Hasta que el cielo me detenga - Capítulo 61
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Capítulo 61: Acto I — Capitulo 13 — Limite.
Aunque no quiera admitirlo en voz alta, hoy me sentí como el monstruo que algunos creen que soy.
Kael y Dren no son malas personas. Son idiotas, sí. Arrogantes, mimados por el sistema que les enseñó que el rango y la sangre lo son todo. Pero no nacieron así. El clan los moldeó. Las viejas normas los moldearon. Y yo… yo los aplasté delante de todos sin pestañear.
Cuando el hielo los envolvió y vi el terror en sus ojos, una parte de mí quiso detenerse. Quiso decirles que no era personal, que solo necesitaba que entendieran el nuevo orden. Pero otra parte —más fría, más dura— me recordó que si titubeo ahora, mañana serán diez los que vengan a desafiarme. Y pasado mañana, cien.
Imponer mi voluntad sobre otros es lo más difícil que he tenido que hacer desde que regresé. No porque no tenga fuerza. Sino porque sí la tengo… y sé lo fácil que es abusar de ella.
Quiero creer que no siempre será así. Quiero creer que con el tiempo, cuando el clan vea los cambios reales —cuando vean que las puertas se abren para los talentosos sin importar su apellido, que las normas ya no protegen a los mediocres, que el poder se gana con sudor y no con linaje— entonces podré liderar sin tener que emitir miedo. Quiero que me sigan porque confíen en mí, no porque me teman.
Pero hoy… hoy no había otra forma.
Wei lo entendió. No le gustó, pero lo entendió. Sus nietos se fueron arrastrando la cola entre las piernas, y aunque sé que esto no termina aquí, al menos por ahora el mensaje fue claro:
El patriarca ya no es un título decorativo.
El patriarca decide.
Y yo… yo soy el patriarca.
—–
Inei, que estaba sentado en el pequeño escritorio de su habitación, cerró lentamente el diario.
La tinta aún estaba fresca cuando dejó la pluma a un lado. Durante unos segundos permaneció inmóvil, observando las últimas palabras escritas, como si intentara grabarlas en su memoria antes de cerrar aquella página.
Se recostó en la silla.
La madera crujió suavemente mientras inclinaba la cabeza hacia atrás y dirigía la mirada hacia la ventana abierta.
El mediodía había llegado.
El patio interior del clan ya no tenía la agitación de la mañana. Los discípulos habían regresado a sus entrenamientos, los sirvientes caminaban sin prisa y el viento movía lentamente las hojas de los árboles antiguos.
Todo se sentía… distinto.
Más tranquilo. Más sereno.
Inei cerró los ojos.
El Arcam dentro de su cuerpo circulaba con suavidad por sus meridianos. Desde el nacimiento de su llama interna, aquella energía ya no era salvaje ni dolorosa; ahora fluía como una corriente tibia que recorría su pecho y descendía hacia sus extremidades.
Un ligero escalofrío recorrió su espalda.
No era frío.
Era refrescante.
Como si su propio cuerpo estuviera respirando.
Entonces, una voz familiar resonó dentro de su mente.
—Ya que estás tan relajado… ¿por qué no visitamos el mercado de la ciudad? Te daré una clase rápida de negocios y hierbas.
Inei abrió los ojos.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—¿Negocios…? —pensó.
La figura etérea de Scathath emergió lentamente desde el interior de su cuerpo. Su silueta apenas visible flotó junto a la ventana, observando el exterior con interés.
—Un cultivador que no sabe comprar —continuó ella con calma— termina pobre o muerto. A veces ambas cosas.
Inei se levantó.
—Pensé que hoy entrenaríamos.
Scathath cruzó los brazos.
—Esto es entrenamiento. Ya eres lo suficientemente fuerte como para que los tipos “rudos” de esta parte del continente se piensen dos veces antes de hacer algo contra ti, sin mencionar que según mis cálculos y pequeños exámenes a tu cuerpo y núcleo, puedes utilizar el poder de Hanzei durante al menos media hora.
Inei se detuvo frente al espejo de cuerpo entero que colgaba en la pared. Se miró un instante: camisa gris manga larga, pantalones negros de entrenamiento, cabello oscuro ligeramente revuelto. Nada que gritara “patriarca”… y sin embargo, algo en su postura, en la forma en que el aire parecía más pesado a su alrededor, ya no era el mismo de hace semanas.
—Dices que puedo utilizar mi poder de Hanzei de cuatro estrellas por media hora… —repitió Inei, comenzando a quitarse la camisa. La prenda estaba demasiado desarreglada como para salir con ella puesta. La dejó caer sobre la silla y se quedó solo con los pantalones negros.
Scathath lo observó sin pudor alguno, sus ojos grises recorriendo con atención las líneas definidas de su torso: músculos marcados por años de entrenamiento y combate, dos cicatrices prominentes que contaban su historia sin palabras. La primera, larga y profunda, cubría todo el brazo izquierdo desde el hombro hasta la muñeca, como si una garra gigante hubiera intentado arrancárselo. La segunda, más ancha y rugosa, cruzaba su abdomen central en diagonal, justo sobre el ombligo, recuerdo de un golpe que casi lo parte en dos.
—El color negro te queda mejor solo, sin nada de decoraciones… —declaró Scathath con naturalidad, como si estuviera evaluando una pieza de arte.
Inei giró la cabeza hacia ella, sorprendido por el comentario. El brillo en sus ojos era curioso, casi divertido.
Antes de que pudiera responder, una voz femenina madura y suave se escuchó desde el otro lado de la puerta.
—¿Joven maestro Inei? ¿Puedo pasar? Necesito hablar con usted un momento.
Inei se tensó ligeramente. Estaba sin camisa, solo con los pantalones de entrenamiento.
—Estoy… sin mucha ropa —respondió con calma—. ¿Puede esperar un momento?
La voz al otro lado no sonó avergonzada ni dubitativa.
—Si pudiera entrar ahora sería mejor… Quiero hacerle un conjunto como agradecimiento.
Inei arqueó una ceja.
Scathath, flotando cerca del espejo, susurró solo para él antes de desaparecer dentro de su cuerpo.
—Déjala entrar. Será mejor tener ropa adecuada para batallas y días normales. Además… parece que tienes admiradoras.
Inei suspiró, resignado.
—Adelante —dijo en voz alta.
La puerta se abrió con suavidad.
Entró una mujer de unos treinta y cinco años, de cabello castaño oscuro recogido en un moño elegante, ojos verdes cálidos y una sonrisa amable pero profesional. Vestía una túnica sencilla de color crema con detalles bordados en hilo plateado. En sus brazos llevaba una bandeja con telas dobladas, un metro de medir y algunas herramientas de costura.
—¿Tú eres? —preguntó Inei, inclinando la cabeza con curiosidad por la identidad de esta mujer. No la recordaba con claridad.
Ella hizo una reverencia, inclinando su cuerpo con respeto.
—Mi nombre es Mira, joven maestro —se presentó con una inclinación ligera—. Disculpe la intromisión. Escuché lo que pasó en el patio y, como una forma de pagar mi deuda con usted por haberme salvado a mí y a mi hija, quiero hacerle algo útil.
—¿Algo útil? —repitió Inei, cruzando los brazos sobre el pecho desnudo, sin sentirse incómodo por su estado, pero curioso por la oferta.
Mira asintió y dejó la bandeja sobre la mesita auxiliar.
—Ropa de combate y uso diario. Ligera, resistente, que respire y que no restrinja sus movimientos. Tengo entendido que el joven maestro será el próximo patriarca, así que quiero hacer algo que refuerce su posición.
Inei consideró sus palabras. La idea de ropa nueva, adaptada a su estilo de combate, no era mala. Asintió despacio.
—Está bien. ¿Qué necesita que haga?
Mira se sonrojó ligeramente, pero mantuvo la compostura profesional. Sus ojos verdes evitaron bajar demasiado, enfocándose en su rostro.
—Para hacer un conjunto perfecto… necesito ver todo su cuerpo, joven maestro. Tengo una habilidad que me permite calcular y medir todo a mi alrededor con precisión. Si puedo observar mejor su forma, sus proporciones y cómo se mueve, prometo un conjunto que se ajuste como una segunda piel. Mejor que cualquier armadura estándar.
Inei levantó una ceja. La habilidad sonaba interesante —una variante de percepción espacial, quizás potenciada por Arcam—. Se interesó por un momento, pero decidió no indagar ahora. No era el momento.
Con un suspiro resignado y un toque de vergüenza —no era algo a lo que estuviera acostumbrado—, se quitó los pantalones de entrenamiento. La tela cayó al suelo con un susurro suave, dejándolo completamente desnudo frente a ella.
Mira se sonrojó intensamente, sus mejillas tiñéndose de un rojo vivo. Sus ojos bajaron por un segundo, recorriendo su figura: el torso definido, los abdominales marcados, las piernas fuertes y, inevitablemente, su miembro expuesto, relajado pero imponente en su tamaño natural. Tragó saliva, pero actuó con profesionalismo, acercándose con el metro de medir en mano.
—Gracias… por confiar en mí —murmuró, su voz un poco temblorosa al principio—. Empecemos por las medidas básicas.
Se arrodilló frente a él para medir la longitud de las piernas, su rostro a la altura de su cintura. El calor de su aliento rozó accidentalmente su piel mientras ajustaba la cinta métrica desde el tobillo hasta la cadera, sus dedos rozando ligeramente el muslo interno. Inei sintió un cosquilleo involuntario, el calor subiendo por su cuerpo. La posición era sugerente —ella arrodillada, él de pie, desnudo—, pero Mira se concentró en su trabajo, murmurando números para sí misma.
—Sus proporciones son… perfectas —dijo en voz baja, casi para sí misma, mientras medía la circunferencia de la cintura, sus manos rozando peligrosamente cerca de su entrepierna—. Fuerte, pero equilibrado. El conjunto quedará impecable.
Inei mantuvo la compostura, aunque su pulso se aceleró ligeramente. El roce de sus dedos era suave, profesional, pero inevitablemente íntimo.
Entonces, la puerta se abrió de golpe.
Yeryn entró animada, con una sonrisa radiante y un plato de frutas en las manos.
— ¡Inei! Traje algo para que comamos jun—
Se detuvo en seco.
Sus ojos se abrieron como platos al ver la escena: Inei completamente desnudo, de pie, y Mira arrodillada frente a él, con las manos cerca de su cintura y el rostro sonrojado.
El plato casi se le cae.
Yeryn se sonrojó de inmediato, un rojo intenso cubriendo sus mejillas. Malinterpretó todo al instante: la posición, la desnudez, la proximidad.
— ¡Ah! ¡Lo siento! ¡No quería interrumpir! —balbuceó, riendo nerviosamente mientras retrocedía—. ¡Sigan… sigan con lo suyo!
Giró sobre sus talones y salió corriendo, cerrando la puerta con un golpe suave pero apresurado. Su risa nerviosa se oyó alejándose por el pasillo.
Inei se quedó paralizado un segundo.
— ¡Espera, Yeryn! ¡No es lo que—!
Quiso correr tras ella, pero se dio cuenta de que estaba desnudo. No podía salir así al pasillo. Se detuvo en seco, frustrado, pasando una mano por su cabello.
Mira, aún arrodillada, se levantó con las mejillas ardiendo.
—Joven maestro… lo siento. No debí pedirle que se quitara todo.
Inei suspiró, resignado.
—No es su culpa. Termine las medidas. Luego… tendré que explicar esto.
Mira asintió, volviendo al trabajo con manos temblorosas. Mientras medía, Inei no podía dejar de pensar en la cara de Yeryn.
Esto iba a ser incómodo de explicar.
Pero al menos… ahora tenía una excusa para hablar con ella a solas.
—-
Mira terminó su trabajo con precisión quirúrgica. El metro de medir desapareció en la bandeja junto al cuaderno donde había anotado cada número, cada proporción, cada preferencia sutil que Inei había mencionado casi sin darse cuenta. Ella había sido profesional hasta el último segundo, aunque el rubor en sus mejillas no desapareció del todo.
Inei se vistió con calma frente al espejo. Escogió algo sencillo pero cómodo: un buzo de entrenamiento negro de tela elástica que se ajustaba perfectamente a su torso y brazos, pantalones ligeros del mismo color con refuerzos en las rodillas y una gabardina negra larga con patrones rojos bordados en los puños y el bajo —un diseño discreto pero elegante que recordaba las llamas estilizadas del fénix del clan Nozen—. La prenda ondeaba ligeramente al moverse, dándole un aire serio pero no intimidante.
Se miró un instante en el espejo. No parecía un patriarca pomposo. Parecía… él. Y eso le bastaba.
Se giró hacia Mira, que ya estaba recogiendo la bandeja.
—¿Está bien la casa provisional? —preguntó con voz tranquila, apoyándose ligeramente en el borde del escritorio.
Mira se detuvo. Sus manos se quedaron quietas sobre la bandeja mientras procesaba la pregunta. Luego levantó la vista, y por primera vez desde que entró, sus ojos verdes se llenaron de algo más que profesionalismo: gratitud cruda, casi dolorosa.
—Ha sido… difícil —admitió en voz baja—. La mayoría de las chicas jóvenes todavía están mal por aquello. No duermen bien. Algunas se despiertan gritando. Otras no quieren que nadie las toque, ni siquiera para ayudarlas a vestirse.
Hizo una pausa, bajando la mirada hacia la bandeja.
—Mi hija… trata de superarlo. Sonríe cuando está con Kaori y Athena, juega, ríe… pero no tiene mucha libertad. Los guardias la miran mal cuando se aleja demasiado de la casa. Como si pensaran que ella… que nosotras… somos una molestia. O algo peor.
Inei chasqueó la lengua. El sonido fue seco, molesto.
—No se preocupe por eso —dijo con firmeza—. A partir de ahora, ellas pueden ser libres de caminar por toda la residencia. Si alguien osa hacerles algo, mirarlas mal, decirles una sola palabra fuera de lugar… que me lo digan. Yo me encargaré de dejar las cosas claras.
Mira levantó la vista rápidamente. Sus ojos se humedecieron al instante.
Sin pensarlo, dobló las rodillas para arrodillarse.
—Joven maestro…
Inei reaccionó al instante. Se inclinó hacia adelante y la sujetó suavemente por los brazos, impidiéndole tocar el suelo.
—No —dijo con voz baja pero firme—. No es necesario que me trate con tanta devoción.
Mira se quedó congelada, mirándolo con sorpresa.
Inei la ayudó a levantarse del todo, sin soltarla hasta que estuvo de pie y estable.
—Si me trata como un amigo… me conformo —agregó, suavizando el tono—. No necesito reverencias. Solo necesito que usted y su hija estén bien. Que todas estén bien.
Mira parpadeó varias veces. Una lágrima se deslizó por su mejilla, pero sonrió. Fue una sonrisa temblorosa, sincera, llena de alivio.
—Gracias… —susurró—. De verdad… gracias.
Inei soltó sus brazos con gentileza.
—Cuando termine la ropa, avíseme. Quiero probarla antes de salir a la ciudad.
Mira asintió con energía renovada.
—Estará lista en tres días. Lo prometo.
Ella hizo una reverencia más ligera esta vez —no de sumisión, sino de respeto genuino— y salió de la habitación con la bandeja en brazos, caminando con un paso mucho más ligero que cuando entró.
Inei se quedó solo.
Se miró en el espejo una vez más.
La gabardina negra con patrones rojos le daba un aire serio, pero también… libre.
Suspiró.
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