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Hasta que el cielo me detenga - Capítulo 60

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Capítulo 60: Acto I — Capitulo 12 — Hierbas.

Hoy no pude dormir mucho. Después de que Scathath terminara de explicarme lo básico de su técnica de resurrección y se desvaneciera de nuevo en el anillo, me quedé sentado en la cama mirando la luna por la ventana abierta. La habitación estaba en silencio, solo se oía el canto lejano de los grillos y el murmullo suave del patio donde Yeryn, Leila y Athena seguían hablando en voz baja. Pero mi mente no paraba.

Scathath me habló de alquimia durante horas. No fue una clase formal, más bien una conversación larga y paciente mientras flotaba frente a mí, con esa voz serena que parece venir de otro tiempo. Me explicó que, para que su regreso sea completo y más fuerte que antes, necesitamos ingredientes específicos. Pero antes de hablar de ellos, me dio una clase rápida sobre cómo funciona el mundo de las hierbas medicinales y las plantas raras en este continente.

Lo resumiré tal como me lo dijo ella, porque es información que necesito tener clara si voy a buscar esos ingredientes algún día.

Las hierbas y plantas medicinales se clasifican por niveles de pureza y rareza, del 1 al 9 (y más allá, aunque lo que está más allá ya se considera territorio divino). El nivel no solo depende de lo difícil que sea encontrarlas, sino de cuánta energía natural —Arcam ambiental— han absorbido durante su crecimiento. Cuanto más alto el nivel, más puro y potente es su efecto, pero también más inestable y peligroso si no se maneja correctamente.

Niveles 1 a 3 Son las hierbas comunes. Las encuentras en mercados, campos, bosques cercanos, incluso en los jardines de cualquier residencia. No requieren gran conocimiento para recolectarlas ni para procesarlas. La mayoría de los curanderos, herbolarios y familias humildes las usan a diario.

Ejemplos que mencionó Scathath:

Flor Roja (o Flor de Sangre): Nivel 2. Mejora la circulación sanguínea, ayuda a sanar heridas menores y reduce inflamaciones. Crece en cualquier pradera soleada. Barata y abundante. Raíz de Hierro: Nivel 3. Fortalece músculos y tendones. Muy usada por guerreros y trabajadores pesados. Se vende en cualquier pueblo. Hoja de Luna Pequeña: Nivel 1. Calma el dolor leve y ayuda a dormir. La más básica de todas.

Estas hierbas no necesitan un alquimista de verdad. Cualquiera con un mortero y algo de fuego puede hacer pastillas o infusiones útiles.

Niveles 4 a 6 Aquí empiezan las cosas serias. Estas plantas ya no crecen en cualquier lado. Necesitan condiciones específicas: ciertos climas, suelos ricos en Arcam, o incluso que crezcan cerca de bestias poderosas o zonas con energía concentrada. Son caras, difíciles de recolectar y requieren alquimistas de nivel medio para procesarlas correctamente. Un error y pierdes la hierba… o peor.

Ejemplos:

Raíz de Sangre Lunar (nivel 5): Circula y purifica la sangre a nivel espiritual. Crece solo bajo luna llena en montañas nevadas. Muy buscada por cultivadores que sufren daños internos.

Hoja de Viento Carmesí (nivel 6): Acelera la regeneración de meridianos. Crece en acantilados expuestos a vientos eternos. Casi imposible de cultivar artificialmente.

Niveles 7 y 8 Estas ya son consideradas tesoros nacionales. Solo crecen en lugares extremadamente peligrosos o protegidos por bestias de alto nivel. Su precio es astronómico y casi siempre terminan en manos de grandes clanes, sectas o familias nobles. Procesarlas requiere alquimistas de rango alto, porque un fallo puede destruir la planta o envenenar al usuario.

Scathath mencionó que además de los ingredientes escritos y utilizados por ella anteriormente la mayoría de ingredientes que necesita para su resurrección están casi todos en este rango:

Rama de roble verde: (Nivel 7) Si ya de por si encontrar un roble es difícil, el poder de la rama o corteza de un roble verde puede fortalecer el sistema nervioso y muscular también es capaz de eliminar enfermedades terminales.

Hoja de viento: (Nivel 7) Crece en lugar donde el viento y el Arcam ambiental es extremadamente fuerte, más exactamente en acantilados donde el viento puede desgarrar la piel sin esfuerzos. Acelera la regeneración de meridianos y es imposible de cultivar artificialmente.

Manantial de sabueso azul: (Nivel 8) Es un liquido medicinal capaz curar los cuellos de botellas que presenta el Arcam y mejora la circulación del Rekiem al 75%. Se forma en lugares donde el famoso sabueso azul defeca.

Nivel 9 y superior Estas ya no se consideran plantas normales. Son divinas. Su existencia es legendaria. Solo aparecen en zonas prohibidas, en ruinas antiguas, o como recompensa de pruebas imposibles. Su poder es tan grande que un solo tallo puede cambiar el destino de un clan entero.

Ejemplos que Scathath nombró:

Semilla de la Vida (nivel 9): Dicen que puede revivir a los muertos si se usa correctamente. Nadie la ha visto en siglos.

Orbe de Magma (nivel 9): Un fruto que se forma en el corazón de volcanes activos. Potencia cualquier tipo de llamas y ayuda al cuerpo a resistir el calor. Scathath menciono que aunque el orbe es considerado nivel 9 al máximo de su pureza también se pueden encontrar orbes de menor nivel.

Sinceramente para mi todo esto es confuso, al igual que las sub etapas del Arcam. Son cosas que me debo tomar el tiempo para aprender y entender de mejor manera. De momento, descansare un poco. Más tarde tengo que visitar el mercado para poder identificar las hiervas.

——-

El sol ya estaba a medio punto de alcanzar el mediodía, la luz dorada atravesando las cortinas blancas de la habitación, Inei estaba sentado con las piernas cruzadas, su Arcam recorría su cuerpo en un tornado controlado, mientras que dentro en el núcleo de su alma, Inei luchaba con romper la barrera entre Pulus y Bellator nuevamente. Sus ojos permanecían cerrados, calmados.

Crack.

El sonido fue pequeño, pero inconfundible. Como una grieta fina que se abre en cristal templado. El núcleo de Inei vibró una vez, fuerte, y luego… se asentó. La barrera se rompió. No con un estallido de poder, sino con una liberación silenciosa y limpia. El torbellino morado en su interior se expandió suavemente, estabilizándose en una nueva etapa.

Bellator.

Una estrella.

Inei abrió los ojos lentamente. No sonrió. No exhaló con alivio. Solo respiró hondo, sintiendo cómo el Arcam ahora fluía con más facilidad, más profundidad. La transición había sido casi imperceptible, como si su cuerpo ya supiera el camino y solo necesitara recordarlo.

La tranquilidad del momento era perfecta, pero antes de que pudiera saborear la sensación de su poder. Sus sentidos se agudizaron hacia voces lejanas pero que para el sonaban como si estuvieran en el piso de abajo.

Una pequeña onda de Arcam se desplego para sentir lo que ocurría en el lugar de los hechos. Justo en la casa que Elara había construido con su Arcam, dos presencias agresivas, sus almas brillaban en rojo. Impulsivas y con ganas de pelear.

Inei soltó un suspiro antes de levantarse de la cama se puso la camisa gris manga larga que había dejado sobre la silla y bajó las escaleras sin prisa.

Cuando Inei llego a la escena puedo identificar a dos jóvenes. Vestían túnicas de entrenamiento de color negro con bordados plateados: el uniforme oficial de los cultivadores de élite del clan. Ambos tenían alrededor de diecinueve a veinte años, altos, musculosos, con el cabello recogido en coletas altas y expresiones de superioridad mal disimulada.

El de la izquierda era Kael Nozen, primo tercero de Inei por parte de Xiay. Pulus de siete estrellas alto. Siempre había sido fuerte, talentoso… hasta que Inei lo opacó siendo apenas un niño. El rencor que llevaba dentro era viejo, profundo, como una herida que nunca cicatriza.

El de la derecha era Dren Nozen, sobrino de uno de los ancianos principales. Pulus de ocho estrellas. Más alto, más ancho de hombros, con una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda. Él y Kael habían sido inseparables desde pequeños. Juntos habían jurado que algún día recuperarían el “honor” que Inei les había quitado al ser mejor que ellos sin esfuerzo.

Ahora estaban frente a Yeryn, Leila y Athena.

Yerna tenía el ceño fruncido, su aura dorada ya empezando a danzar a su alrededor como llamas contenidas.

—¿Qué parte de “él no está disponible” no entendieron? —dijo con voz fría.

Kael soltó una risa corta y despectiva.

—No estamos hablando contigo, perra, no importa que tan talentosa seas no eres rival para nosotros. Queremos al “gran patriarca”. El que desapareció seis años y ahora cree que puede volver como si nada.

Dren dio un paso adelante, mirando a Leila y Kaori con desdén.

—Y parece que trajo regalitos del camino. ¿Qué? ¿Ahora el clan Nozen es un refugio de mendigas?

Athena se puso roja de furia.

—¡Cállense! ¡No saben nada!

Kael la ignoró por completo y alzó la voz hacia la casa.

—¡Inei! ¡Sal aquí, cobarde! ¡O vas a dejar que tus putitas hablen por ti!

El insulto fue la gota que colmó el vaso.

El Arcam de Yeryn se elevó, opacando las presencias de ambos chicos, pero estos, molestos, alzaron los suyos en conjunto. El aire del patio se volvió pesado, cargado de tres auras que chocaban entre sí.

Entonces… el frío llegó.

No fue gradual.

Fue repentino.

Como si el invierno mismo hubiera decidido bajar del cielo y asentarse en el jardín.

El césped comenzó a crujir. Pequeñas líneas de escarcha se extendieron desde los pies de Inei, que acababa de llegar desde el lado sur de la residencia. El sonido fue claro, seco, escalofriante: crack… crack… crack… como si alguien caminara lentamente sobre un lago congelado, cada paso rompiendo la superficie con un chasquido agudo y resonante que se propagaba por todo el patio.

El aire se volvió gélido en segundos. El aliento de todos se convirtió en nubes blancas. Las flores cercanas se marchitaron al instante, cubiertas de una fina capa de hielo. Las mujeres que se encontraban fuera de la casa se abrazaron instintivamente, temblando, aunque el frío no era hostil hacia ellas.

Solo hacia los dos intrusos.

Kael y Dren se quedaron rígidos.

Sus auras rojas titilaron, debilitadas por el frío repentino que parecía succionarles el calor del cuerpo. Sus corazones latieron con fuerza, no solo por el frío físico, sino por algo más profundo: una sensación extraña, casi opresiva, que emanaba de Inei. Como si el mismo aire a su alrededor estuviera vivo… y los estuviera juzgando.

Inei caminó despacio hacia ellos.

Cada paso producía ese sonido inconfundible: crack… crack… La escarcha se extendía bajo sus pies como una alfombra viva, formando patrones de hielo que brillaban con un leve resplandor cian.

Su voz llegó a los oídos de Kael y Dren antes de que lo vieran claramente.

—No recuerdo haberlos invitado.

Los dos se pusieron rígidos. Sus cuerpos se tensaron como cuerdas a punto de romperse. El rencor que traían se mezcló con un miedo que no querían admitir.

Kael fue el primero en hablar, intentando sonar desafiante aunque su voz temblaba ligeramente.

—No te creas el listo, ya nos enteramos de todo, Inei. Perdiste tu poder. Dejaste que ese prodigio de la capital humillara nuestro clan. ¡Ella te dejó como basura! ¡Y ahora vienes aquí a hacerte el fuerte con unas cuantas putas rescatadas!

Dren soltó una risa forzada, aunque sus rodillas temblaban.

—Solo queremos que admitas la verdad. Que nunca fuiste mejor que nosotros. Que todo fue suerte. ¡Arrodíllate y discúlpate!

Inei se detuvo a unos metros de ellos.

Los miró.

Y sonrió.

Fue una sonrisa pequeña, casi aburrida.

—Hablan demasiado para ser tan débiles.

Kael se enfureció.

—¡Cállate!

Intentó avanzar, pero el frío lo frenó. El suelo bajo sus pies ya estaba cubierto de hielo resbaladizo.

Inei suspiró.

—El poder es malo si te sube a la cabeza —dijo con voz calmada, casi didáctica—. Y a ustedes… ya se les subió demasiado.

Antes de que pudieran responder, Inei alzó una mano.

No hubo gesto dramático. No hubo grito.

Solo un pensamiento.

El frío se concentró.

El patio entero crujió.

CRACK—CRACK—CRACK—

El hielo se alzó desde el suelo como cadenas vivas. Rodeó los tobillos de Kael y Dren en un instante, subiendo por sus piernas, sus cinturas, sus torsos. No los lastimó. No los cortó. Solo los congeló en el lugar, inmovilizándolos desde el cuello hacia abajo. Sus auras rojas se apagaron como velas bajo un vendaval.

Ambos gritaron al unísono, pero el sonido se cortó cuando el hielo llegó a sus cuellos, dejando solo sus cabezas libres.

Y sus rostros… llenos de terror puro.

Inei caminó hasta quedar frente a ellos.

Los miró a los ojos.

—Deberías criar mejor a tus descendientes Wei.

Su voz salió como el filo de un cuchillo rozando la garganta de su victima. Aunque al principio pareció que no le hablaba a nadie, desde unos metros se empezó a distinguir una figura que avanzaba con paso seguro.

—Los tres huelen a sangre y carne podrida…Ya decía yo porque no los había visto en los eventos recientes. ¿Volvieron anoche, no es así? Y lo primero que hacen es intentar hundirme…¿Debería exiliarlos ahora que soy el patriarca?

Tras unos momentos más, la figura un hombre de mediana edad con cabello gris, quizás por las canas o tal vez por el estrés de una batalla a muerte.

Su mirada era la de un hombre que había visto lo peor del mundo. ¿Pero que tanto?

—Dime algo, Wei… ¿qué tanto amas a tus nietos?

Las palabras no eran una pregunta. Eran una amenaza envuelta en calma absoluta. El tono dejaba claro que, si la respuesta no era la correcta, algo malo pasaría.

Wei no respondió de inmediato. Sus ojos se posaron primero en Kael, luego en Dren. Ambos intentaron hablar, pero el hielo les apretaba la garganta lo justo para que solo salieran gemidos ahogados.

—No son los únicos que se han ensuciado las manos —continuó Inei, su voz baja, peligrosa, como el rumor de una tormenta que se acerca—. Pero ellos… ellos decidieron venir aquí. Hoy. A insultar. A amenazar. A humillar a mi gente.

El hielo crujió de nuevo. Más fuerte. Las grietas se extendieron por los cuerpos congelados de Kael y Dren, causando un dolor agudo que les arrancó gritos entrecortados.

Wei dio un paso adelante.

—Basta —dijo con voz grave, firme, pero sin alzar el tono—. Son jóvenes. Idiotas. Pero son sangre Nozen.

Inei lo miró directamente a los ojos.

—¿Y por eso tienen permiso para venir aquí a escupir sobre mi nombre? ¿Sobre mi casa? ¿Sobre las personas que yo decidí proteger?

Wei apretó la mandíbula.

—Las normas del clan son claras. Los conflictos internos se resuelven en privado. No en el patio, no frente a extraños.

Inei soltó una risa seca.

—¿Normas? —repitió, como si la palabra le resultara extraña—. ¿Las mismas normas que permitieron que estos dos crecieran pensando que podían venir a humillarme porque “desaparecí”? ¿Las mismas que dejaron que el clan se estancara mientras yo luchaba en el frente?

Wei no respondió.

Inei dio un paso más cerca. El hielo se expandió un poco más, subiendo hasta las mejillas de Kael y Dren. Sus gritos se volvieron más desesperados.

—Las normas y las reglas… —continuó Inei, su voz helada— se acabaron.

El patio entero pareció contener la respiración.

Wei lo miró fijamente.

—¿Qué estás diciendo?

Inei alzó la mano. El hielo se detuvo justo antes de cubrirles la boca.

—Digo que si el clan quiere avanzar, tiene que dejar de lado lo que no le sirve. Las normas que protegen a los mediocres. Las reglas que premian la antigüedad en lugar del mérito. Las tradiciones que nos atan en vez de impulsarnos.

Hizo una pausa.

—Desde hoy… yo decido qué normas valen la pena.

Wei entrecerró los ojos.

—¿Y si no estoy de acuerdo?

Inei sonrió. Frío. Sin humor.

—Entonces tendrás que enfrentarme, gran anciano.

El silencio fue absoluto.

Kael y Dren temblaban, con lágrimas congeladas en las pestañas.

Wei miró a sus nietos. Luego a Inei.

Finalmente bajó la cabeza —no en sumisión, sino en reconocimiento.

—Libéralos —dijo con voz ronca—. Hablaré con ellos. No volverán a molestarte.

Inei chasqueó los dedos.

El hielo se deshizo en fragmentos que cayeron al suelo y se evaporaron al instante.

Kael y Dren cayeron de rodillas, jadeando, tosiendo, con las caras pálidas y los cuerpos temblando.

Wei se acercó a ellos, los levantó con una mano en cada hombro.

—Vámonos —ordenó.

Los tres se dieron la vuelta.

Pero antes de alejarse, Wei se detuvo y miró hacia atrás.

—Espero lo que digas sea cierto —dijo con voz baja—. Nuestro Clan llevo mucho tiempo en la penumbra. Necesitamos avanzar.

Inei no respondió.

Solo los vio alejarse.

Cuando desaparecieron en l distancia, Yeryn fue la primera en hablar.

—…eso fue intenso.

Leila y Kaori seguían abrazadas, con los ojos muy abiertos.

Athena, por su parte, soltó un silbido bajo.

—Joder… eres aterrador cuando quieres.

Inei suspiró y se giró hacia ellas.

—No quería llegar a esto. Pero si no marco el límite ahora… nunca dejarán de intentarlo.

Yeryn se acercó y le puso una mano en el hombro.

—¿Estás bien?

Inei miró su mano. Luego al cielo.

—Sí —dijo simplemente—. Estoy bien.

Aunque no quiera admitirlo en voz alta, hoy me sentí como el monstruo que algunos creen que soy.

Kael y Dren no son malas personas. Son idiotas, sí. Arrogantes, mimados por el sistema que les enseñó que el rango y la sangre lo son todo. Pero no nacieron así. El clan los moldeó. Las viejas normas los moldearon. Y yo… yo los aplasté delante de todos sin pestañear.

Cuando el hielo los envolvió y vi el terror en sus ojos, una parte de mí quiso detenerse. Quiso decirles que no era personal, que solo necesitaba que entendieran el nuevo orden. Pero otra parte —más fría, más dura— me recordó que si titubeo ahora, mañana serán diez los que vengan a desafiarme. Y pasado mañana, cien.

Imponer mi voluntad sobre otros es lo más difícil que he tenido que hacer desde que regresé. No porque no tenga fuerza. Sino porque sí la tengo… y sé lo fácil que es abusar de ella.

Quiero creer que no siempre será así. Quiero creer que con el tiempo, cuando el clan vea los cambios reales —cuando vean que las puertas se abren para los talentosos sin importar su apellido, que las normas ya no protegen a los mediocres, que el poder se gana con sudor y no con linaje— entonces podré liderar sin tener que emitir miedo. Quiero que me sigan porque confíen en mí, no porque me teman.

Pero hoy… hoy no había otra forma.

Wei lo entendió. No le gustó, pero lo entendió. Sus nietos se fueron arrastrando la cola entre las piernas, y aunque sé que esto no termina aquí, al menos por ahora el mensaje fue claro:

El patriarca ya no es un título decorativo.

El patriarca decide.

Y yo… yo soy el patriarca.

—–

Inei, que estaba sentado en el pequeño escritorio de su habitación, cerró lentamente el diario.

La tinta aún estaba fresca cuando dejó la pluma a un lado. Durante unos segundos permaneció inmóvil, observando las últimas palabras escritas, como si intentara grabarlas en su memoria antes de cerrar aquella página.

Se recostó en la silla.

La madera crujió suavemente mientras inclinaba la cabeza hacia atrás y dirigía la mirada hacia la ventana abierta.

El mediodía había llegado.

El patio interior del clan ya no tenía la agitación de la mañana. Los discípulos habían regresado a sus entrenamientos, los sirvientes caminaban sin prisa y el viento movía lentamente las hojas de los árboles antiguos.

Todo se sentía… distinto.

Más tranquilo. Más sereno.

Inei cerró los ojos.

El Arcam dentro de su cuerpo circulaba con suavidad por sus meridianos. Desde el nacimiento de su llama interna, aquella energía ya no era salvaje ni dolorosa; ahora fluía como una corriente tibia que recorría su pecho y descendía hacia sus extremidades.

Un ligero escalofrío recorrió su espalda.

No era frío.

Era refrescante.

Como si su propio cuerpo estuviera respirando.

Entonces, una voz familiar resonó dentro de su mente.

—Ya que estás tan relajado… ¿por qué no visitamos el mercado de la ciudad? Te daré una clase rápida de negocios y hierbas.

Inei abrió los ojos.

Una leve sonrisa apareció en su rostro.

—¿Negocios…? —pensó.

La figura etérea de Scathath emergió lentamente desde el interior de su cuerpo. Su silueta apenas visible flotó junto a la ventana, observando el exterior con interés.

—Un cultivador que no sabe comprar —continuó ella con calma— termina pobre o muerto. A veces ambas cosas.

Inei se levantó.

—Pensé que hoy entrenaríamos.

Scathath cruzó los brazos.

—Esto es entrenamiento. Ya eres lo suficientemente fuerte como para que los tipos “rudos” de esta parte del continente se piensen dos veces antes de hacer algo contra ti, sin mencionar que según mis cálculos y pequeños exámenes a tu cuerpo y núcleo, puedes utilizar el poder de Hanzei durante al menos media hora.

Inei se detuvo frente al espejo de cuerpo entero que colgaba en la pared. Se miró un instante: camisa gris manga larga, pantalones negros de entrenamiento, cabello oscuro ligeramente revuelto. Nada que gritara “patriarca”… y sin embargo, algo en su postura, en la forma en que el aire parecía más pesado a su alrededor, ya no era el mismo de hace semanas.

—Dices que puedo utilizar mi poder de Hanzei de cuatro estrellas por media hora… —repitió Inei, comenzando a quitarse la camisa. La prenda estaba demasiado desarreglada como para salir con ella puesta. La dejó caer sobre la silla y se quedó solo con los pantalones negros.

Scathath lo observó sin pudor alguno, sus ojos grises recorriendo con atención las líneas definidas de su torso: músculos marcados por años de entrenamiento y combate, dos cicatrices prominentes que contaban su historia sin palabras. La primera, larga y profunda, cubría todo el brazo izquierdo desde el hombro hasta la muñeca, como si una garra gigante hubiera intentado arrancárselo. La segunda, más ancha y rugosa, cruzaba su abdomen central en diagonal, justo sobre el ombligo, recuerdo de un golpe que casi lo parte en dos.

—El color negro te queda mejor solo, sin nada de decoraciones… —declaró Scathath con naturalidad, como si estuviera evaluando una pieza de arte.

Inei giró la cabeza hacia ella, sorprendido por el comentario. El brillo en sus ojos era curioso, casi divertido.

Antes de que pudiera responder, una voz femenina madura y suave se escuchó desde el otro lado de la puerta.

—¿Joven maestro Inei? ¿Puedo pasar? Necesito hablar con usted un momento.

Inei se tensó ligeramente. Estaba sin camisa, solo con los pantalones de entrenamiento.

—Estoy… sin mucha ropa —respondió con calma—. ¿Puede esperar un momento?

La voz al otro lado no sonó avergonzada ni dubitativa.

—Si pudiera entrar ahora sería mejor… Quiero hacerle un conjunto como agradecimiento.

Inei arqueó una ceja.

Scathath, flotando cerca del espejo, susurró solo para él antes de desaparecer dentro de su cuerpo.

—Déjala entrar. Será mejor tener ropa adecuada para batallas y días normales. Además… parece que tienes admiradoras.

Inei suspiró, resignado.

—Adelante —dijo en voz alta.

La puerta se abrió con suavidad.

Entró una mujer de unos treinta y cinco años, de cabello castaño oscuro recogido en un moño elegante, ojos verdes cálidos y una sonrisa amable pero profesional. Vestía una túnica sencilla de color crema con detalles bordados en hilo plateado. En sus brazos llevaba una bandeja con telas dobladas, un metro de medir y algunas herramientas de costura.

—¿Tú eres? —preguntó Inei, inclinando la cabeza con curiosidad por la identidad de esta mujer. No la recordaba con claridad.

Ella hizo una reverencia, inclinando su cuerpo con respeto.

—Mi nombre es Mira, joven maestro —se presentó con una inclinación ligera—. Disculpe la intromisión. Escuché lo que pasó en el patio y, como una forma de pagar mi deuda con usted por haberme salvado a mí y a mi hija, quiero hacerle algo útil.

—¿Algo útil? —repitió Inei, cruzando los brazos sobre el pecho desnudo, sin sentirse incómodo por su estado, pero curioso por la oferta.

Mira asintió y dejó la bandeja sobre la mesita auxiliar.

—Ropa de combate y uso diario. Ligera, resistente, que respire y que no restrinja sus movimientos. Tengo entendido que el joven maestro será el próximo patriarca, así que quiero hacer algo que refuerce su posición.

Inei consideró sus palabras. La idea de ropa nueva, adaptada a su estilo de combate, no era mala. Asintió despacio.

—Está bien. ¿Qué necesita que haga?

Mira se sonrojó ligeramente, pero mantuvo la compostura profesional. Sus ojos verdes evitaron bajar demasiado, enfocándose en su rostro.

—Para hacer un conjunto perfecto… necesito ver todo su cuerpo, joven maestro. Tengo una habilidad que me permite calcular y medir todo a mi alrededor con precisión. Si puedo observar mejor su forma, sus proporciones y cómo se mueve, prometo un conjunto que se ajuste como una segunda piel. Mejor que cualquier armadura estándar.

Inei levantó una ceja. La habilidad sonaba interesante —una variante de percepción espacial, quizás potenciada por Arcam—. Se interesó por un momento, pero decidió no indagar ahora. No era el momento.

Con un suspiro resignado y un toque de vergüenza —no era algo a lo que estuviera acostumbrado—, se quitó los pantalones de entrenamiento. La tela cayó al suelo con un susurro suave, dejándolo completamente desnudo frente a ella.

Mira se sonrojó intensamente, sus mejillas tiñéndose de un rojo vivo. Sus ojos bajaron por un segundo, recorriendo su figura: el torso definido, los abdominales marcados, las piernas fuertes y, inevitablemente, su miembro expuesto, relajado pero imponente en su tamaño natural. Tragó saliva, pero actuó con profesionalismo, acercándose con el metro de medir en mano.

—Gracias… por confiar en mí —murmuró, su voz un poco temblorosa al principio—. Empecemos por las medidas básicas.

Se arrodilló frente a él para medir la longitud de las piernas, su rostro a la altura de su cintura. El calor de su aliento rozó accidentalmente su piel mientras ajustaba la cinta métrica desde el tobillo hasta la cadera, sus dedos rozando ligeramente el muslo interno. Inei sintió un cosquilleo involuntario, el calor subiendo por su cuerpo. La posición era sugerente —ella arrodillada, él de pie, desnudo—, pero Mira se concentró en su trabajo, murmurando números para sí misma.

—Sus proporciones son… perfectas —dijo en voz baja, casi para sí misma, mientras medía la circunferencia de la cintura, sus manos rozando peligrosamente cerca de su entrepierna—. Fuerte, pero equilibrado. El conjunto quedará impecable.

Inei mantuvo la compostura, aunque su pulso se aceleró ligeramente. El roce de sus dedos era suave, profesional, pero inevitablemente íntimo.

Entonces, la puerta se abrió de golpe.

Yeryn entró animada, con una sonrisa radiante y un plato de frutas en las manos.

— ¡Inei! Traje algo para que comamos jun—

Se detuvo en seco.

Sus ojos se abrieron como platos al ver la escena: Inei completamente desnudo, de pie, y Mira arrodillada frente a él, con las manos cerca de su cintura y el rostro sonrojado.

El plato casi se le cae.

Yeryn se sonrojó de inmediato, un rojo intenso cubriendo sus mejillas. Malinterpretó todo al instante: la posición, la desnudez, la proximidad.

— ¡Ah! ¡Lo siento! ¡No quería interrumpir! —balbuceó, riendo nerviosamente mientras retrocedía—. ¡Sigan… sigan con lo suyo!

Giró sobre sus talones y salió corriendo, cerrando la puerta con un golpe suave pero apresurado. Su risa nerviosa se oyó alejándose por el pasillo.

Inei se quedó paralizado un segundo.

— ¡Espera, Yeryn! ¡No es lo que—!

Quiso correr tras ella, pero se dio cuenta de que estaba desnudo. No podía salir así al pasillo. Se detuvo en seco, frustrado, pasando una mano por su cabello.

Mira, aún arrodillada, se levantó con las mejillas ardiendo.

—Joven maestro… lo siento. No debí pedirle que se quitara todo.

Inei suspiró, resignado.

—No es su culpa. Termine las medidas. Luego… tendré que explicar esto.

Mira asintió, volviendo al trabajo con manos temblorosas. Mientras medía, Inei no podía dejar de pensar en la cara de Yeryn.

Esto iba a ser incómodo de explicar.

Pero al menos… ahora tenía una excusa para hablar con ella a solas.

—-

Mira terminó su trabajo con precisión quirúrgica. El metro de medir desapareció en la bandeja junto al cuaderno donde había anotado cada número, cada proporción, cada preferencia sutil que Inei había mencionado casi sin darse cuenta. Ella había sido profesional hasta el último segundo, aunque el rubor en sus mejillas no desapareció del todo.

Inei se vistió con calma frente al espejo. Escogió algo sencillo pero cómodo: un buzo de entrenamiento negro de tela elástica que se ajustaba perfectamente a su torso y brazos, pantalones ligeros del mismo color con refuerzos en las rodillas y una gabardina negra larga con patrones rojos bordados en los puños y el bajo —un diseño discreto pero elegante que recordaba las llamas estilizadas del fénix del clan Nozen—. La prenda ondeaba ligeramente al moverse, dándole un aire serio pero no intimidante.

Se miró un instante en el espejo. No parecía un patriarca pomposo. Parecía… él. Y eso le bastaba.

Se giró hacia Mira, que ya estaba recogiendo la bandeja.

—¿Está bien la casa provisional? —preguntó con voz tranquila, apoyándose ligeramente en el borde del escritorio.

Mira se detuvo. Sus manos se quedaron quietas sobre la bandeja mientras procesaba la pregunta. Luego levantó la vista, y por primera vez desde que entró, sus ojos verdes se llenaron de algo más que profesionalismo: gratitud cruda, casi dolorosa.

—Ha sido… difícil —admitió en voz baja—. La mayoría de las chicas jóvenes todavía están mal por aquello. No duermen bien. Algunas se despiertan gritando. Otras no quieren que nadie las toque, ni siquiera para ayudarlas a vestirse.

Hizo una pausa, bajando la mirada hacia la bandeja.

—Mi hija… trata de superarlo. Sonríe cuando está con Kaori y Athena, juega, ríe… pero no tiene mucha libertad. Los guardias la miran mal cuando se aleja demasiado de la casa. Como si pensaran que ella… que nosotras… somos una molestia. O algo peor.

Inei chasqueó la lengua. El sonido fue seco, molesto.

—No se preocupe por eso —dijo con firmeza—. A partir de ahora, ellas pueden ser libres de caminar por toda la residencia. Si alguien osa hacerles algo, mirarlas mal, decirles una sola palabra fuera de lugar… que me lo digan. Yo me encargaré de dejar las cosas claras.

Mira levantó la vista rápidamente. Sus ojos se humedecieron al instante.

Sin pensarlo, dobló las rodillas para arrodillarse.

—Joven maestro…

Inei reaccionó al instante. Se inclinó hacia adelante y la sujetó suavemente por los brazos, impidiéndole tocar el suelo.

—No —dijo con voz baja pero firme—. No es necesario que me trate con tanta devoción.

Mira se quedó congelada, mirándolo con sorpresa.

Inei la ayudó a levantarse del todo, sin soltarla hasta que estuvo de pie y estable.

—Si me trata como un amigo… me conformo —agregó, suavizando el tono—. No necesito reverencias. Solo necesito que usted y su hija estén bien. Que todas estén bien.

Mira parpadeó varias veces. Una lágrima se deslizó por su mejilla, pero sonrió. Fue una sonrisa temblorosa, sincera, llena de alivio.

—Gracias… —susurró—. De verdad… gracias.

Inei soltó sus brazos con gentileza.

—Cuando termine la ropa, avíseme. Quiero probarla antes de salir a la ciudad.

Mira asintió con energía renovada.

—Estará lista en tres días. Lo prometo.

Ella hizo una reverencia más ligera esta vez —no de sumisión, sino de respeto genuino— y salió de la habitación con la bandeja en brazos, caminando con un paso mucho más ligero que cuando entró.

Inei se quedó solo.

Se miró en el espejo una vez más.

La gabardina negra con patrones rojos le daba un aire serio, pero también… libre.

Suspiró.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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