Hasta que el cielo me detenga - Capítulo 58
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Capítulo 58: Acto I — Capítulo 10 — Divorcio de tres años
Visitas inesperadas. La palabra lo dice todo pero ¿La facción de loto de nube? Aquí…están muy lejos de su guarida.
Todo aquel que conoce de la existencia de esta facción sabe que son perros guardianes de su propia casa. Nunca salen del dominio que le corresponde a su facción. Están atados a la frontera desde que se creó la facción hace más de dos mil años.
Sus aprendices solo pueden salir del territorio de la facción dos veces al año, sus ancianos protegen las instalaciones. Según he escuchado un total de cinco ancianos por cuartel. Son La facción más muertes del imperio de Jinzhou debido a su gran de expertos de categoría Sun. No sé tiene mucha información acerca de miembros de gran poder, además del líder de facción. Se conoce un grupo de tres expertos llamados [Los tres grandes] Los ancianos de mayor rango expertos de categoría Hanzei de nueve estrellas.
Sinceramente estoy algo nervioso, porque no tengo ni la menor idea a qué vienen.
—
El salón principal de la residencia Nozen estaba iluminado por antorchas de Arcam que flotaban a media altura, proyectando una luz dorada y constante que no titilaba. Las columnas de madera tallada con motivos de fénix y estrellas se erguían como guardianes silenciosos, y el aire olía a incienso de sándalo y hierbas calmantes. Pero la tensión que llenaba la sala era más densa que cualquier aroma.
En el centro, frente a la mesa larga donde se reunían los ancianos y miembros principales del clan, estaba ella.
Descendiente de la familia Lynal y Asuma: Lynal Silvia. Aunque ahora es más conocida como la joven maestra de la facción del loto.
Diecisiete años. Cabello morado largo y liso como seda mojada, ojos violetas fríos que parecían tallados en amatista. Vestía las túnicas ceremoniales de la Facción Loto de Nube: blanco inmaculado con bordados plateados que simulaban nubes y gotas de rocío, una capa ligera que ondeaba con cada movimiento como si flotara. A su espalda, dos expertos de categoría Sun la flanqueaban en silencio: uno de tres estrellas, alto y de rostro anguloso; el otro de cinco, más robusto, con una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda. Ambos llevaban el emblema de la facción en el pecho: un loto abierto con una nube en su centro.
Silvia inclinó la cabeza con una cortesía impecable, sus manos juntas frente al pecho en el saludo tradicional de las grandes facciones.
—Saludos, Tío Xiay, Abuela Nezari —dijo con voz clara y educada—. Saludos a los venerables ancianos del Clan Nozen. Es un honor estar en su hogar.
Xiay, sentado en la cabecera, respondió con una inclinación leve.
—El honor es nuestro, Silvia. Hace mucho tiempo que no te veía, te has convertido en una joven muy hermosa y talentosa, jamás espere verte vestir ese uniforme teniendo en cuenta el carácter de tu abuelo. Dime ¿Qué asuntos vienes a discutir hoy?
Nezari, a su derecha, no dijo nada. Solo observaba. Sus ojos azules eran como océanos tranquilos, pero cualquiera que la conociera sabía que bajo esa calma podía esconderse una tormenta.
Silvia mantuvo la postura perfecta.
—He venido en representación de mi maestra, la Líder de la Facción Loto de Nube, y con el permiso de los ancianos supremos. Traigo un asunto de gran importancia familiar.
Hizo una pausa, su expresión serena pero firme.
—Solicito formalmente la disolución del compromiso matrimonial entre mi persona y el joven maestro Inei Nozen.
Un murmullo bajo recorrió la sala. Algunos ancianos intercambiaron miradas. Xiay no cambió de expresión.
—¿Puedo conocer los motivos? —preguntó con calma.
Silvia alzó la barbilla ligeramente.
—Mi maestra y los ancianos consideran que el compromiso no me beneficia en lo absoluto, ya que mi talento no puede ser degradado a las simples tareas del hogar, sin mencionar que no se ha sabido nada del joven maestro del clan Nozen. El cual se encuentra desaparecido desde hace seis años y aunque regresara hoy en día no regresara con logros que justifiquen mantener la alianza. Mientras tanto, yo he avanzado hasta convertirme en una Pulus de ocho estrellas en solo tres años de entrenamiento intensivo. Soy considerada el prodigio de la capital. Mi maestra, ha considerado convertirme en su sucesora cuando alcance el poder suficiente para tomar el liderazgo de la facción.
Su voz se volvió más firme, casi desafiante.
—Mi talento y mi futuro superan con creces la historia y todo aquello que el Clan Nozen puede ofrecer. Mantener este compromiso sería… una carga innecesaria para ambas partes.
El murmullo se intensificó. Algunos ancianos fruncieron el ceño, susurrando palabras como “arrogante” y “malcriada”. Nezari alzó una mano. El silencio cayó como una guillotina.
—Silvia —dijo Nezari con voz tranquila pero cargada de autoridad—. Has hablado de tu talento. De tus “logros”. De tu maestra. De tu futuro como patriarca. Todo eso es admirable.
Hizo una pausa.
—Pero estás frente al Clan Nozen. Y estás hablando de mi nieto.
Silvia mantuvo la mirada alta.
—Con todo respeto, Abuela Nezari… el joven maestro Inei no ha mostrado avances que igualen los míos. Seis años sin noticias. Seis años sin regresar. ¿Qué ha logrado que pueda compararse con lo que he alcanzado yo?
Nezari sonrió. Fue una sonrisa pequeña, fría, casi peligrosa.
—Mucho más de lo que imaginas.
Como si se tratara de un gato Nezari se levanto de la silla en la que estaba con una suavidad que erizo a muchos, los expertos Sun detrás de Silvia se tensaron y se pusieron en alertas ante cualquier movimiento de l mujer frente a ellos.
Pero antes de que Nezari pudiera abrir sus labios para continuar hablando, dos presencias se asomaron desde la entrada del salón.
—Oops, parece que ha pasado algo malo para que todos estén así de tensos.
La voz juguetona de Elara resonó en la sala, rompiendo el silencio como una brisa inesperada. Caminaba con gracia, su vestido blanco ondeando, pero sus ojos brillaban con una mezcla de diversión y advertencia. A su lado, Inei avanzaba con paso firme, su expresión neutral, como si nada de lo que ocurría lo sorprendiera. No miró directamente a Silvia ni a sus protectores al pasar por su lado; simplemente los ignoró, como si fueran parte del mobiliario.
Silvia sintió un calor subirle por el cuello. Sus ojos violetas se entrecerraron, y su postura perfecta se tensó visiblemente. ¿Ignorada? Ella, la prodigio de la capital, la futura líder de la Facción Loto de Nube, ¿ignorada por un desaparecido que había regresado de quién sabe dónde? El mimado de su abuelo y su padre nunca le habían dicho “no”. Siempre había conseguido lo que quería, y ser tratada como irrelevante era un insulto que no podía dejar pasar.
—¿Quién te crees que eres para ignorarme? —espetó, su voz alta y cortante, girándose hacia Inei con las manos apretadas a los lados.
Inei se detuvo unos pasos más adelante. No se giró de inmediato. Elara, a su lado, cruzó los brazos y levantó una ceja, pero no intervino. El salón entero contuvo la respiración.
Lentamente, Inei se dio media vuelta. Su mirada negra cayó sobre Silvia sin una gota de emoción. Fría. Desinteresada.
—¿En serio una mocosa mimada es mi prometida? —dijo con voz plana, como si estuviera comentando el clima.
El murmullo explotó en la sala. Algunos ancianos Nozen rieron por lo bajo, otros se taparon la boca. Los protectores de Silvia dieron un paso adelante, sus auras de Sun fluyendo con amenaza sutil.
Silvia se sonrojó, pero no de vergüenza: de furia. Sus ojos violetas brillaron con chispas plateadas, el Arcam latiendo en sus venas.
—Escuché todo —continuó Inei antes de que ella pudiera hablar—. ¿Crees que no tengo logros? ¿Qué mi desaparición fue para escapar de algo? La guerra me templó mientras tú eras una niña de casa, jugando a ser prodigio en tu facción.
Silvia dio un paso adelante, su capa ondeando con fuerza.
— ¡¿Cómo te atreves?! —gritó, su voz rompiendo la compostura que tanto había cultivado—. ¡Yo soy la prodigio de la capital! ¡Pulus de ocho estrellas a los diecisiete! ¡Tú no eres nada comparado conmigo! ¡Solicito el divorcio ahora mismo! ¡Yo soy mucho para ti, un desaparecido sin honor!
Sus protectores asintieron, el de tres estrellas hablando primero con voz grave.
—Aunque hayas participado en la guerra, eso solo te da experiencia, no poder. Un perro callejero que sobrevive no se compara con un león criado en palacio.
El de cinco estrellas agregó, cruzando los brazos.
—Nuestra joven maestra tiene un futuro como líder. Tú… eres un lastre para ella.
Inei sonrió.
No una sonrisa cálida. No una de diversión. Una fría, casi predatoria, que hizo que los protectores se tensaran más.
Silvia, aún furiosa, alzó la cabeza con orgullo.
—Y eso no es todo. Fui bendecida por el Espíritu Dragón del Viento. Él vio mi potencial y me otorgó su poder. ¿Qué tienes tú? ¿Un clan caído y una ausencia de seis años?
Inei ladeó la cabeza ligeramente. Por primera vez, un brillo de interés real apareció en sus ojos negros.
—Un Espíritu Dragón… —murmuró, como si evaluara una pieza rara—. Interesante.
Silvia frunció el ceño, desconcertada por el cambio en su tono.
—¿Interesante? ¡No te burles de mí!
Inei no respondió. Solo miró a Nezari y Xiay, que observaban en silencio.
—Abuela, padre… ¿esto es lo que quieren para el clan? ¿Una alianza con alguien que nos ve como inferiores?
Nezari se levantó con esa gracia felina suya, su aura expandiéndose como una ola invisible que hizo retroceder un paso a los protectores.
—Silvia —dijo con voz helada—. Tu talento es innegable. Pero el orgullo te ciega. Mi nieto ha enfrentado más en seis años que tú en toda tu vida mimada. La guerra no da experiencia… forja almas.
Xiay se puso de pie a su lado, su expresión dura.
—El compromiso se disuelve. No necesitamos alianzas basadas en lástima o arrogancia.
Xiay pronunció las palabras con una calma absoluta, pero el salón entero sintió el peso de la sentencia. Los ancianos del clan Nozen asintieron en silencio, algunos con sonrisas contenidas de satisfacción. Nezari, sentada a su lado, no movió un músculo; su mirada azul seguía fija en Silvia como si estuviera midiendo cada latido de su corazón.
Silvia palideció. Sus manos, que hasta ese momento habían permanecido juntas en un gesto de cortesía impecable, se cerraron en puños a los costados. Levantó la barbilla con orgullo herido.
—¡Bien! ¡Es lo que quería! ¡No necesito a alguien como él!
Su voz salió más aguda de lo que pretendía, rompiendo la compostura que tanto le había costado mantener. Los dos expertos Sun a su espalda intercambiaron una mirada rápida, pero no se movieron.
Entonces Inei rio.
Fue una risa seca, breve, casi divertida, pero sin rastro de calidez. El sonido cortó el aire como un filo. Silvia se tensó de inmediato, sus ojos violetas clavándose en él con furia renovada.
Inei dio un paso adelante, su aura morada comenzando a filtrarse lentamente por su piel, tenue pero inconfundible.
—No te lo daré tan fácil —dijo con voz fría, sin alzar el tono—. Viniste hasta aquí, soltando tu orgullo sobre mi clan, diciendo ser mejor que yo y que cualquier otro… Quiero ver eso.
Silvia apretó los dientes. Su Arcam verde claro brotó de golpe, una ola violenta que se elevó desde sus pies con la intención de empujar todo a su alrededor. Era un movimiento instintivo, un despliegue de poder para demostrar que no era una niña mimada, sino una prodigio.
Pero Inei no retrocedió.
Su aura morada se expandió en respuesta: no como una explosión, sino como una nube densa y pesada que se asentó en el suelo y subió en espirales lentas. El choque fue silencioso pero brutal. La ola verde de Silvia se estrelló contra la nube morada y se deshizo como agua contra una pared invisible. La fuerza de la repulsión la empujó hacia atrás varios pasos, haciendo que sus protectores tuvieran que sujetarla por los brazos para que no cayera.
El experto de cinco estrellas, con la cicatriz en la mejilla, abrió los ojos de par en par.
—¿¿¡Hanzei!?? — exclamó, su voz quebrándose por la sorpresa y el miedo.
El de tres estrellas retrocedió un paso, su mano yendo instintivamente a la empuñadura de su espada.
Inei no se movió. Su aura morada se asentó a su alrededor como una niebla baja, pero su presencia llenaba el salón entero.
—Hoy en día, aunque me encuentro debilitado por mi batalla contra Hujinsan, mi poder ha bajado enormemente —dijo con voz tranquila, casi casual—. Ahora solo soy un Pulus de nueve estrellas alto.
Los expertos presentes comprobaron la verdad en sus palabras al sentir el flujo de su Arcam. No era la presión abrumadora de un Hanzei pleno, pero tampoco la de un Pulus común. Era algo intermedio, estable, y peligrosamente profundo.
Inei miró directamente a Silvia.
—Pero eso no me quita que soy más fuerte que tú. Dijiste algo sobre tres años de entrenamiento, ¿no es así? Entonces qué tal esto, mocosa. Tres años… después de la luna roja. Nos enfrentaremos.
Hizo una pausa, dejando que el silencio se llenara con el peso de sus palabras.
—Si ganas, tienes tu libertad de este compromiso. Pero si pierdes… espero estés preparada para pasar el resto de tus días sin entrenar.
La amenaza fue clara, helada, sin emoción. No era una bravata. Era una promesa.
Silvia tembló de furia. Sus ojos violetas brillaron con chispas plateadas, y su Arcam verde volvió a agitarse a su alrededor.
—¡No acepto! —gritó—. ¡No importa si estás herido o no! ¡Yo, mi maestra y mi facción somos más grandes que tú y todo el clan Nozen!
Elara, que había estado observando desde el lado de Inei con una sonrisa divertida, dio un paso adelante.
—Te refugias en la reputación de tu maestra y tu facción —dijo con voz suave pero afilada—. Utilizas su poder para venir aquí a hacerte la grande. Entonces yo utilizaré mi reputación y mi poder para respaldar las palabras de mi sobrino.
Los protectores de Silvia se enojaron al instante.
—¡No te creas la gran cosa! —gruñó el de cinco estrellas, dando un paso adelante—. ¡No eres nadie para amenazarnos!
Elara rio. Fue una risa baja, casi musical, pero cargada de peligro.
Entonces liberó una fracción de su aura.
No fue una explosión. Fue una presión invisible, precisa, que cayó sobre los tres como una montaña invisible. Los dos expertos Sun se arrodillaron de golpe, sus rodillas golpeando el suelo con un crujido audible. Silvia también cayó sobre una rodilla, jadeando, su Arcam verde apagándose como una vela bajo un vendaval.
Los dos hombres alzaron la vista, horrorizados.
—¿Soryn…? —susurró el de cinco estrellas, su voz temblando.
Elara no dijo nada. Solo mantuvo la presión un segundo más antes de retirarla. Los tres respiraron con dificultad, sudor frío corriendo por sus frentes.
Nezari se acercó con pasos lentos y elegantes, colocándose al lado de Inei.
—Ya que no tienen cómo negarse… ¿Qué tal si dejamos esto por escrito? —dijo con voz serena, pero con un filo que no dejaba lugar a dudas.
Se refería al pacto: el duelo en tres años, después de la luna roja. Una apuesta formal, vinculante, que ningún clan podría romper sin perder honor y prestigio.
Silvia se levantó lentamente, temblando de rabia y humillación. Sus ojos violetas ardían.
—Está bien —escupió—. Acepto. En tres años, después de la luna roja, te destruiré. Y cuando lo haga… tu clan entero se arrodillará ante mí.
Inei no respondió.
Solo la miró.
Y en esa mirada no había ira, ni desprecio.
Solo certeza.
—Nos veremos entonces —dijo simplemente. —Te hare llegar la carta del compromiso.
Giró sobre sus talones y salió del salón junto a Elara y Nezari.
Detrás de él, el silencio era ensordecedor.
Silvia apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
Tres años.
Tres años para demostrar que era mejor.
Tres años para borrar la humillación de ese día.
Pero en el fondo de su corazón, una pequeña parte de ella —la que aún no estaba cegada por el orgullo— sintió un escalofrío.
Porque la mirada de Inei Nozen no había sido la de un hombre derrotado.
Había sido la de alguien que ya sabía quién ganaría.
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