesa, olfateando el aire con deleite.
—Huele increíble —dijo con sinceridad—. ¿Puedo probar?
La mujer sonrió ampliamente y sirvió un tazón más.
—Claro que sí. Siéntense, por favor.
Tiró suavemente de Inei hacia la mesa. Él se dejó llevar, sentándose al lado de Athena, que ya había terminado su primer tazón y miraba el segundo con ojos brillantes.
La mujer se limpió las manos en el delantal y se acercó un poco más.
—Mi nombre es Kaoru —dijo, inclinando la cabeza con respeto—. Estas son mis hijas: Leila —señaló a la mayor, que hizo una pequeña reverencia— y Kaori —la pequeña agitó la mano con entusiasmo—. No sé cómo agradecerte lo de anoche… pero al menos déjame cocinar para ustedes mientras estemos aquí.
Inei la miró fijamente. El delantal de Hestia le quedaba un poco grande, pero lo llevaba con dignidad. El olor de la sopa, la calidez de la cocina, la presencia de Yeryn a su lado, Athena comiendo feliz… todo se sentía extrañamente… correcto.
—No tienes que agradecerme nada —dijo en voz baja—. Pero… gracias por esto. Huele a hogar.
Kaoru parpadeó, sorprendida por la sinceridad en su voz. Luego sonrió, con los ojos ligeramente brillantes.
—Entonces coma. Hay suficiente para todos.
Y así, en una cocina que había estado silenciosa durante años, el sonido de cucharas contra tazones, risas suaves y conversaciones bajas llenó el aire.
Por primera vez en mucho tiempo… Inei sintió que el peso en su pecho era un poco más ligero.
Y que, quizás, el hogar no era solo un lugar.
A veces… era personas.
Tras un desayuno bastante bueno, una comida caliente y capaz de llenar su estomago, algo diferente a la de los campamentos en la guerra. Inei subía nuevamente al segundo piso para poder recostarse un rato mientras en el piso de abajo las chicas hablaban cálidamente, se podía escuchar lasa risas de vez en cuando.
Inei recostado en una de las sillas mecedoras en el balcón de la habitación principal, su mirada perdida en el cielo y de vez en cuando bajando hacia el jardín este. El ruido de la mañana había parado en su mayoría, de vez en cuando alrededor de la casa se escuchaba los murmullos de los sirvientes que pasaban mientras cumplían sus labores.
Y en ese silencio que se apoderaba de vez en cuando Inei recordaba varios eventos, varias personas importantes que lo mantuvieron firme en las noches frías. Varios elementos importantes como técnicas y recetas de medicina….¡TECNICAS!
Recordar eso fue como un balde de agua fría, rápidamente se apresuro en levantar su mano derecha, mano la cual tenía dos anillos de plata y uno de cobre, pero Inei se concentro mas en el del medio, el anillo de plata más grande.
Su mente viajo hasta los confines del inmenso espacio dentro del anillo. Había muchos objetos dentro pero Inei se concentro mas específicamente en encontrar un antiguo pergamino.
Tras encontrarlo rápidamente lo saco a la realidad, un antiguo rollo de color azul oscuro con patrones de dibujo que asimilaban a un rayo o quizás algo más ya que los dibujos parecen estar incompletos.
Con un cuidado casi reverente, Inei desenrolló el pergamino sobre la mesita baja del balcón. El papel crujió como hojas secas bajo sus dedos, y un olor antiguo —mezcla de tinta vieja, cuero curtido y tiempo— se liberó al aire. La superficie estaba desgastada: manchas marrones irregulares cubrían gran parte del texto, como si el pergamino hubiera sido expuesto a la humedad, al sol o a ambas cosas durante siglos. Los patrones bordados en los bordes —rayos estilizados, quizás alas o serpientes entrelazadas— estaban incompletos; líneas que deberían conectarse se perdían en desgarros diminutos o en manchas que borraban la intención original.
Inei frunció el ceño.
“Demasiado antiguo”, pensó. “El tiempo ha hecho su trabajo. La mayoría de las marcas se han borrado”.
Aun así, desenrolló el resto con delicadeza, como si el pergamino pudiera deshacerse entre sus dedos. Cuando la hoja completa quedó al descubierto, el título apareció en la parte superior, escrito en caracteres gruesos, profundos, que resistían mejor el paso de los años:
Destello del Dragón Azul
Debajo, un párrafo se mantenía legible, casi intacto, como si alguien hubiera protegido esa sección con especial cuidado:
«Esta técnica está basada en el Arcam de tipo electro. Destello del Dragón Azul permite al usuario desplazarse a la velocidad del rayo —superando la velocidad del sonido y quedándose por muy poco detrás de la luz—. El cuerpo se transforma temporalmente en una corriente eléctrica pura, atravesando distancias en un parpadeo, dejando tras de sí solo un rastro de chispas azules y un trueno sordo».
Inei sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
¿Detrás de la luz?
Había escuchado a maestros y veteranos decir que nada podía alcanzar —ni mucho menos superar— la velocidad de la luz. Era una de las leyes fundamentales del mundo, un límite que ni los cultivadores más altos parecían poder romper. Y sin embargo… esta técnica afirmaba hacerlo. O al menos acercarse lo suficiente como para que la diferencia fuera insignificante.
Sus ojos bajaron al siguiente párrafo. Estaba mucho más dañado: manchas oscuras devoraban palabras enteras, y el papel se había adelgazado tanto en algunos lugares que parecía a punto de romperse. Inei entrecerró los ojos, inclinándose hacia adelante, forzando su visión y su concentración.
Logró descifrar fragmentos:
«…permite cultivar el Arcam electro… absorción directa… transformación permanente del núcleo…»
Las palabras clave se clavaron en su mente como clavos ardientes.
“Cultivar el Arcam electro”.
Una técnica capaz de transmitir un elemento.
No era solo un movimiento de combate. No era una habilidad temporal.
Era un camino.
Un camino que podía cambiar la naturaleza misma del núcleo de quien la practicara.
Inei se quedó inmóvil, el pergamino temblando ligeramente entre sus dedos.
“Esto no es una técnica común”, pensó. “Fue creada por alguien… o algo… cercano a un dios”.
El Arcam no se transmitía fácilmente. Los elementos nacían con el cultivador, o se revelaban en la etapa Sun como un regalo —o una maldición— del destino.
Y sin embargo, aquí estaba, escrito en un pergamino que había sobrevivido guerras, tiempo y olvido.
Inei respiró hondo.
Cerró el pergamino con cuidado, volviéndolo a enrollar y guardándolo en el anillo.
Inei apoyó los brazos sobre sus rodillas y la barbilla en las manos. Sus ojos brillaban con un interés casi infantil, mezclado con una cautela que la guerra le había grabado a fuego. La idea de dominar el elemento electro era tentadora, sí. Muy tentadora. Pero dentro de su núcleo ya convivían dos fuerzas opuestas: el fuego eterno, abrasador y dominante, y ahora el frío cian que acababa de nacer, sereno pero implacable. Un tercer elemento… sería como verter lava, hielo y rayos en la misma olla. El caos resultante podría romperlo por dentro antes de que pudiera controlarlo.
Suspiró.
Demasiado riesgo, pensó. Por ahora.
Y entonces, una voz suave y familiar resonó justo a su lado.
—Es una buena técnica, ¿sabes? Vale la pena el riesgo.
Inei se levantó de golpe, la silla mecedora crujiendo violentamente contra el suelo del balcón. Su mano derecha ya estaba invocando Arcam por instinto, un destello naranja listo para atacar. Giró sobre sí mismo, buscando el origen de la voz en el aire vacío.
Nada.
Solo el viento moviendo las cortinas y el canto distante de los pájaros.
Entonces escuchó una risa baja, cálida, casi maternal.
—Tranquilo, pequeño. Estoy aquí.
El aire frente al balcón tembló ligeramente, como si el espacio mismo se estuviera doblando. Una silueta etérea se condensó de la nada: primero una nube de luz blanca plateada, luego contornos suaves, hombros, brazos largos, cabello blanco cayendo como niebla lunar. Scathath se materializó por completo a su lado, sentada en el borde de la barandilla del balcón como si siempre hubiera estado allí.
No tocaba el suelo. Flotaba apenas unos centímetros, su túnica blanca ondeando con una brisa que solo ella parecía sentir.
Sus ojos grises miraban el paisaje: las casas del jardín este, las mujeres y niños que empezaban a salir tímidamente de la estructura que Elara había creado, los sirvientes que iban y venían con bandejas de comida y mantas. Todo parecía pequeño desde allí arriba. Frágil. Hermoso.
—No lo pienses demasiado —dijo ella sin apartar la vista del horizonte—. Si realmente quieres esa técnica… yo te ayudaré.
Inei bajó lentamente la mano. El Arcam naranja se disipó.
—¿Ayudarme? —preguntó, aún tenso—. ¿Cómo?
Scathath giró la cabeza hacia él. Su expresión era suave, casi nostálgica.
—Controlando tus elementos.
Combinándolos. El fuego eterno ya es parte de ti. El hielo ya se acentuó en tu núcleo, solo que inestable, puedo ayudarte a que tus dos elementos convivan, ya que al ser fuerzas opuestas es obvio que habrá contras cada vez que los actives.
Scathath cruzo sus brazos, mientras miraba el cielo.
—Si me dejas guiarte, puedo enseñarte a que no haya contra golpes. A que los tres fluyan juntos sin desgarrarte. Pero tienes que confiar en mí… y en ti mismo.
Inei la miró fijamente. Sus ojos negros brillaban con una mezcla de duda y deseo.
—¿Por qué me ayudarías? —preguntó al fin
—. ¿Qué ganas tú con esto?
Scathath sonrió. Fue una sonrisa pequeña, cansada, pero llena de algo que parecía orgullo antiguo.
—Porque tu madre me pidió que te cuidara. Y porque… yo también quiero ver hasta dónde puedes llegar.
El corazón de Inei papito, pero para el fue un palpitar extraño. Una emoción diferente.
—Esta bien.Por favor enséñame.
Scathath sonrió orgullosa alzando su braso para tocar la cabeza del chico frente a ella.
—Eres igualito a tu madre…
Digo con una sonrisa suave bajando su mano para acariciar la mejilla.
—Bien, volvamos a esa cueva. Te enseñaré todo para dominar esos elementos.
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